Izarra, Álava, marzo de 2024 #2
No solían tener miedo, no era compatible con esta afición. Pero siempre podían encontrarse con alguna sorpresa desagradable, vigilantes de seguridad, personas amigas de lo ajeno o animales salvajes.
—Ahí — señaló Ibai.
Se acercaron hasta un extremo de la fachada.
Alguien había recubierto toda la pared de la planta baja con un muro de ladrillos para impedir el acceso, pero en un lateral se abría un butrón que tenía pinta de haber sido provocado con una maza.
Estaba a ras de suelo, solo tenían que agacharse un poco para entrar y tener cuidado de no rozarse.
Contuvieron el aire y apuntaron con la luz al interior. Era como examinar una boca oscura y llena de bacterias. Pequeñas motas de polvo flotaban suspendidas en el aire, formando una neblina artificial . Sobre el suelo había una rampa improvisada con un tablón viejo que hacía más fácil el acceso.
Observaron la estancia desde fuera. De la recepción solo quedaba el mostrador. Varios pasillos se abrían a un lado y otro, compartiendo el espacio con cascotes, cristales, grafitis y malas hierbas. Hacia la izquierda, un corredor. Del lado derecho, los restos de unas escaleras.
—¿Hacia dónde? —preguntó Ibai.
—¿ Nos dividimos? —sugirió Jon.
—Ni de coña —replic ó Amaia.
Un ruido seco y rítmico interrumpió su debate .
—¿Qué es eso? —preguntó de nuevo Jon.
Aguzaron el oído. Era como si alguien estuviera caminando muy despacio o dando toquecitos sobre una superficie dura.
Se quedaron petrificados.
—Será algún bicho —aventuró Xabi.
Nadie se atrevía a saltar al interior.
—Voy yo — resolvió Amaia, vehemente, apartando a su primo de la entrada .
Él se dejó hacer. Ella se apretó con fuerza la coleta, se enfundó unos guantes de látex y cruzó el umbral con cuidado. Descendió con dos grandes zancadas por la rampa y aterrizó con un pequeño salto en el suelo.
Apuntó a sus compañeros con la linterna. Los tres la observaban como si fuera la primera persona en pisar la luna.
—Venga, que es para hoy —bromeó ella.
Antes de seguirla, Ibai le lanzó la mochila con el material audiovisual. Continuó Xabi con su propio equipo, que nada tenía que ver con sacar fotos. Al menos no de ese tipo. Jon fue el último en cruzar.
Amaia se perdió por el pasillo de la izquierda.
— Creo que el ruido viene de aquí —susurró.
Los chicos la siguieron. El sonido, de cadencia monótona, crecía conforme avanzaban.
Fueron en silencio por un pasillo de unos treinta o cuarenta metros de largo, a oscuras.
El suelo crujía, repleto de cristales y leños de los marcos de puertas y ventanas.
En las paredes, una sucesión de pintadas con espray de lo más variopinta: « acab », «1312», firmas de todo tipo o dibujos lascivos.
A cada lado se abrían distintas estancias con ventanas tapiadas.
Algunas, como el aseo de la planta inferior, de baldo sas verdes y lavabos hechos trizas.
Otras eran enormes y estaban llenas de basura.
Se detuvieron en una habitación que tenía una mesa podrida y llena de polvo. Al lado, un sillón giratorio roído, dos archivadores con los cajones abiertos y una cantidad ingente de papeles desparramados.
—Tiene pinta de despacho del director —sonri ó Ibai.
Como activados por un resorte, se pusieron a examinar los papeles. Eran antiguos documentos de notas, expedientes de alumnos o informes más extensos que se remontaban décadas atrás .
—Parece que el uniforme era rojo —dijo Amaia señalando la foto de una joven rubia con un jersey de cuello de pico.
—Veo mucho apellido compuesto —añadió Jon con sorna.
—¿Qué esperabas de un internado para lo mejorcito del país? —replicó Xabi.
Ibai observaba la sucesión de rostros desconocidos. Quería saber la historia detrás de cada joven, de cada niño. Cómo eran sus casas, si eran felices allí, cuáles eran sus asignaturas favoritas…
— ¿Qué haces? —bufó Amaia mirando a Jon, que estaba guardando un pequeño libro en su mochila.
—Es un anuario.
—Ya. ¿Y?
—Nada.
—Sabes perfectamente cuáles son las normas. Nada de robar, nada de llevarse nada.
—Bueno, pero esto ya no lo va a reclamar nadie.
—No se trata de eso. Se trata de que el próximo lo encuentre todo en perfecto estado.
Jon sonrió con ironía, abriendo los brazos, como para abarcar la ruina alrededor por toda explicación.
—Haz lo que te dé la gana —sentenció Amaia saliendo de la habitación.
Su primo resopló, miró a Jon y fue tras ella. A la chica no le faltaba razón , pero tenía un temperamento voluble. Xabi consiguió agarrarla por el brazo un par de metros más adelante. Le enseñó la estancia que se abría a su derecha.
—Eh, ¿ has visto? —El chico dirigió su mirada a lo que parecía la barra de un bar. Entró, resuelto, detrás del mostrador—. ¿Qué te pongo…? —dijo impostando la voz y sacando un vaso de cristal de la parte inferior, que para su sorpresa aún seguía entero.
—Te vas a cortar —advirtió Amaia, aunque parecía estar divirtiéndose.
— ¿Tú no sabes que he sido camarero en otra vida …? —replicó lanzando el vaso al aire, que hizo una pirueta y volvió a caer grácil en su mano.
