Señorío de Elío, junio de 2024
Carla aspiró el aroma de la infusión. El vaho cubrió por completo sus gafas.
Sacudió la cabeza para que el aire aclarase los cristales.
Sopló a la taza y dio un sorbito. Percibió algunos matices que desconocía.
Para su sorpresa, había encontrado sirope de arce en una tienda de proximidad.
Era algo que echaba de menos y, aunque hoy en día era fácil hacerse con estos productos en internet, los gastos de envío para dar con su marca favorita habrían sido desorbitados.
Sentada sobre un banco de piedra en el soportal, observó el enorme patio desde la sombra. Aquella zona siempre estaba fresca. Tanto que, pese a gozar de los primeros rayos de sol del verano, le acompañaba una sempiterna chaqueta.
El lugar no había cambiado ni un ápice desde su infancia.
Recordaba corretear por aquel suelo irregular de cantos rodados, sorteando un esguince a cada paso.
La abuela era la única que la reprendía.
Se imaginaba siendo la dueña de aquel palacio, hablando con el herrero, ordenando limpiar los establos, recolectando las flores …
Pero las personas que trabajaban allí habían abandonado el lugar cientos de años atrás. Ahora el palacio era un vestigio del es plendor de antaño, un recuerdo que se iba difuminando con el paso de los años y la exposición a los elementos.
El patio era su rincón preferido. Recordó que cuando era niña y venían a visitar a la abuela, servía de garaje para un Mercedes-Benz plateado que nunca se utilizaba porque nadie lo conducía.
Antes se había usado para guardar aperos de labranza e incluso carros y carruajes .
Todos ellos dormían a cielo abierto en aquel pequeño paraje a pocos kilómetros de Pamplona, entre los pueblos de Etxauri y Ciriza.
El amplio porche tenía forma de L y protegía el pozo y la entrada de lo que hoy era la vivienda principal.
Las columnas que recorrían el soportal estaban muy deterioradas, pero habían resistido el paso de los siglos con dignidad, así que no sería ella quien las dejara caer.
Su objetivo era continuar con la fundación de su madre, un proyecto de reforestación que había conseguido repoblar miles de hectáreas.
Al mismo tiempo tenía que hacerse con la restauración del conjunto de edificios, un puente entre esta época y otra muy lejana que vivía en continua reforma.
Y luego estaban las sesiones. Pronto organizaría la primera .
La perspectiva de lanzarse a la piscina por fin la tenía nerviosa y animada a partes iguales.
Si todo salía bien, a partir de ahí era cuestión de tiempo que el boca a boca las hiciera funcionar como un reloj.
Llegar allí no había sido sencillo. Dejar atrás Montreal había supuesto dar carpetazo casi por completo a una vida.
El papeleo también estaba resultando más difícil y tedioso de lo esperado .
Pero ni una cosa ni la otra la desanimaban: estaba decidida.
Apenas llevaba un par de meses instalada, aunque los vecinos la conocían bien.
Su familia había sido la propietaria del señorío de Elío desde mediados del siglo xvi .
Con la muerte de su madre a principios de año, la tierra, sus edificios y propiedades ha bían pasado a manos de Carla, y ahora ella era la única heredera del palacio, de la iglesia semiderruida del otro lado de la carretera y de un par de casas antiguas adyacentes que habían pertenecido al servicio y que hoy en día se encontraban en un estado deplorable.
Todo estaba en su sitio ahora.
Como ella quería.
Como la abuela quería.
De pronto, sintió una punzada en la boca del estómago. Cerró los ojos.
«Por favor, no», pensó.
Le sobrevino otra más, confirmando una incipiente sensación de apremio.
Intentó calmarse.
Apoyó la taza sobre el banco fresco y húmedo como las entrañas de la roca y respiró un par de veces. Al sentir el tercer pinchazo, resignada, se dirigió fuera.
Cruzó la estrecha carretera que separaba el palacio de la iglesia.
Eran apenas cinco o seis metros. Aquel lugar se encontraba a los pies del Cabezón de Etxauri, un peñón que proporciona ba sombra y cobijo a todo el complejo y a la densa vegetación del valle, de un verde perenne.
Sacó una llave de hierro del bolsillo y, mientras trataba de abrir la puerta del templo, Juan pasó a su lado con un manojo de rábanos frescos y la saludó mientras se perdía en el interior del palacio.
La punzada en el estómago se hacía más apremiante.
Carla.
La voz provenía del interior de la iglesia.
Se peleó por hacer girar la llave. La cerradura era muy antigua y a veces se atascaba.
Una mancha roja se aproximaba por la carretera.
Sintió otro tipo de escalofrío anticipatorio igual de estremecedor y la certeza de que aquel coche la buscaba a ella.
El vehículo de la Policía Foral hizo un giro de noventa grados cuando llegó a la altura del señorío y dos agentes se bajaron del coche. Por un momento, observaron el edificio con curiosidad.
—Buenos días —saludaron al percatarse de la presencia de la mujer—. Buscamos a Carla Moreno.
—Soy yo — respondió, inquieta—. ¿Qué ocurre?