Capítulo 23 Elegirte
Enterraron a Fergus tres días después, en el pequeño cementerio junto a la capilla de Dùn Beinmor.
Hubo quien protestó. Algunos ancianos del clan murmuraron en el salón que un traidor no merecía descansar en tierra de Beinmor, junto a los guerreros que habían muerto defendiéndola.
Que había vendido a su laird. Que el viejo Uilleam estaba muerto por su culpa.
Que su nombre debía borrarse de las canciones.
Rìghart los escuchó a todos en silencio, sentado en la silla del ciervo coronado. Cuando terminaron, se levantó.
—Fergus MacLeòid sirvió a este clan durante veintitrés años —dijo—. Me sacó del campo de batalla cuando tenía catorce años y una daga en el pecho. Me enseñó a montar. Me enseñó a sostener una espada. —Hizo una pausa—. Y luego me traicionó. Por plata. Eso es verdad y no voy a negarlo.
Recorrió el salón con la mirada.
—Pero murió en un puente, solo, contra veinte hombres y sus perros, para que la señora de Beinmor pudiera volver a casa.
Y murió gritando el nombre de esta montaña.
—Su voz se endureció—. Un hombre no es solo lo peor que ha hecho.
Es también lo último que hizo. Fergus descansará en esta tierra.
Y quien no esté de acuerdo, que venga a decírmelo a la cara.
Nadie fue.
Eilidh estuvo junto a la tumba durante toda la ceremonia, con la mano de Rìghart en la suya.
Cuando el sacerdote terminó de rezar y los hombres empezaron a echar tierra sobre el sudario, se agachó y dejó caer sobre él una flecha de plumas grises.
La última de las flechas de Alan. La que no había llegado a disparar en el collado.
— Tapadh leat —susurró.
Gracias.
Las semanas siguientes fueron extrañas.
Eran tranquilas, y Eilidh no estaba acostumbrada a la tranquilidad. Desde que había salido de Hartwell todo había sido camino, peligro, sorpresa, rabia, miedo. Ahora, de pronto, los días se sucedían iguales y mansos como las olas del lago en una tarde sin viento.
Los Craigdhu habían jurado la paz delante de las piedras del collado.
Murdoch, con el brazo vendado y la cara gris, había renunciado al río y a las tierras de la orilla.
Había vuelto a su fortaleza a gobernar un clan diezmado y asustado.
Isobel no volvió con él. Pidió permiso a Rìghart para pasar por tierras de Beinmor camino de Edimburgo, donde una tía suya era abadesa en un convento de monjas.
No dijo si iba a quedarse allí para siempre.
Antes de marcharse, dejó en la puerta de la torre del laird un pequeño paquete envuelto en seda gris.
Dentro estaba el rosario de cuentas de ámbar. Y una nota, con aquella letra alta y elegante que Eilidh ya conocía demasiado bien.
Por Aed y por Fergus. Rezad por ellos, que yo no sé hacerlo.
Tormod Munro se marchó a sus tierras con Dòmhnall una mañana de agosto. Antes de irse, abrazó a su hijo en el patio durante tanto tiempo que los caballos se impacientaron. Luego se volvió hacia Eilidh y le dio dos palmadas en la mejilla, como en la barca.
—Volveré en otoño —dijo con su voz de trueno—. Cuando acabe la cosecha.
—¿A la colina de levante? —preguntó ella.
El viejo laird la miró. Luego soltó una carcajada que espantó a las palomas de la torre.
—Al salón, hija. Esta vez, al salón.
Dòmhnall se despidió de Beatriz en la puerta, como la otra vez. Pero esta vez no hubo reverencias exageradas ni golpes con el abanico. Hablaron en voz baja durante un largo rato, solos, junto al pozo. Cuando Dòmhnall montó, Beatriz tenía las mejillas encendidas y los ojos muy brillantes.
—No digas nada —le advirtió a Eilidh cuando volvió a su lado.
—No iba a decir nada.
—Lo estás pensando muy alto.
—Beatriz, ¿te ha pedido...?
—¡No digas nada!
Eilidh no dijo nada. Pero esa noche le escribió a su madre una carta muy larga. Y al final, después de contarle todo lo demás, añadió una frase: Creo que pronto tendremos otra boda en estas montañas. Y no será la mía.
Luego, antes de sellarla, la releyó. Y añadió otra línea, más abajo, para su padre.
Por cierto: aquí llueve.
Pero algo no estaba bien. Y Eilidh tardó en darse cuenta de qué era.
Rìghart había cambiado.
