El pacto de las sombras (Inspectora Julia Arrondo 3) Izarra, Álava, marzo de 2024
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El pacto de las sombras (Inspectora Julia Arrondo 3)

El pacto de las sombras (Inspectora Julia Arrondo 3)

Por Laura Azcona

© inepub.com

Izarra, Álava, marzo de 2024

—Se te va a caer.

—¿Qué?

— Que se te va a…

Una rodaja de chorizo aceitosa se le escurrió a través del bocadillo y fue a parar al pantalón.

Ibai observó un momento el embutido a través de las gafas, que se le empañaban con el calor de su aliento. El haz de luz del frontal iluminaba la mancha, que comenzaba a extenderse, tiñendo de naranja el pantalón.

Sus compañeros estallaron en risas. Jon le dio una palmada fuerte en la espalda.

—¿En qué estabas pensando? Te está entrando el acojono, ¿eh?

Ibai no respondió. Miró el edificio y su bocadillo de nuevo . Aquel era su conjunto favorito para explorar.

La noche los había rodeado, sigilosa, desde todos los flancos.

Las únicas luces que rompían la negrura de la campiña alavesa eran las que ellos mismos portaban en la frente.

El viento aullaba entre las ramas y se les colaba por el cuello.

Estaban sentados en un muro de piedra invadido por la hiedra, cogiendo fuerzas an tes de adentrarse en el internado.

Ibai tenía los dedos entumecidos después de aquel rato a la intemperie.

El resto apenas hablaba. Cada uno tenía su propio ritual antes de aquellas incursiones.

Xabi, Jon y Amaia comenzaron a recoger los enseres.

Como siempre que salían de abandonos , habían llevado algo de comida, cantimploras, linternas, batería y el equipo de fotografía de ella.

A Ibai también le encantaba inmortalizar el interior de los edificios abandonados, pero no quería competir con Amaia por la mejor instantánea.

Prefería mantener un perfil bajo y disfrutar de las imágenes que ella compartía más tarde.

—¿Por dónde se entra…? — preguntó la chica mientras se recogía la cabellera oscura en una coleta.

—Hay un hueco en el muro de ladrillos del pabellón oeste —indicó su primo Xabi, que había estudiado a conciencia el lugar.

Sus ojos azules brillaban con los destellos de los frontales.

Por el cuello se asomaban los tatuajes que le cubrían los brazos y parte de la espalda.

Dos enormes dilataciones con piercings de acero pendían de los lóbulos, que con el paso del tiempo habían cedido un poco—.

Aunque parece que en ese otro han abierto un agujero también —señaló con la linterna hacia el lado contrario—.

¿Lo echamos a suertes? —añadió con una sonrisa pícara.

—Tú sabrás dónde quieres montar toda la parafernalia —refunfuñó Jon.

—El antiguo pabellón con los dormitorios de las chicas es aquel —murmuró Xabi, que consultaba unas notas en su móvil—. ¿Vamos?

Los cuatro emprendieron la marcha con un crujido de ramas secas y guijarros bajo sus botas.

Recorrieron unas decenas de metros por un camino consumido por la falta de mantenimiento y la vegetación.

Ante ellos se erigía el imponente colegio Izarra, un antiguo internado para la élite española a escasos kilómetros de Vitoria que tuvo su época dorada en los años setenta y ochenta y que hoy se encontraba en estado de ruina.

Era uno de los puntos calientes del úrbex a nivel nacional, uno de esos sitios que no hacía falta investigar en las entrañas de internet o en los foros favoritos de los exploradores.

Su localización, su fácil acceso y su decadencia casi victoriana lo convertían en uno de los principales lugares para iniciarse en esta curiosa afición.

Caminaban atentos, apuntando con sus linternas al suelo, a los matorrales que los rodeaban o hacia las paredes cochambrosas. La experiencia les había enseñado que un simple clavo o un perro guardián podían arruinarles el día y la semana, en el mejor de los casos.

Parte del complejo había ardido años atrás, por lo que algunos pabellones habían desaparecido.

Quedaban en pie los aularios, los dormitorios , el antiguo chalet con las salas de profesores y la capilla.

Otros, como los establos o la piscina olímpica, estaban a la intemperie, a merced de animales y vándalos.

Ciertas salas y estancias habían sido saqueadas.

Era el caso de un antiguo cine, cuyas butacas andaban desparramadas por los caminitos entre los edificios.

Llegaron a una explanada invadida por un montón de neumáticos apilados y varios colchones con manchas oscuras. Los grafitis dominaban la escena a su alrededor.

Y el silencio. Denso, plomizo, casi reverencial.

Ibai iba a la cola del grupo, meditabundo.

Empezaba a sentir ese cosquilleo indescriptible que tanto le atraía.

Disfrutaba desli zándose en el interior de sitios congelados en el tiempo, expuestos al olvido, cada uno con su propia historia.

Era una mezcla de adrenalina, respeto, curiosidad y ego.

Ellos llegaban adonde otros no se atrevían a ir.

Él siempre había querido ser explorador.

