El pacto de las sombras (Inspectora Julia Arrondo 3) Pamplona, junio de 2024
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Pamplona, junio de 2024

—¿Qué te parece Contracubierta?

—Me suena a barco.

—¿Y Rastro de Papel?

—Muy ñoño, ¿no?

Leyre resopló.

—No lo est ás poniendo nada fácil, ¿eh?

Aitor se encogió de hombros .

—Es como bautizar a un niño. Lleva tiempo decidirse.

—Ya, pero al niño hay que darlo de alta en el IAE , el niño tiene que montar su escaparate, comprar el rótulo para la puerta, organizar el evento de apertura…

Aitor levantó las manos en señal de rendición.

—Vale, vale. Tranquila. Lo pillo. Déjame solo que le dé una vuelta más.

Leyre se puso en pie y dio un par de vueltas en círculos, como si fuera una leona atrapada.

Alzó las manos hacia el techo clamando ayuda a un ente superior, derrotada.

Un mechón anaranjado se le escapó del improvisado moño que se había hecho con un bolígrafo.

Tenía la apariencia de una pequeña serpiente de fuego.

Estaban en el local que Aitor había alquilado para poner en marcha su librería, un lugar centenario en el corazón del Casco Viejo de Pamplona.

Los libros que iban a copar las estanterías esperaban su turno en cajas repartidas por el suelo y el mostrador.

Se trataba de ejemplares de segunda mano, donaciones y ediciones descatalogadas; auténticas joyas que seguro que harían las delicias de los clientes.

Eso si lograban abrir en fecha.

El problema era que aún quedaba mucho trabajo por hacer y Aitor se bloqueaba con cualquier pequeña decisión.

Varios paseantes y curiosos se detuvieron a fisgonear mientras Leyre y él ultimaban los preparativos con la persiana a medio gas y el escaparate sucio.

Era una de esas primeras mañanas cálidas de verano.

Ellos permanecían a media luz dentro del local, libreta en mano, repasando posibles nombres para la librería mientras compartían sendos cafés con hielo.

—¿Te he dicho alguna vez que me pones de los nervios? — p reguntó Leyre mientras se sentaba de nuevo a su lado .

—Muchas —sonrió él de vuelta—, pero veo que aún no has salido huyendo.

—Estoy a punto.

—¿Qué tal Notas al Margen?

A ella se le iluminó la cara.

—Me encanta.

—¿En serio?

—¡Sí! —exclamó dándole un abrazo—. ¿Lo dejamos así? Da mucho juego para montar una buena campaña.

Leyre se dedicaba al mundo de las redes y al marketing online desde mucho antes de que los principales influencers hubieran nacido.

Le producía un rechazo terrible tener que lidiar con este mundillo de esnobismo digital que había crecido tan rápido y tan agresivo, una jungla donde todos se abrían paso a machetazos mientras bailaban con caras de afectación, se maquillaban contando una anécdota personal irrelevante o mostraban su rutina de gimnasio no apta para cobardes.

La gente vendía su expertise y su corazón a precio de like y deformaba la realidad de lo que nos debería gustar, de lo que debíamos ponernos, de cuál debería ser nuestro próximo destino vacacional.

Después de trabajar unos años en Madrid y acabar harta de las exigencias absurdas y de la velocidad, decidió volver a Pamplona y montar su propia agencia.

Le tocaba seguir lidiando con creadores de contenido, pero ahora era ella la que decidía cómo y cuánto.

Por fortuna, aún quedaba gente sensata con quien trabajar, personas detrás del personaje que tenían algo que ofrecer.

El teletrabajo le permitía conectar con clientes de cualquier lugar y había logrado crear un equipo joven y fresco.

Ella era la capitana de un barco que dirigía con carisma y experiencia.

Esto le permitía involucrarse también en proyectos más personales que no le darían grandes beneficios, pero donde intuía alma y corazón.

Era el caso de la librería de Aitor. No solo se había forjado con la biblioteca que su hermano Mario le había dejado en herencia, sino que era el mejor amigo de este quien iba a ponerla en marcha.

Eso si antes no lo ahogaba con sus propias manos.

—Venga, mañana me acerco al registro con el nombre. Asunto zanj …

El teléfono de Aitor comenzó a sonar.

—¡Hola , cariño! —exclamó él respondiendo a la videollamada.

