El pacto de las sombras (Inspectora Julia Arrondo 3) Pamplona, junio de 2024
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Pamplona, junio de 2024

Ibai tiritaba bajo una manta térmica de emergencia.

Parecía una enorme figura de plata, sentado en el suelo a lo sastre con la mirada perdida.

Los rayos de sol de aquella mañana de junio rebotaban en la cobertura plateada, dispersando destellos en varias direcciones.

A  su lado estaba Amaia con las rodillas abrazadas.

Escudriñaba la corteza de un árbol. Su cabeza estaba ida.

Tenía la manta térmica a sus pies, hecha un gurruño.

Gotas de sudor de varios tamaños le nacían en la raíz del pelo y tomaban dis tintos caminos: algunas recorrían su mejilla por un costado, otras tomaban la autopista de su nariz para salir disparadas hacia el suelo.

Ninguno de los dos articulaba palabra. Para qué, si aquello era algo que no se podía explicar.

Era la segunda vez que se enfrentaban a algo así en apenas unos meses.

Estaban en un jardín donde la maleza campaba a sus anchas.

Había varias encinas y robles cerca. Las malas hierbas, las zarzas y los arbustos habían crecido a su antojo.

Todavía quedaban rosas tardías y un sauce llorón de gran tamaño ondeaba su cortina de hojas con calma.

Cerca del tronco, detrás del dosel fresco, había una mesa y dos sillas de hierro forjado pintadas en blan co, aunque el esmalte se había desprendido y el óxido estaba haciendo de las suyas.

El respaldo de las sillas se retorcía en complejos ornamentos con motivos florales que otorgaban al jardín un aspecto afrancesado.

Seguro que había sido un lugar idílico tiempo atrás, el oasis del enorme caserón de tres plantas y techo a dos aguas que ahora estaba invadido por un trasiego de personal sanitario, policía científica y hombres y mujeres vestidos con ropa de calle y protectores en los pies que entraban y salían del edificio en un torrente de caras circunspectas.

Beloki , Aguirre y Ozcoidi cruzaron la verja exterior que ponía coto a la pequeña selva. La finca se encontraba nada más salir de Pamplona, en una carretera secundaria con poca circulación que se dirigía al norte.

Un hombre bajito y con bigote espeso que vestía un buzo de protección se acercó a saludar mientras atravesaban el vergel. Parecía contento de verlos.

—Buenos días, subinspector. Y compañía —sonrió—. ¿ Han visto qué jardín? Es una delicia para los sentidos.

Mikel Beloki hizo una mueca de desaprobación. En su opinión , el comentario del jefe de la científica estaba fuera de lugar, pero suponía que, para alguien que se dedica a lidiar con escenas de un crimen, lo realmente novedoso era fijarse en lo agradable.

—¿Está dentro?

Antonio Crispín asintió.

—Presuponemos que es el dueño de la casa, Rufino Moreno. Debido a su estado —hizo una pausa —, será mejor que intentemos localizar cuanto antes a algún familiar para confirmar su identidad con una prueba de ADN .

Ozcoidi reparó en los jóvenes que estaban sentados en el suelo.

—¿Quiénes son?

—Amaia Bergara e Ibai Matute. Ellos han dado el aviso.

—¿Y qué hacían aquí? ¿Son familiares?

Crispín encogió los hombros.

—Se habían colado en la propiedad. Dicen que…

Beloki dejó con la palabra en la boca a Antonio Crispín y se dirigió a ellos. El mando de la científica resopló, molesto, y regresó al interior de la casa.

—Buenos días —saludó Beloki a la pareja—. Soy el subinspector Mikel Beloki. Mis compañeros y yo vamos a proceder a la inspección ocular, pero luego me gustaría hablar con vosotros en comisaría.

El chico asintió, pálido y obediente. Amaia ni se inmutó.

—No sé si estarán en condiciones de hablar… —masculló Aguirre, por lo bajo.

Beloki hizo un gesto con la mano, desechando la sugerencia de su compañero.

—Habla con los servicios de emergencias, pero , si no están heridos, que vengan con nosotros. Pídeles identificación y ve moviendo con la central posibles antecedentes.

Aguirre meditó un momento, receloso.

—Está bien.

—Y que vayan localizando familiares de la presunta víctima —pidió .

El subinspector hizo un gesto a Ozcoidi para que le acompañara dentro.

El portón de dos hojas estaba abierto . Los agentes de la Policía Foral se detuvieron en el recibidor.

La luz irrumpía como un torrente en la casa , que tenía casi todas las persianas bajadas.

El aire era denso y agrio, a pesar de llevar circulando varias horas .

Unas escaleras conducían a la planta superior, adornadas con un pasamanos brillante y oscuro.

Los peldaños finalizaban en un re llano amplio, a cuyos lados confluía un corredor circular que discurría por el segundo piso.