Puede que fuera la sobredosis de películas de Indiana Jones, pero la pulsión estaba ahí y era imposible de obviar.

Descubrió el úrbex en plena pandemia, aunque llevase practicándolo desde mucho antes, solo que sin ponerle nombre.

Vivía en Aoiz, un pueblo cercano a Pamplona, y a pocos kilómetros había un aserradero en desuso.

Le encantaba colarse en aquella fábrica abandonada con sus amigos y admirar la fuerza arrebatadora de la naturaleza sobre la estructura, cubriendo techos y paredes con enredaderas y plantas trepadoras, borrando todo vestigio industrial.

Pronto frecuentó otros lugares abandonados cercanos: un viejo caserío, una ermita ruinosa…

Todos tenían su particular historia entre líneas, sus motivos para volverse invisibles y desaparecer.

Durante el confinamiento se enteró de que existía toda una comunidad a nivel mundial con sus mismos gustos, gente que en ocasiones se escondía detrás de un alias porque prefería no dar explicaciones sobre una afición controvertida.

La idea de dedicarse profesionalmente a investigar la historia y el pasado se le hacía algo inalcanzable.

Barajó durante un tiempo estudiar Arqueología, pero decidió anclar los pies a la tierra y atender lo más urgente, que en este caso era ayudar al negocio familiar: una pequeña carnicería en el pueblo famosa por el chorizo de jabalí.

Un chorizo traicionero que había terminado por arruinar sus pantalones favoritos.

—Esto es la hostia —comentó Xabi, a la cabeza del grupo, animado, señalando la vieja cancha de baloncesto. Las instalaciones tenían dos piscinas cubiertas, gimnasio, bibliotecas, establos y hasta una sala de cine—. A esta gente le salía la pasta por las orejas.

—Ahora a muchos les saldr án gusanos —replicó Jon.

Amaia le lanzó una mirada de asco.

—Eres un bruto. Lo sabes, ¿no?

Jon dibujó una media sonrisa.

—¡Eh, era broma! No hace falta ponerse así. De todas formas, si a tu primo le sale bien la jugada, luego podré pedirles perdón en primera persona —continuó, burlón.

Amaia resopló. Su primo Xabi la había animado a unirse a una expedición meses atrás y ahora ella era también una incondicional.

Trabajaba como decoradora de interiores en Vitoria y había decidido probar aquello de visitar lugares abandonados cuando su primo le mostró las fotografías de un palacete a las afueras de la ciudad en el que habían entrado.

Se enamoró de los ornamentos clásicos de la barandilla de la escalera, de las grandes lámparas de pie, de la vajilla de plata aún sobre la mesa, esperando una comida o una cena que nunca llegarían.

Se preguntaba qué habría podido pasar para que sus dueños partieran de aquel hogar idílico de pronto, dejando media vida atrás en forma de recuerdos.

A Amaia el úrbex la inspiraba para su propio trabajo.

Incluso había organizado alguna exposición artística con las instantáneas que tomaba del interior de algunos edificios.

Aquellas expedi ciones se habían convertido en todo para ella, así que no pensab a dejar que Jon lo echara a perder por comentarios como ese.

Su presencia era el peaje que tenía que pagar.

No era mal tío, pero a veces no tenía medida.

Era amigo íntimo de su primo, trabajaban juntos en la empresa de gestión de residuos de la ciudad.

La mayoría de las veces les tocaba salir en pareja con el camión.

En sus rondas nocturnas, entre contenedores, se creían los auténticos dueños de la calle.

Entre bromas, envalentonados por la desidia repetitiva de la rutina, un día decidieron entrar al palacete a las afueras durante un turno de noche, cuando buscaban un sitio discreto donde fumar algo de hachís.

Jon aparcó el camión, saltó la verja y abrió a su compañero desde dentro.

Descubrieron un lugar deslumbrante y vetusto que los dejó impactados.

Poco después se animaron a hacer lo propio fuera del horario laboral.

Desde entonces llevaban más de cinco años explorando distintos sitios del País Vasco y de otras comunidades.

Fue en una visita al fuerte de San Cristóbal, en Pamplona, donde conocieron a Ibai.

Xabi y él conectaron enseguida, así que Ibai pasó a unirse al equipo para alguna expedición ocasional.

A Ibai y a Amaia les interesaba captar el paso del tiempo. A Xabi, en cambio, le atraían las leyendas negras o la actividad paranormal. Y eso era precisamente lo que los había llevado hasta Izarra aquella noche .

—¿Veis algo? —preguntó Amaia, parada en medio de la explanada.

—El dormitorio estaba en el último piso. Tenemos que buscar la manera de acceder —explicó Xabi.

El resto escudriñó su alrededor, intentando distinguir algún recoveco de entrada al edificio.

Era un bloque rectangular de tres alturas.

Las hileras de ventanas sin cristales asemejaban decenas de ojos oscuros.

Un viento frío les azotó de súbito la cara.

Ape nas se oía nada, tan solo algún balido suelto de una granja cer cana que el aire arrastraba hasta allí y los crujidos de pequeños roedores correteando.