No con ella. Con ella era tierno, atento, divertido incluso, a su manera seca y callada. Por las noches dormían abrazados en la gran cama de cortinas verdes, y por las mañanas él se quedaba mirándola en silencio hasta que se despertaba, como aquella primera mañana después de la tormenta.
Pero había algo. Una sombra. A veces, cuando creía que ella no lo veía, se quedaba mirándola con una expresión extraña, triste, como un hombre que contempla algo que está a punto de perder.
Y había empezado a pasar mucho tiempo con Niall. Encerrados en la pequeña sala de la torre donde se guardaban los pergaminos del clan, hablando en voz baja, en gaélico. Cuando Eilidh entraba, se callaban.
Al cabo de dos semanas, Eilidh decidió que ya estaba bien.
Lo encontró una tarde de finales de agosto en el huerto, junto al pozo. Estaba arrodillado frente a la tierra donde habían plantado las semillas de lavanda de su madre, mirándola en silencio.
—Me estás ocultando algo —dijo Eilidh, sin preámbulos.
Él se volvió. Durante un instante pareció sorprendido. Luego algo se le relajó en la cara, como si llevara mucho tiempo esperando que ella le dijera exactamente eso.
—Sí —dijo.
Eilidh se cruzó de brazos.
—Me prometiste que no habría más mentiras.
—No es una mentira. Es algo que todavía no te he dicho. —Se levantó despacio y se sacudió la tierra de las rodillas—. Pero tienes razón. Ya es hora.
Sacó un pergamino doblado del interior de su túnica y se lo tendió.
Eilidh lo abrió. Estaba escrito en latín, con la letra limpia y elegante de Niall. Lo leyó despacio. Su latín era peor que su gaélico, pero lo entendió de todas formas.
Y cuando lo entendió, sintió que el suelo del huerto se movía bajo sus pies.
Era una carta dirigida al obispo de Dunkeld.
En ella, Rìghart Munro, laird de Beinmor, solicitaba que se examinara la validez de su matrimonio con lady Eilidh Hartwell.
Alegaba que la novia había sido entregada en virtud de un juramento hecho antes de su nacimiento, sin su consentimiento.
Que había sido engañada sobre la identidad del novio hasta el mismo momento de la ceremonia.
Y que, por tanto, su voluntad no había sido libre.
Al final de la carta, faltaba el sello del laird.
Eilidh levantó la vista. Le temblaban las manos.
—¿Qué es esto?
—Tu libertad. —Rìghart la miró a los ojos—. Si la quieres.
—No entiendo.
—Niall dice que el obispo la concedería.
Con esa carta, con el testimonio de tu madre y del mío, con el de medio clan que vio lo que pasó en la capilla.
Tardaría unos meses. Habría que pagar. Pero la concedería.
—Hizo una pausa—. Serías libre, Eilidh. Podrías volver a Hartwell.
O ir a donde quisieras. Y nadie podría decir que fue culpa tuya, ni de tu madre, ni que los Hartwell rompieron su palabra.
Sería yo quien lo pidiera. Sería mi deshonra, no la tuya.
Eilidh lo miró como si se hubiera vuelto loco.
—¿Por qué? —consiguió decir al fin—. ¿Por qué ahora? ¿Después de todo?
Rìghart apartó la vista. Miró hacia el lago, hacia la gran montaña.
—Porque casi te mueres —dijo en voz baja—.
Por mi culpa. Por la culpa de mi familia.
Por una guerra que empezó mi padre antes de que tú nacieras, en un bosque al que tú no pediste ir.
—Se le quebró la voz—. Te trajeron aquí por un pacto que nadie te preguntó si querías.
Te mentí. Te humillé. Y luego estuvieron a punto de matarte por llevar mi nombre.
—Rìghart...
—En el collado, cuando no te vi entre ellos...
—Se detuvo. Respiró hondo—. Pensé que estabas muerta.
Durante un momento, lo pensé de verdad. Y me di cuenta de que nunca te había dado la oportunidad de elegir.
No de verdad. En la capilla te casaste conmigo por tu madre.
Por tu padre. Por una niña de diez años que te miraba con miedo.
—La miró—. No por mí. Me lo dijiste tú misma.
—Eso fue antes.
—Lo sé. Lo sé. La noche de la tormenta me dijiste que me elegías. Y te creí. Te creo. —Se pasó una mano por la cara—. Pero lo dijiste estando ya casada conmigo. Atada a mí. Sin otra salida. ¿Cómo sé que, si hubieras tenido otra salida, me habrías elegido igual?
Eilidh no contestó. Lo miraba fijamente.
