El pacto de Beinmor Capítulo 24 Señora de Beinmor
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Capítulo 24 Señora de Beinmor

Los Hartwell llegaron a Dùn Beinmor una semana antes de San Miguel, con las primeras hojas amarillas de los abedules y un viento del norte que olía a nieve lejana.

Esta vez Eilidh no corrió ladera arriba con la falda recogida. Los esperó en la puerta de la fortaleza, de pie junto a su marido, con el manojo de llaves de hierro colgando del cinturón y el broche de plata sobre el pecho. Como una señora de Beinmor.

Aguantó así exactamente hasta que vio a Alan.

Luego soltó la mano de Rìghart y echó a correr.

—¡Lady Faldas! —gritó su hermano, saltando del caballo antes de que se detuviera, como siempre.

—¡Te vas a romper el cuello un día de estos!

—¡Hoy no! ¡Hoy hay boda!

Se abrazaron en mitad del camino, girando como peonzas, mientras detrás de ellos el resto de la comitiva atravesaba la puerta entre risas.

Cailean desmontó con su calma de siempre, la abrazó con su fuerza tranquila de siempre y le dijo al oído, muy serio, que tenía mejor cara que en verano. Que se notaba que comía. Que se notaba que era feliz. Eilidh se rió y le dijo que era lo más largo que le había oído decir nunca.

Geoffrey Hartwell desmontó despacio. Tenía más canas que en julio. Se acercó a su hija, le tomó la cara entre las manos y la miró durante mucho tiempo, sin decir nada, con sus ojos de soldado.

—Me escribiste que llovía —dijo al fin.

—Llueve, padre.

—Me escribiste que llovía después de contarme que te habían raptado, que te habían golpeado, que habías escapado de una fortaleza de noche, que habías subido una montaña descalza perseguida por perros y que habías herido a un laird con una flecha. —Le tembló la voz—. Por cierto, aquí llueve.

—Me pediste que te escribiera para decirte que llovía.

Geoffrey la miró. Y luego, por primera vez en muchos años, Eilidh vio a su padre llorar. No mucho. Solo un poco. Lo justo para que se le humedecieran los ojos y tuviera que apartar la vista.

La abrazó con fuerza.

—Eres igual que tu madre —murmuró contra su pelo—. Que Dios ayude a ese pobre escocés.

Detrás de él, Rìghart, que había llegado a su lado, carraspeó.

—Dios ya me ayuda, lord Hartwell. Bastante.

Geoffrey lo miró por encima del hombro de su hija. Luego, despacio, le tendió la mano. Rìghart se la estrechó. Se miraron un largo momento, como dos soldados que se reconocen.

—Gracias —dijo Geoffrey en voz baja—. Por ir a buscarla.

—No hizo falta, mi señor. —Rìghart miró a Eilidh con una sonrisa—. Vino ella a buscarme a mí.

Fiona fue la última en desmontar.

No dijo nada. No abrazó a nadie. Le dio las riendas de su caballo a un mozo, se recogió la falda y cruzó el patio con paso rápido, directamente hacia el huerto, sin mirar a nadie.

Eilidh la siguió.

La encontró arrodillada junto al pozo, delante de la mancha de tierra donde un día de julio habían plantado sus semillas.

Ahora ya no eran brotes. Eran matas pequeñas, de un verde plateado, con las primeras espigas apuntando.

No habían florecido todavía. No florecerían hasta el verano siguiente.

Pero estaban allí. Fuertes. Agarradas a aquella tierra fría y mojada como si hubieran nacido en ella.

Fiona alargó la mano y tocó una de las matas, muy despacio, con la punta de los dedos. Luego se llevó los dedos a la nariz y aspiró el olor.

Se echó a llorar.

Eilidh se arrodilló a su lado y la abrazó. Se quedaron así mucho tiempo, sin decir nada, madre e hija, junto al pozo de Dùn Beinmor, mientras el viento del norte movía las matas de lavanda.

—Han crecido —dijo Fiona al fin, con la voz rota.

—Han crecido, madre.

Fiona se apartó un poco y la miró. Le apartó un mechón de pelo de la cara. Le tocó la mejilla, donde ya no quedaba ni rastro del golpe del bastón de espino.

—Tú también —susurró.

Tormod Munro llegó dos días después, con Dòmhnall y los hombres de los Munro. Esta vez no se detuvo en la colina de levante. Subió directamente al salón, como había prometido. Y cuando entró y vio a Fiona Hartwell sentada junto a la chimenea, se detuvo en seco en la puerta.

Fiona se levantó. Se miraron por encima del salón.

—Laird Munro —dijo ella.

—Lady Fiona.

—Me han contado lo del collado.

Tormod no contestó.

Fiona cruzó el salón despacio. Se detuvo delante de él. Era mucho más pequeña; tenía que levantar la cabeza para mirarlo a los ojos, igual que en el patio en junio, igual que en el bosque hacía diecinueve años.

—Esta es la segunda vez que salváis la vida de una mujer de mi familia —dijo.

—Esta vez no hizo falta mucho. —El viejo laird se encogió de hombros—. La muchacha ya había hecho casi todo el trabajo.

—Aun así.

Fiona se puso de puntillas, como en junio, y le dio un beso en la mejilla. Tormod se quedó quieto como una piedra. Luego carraspeó.

—La última vez que vuestra familia me debía algo —dijo con su voz de trueno—, acabé con una nuera.

Fiona se rió.

—Esta vez no tengo más hijas, laird.

