Izarra, Álava, marzo de 2024 #3
Ibai adivinó sus pensamientos y le rozó la mano durante un segundo, ofreciendo su apoyo para calmarla. Ella dio un pequeño respingo y se giró, pero le devolvió una sonrisa y le apretó la mano. Aguantaron así durante un instante, hasta que se soltaron, ruborizados.
—¿Qué es ese olor…? —preguntó Jon.
—Huele como si se estuviera quemando algo —advirti ó Amaia.
Percibían un aroma dulzón que eran incapaces de reconocer.
Mmm…
De pronto, un sonido grave y rítmico tronó desde el fondo. Sonaba como un instrumento de percusión acompañado de un suave cuchicheo.
—Quizá deberíamos parar y salir —susurró Ibai antes de dete nerse—. Puede que incluso debiéramos llamar a la policía.
—¿Pero qué dices? ¡Serán otros como nosotros! —exclamó Xabi.
Amaia dudó . Había algo en todo aquello que no le gustaba, pero no podía dejar de avanzar. Era un magnetismo oscuro, como un canto de lamia.
—Está bien —admitió Ibai—. Pero si las cosas se ponen feas, nos reunimos en el murete de la entrada. Nos separamos y nos hablamos por los walkies , ¿vale?
El resto asintió al unísono .
¡Aaaaaah!
Esta vez no fue un murmullo, sino un grito. Venía justo de la planta superior y era la voz de una mujer. Parecía estar sufriendo.
Amaia apartó a su primo y a Jon, y subió las escaleras de dos en dos.
Si había alguien en peligro, tenían que darse prisa.
Al llegar arriba, se paró en seco . Un pasillo eterno y oscuro arrancaba a su izquierda.
Al fondo había una estancia de la que emanaban una luz dorada y suave y el inconfundible sonido de una percusión .
—Creo que el dormitorio de las chicas estaba aqu í —dijo Xabi, avanzando paso a paso—. ¡Mirad! —exclam ó con voz queda, señalando su aparato de medición.
Las lucecitas del espectrómetro parpadeaban como locas. Xabi lo mostró triunfal triunfal.
—Basta ya —dijo su prima, lo apartó, cogió el walkie y echó a andar por el pasillo—. Creo que no es momento de sacar los juguetes.
Su primo frunció el ceño, ofendido. Ibai le dio un codazo , intentando justificar a la chica.
Avanzaron con sigilo. Justo antes de llegar a la altura de la habitación, oyeron murmullos acompañando el lamento. Amaia se volvió a sus amigos, temerosa. Contuvo el aliento y se acercó al marco de la puerta.
Su walkie cayó estrepitosamente al suelo, al tiempo que lo hacía su mandíbula.
En el centro de la estancia, sobre un colchón mugriento custodiado por cuatro velas negras y rodeado por un círculo de tiza, yacía una chica desnuda.
Tenía pinta de estar drogada o en trance.
Un joven de su edad le sujetaba las muñecas por encima de la cabeza mientras otra mujer la masturbaba con fruición a los pies del sucio lecho.
Ella gemía, aunque no por dolor ni por placer, sino por algo que más tarde se describiría como agotamiento.
Otro hombre, mayor, daba vueltas y murmuraba alrededor de la escena mientras una quinta persona tocaba un pequeño instrumento de percusión.
De una esquina emanaba el humo de un incienso fuerte, con olor a jazmín, justo al lado de lo que parecía ser un enorme tarro del mismo aceite que impregnaba el cuerpo de la mujer del colchón.
Todos estaban desnudos.
Y todos se giraron hacia la puerta cuando Amaia dejó caer el walkie al suelo.
La chica del colchón pareció volver en sí. Parpadeó, exhausta, enfocando a los nuevos invitados. El hombre que estaba de pie comprobó cómo la mujer se recuperaba parcialmente y se giró colérico hacia Amaia.
—¡¡Fuera !! —rugió.
El cuerpo de Amaia reaccionó mucho antes que su cabeza.
Salió disparada por el pasillo. Ibai, a su lado, se asomó durante una fracción de segundo a la habitación para fotografiar mentalmente la escena y comprobar cómo aquel hombre se disponía a saltar encima de él.
Xabi y Jon habían visto el pánico en la cara de Amaia y habían echado a correr segundos antes. Ambos estaban ya en la planta baja, forcejeando por ver quién salía primero.
El hombre desnudo estaba fuera de sí. Corría tras Amaia e Ibai, sin importarle los cascotes bajo los pies descalzos, soltando improperios y amenazas ante lo que parecía haber sido una incursión muy desafortunada.
Las piernas de los jóvenes obedecían a una única orden: correr. No tenían ni la más mínima intención de pararse a dialogar o razonar. Lo único claro es que su intromisión lo había cabreado, y mucho.
Al llegar a la recepción, Ibai tiró del brazo de Amaia.
—¡Por aquí! —apremió.
Cruzaron uno de los pasillos inexplorados de la planta baja .
Estaban en otro corredor. A cada paso que daban sufrían un nuevo golpe en las espinillas.
Ibai se mordió los labios para contener un grito de dolor.
