Pamplona, junio de 2024
Uno siempre piensa en un cementerio como un sitio lúgubre, un lugar para recordar a nuestros seres queridos o como la tierra sagrada entre este mundo y el otro.
El camposanto es el escenario perfecto para dibujar ánimas que no han abandonado del todo la vida, lamentándose por algún asunto sin resolver o por el puro placer de atormentar a los vivos.
Pero, irónicamente, son los lugares a los que menos suelen agarrarse los fantasmas.
Recién estrenada su condición de muertos, las almas que no han cruzado al otro lado no reconocen ese recinto de descanso eterno y prefieren volver a sus principales re cuerdos: a sus casas , a las de sus familiares o a los sitios de sus mayores alegrías o tormentos.
Ahí es donde residen sus verdaderos asuntos pendientes.
La abuela Fabiana debía de tener muchos de ellos. Al menos, para Carla, no podía haber otra explicación.
—¿Carla? ¿Carla Moreno?
La mujer parpadeó, se puso de pie y el murmullo de su cabeza cesó de golpe.
—Soy yo —respondió con un matiz de acento francés.
—Muy bien. Acompáñeme, por favor.
Ozcoidi había salido a recibirla. Acababan de despedir a Ibai y a Amaia bajo la promesa de que estarían localizables.
Carla y él atravesaron el pasillo hasta la sala donde esperaban Beloki y Aguirre.
A Ozcoidi no se le pasó por alto la curiosidad de la mujer, que miraba a todas direcciones.
Aquella señora irradiaba melancolía. Tendría algo menos de cincuenta años, el pelo rubio cano y vestía pantalón y camisa holgada.
Transmitía una sensación de elegancia sencilla, de serenidad.
—Buenos días. Gracias por acudir tan rápido —saludó Beloki. Ella hizo un gesto con la cabeza—. Supongo que mis compañeros la han puesto al corriente de la situación.
La mujer asintió, en silencio.
—Hemos hallado el cadáver de una persona en el domicilio de su padre. Creemos que puede ser él, pero para poder asegurarnos vamos a tener que pedirle su consentimiento para llevar a cabo una prueba de ADN .
Volvió a mover la cabeza, afirmativamente.
—¿ Se encuentra usted bien? ¿Entiende lo que le digo?
— Sí, sí, lo entiendo —dijo con un hilo de voz.
—¿Quiere un vaso de agua? —preguntó Beloki frunciendo el ceño mientras sacaba unos papeles y un boli de la cajonera, y se los tendía.
—Estoy bien, gracias —contestó mientras firmaba los documentos.
—¿Le importa si le hacemos unas preguntas? —siguió Aguirre, sentándose al lado de Beloki—. Es el protocolo.
Ella hizo un ademán para que procediera.
—¿Cuánto hace que no veía a su padre?
—No lo recuerdo.
—¿No tenían relación?
—Mis padres llevaban separados mucho tiempo. Con mi madre no hablaba mucho. Con mi padre nada. Él hacía su vida y yo he estado viviendo fuera más de veinte años.
—¿Puedo preguntarle dónde?
—En Montreal. Canadá.
—¡Vaya! Y acaba de instalarse al lado de Etxauri, ¿no?
—La familia de mi madre es la propietaria del señorío de Elío. Llevo un par de meses allí.
—Es un gran cambio de vida.
—Alguien tenía que hacerse cargo de la fundación.
— ¿Qué fundación?
La mujer suspiró. Parecía cansada.
—Mi madre me legó el señorío al morir. No solo es patrimonio histórico familiar. También es la sede de una fundación para la reforestación. Era la condición de la abuela, al menos una fundación de ámbito social, cultural o medioambiental debe tener su centro en Elío para que pase de mano a mano.
—¿Su padre tenía más familia, además de usted?
—No, al menos que yo sepa.
— ¿Y usted?
—¿Yo? —se sorprendió—. La única familia que he conocido está muerta. Ya no queda nadie.
—¿Pareja?
Beloki miró esta vez a Aguirre sin intentar esconder el gesto.
—No, agente, no tengo pareja. Ni hijos. Dejé toda mi vida en Canadá. Me gustaría comenzar de nuevo aquí —remató, con desazón.
Aguirre asintió e hizo un gesto para que siguiera su compañero.
—Señora Moreno, me gustaría pedirle un favor. Pero solo si está de acuerdo —tanteó Beloki—. Tenemos unas fotos del cuerpo de su padre que no son agradables. Nos ayudaría mucho si echara un vistazo y nos indicara si ve algo que le llame la atención.
La mujer tomó aire y asintió lentamente.
Beloki cogió una carpeta con las fotografías y las extendió sobre la mesa. Había imágenes del cuerpo, la postura, la comida en la encimera y la disposición de la mesa.
Carla no se inmutó . Parecía no reconocer aquella carcasa informe que un día fue su padre.
—Son sus gafas —señaló una foto donde se veían las lentes pegadas a la piel de la cara—. No sé qué más decirles —sentenció, con la voz entrecortada.
—Una última cosa, se lo prometo —pidió Beloki—. ¿Le suena de algo esto?
El subinspector le mostró las imágenes de la particular mazmorra que habían encontrado en la buhardilla.
Carla las observó con los puños apretados.
—Por favor, ya basta —pidió—. No quiero ver más.