Amaia puso los ojos en blanco.
—Venga, vamos.
Xabi tomó las pinzas para el hielo.
—¡Auch! ¡Joder! —exclamó mirándose el dedo índice.
Un reguero de sangre se deslizaba dedo abajo. Las pinzas estaban oxidadas y tenían pequeñas astillas metálicas que el chico no había tenido en cuenta. Amaia se acercó a examinar la herida, preocupada, mientras su primo daba un puntapié rabioso a una caja de cartón.
De pronto, una sombra comenzó a corretear por la sala.
—¡Una rata! —chilló Xabi.
Los ojos del roedor brillaron en la oscuridad. Se movieron fugaces por todo el suelo hasta que enfilaron la puerta donde se encontraban los otros. Ibai y Jon se apartaron de un salto. El animal emitió un ruido histérico y agudo y terminó perdiéndose por el otro extremo del pasillo.
—Déjame ver eso —pidió Ibai, recobrando el pulso.
—Estoy bien.
—¿Tienes la antitetánica?
—No sé.
Ibai abrió su pequeña mochila y sacó desinfectante, gasas y tiritas. Curó y limpió con mimo la herida. Xabi, avergonzado, se dejaba hacer.
—Por ahora, suficiente. Pero mañana tienes que ir al médico y que te vea —sugirió mientras terminaba de colocarle un apósito.
—¡Eh! ¡Venid! —se oyó a Amaia desde delante. La chica arrugaba la nariz dirigiendo la luz a la habitación de enfrente. Apestaba a orín, sudor y excrementos.
El ruido que habían escuchado provenía de allí.
Un cubilete metálico con el logo de Larios estaba en el suelo, rodeado de mugre, y una gota caía del techo con una cadencia matemática de un par de segundos, yendo a parar al fondo del recipiente.
Al lado había unos pantalones hechos jirones, restos de periódicos, una olla oxidada y un colchón.
Los cuatro hicieron un mohín.
—¿Creéis que hay alguien por aquí ? —preguntó Ibai.
—No lo sé —respondió ella—. Pero el olor es demasiado intenso como para no ser reciente.
Mmm…
—¿Qué cojones ha sido eso? —preguntó Jon.
Se quedaron paralizados. Aquello no parecía animal . Parecía…
Aaah…
Se miraron unos a otros sin parpadear , rígidos, dando por hecho que no podía ser producto de su imaginación. Pasaron un par de segundos interminables sin oír nada más.
—Sonaba a… —comenzó a decir Ibai.
—A una persona —completó Amaia.
El olor de aquel sitio les trajo de vuelta a la realidad.
— Tranquilos —dijo Xabi—. Puede que solo sean otros como nosotros que…
Aaaaaah…
Era un sonido difícil de catalogar. Un lamento entrecortado, lastimero.
—¿Y si es alguien que se ha hecho daño? ¿Y si necesita ayuda? —preguntó Amaia.
—Parece que viene de la planta superior —indicó Ibai.
Xabi salió al pasillo, echó su mochila al suelo, abrió la cremallera y comenzó a rebuscar frenéticamente.
Sacó un aparato algo más grande que un mando a distancia con un espectro de bombillas de colores que iban desde el verde en un extremo hasta el rojo en el opuesto.
Algo así como un semáforo de seis luces pequeñas.
—¿Qué es eso? —preguntó Ibai.
—Mi K2 , un medidor de campos electromagnéticos —replicó Xabi, orgulloso—. Nos dirá si tenemos compañía de otro tipo por aquí.
—¿Pero no había un cacharro con el que te hablaban…? —i nquirió Jon.
—Eso es la spirit box . Y no es exactamente así. Mejor encenderla más arriba , en la habitación desde la que se lanzó la chica . Puede que…
Aaah…
Esta vez el lamento fue desgarrador .
A Amaia se le erizó el vello de la nuca. Permanecieron inmóviles. Era la primera vez que oían algo así en sus exploraciones. Ninguno, salvo Xabi, estaba allí movido por lo paranormal.
—Joder… —susurró Jon, frotándose con nerviosismo su cabellera rubia, cortada a cepillo—. No sé si deberíamos…
—Vamos —los apremió Xabi, retrocediendo hacia la entrada —. Hay que subir por las escaleras que están al otro lado.
El resto del grupo le siguió sin pensarlo mucho.
Un murmullo grave comenzó a escucharse conforme se acercaban al extremo opuesto del edificio.
El paso del tiempo había dejado las escaleras originales en su mínima expresión: sin barandilla ni nada a lo que agarrarse.
Tan solo unos peldaños desnudos que ascendían en zigzag, la espina dorsal que comunicaba las distintas plantas entre sí.
Subieron al primer piso. El viento ululaba con fuerza.
En la ventana del rellano las hiedras habían tejido un improvisado colchón vegetal contra la exposición a los elementos.
El ruido de las hojas agitándose no acallaba el rumor que venía de arriba.
Xabi iba en primer lugar, seguido por Jon, Amaia e Ibai.
Amaia se había quitado los guantes de látex que solía ponerse como precaución.
Ibai vio cómo los guardaba en un extremo de la mochila y se frotaba las manos contra la pernera del pantalón, nerviosa, tratando de eliminar el sudor.
La chica avanzaba decidida, aunque temblorosa.
Sabía de sobra que en un enfrentamiento no era la más fuerte y su mente se adelantaba a todos los escenarios posibles.