Desde allí se oía el trajín en las habitaciones de varios agentes de la científica, mezclado con el ruido de los walkies y las conversaciones.

En la planta baja, a mano derecha, había un salón con muebles de roble de corte elegante, paredes ocres y una mesa ancha acristalada sobre una alfombra persa en tonos rojizos.

Varias sillas acolchadas bordadas en hilo de oro se disponían alrededor, justo al lado de una gran chimenea que asomaba su boca negra y desdentada al comedor.

Una alacena de cristal translúcido, cubierta de polvo, dejaba entrever varias piezas de una vajilla gastada e incompleta.

Parecía que nadie hubiera hecho uso de esa estancia en mucho tiempo.

Al otro lado, se abría una cocina. Olía a podredumbre, a cerrado y a fermentación.

El hedor se colaba por la nariz y se instalaba en la garganta, provocando una tos casi automática.

Dos potentes focos LED iluminaban la estancia como si fuera un estadio de baloncesto.

Crispín estaba en el centro de la habitación, agachado detrás de una mesa, tomando muestras y dando órdenes al resto de sus compañeros, que se movían como un enjambre en torno a su reina al tiempo que repartían triangulitos amarillos con números que identificaban los posibles indicios.

—¿Pero qué coj…?

El subinspector Beloki había sumado muchas escenas de crimen a sus espaldas, pero su capacidad de asombro permanecía intacta.

El cadáver estaba colocado en una posición forzada.

Se encontraba en estado de descomposición avanzada, a juzgar por la falta de músculos, carne y la enorme mancha oscura bajo el cuer po que, en apariencia , podría responder a restos de fluidos corpo rales ya secos.

Estaba de rodillas, junto a la mesa, con los codos apoyados y las manos atadas con bridas.

La piel del rostro había quedado reducida a una fina película, un cuero brillante que en ciertas zonas dejaba entrever el hueso.

Las uñas y el pelo permanecían intactos y aún llevaba puestas unas gafas que, pese a la pérdida de volumen y de tejidos de la cara, se habían quedado pegadas con los restos de los distintos humores.

La boca y la mandíbula estaban en una posición abierta y relajada mientras pequeños insectos similares a las moscas de la fruta entraban y salían por el hueco oral con total indiferencia.

Lo que hacía la escena todavía más ominosa era la ropa: un pantalón claro, un jersey marrón y un delantal rosa con un estampado de pequeñas flores.

Los zapatos, de piel marrón, no se habían estropeado, aunque estaban manchados por los restos de fluidos que se habían ido extendiendo por el suelo de azulejos.

Ozcoidi contuvo un súbito reflujo estomacal. Beloki se tapó la nariz y la boca.

—Tenéis mascarillas y tapones mentolados para la nariz ahí —señaló Antonio Crispín—. Y buzos, por si vais a andar toqueteando cosas .

Los agentes procedieron a equiparse en silencio. Aguirre entró en aquel momento, repitiendo mueca de disgusto, y se reunió con sus compañeros para vestirse con las protecciones.

—¡ Joder! ¿Pero cuánto tiempo lleva aquí? —preguntó, conteniendo la respiración.

Rompetechos, como llamaban cariñosamente al jefe de la científica , le respondió desde unos metros atrás, mientras seguía con sus labores.

—A juzgar por el estado, varios meses. Entre dos y seis, pero habrá que hacer varias pruebas para asegurarnos. Las condiciones de conservación dependen mucho del entorno.

El equipo policial se aproximó de nuevo al cadáver.

—Mirad esto —señaló Crispín, que ordenó con un gesto a su compañero que apagara los focos LED .

La estancia quedó medio en tinieblas y Rompetechos apuntó un haz de luz ultravioleta al suelo sobre el que descansaba el cuerpo .

—Se trata de restos de sangre y secreciones post mortem . Tendremos que analizarlas en profundidad para saber si hay otro tipo de restos biológicos.

—No entiendo de d ónde salen estos bichos. Es como cuando abres una botella de vinagre. —Aguirre observaba la boca con una mueca.

—No te falta razón —rio Crispín, como si hubiera escuchado un chiste buenísimo—.

Las moscas necrófagas pueden oler un cadáver a kilómetros de distancia y colarse por cualquier rendija minúscula.

Lo mismo pasa con las mosquitas del vinagre : están cerca de la fruta o incluso tienen sus huevos suspendidos en el aire, y eclosionan al olor de la fermentación.

—Gracias por la aclaración —respondió con un mohín cargado de ironía.

Beloki se aproximó a la encimera de la cocina.

Los agentes habían vaciado la nevera y habían colocado una pequeña exposición de comida en mal estado y llena de moho.

Un paquete de jamón serrano , lo que un día fueron unos macarrones con tomate, aún en la olla, unos yogures pasadísimos de fecha, cerveza, queso …

—Parece que la dieta no era muy variada —explic ó Crispín.