Apagó su linterna y la luz frontal. Amaia hizo lo mismo.
Estaban sumidos en la más absoluta oscuridad, y aquello, lejos de tranquilizarlos, los inquietó aún más.
—¡Eh! ¡Venid aquí! —gritó el hombre.
Trataron de contener la respiración tapándose la boca con una mano.
La otra la pusieron sobre la pared, tanteando la superficie a modo de guía.
Ibai y Amaia avanzaron a tientas hasta una estancia al final del pasillo.
Nada más entrar, un enorme estrépito los paralizó .
Habían chocado sin querer con una cacerola que estaba en el suelo.
Se quedaron inmóviles, rogando que el hombre no lo hubiera oído.
Silencio.
Estaban en lo que parecía una cocina industrial, o lo que quedaba de ella.
La luz de la luna filtrada por los recovecos de unas ventanas tapiadas les permitió adaptar sus ojos a la oscuridad.
Observaron una vieja pila con trastos sin fregar y una alacena a la que le faltaban todos los cristales.
Por todos los lados había botes, vacíos o con sustancias indefinidas, cubiertos de moho.
Aquel sitio apestaba a rancio, pero no como la habitación del principio, sino a comida putrefacta y a fermentación.
Recuperaron el resuello. Amaia se sujetaba el pecho.
Tenían que encontrar una salida.
—Es una cocina —susurró Amaia.
—Sí, ya lo veo.
— Me refiero a que las cocinas de este tipo suelen tener salida directa para tirar la basura, y más en sitios tan pijos como este.
Ibai asintió. Se pusieron a otear el espacio. Apenas unos segundos después, cerca del fregadero, Amaia le hizo un gesto para que se acercara.
—Mira esto —dijo entrando en una pequeña despensa.
El olor era repugnante. Varias estanterías con latas de conservas resistían el paso del tiempo.
Otras se habían abierto y desprendían un hedor nauseabundo.
Dieron con la única puerta que seguía de una pieza en todo el edificio.
Amaia probó a abrirla, pero estaba atrancada.
Al mirar más abajo, vieron un agujero por el que entraba aire de la calle, como si alguien la hubiera golpeado con algo afilado y fino.
Ibai se agachó para examinar la madera, y luego le dio un par de puntapiés con las botas. El boquete cedió con un crujido, se resquebrajó y se agrandó un poco más. En apenas unos segundos, ampliaron el hueco lo suficiente como para salir.
—Pasa tú primero —ofreció Ibai—. Yo vigilo.
Amaia se deslizó lo más rápido que pudo. Al levantarse al otro lado, tenía los brazos llenos de arañazos y cortes. El aire géli do la reconfortó como un bálsamo. Cuando ambos se vieron libres, echaron a correr por la pista de baloncesto.
De pronto, el walkie de Ibai crepitó.
—¡Eh! ¿Dónde cojones estáis ? Estamos en el coche. Venga, responded. Amaia no contesta —se oyó a Xabi al otro lado de la línea.
—Xabi —respondió Ibai—. Vamos para all…
La silueta del hombre desnudo apareció de súbito en la cancha. Los chicos enmudecieron. El desconocido echó a correr hacia ellos.
— Venid —pidió el hombre, con voz ronca—. Lo que hab éis visto…
Pero no pudieron articular palabra.
Salieron corriendo en dirección opuesta. El hombre resoplaba y maldecía tras ellos, no estaba claro si se trataba de cansancio o de enfado. Ibai logró centrarse y sacó de nuevo el walkie del bolsillo.
—¡Llamad a la policía! —gritó a sus compañeros.
—¿Qué…?
—¡Ahora! —La voz de Ibai sonaba urgente.
Amaia y él redoblaron fuerzas para mantener el ritmo de la carrera. Pasaron cerca del pabellón de la piscina y se perdieron entre la vegetación . Atravesaron matorrales mientras algunas ramas se les enganchaban en la ropa, con aquel hombre pisándoles los talones de nuevo.
Lo sentían y lo oían cerca. Esta vez les rogaba que parasen. Les pedía hablar. Pero ellos no tenían la menor intención de hacerle caso.
Encontraron otro acceso a un edificio. Sin pensarlo, salta ron dentro.
Era una habitación grande. Se apoyaron en la pared, exhaustos.
Amaia lloraba en silencio. Ibai seguía en estado de shock.
Trataba de pensar algo que le permitiera ganar tiempo, pero lo único que acertaba era a mantener el estómago en su sitio.
Cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, vieron que estaban en un aula. A un lado, una pizarra enorme y pupitres desvencijados. Un mapamundi amarillento colgaba de la pared y, al fondo, bajo los percheros, un par de sillas sujetaban un jersey, como si alguien lo hubiera tendido.
Ibai y Amaia se miraron extrañados y sintieron una leve punzada en la barriga. Una fuerza invisible los empujó a acercarse. Bajo la prenda había un pequeño montículo de cascotes, que a su vez reposaba sobre una mancha oscura.
Ibai tuvo que ahogar un grito.
No eran escombros.
Era un esqueleto humano.