—Lo sé. —Tormod miró por encima del hombro de ella, hacia el otro extremo del salón, donde Dòmhnall acababa de entrar y se había detenido junto a Beatriz con una sonrisa que no le cabía en la cara—. Pero me parece que, de todos modos, voy a acabar con otra.

Se casaron el día de San Miguel, al amanecer, en el círculo de piedras de la gran montaña.

Fue idea de Eilidh. El sacerdote protestó: nunca se había celebrado una boda allí.

Las piedras eran paganas, dijo. Antiguas.

De antes de san Columba. Rìghart le contestó que san Columba también había bendecido montañas, y que si Dios había hecho esta, no se iba a ofender porque alguien se casara en ella.

El sacerdote subió, refunfuñando, en una mula.

Y subieron todos con él.

El clan de Beinmor entero, desde los ancianos hasta los niños de pecho, en una procesión larga y ruidosa que serpenteaba por el sendero de levante a la luz de las antorchas, cantando.

Los Munro, con el tartán rojo y verde. Los Hartwell, con sus capas de lana inglesa, mirando la montaña con la boca abierta.

Calum, con la barba peinada otra vez y Alan subido a la espalda como un niño porque se había torcido un tobillo bailando la noche anterior.

Morag, sentada en una silla de mano que llevaban cuatro guerreros, gruñendo a cada bache.

Ealasaid, con una cesta de pan de avena tan grande como ella.

Aonghas, con su arco. Dougal, con el suyo.

Y la pequeña Mòrag, la pelirroja desdentada, con un arco nuevo de tejo que le había hecho su padre, del tamaño exacto de sus brazos.

Cuando llegaron al collado, el cielo empezaba a clarear. Había niebla, como aquella mañana. Pero esta vez era una niebla fina, dorada, que se iba levantando despacio a medida que el sol subía por detrás de las colinas del este.

No hubo una boda. Hubo dos.

Primero se casaron Dòmhnall Munro y Beatriz de Navarra, delante de las doce piedras.

Dòmhnall no paró de sonreír ni un instante, ni siquiera cuando el sacerdote le preguntó si aceptaba, y contestó que sí tan fuerte que espantó a una bandada de urogallos.

Beatriz llevaba un vestido de seda roja que su madre le había mandado desde Hartwell y unas flores de brezo en el pelo negro, y estaba tan guapa que Calum se secó una lágrima con la manga y fingió que era el viento.

Cuando terminaron y se besaron, el clan rugió. Beatriz buscó a Eilidh con la mirada entre la multitud. Eilidh le sonrió.

No digas nada , le dijeron los labios de Beatriz, sin voz.

No he dicho nada , le contestaron los suyos.

Luego le tocó a ella.

No llevaba el vestido azul de su madre. Llevaba uno sencillo, de lana verde y parda, del color del tartán de Beinmor, que habían tejido para ella las mujeres de la aldea durante todo el mes de septiembre sin que ella lo supiera.

Ealasaid se lo había dado la noche anterior, con los ojos húmedos, envuelto en un paño de lino.

Sobre el pelo suelto llevaba una corona de serbal con las bayas rojas del otoño.

Y sobre el pecho, el broche de plata con el ciervo coronado.

Rìghart la esperaba en el centro del círculo de piedras. Llevaba el tartán de gala, como en junio. Pero esta vez no estaba de espaldas.

Esta vez la miraba llegar.

Eilidh caminó hacia él por la hierba húmeda, entre las piedras antiguas, sola. Sin que nadie la llevara del brazo. Su padre había querido acompañarla. Ella le había dicho que no, con un beso en la frente.

—Esta vez quiero llegar sola —le había dicho—. Para que nadie pueda decir que me trajeron.

Se detuvo frente a Rìghart.

Se miraron. Él tenía los ojos brillantes. Ella también.

El sacerdote carraspeó y empezó a hablar en latín.

Rìghart levantó una mano. El sacerdote se calló, sorprendido.

—Con vuestro permiso, padre —dijo Rìghart—. Esta vez queremos decirlo nosotros.

El sacerdote miró a uno y a otro. Luego suspiró, como un hombre que ha perdido demasiadas batallas en una sola mañana, y se apartó un paso.

Rìghart tomó las manos de Eilidh entre las suyas.

—Eilidh Hartwell —dijo, con la voz grave y tranquila que ella había oído por primera vez en el patio de Hartwell, una mañana de abril—.

Te vi por primera vez desde la grupa de un caballo, en lo alto de una escalera, con el pelo revuelto y un arco en la mano, mirándome como si quisieras clavarme una flecha.

—Una sonrisa—. Y quisiste. Muchas veces. Y casi siempre tenías razón.

Una carcajada recorrió el círculo de piedras. Alan gritó algo que Cailean le obligó a callar.

—Te mentí sobre mi nombre —siguió Rìghart—.

Fue lo único que te oculté y lo único que importaba.

Me lo has perdonado. No sé cómo. No lo merecía.

—Le apretó las manos—. Así que hoy te digo mi nombre otra vez, delante de esta montaña y de toda nuestra gente, para que nunca más haya dudas.

Soy Rìghart Munro. Laird de Beinmor. Hijo de Tormod.

Y te quiero desde que me dijiste que no necesitabas mi tartán.

Eilidh se rió entre lágrimas.

—No lo necesitaba.

—Lo sé. Te lo di de todas formas.

Ahora le tocaba a ella.

Eilidh respiró hondo. Como le había enseñado Alan. Soltó la mitad del aire.