Pamplona, junio de 2024
—¡Échate para allá, que no quepo!
—Lo que tienes que hacer es sujetar el móvil recto, que pareces nuevo.
La carcajada de Ozcoidi alivió la tensión del momento.
—A ver, abuelos, compórtense. No se aturullen. Dejadme a mí.
El joven policía les arrebató el móvil y lo colocó en posición horizontal.
—¿Veis? Así cabemos todos —sonri ó.
El subinspector de la Policía Foral, Mikel Beloki, y su compañero, el agente Pablo Aguirre, parecieron calmarse un poco , atusándose el pelo, mientras miraban a la pantalla. Habían logrado caber los tres en la videollamada.
—Cada día estás más guapo —dijo Julia.
Ozcoidi se ruborizó y se sacudió el mechón de pelo que le caía sobre la frente.
Se había dejado crecer la cabellera rubia y ahora se le ensortijaba en el flequillo y la nuca.
Acababa de estrenar un corte a lo mohicano que era la envidia y las mofas de sus compañeros de más edad y mayor rango.
Aquello, junto con sus ojos claros, le había supuesto un nuevo apodo.
—¿Has visto el David? Es la envidia de la comisaría —bromeó Aguirre—. A ver si conservas la misma mata cuando llegues a mi edad, chaval.
—¿El David? —rio Julia—. No seáis malos, anda.
—Gracias, jefa.
—No me llames jefa. Ahora tu jefe es Beloki —matizó, guiñando un ojo.
El aludido carraspeó, incómodo. Como ninguno dijo nada , Julia siguió:
—A vosotros tampoco os veo nada mal , ¿eh? Aguirre igual se ha echado algún kilito encima…
—¡Oye!
Lo cierto es que veía a sus compañeros como siempre.
Aguirre había perdido algo de pelo con el nacimiento de los gemelos, pero continuaba siendo un tipo atlético y sabía peinarse para ocultar su incipiente azotea.
Su guasa, en cambio, se mantenía intacta.
Beloki estaba clavado a como cuando lo conoció: alto, moreno, con pinta de escalador, el pelo cortado al ras y la mirada cansada, sin importar el momento ni la hora del día.
—Hay que decir que a ti no te sientan nada mal aquellas latitudes, ¿eh? ¿Llevas el pelo más largo?
—La peluquería aquí es cara, y casi no tengo tiempo —se enco gió de hombros mientras recogía los tirabuzones de su melena castaña en un moño improvisado, dejando al descubierto su fino cuello y unos hombros definidos.
Desde su llegada a Canadá medio año atrás no había parado ni un momento, pero las carreras por el camino del faro y el entrenamiento de fuerza eran sagrados.
—Bueno, ¿qué? ¿Cuántos cofres habéis encontrado ya? —p reguntó Aguirre.
—Muchos, pero vosotros no veréis ni una moneda —bromeó Julia—. De todas formas, sabéis que no puedo compartir esa información .
Aguirre cabeceó, decepcionado.
—Al final vamos a tener que pedir una orden de arresto para que cuentes algo.
La inspectora Julia Arrondo contuvo la risa. Echaba de menos las bromas de sus compañeros. Estaba de excedencia en Canadá , en San Juan de Terranova, ayudando a su tío Mark en la empresa que le había ocupado a este y a James toda una vida: la búsqueda del Trinidad, el buque insignia de Magallanes.
La vida de Julia había dado un giro radical un año antes al saber que su padre acababa de morir. Lo curioso del asunto era que ella había enterrado al que pensaba que era su padre seis años atrás.
James y Aurora se conocieron un verano en Lekeitio, y fruto de ese amor nació Julia .
Pero Aurora acabó casándose con su novio de toda la vida, el canadiense regresó a sus mares a continuar su búsqueda del tesoro, y solo el tiempo y una relación epistolar mantuvieron el contacto entre ambos.
Al enfermar él, y cuando el padre de Julia hacía ya tiempo que había fallecido, James le pidió a Aurora que le contaran a Julia la verdad.
Había sabido por la prensa que Julia había investigado a una gran empresa que expoliaba patrimonio submarino y su última voluntad era que su hija biológica, aunque no reconocida, fuera a Canadá para ver de primera mano el apasionante trabajo al que había dedicado su vida.
Para Julia la decisión no había sido fácil.
Asumir la verdad. Entender a su madre. Perdonarla.
Aceptar la curiosidad por conocer tanto sus orígenes como la labor de James.
No sentir que estaba fallando a la memoria de su padre, que la había educado y querido con locura, y al que ella y Aurora también habían amado.
La misma empresa que Julia había investigado amenazaba ahora con echar por tierra la búsqueda del Trinidad.
Si ella podía hacer algo por respetar la voluntad de su padre, y por impedir que unos desalmados se salieran con la suya, ¿estaba en su mano negarse?
James le pedía en su carta que pasara un tiempo visitando Terranova, ayudando a su hermano Mark a avanzar con las investigaciones y haciendo suya una búsqueda que él no terminaría a tiempo.
Conocía los métodos de la empresa que también iba detrás del pecio.
Aquello no era una carrera por llegar antes al Trinidad, era un enfrentamiento entre la protección del fondo de los océanos y el ánimo de lucro en él.
Julia tardó en decidirse, pero acabó pidiendo una excedencia de un año. Le vendría bien, además, aparcar un tiempo su trabajo como inspectora al frente de la Brigada de Delitos contra las Personas de la Policía Foral. Aquel era un tren que no podía y no quería dejar pasar.