—¡ Hola, car…! —comenzó a decir Julia al otro lado.

—¡Hola, Julia! —interrumpió Leyre, metiendo la mitad de la cabeza en la pantalla de Aitor y saludando con entusiasmo.

Julia se ruborizó un poco.

—¡Leyre! Veo que te tienen explotada.

—Sarna con gusto no pica . Eso sí, tu novio me pone de los nervios.

—Te entiendo.

Ambas mujeres rieron, cómplices.

—Yo ya me iba. Tienes deberes que hacer, Aitor Luqui. No hagas que me cabree —amenazó Leyre mientras cogía su bolso y salía por la puerta del local—. ¡Adiós!

Aitor sacudió un brazo para despedirse y luego se puso en pie y enseñó el local con el teléfono.

—¿Has visto cómo está esto…? Ya hemos catalogado todos los libros , solo queda limpiar bien, colocarlos y añadir un toque de decoración.

—¡Guau! Menos mal que tienes a Leyre…

Aitor frunció el ceño en respuesta.

—Bueno, ¿tú qué tal por allí?

—Bien, acabo de colgar con los chicos.

—¿Qué tal están?

—Aguirre y Beloki en su línea, peleando como dos chiquillos, pero ya sabes: no pueden vivir el uno sin el otro… A  Ozcoidi lo veo muy bien también.

—Se apañan como pueden sin ti —dijo Aitor, guiñándole un ojo.

—Seguro, mientras no lleguen a las manos…

—¿Y qué tal Mark?

—Pues lo tengo aquí al lado, deseando que cuelgue para arrancar con la faena.

Julia giró su teléfono unos centímetros y apuntó hacia un hombre rubio de mediana edad que estaba enfrascado en la pantalla de un ordenador.

— Hi, Mark! —exclamó Aitor.

Él dio un respingo, se giró hacia Julia y se acercó a saludar.

—¡Aitor! ¿Tú estás bien…? —preguntó en un castellano más que aceptable.

Aitor asintió y se encogió de hombros.

—Estaré mejor cuando pague el rescate por mi novia y la soltéis. ¿Cuánto queréis?

Mark estalló en carcajadas y dio una palmada en el hombro de Julia. Hizo un gesto de despedida y volvió a sus quehaceres.

—¡Ya queda poquito para que vuelvas! Tengo muchas ganas de verte.

—Yo también —respondió ella con una sonrisa plastificada.

—¿Qué pasa?

—Nada.

—¿Cómo que nada? Te conozco. Eso no es una sonrisa, eso es una mueca.

Julia suspiró.

—Te lo cuento, pero, por favor, no digas nada.

—¿A quién voy a…?

La inspectora hizo un gesto con las manos para cortar la réplica.

—Nos han llamado de la Universidad de Surabaya. El sónar ha detectado algo .

—¿Qué es lo que…?

—No sabemos todavía qué puede ser, pero está claro que no es una formación natural. Está a varios metros de profundidad y tenemos indicios de algunos ángulos y patrones que no son muy comunes en la naturaleza. Es una construcción artificial.

—¡ Pero eso es genial!

—El problema es que esto puede alargar un poco mi estancia aquí.

—Julia bajó la vista—. No puedo irme ahora.

Están montando una expedición a Indonesia y puede que tenga que marcharme dentro de un par de semanas.

Eso significa que a la vuelta tendría que ayudar a catalogar toda la información y echar una mano con la investigación de lo que sea que encontremos.

El rostro de Aitor cambió por completo. Su expresión, ahora demudada, ocultaba la lucha que estaba librando bajo la superficie.

—A ti… ¿A ti qué te pide el cuerpo?

—No lo sé… —contestó Julia , abatida—. Lo cierto es que en todos estos meses esto es lo más prometedor que hemos tenido. Y el equipo está como loco. Ya sabes que cada segundo cuenta… Tengo muchas ganas de verte, pero puede que tenga que esperar un poquito más.

Él sonrió con melancolía.

—Lo entiendo perfectamente.

—Aitor…

—De verdad. ¿Qué son un par de meses más? —añadió, intentando ofrecer su mejor sonrisa.

Ella le devolvió una mirada cargada de ternura .

—Gracias. Lo seguimos hablando, ¿vale? Ahora tengo que dejarte.

—Vale. Te qui…

La inspectora colgó la llamada antes de que aquel mensaje cruzara el Atlántico.