—¿Qué más tenéis? —preguntó el subinspector .

—Estamos intentando obtener alguna huella en buen estado, pero el polvo está dificultando que los reactivos funcionen como Dios manda. Los restos de comida, grasa y demás tampoco ayudan. Y te adelanto que las bridas están totalmente limpias, de ahí no vamos a sacar nada.

Un chiflido agudo y estridente se oyó desde el piso superior.

—¡ Eh! ¡Crispín! ¡Tenéis que ver esto!

El hombre menudo pegó un salto y se dirigió a las escaleras.

Aguirre, Beloki y Ozcoidi le siguieron. En la planta superior, pasaron por varias habitaciones donde los agentes tomaban muestras y registraban cajones .

En muchos dormitorios las camas estaban deshechas, cubiertas por edredones roñosos, las pare des ennegrecidas, y el mobiliario era tan escueto que parecía el de un penitente.

Llegaron a una estancia más amplia y con menos suciedad que el resto , así que supusieron que se trataba del dormitorio principal.

Algunos marcos de fotos y restos de papeles y tarjetas de visita reposaban sobre un sifonier.

Al lado, un espejo de pared y un galán de noche con una camisa colgada de cualquier manera.

La cama tenía mejor aspecto que las otras, pero lo realmente llamativo era un gran espejo colocado en el techo, justo encima.

Aguirre dio un codazo a Ozcoidi, guiñándole un ojo.

—Parece que el señor no lo pasaba mal.

El joven rio con ganas.

Oyeron de nuevo aquel silbido que les atravesó el tímpano .

Provenía de un piso por encima. Dejaron a los compañeros con el registro y continuaron hacia la última planta.

Allí , un pequeño tramo de escaleras conducía a la buhardilla, donde dos agentes de la científica cuchicheaban y reían.

Crispín llegó casi sin resuello al último peldaño.

Uno de ellos se retiró la mascarilla al ver que Beloki y los otros se aproximaban por detrás.

—Buenos días, subinspector —salud ó, carraspeando.

Era Dani, el ex de la inspectora Arrondo .

Se habían conocido durante los primeros años de patrulla en el cuerpo.

La relación terminó de forma abrupta cuando él le puso los cuernos.

En consecuencia, Beloki y el equipo no le tenían en alta estima, por lo que se limitó a devolverle el saludo con un breve movimiento de cabeza.

—Pensaba que esto solo se veía en el cine —bromeó Dani.

Crispín, Beloki, Aguirre y Ozcoidi se quedaron petrificados.

Aquello no era un trastero. Ni siquiera era un cuarto en desuso. Más bien, todo lo contrario. Tenía pinta de mazmorra.

Una de tipo sexual, en concreto.

Observaban una amalgama de mobiliario y juguetes sadomasoquistas que apenas eran capaces de identificar. Sus ojos recorrían la estancia con prisa y asombro, tratando de adivinar el funcionamiento de los distintos elementos, imaginando mil y una escenas.

Se trataba de una habitación amplia, con las paredes pintadas de rojo, las vigas de madera al aire y una sucesión de lámparas de hierro negro forjado en la pared que imitaban a unas antorchas.

Había dos ventanas diminutas, tapadas por unas cortinas de tela de color vino adornadas con pasamanería en hilo de oro.

De una de las paredes colgaba un gran estandarte de tela viole ta de satén.

Delante, a modo de trono, en un pequeño podio más elevado, una butaca Chesterfield de color burdeos presidía la estancia.

En medio del cuarto había una especie de tumbona con forma arqueada y varios orificios.

Tenía distintas correas de sujeción que no sabrían asegurar a qué parte del cuerpo iban dirigidas.

En el suelo reposaba una jaula con gruesos barrotes de hierro en la que al menos cabían dos personas y, en la pared opuesta a la tela, un aspa de gran tamaño con grilletes y correas de cuero de varias longitudes.

Era algo así como un lugar para una crucifixión, solo que con forma de X.

Una barra metálica anclada al tabique hacía las veces de perchero para correas, fustas y cinturones.

La decoración y los ador nos eran de lo más variopintos: dos mesas de madera con los can tos trabajados en relieves de distintas escenas sexuales, dos cálices de metal dorados, una vitrina de cristal con varias máscaras de plástico y de porcelana, todas ellas inexpresivas.

Aquellas caras sin alma observaban cómo los agentes contuvieron la respiración durante unos segundos .

—Jo…der… —acertó a decir Ozcoidi.

—Y yo que me he sorprendido con el espejo de abajo… — m urmuró Aguirre.

Beloki no era capaz de articular palabra.

Antonio Crispín se mesó el bigote, pensativo.

—Ve abajo y haz recuento del material —pidió a Dani—. Nos quedan algunas horas más por aquí.