Así que se marchó.
El mayor inconveniente había sido separarse de su pareja.
Julia apenas llevaba unos meses saliendo con Aitor cuando se topó de frente con todo esto.
Ambos habían tenido claro desde el principio que la aventura al otro lado del Atlántico era algo que la inspectora debía hacer.
Acordaron mantener la relación a distancia e intentar verse cada poco.
Aitor ya había estado de visita en San Juan de Terranova un par de veces.
Así, los meses habían ido pasando casi sin darse cuenta, y lo que parecía un equilibrio complicado había sido sostenido por una rutina frenética.
Y es que Aitor también estaba más entretenido que nunca montando una librería .
Él había tenido su particular terremoto vital el año anterior .
Se había visto envuelto en la misma investigación que Julia , solo que como principal testigo del asesinato de su amigo Mario.
La chispa entre ambos tomó forma en pleno duelo por la muerte de Mario y con un Aitor perdido en lo personal y en lo laboral.
Se había ido recomponiendo poco a poco gracias a la ilusión por Julia y al apoyo de Leyre, la hermana de Mario.
Se conocían desde pequeños y era ella la que le había animado a poner en marcha un negocio de libros de segunda mano con todo el legado que había dejado su hermano.
Julia estaba aprendiendo a descifrar los secretos del mar. Aitor, los suyos propios.
—Entonces ¿cuánto te queda por allí? —insistió Aguirre.
La inspectora parpadeó. Se había perdido un momento en su propio mundo.
—En teoría, hasta octubre.
—¿Cómo que «en teoría»?
Sonrió .
—Es un año de excedencia. Pero depende de cómo vaya la investigación…
—A mí no me dejes a las órdenes de este mangarrán más tiempo, por favor .
Beloki le asestó un capón a su compañero. Aguirre se dolió con dramatismo.
—Y esto es lo que me toca aguantar todos los días —añadió Ozcoidi, que robó definitivamente el móvil a sus compañeros para dirigirse a solas a la inspectora.
—Tranquilo, se les pasará pronto. No pueden vivir el uno sin el otro.
Ozcoidi se apartó otro de los rizos.
—Intentaré contenerlos.
—Pásame un momento con Beloki —pidió Julia.
Víctor Ozcoidi entregó el móvil a su responsable directo. Desde la salida de Julia, Mikel Beloki se había quedado como cabeza visible de la Brigada. El subinspector se alejó un par de metros.
—¿Cómo estás?
—Bien.
Beloki era hombre de pocas palabras. Su carácter era el resultado de cientos de años de evolución de hombres de montaña. Frío, práctico y de gran nobleza.
—¿Podrías ser un poco más específico, por favor?
—Estoy bien.
—Eso son dos palabras. Vamos mejorando.
—Estamos tranquilos, no ha habido grandes sobresaltos estos meses.
Julia sonrió.
—Me alegro. Supongo que nadie se atreverá a delinquir sabiendo que puede acabar un par de días en un calabozo contigo en la puerta.
—Muy graciosa.
—¿Qué tal Nekane? ¿Y las niñas?
—Nekane bien y las niñas ya no son tan niñas.
—Me alegro mucho, Mikel .
Hizo una pausa.
—Sabes que si en algún momento te apetece hablar estoy a un par de clics de distancia, ¿verdad?
Beloki se sonrojó. Se sentía incómodo con esas muestras de afecto espontáneas.
—Venga, no os quito más tiempo, que aquí ya es una hora casi indecente para ponerse a trabajar. Despídete del resto de mi parte.
—¡Hasta otra, jef…!
Aguirre no tuvo tiempo de terminar la frase.
Julia colgó y los tres agentes se vieron envueltos en un silencio ortopédico.
Lo cierto es que la inspectora representaba un papel fundamental en el equipo .
No solo la echaban en falta en lo profesional.
En lo personal, era la encargada de hacer que las conversaciones fluyeran, el empaste invisible entre unos y otros.
El equipo per se funcionaba bien, pero Arrondo mantenía los engranajes en buen estado.
Pablo Aguirre tomó el periódico y se recostó un momento en su silla. Ojeó las noticias con desdén.
—Lucía Benítez está en Pamplona rodando estos días —leyó, soltando un silbidito.
—¿Quién? —preguntó Ozcoidi.
—Eres tan joven que a veces molesta —replic ó, ofendido—. Lucía Benítez, la actriz. Hace diez o quince años todos teníamos forradas las paredes con sus pósters. Está cañón.
—Hace diez o quince años tú ya eras demasiado mayor para tener las paredes forradas con pósters .
Aguirre lanzó el periódico a su compañero, que lo esquivó entre risas.
—Basta, dejad de jugar —pidió Beloki —. Hay que repasar las incidencias de la mañana. Nos acaban de pasar dos avisos del Centro de Mando y Coordinación. Hay un hombre mayor que lleva dos días desaparecido en Baztán y una mujer en Corella.
Los dos agentes asintieron, poniéndose serios y acercándose a la gran mesa en la que solían compartir información.
—Bien, el primero tiene setenta y seis años y responde al nombre de…
El teléfono del despacho interrumpió la puesta en común. El subinspector atendió la llamada. Le siguió una sucesión de onomatopeyas y rápidos apuntes en la libreta que tenía a mano .
—Ha aparecido el cadáver de un hombre en una casa a las afueras de Pamplona.