Pamplona, junio de 2024
—Viene de camino —confirmó Ozcoidi mientras colgaba el teléfono.
—Bien, llama al forense y dile que necesitamos que extraiga una muestra para cotejar el ADN . Hay que confirmar la identidad cuanto antes —pidió Beloki.
Habían bajado las persianas de la sala a media altura.
Aunque estaban a primeros de junio, el calor apretaba con las ganas de una tarde de agosto.
Los vasitos marrones de plástico que desbordaban la papelera eran señal de una mañana demasiado larga y una recién estrenada tarde que se adivinaba similar.
La cadencia monótona de las aspas del ventilador se esforzaba por contrarrestar la cafeína con todas sus fuerzas.
— ¿Dónde están los chicos? —preguntó el subinspector.
—Abajo , en la sala de testigos —contestó Aguirre mientras ponía algunos papeles en orden—. Oye, podrías ser un poco más amable en general, ¿no?
Beloki enarcó una ceja.
— En el jardín. Antes. ¿Te acuerdas?
Su compañero seguía sin entender.
—Has dejado a Crispín con la palabra en la boca.
—Ya me había dicho todo lo que necesitaba saber.
—Sí, y seguramente esos chavales te cuenten una quinta parte de lo que saben y no te servirá de mucho. Están en shock. Entiendo que haya que tomarles declaración, pero podrías tener un poco más de mano izquierda.
—¿Yo?
Ozcoidi observaba aquel intercambio con curiosidad e inquietud. Decidió no involucrarse y salió a telefonear fuera.
—Sí, tú —continuó Aguirre—. Julia solía…
—Yo no soy Julia —cortó Beloki.
Aguirre frunció el ceño y detuvo su retahíla.
—Sí, ya lo sé. No eres Julia, desde luego.
Se quedaron observándose un momento. Ozcoidi entró de nuevo a la sala .
—La muestra de ADN estará lista en un par de horas.
—Gracias —respondió Beloki con un suspiro .
Otro agente llamó la atención de los tres desde el quicio de la puerta.
—Uno de los testigos está un poco mareado. Hemos tenido que tumbarle con las piernas para arriba.
Beloki se dirigió escaleras abajo sin mediar palabra. Aguirre dibujó una pequeña sonrisa de victoria y le siguió. Ozcoidi también fue detrás.
Al llegar a la sala de testigos se encontraron con Ibai tumbado boca arriba . Estaba pálido, con los ojos cerrados, y tenía la frente perlada de sudor. Amaia estaba a su lado y le abanicaba con unos papeles que promocionaban las próximas oposiciones a policía.
—Se ha mareado —explicó—. Le está saliendo todo ahora.
Ozcoidi se agachó al lado del muchacho.
—¿Crees que te encuentras bien como para hablar un momento con nosotros?
Ibai abrió los ojos y asintió.
—Sí, solo me he mareado un poco.
El agente le ayudó a incorporarse y a sentarse en una silla. Amaia se acomodó en otra sin dejar de abanicar a su amigo. Beloki se colocó frente a ellos, separado por una mesa de escritorio. Aguirre y Ozcoidi se quedaron de pie, a un lado, atentos, fuera del campo de visión de los chicos.
—No voy a dar muchos rodeos —comenzó el subinspector—. ¿Qué estabais haciendo en esa casa? Porque entiendo que no sois ni familiares ni propietarios.
Los dos amigos se mantuvieron en silencio durante un instante .
—Úrbex —respondió Amaia, cabizbaja.
—¿Qué? —gru ñó Beloki.
—Exploramos sitios abandonados.
Aguirre y Ozcoidi mostraron interés. Beloki la animó a continuar.
—No estábamos haciendo nada malo —retomó Ibai con un hilo de voz—.
Solo nos interesa sacar fotos, ver cómo son los sitios por dentro.
Creíamos… Creía que ese caserón estaba abandonado .
Lo tenía fichado desde hace meses. Nunca se ve a nadie.
Las persianas y la fachada están hechas un desastre . No pensaba que…
—Entrar en una propiedad privada sin consentimiento puede implicar un delito de allanamiento de morada —respondi ó el subinspector, circunspecto.
—Lo sé, lo sé — contestó el chico—. Pero nosotros no forzamos nada. Solo entramos si vemos una vía por la que acceder sin causar desperfectos. Y no sabía que estaba… que había un…
—Habéis podido alterar la escena de un crimen. Eso es otro delito tipificado.
Ibai tomó aire para contestar, pero finalmente cerró la boca y miró hacia el suelo.
—Nosotros no queríamos…
Beloki sintió la mirada de Aguirre clavada en la sien. Reflexionó durante un par de segundos.
—Bueno —prosiguió—, dejemos un momento de lado los posibles cargos legales. Contadme cómo habéis entrado y qué habéis visto allí.
—Hemos saltado la verja del jardín escalando —contestó Amaia, como si diera instrucciones precisas a un amigo—. Para entrar al edificio, la puerta principal estaba abierta.
Beloki pareció sorprenderse.
—Sí, quiero decir, no estaba abierta de par en par —aclaró, encogiéndose de hombros—. Simplemente hemos tirado de la manilla y se ha abierto.
—Nada más entrar, hemos sentido el olor —continuó el chico, arrugando la nariz—. No solemos ir a los sitios de noche, así que nos ha costado un poco darnos cuenta de que provenía de la cocina . Creía que podía ser comida en mal estado, pero… joder … —Ibai se tapó la cara con las manos.
—¿Habéis tocado algo? —preguntó el subinspector.
Los dos negaron al unísono.
—En cuanto hemos visto el… el cuerpo —Amaia hizo un esfuerzo por pronunciar aquello— hemos llamado al 112. Y el resto, ya lo saben —remató, resoplando y cruzando los brazos sobre el pecho.
—Bien — respondió Beloki, pensativo—, vamos a seguir con el procedimiento y es posible que tengamos que volver a hablar con vosotros . Necesitaremos vuestro contacto, una muestra de ADN y que est éis disponibles para atendernos al menos durante los próximos días.
Ellos asintieron. Deseaban salir de allí cuanto antes.
—¿ Algo más que queráis contarnos? —preguntó, haciendo un amago de levantarse.
Ibai miró de reojo a Amaia un momento . Ella le devolvió el gesto.
Tardaron un segundo en responder.
Beloki parpadeó, perplejo.
—Creo que está claro que os habéis dejado algo —indicó, sentándose de nuevo.
Entonces el muchacho tomó aire y suspiró, resignado.
—No es la primera vez que nos pasa.
—¿El qué?
—Encontramos otro cadáver hace tres meses. Solo que estaba en peor estado que este.