—Quiero que tengas la puerta abierta —dijo él, con voz ronca—. Quiero que sepas que puedes irte. Que no te retiene nada. Ni el pacto, ni el juramento de tu madre, ni el mío. Y si después de eso te quedas... —Se le quebró la voz otra vez—. Entonces sabré que me has elegido. A mí. Sin cadenas.
El silencio del huerto se extendió entre ellos. Muy lejos, en la orilla del lago, se oían las risas de los niños tirando con arco.
Eilidh miró el pergamino en sus manos. Lo miró durante mucho tiempo.
Luego lo dobló con cuidado.
Y lo rompió por la mitad.
Y luego otra vez. Y otra. Y otra, hasta que solo quedaron trocitos pequeños de pergamino que el viento de la tarde se llevó revoloteando sobre el huerto como mariposas blancas.
Rìghart la miraba sin moverse.
—Eres el hombre más tonto de todas las Highlands —dijo Eilidh, con los ojos llenos de lágrimas.
—Eilidh...
—No. Ahora me toca hablar a mí. —Se acercó a él—. ¿Quieres saber si te habría elegido sin pacto? ¿Si te habría elegido si hubiera podido marcharme?
Le tomó la mano y se la puso sobre el pecho, sobre el broche de plata con el ciervo coronado.
—En Hartwell intenté escaparme por la poterna del huerto.
Y me detuviste tú. —Le apretó la mano—. En la colina, la víspera de la boda, te pedí que huyeras conmigo.
Te ofrecí todo. Mi familia, mi nombre, mi país.
Por ti. Por un capitán que no tenía tierras, ni título, ni nada que ofrecerme más que a sí mismo.
—Se le quebró la voz—. Rìghart, te elegí antes de saber quién eras.
Te elegí cuando no tenía ninguna obligación de hacerlo.
Te elegí cuando elegirte significaba romper todos los juramentos del mundo.
Él la miraba con los ojos muy abiertos.
—Y en el collado —siguió ella—, en la fortaleza de los Craigdhu, cuando Fergus me abrió la puerta, podría haber huido hacia cualquier sitio.
Hacia el sur. Hacia Inglaterra. Nadie me habría encontrado.
—Lo miró a los ojos—. Y corrí hacia la montaña.
Hacia ti. Descalza, con seis flechas y una docena de perros detrás.
Porque sabía que estabas allí. Y no pensaba dejarte solo.
Rìghart abrió la boca. No le salió nada.
Eilidh se apartó un paso. Se arrodilló en la tierra del huerto, frente a la mancha de tierra donde habían plantado las semillas de su madre.
—Ven —dijo—. Mira.
Él se arrodilló a su lado, despacio, sin entender.
Y entonces lo vio.
Entre la tierra oscura, junto a los palitos de serbal que él mismo había clavado para marcar las hileras, asomaban unos brotes diminutos. Verdes y plateados, finos como agujas, temblando en la brisa de la tarde. Una docena. Dos docenas. Una hilera entera.
Lavanda.
—Mi madre me dijo, el día que se marchó —susurró Eilidh—, que si crecían aquí, sabría que yo también podía crecer. —Se volvió hacia él—. Han crecido, Rìghart. En esta tierra fría y mojada, donde siempre llueve. Han crecido.
Rìghart miró los brotes. Luego la miró a ella. Y algo se rompió en su cara, igual que en la barca, igual que en el collado: como se rompe el hielo en primavera, dejando ver el agua que hay debajo.
—No quiero mi libertad —dijo Eilidh en voz baja—. Ya la tengo. Es esta. Elegirte cada mañana, aunque pudiera irme. Y no irme.
Le tomó la cara entre las manos, como él había hecho tantas veces.
—Pero si quieres saber que te elijo sin cadenas, hay una forma mucho mejor que una carta al obispo.
—¿Cuál? —consiguió decir él.
Eilidh sonrió.
—Cásate conmigo otra vez.
Rìghart la miró sin comprender.
—Ya estamos casados.
—Por un pacto. Por el juramento de mi madre y de tu padre, en un bosque, hace diecinueve años.
—Eilidh negó con la cabeza—. Quiero casarme contigo porque yo lo digo.
Sin pacto. Sin deudas. Sin que nadie me lo pida ni me lo mande.
Delante de tu clan y del mío. En el círculo de piedras de la gran montaña, donde casi te pierdo.
—Le tembló la voz—. Quiero mirarte a los ojos y decir que sí.
Esta vez de verdad. Esta vez porque quiero.
Rìghart no dijo nada durante un largo momento.
Luego la besó.
Allí mismo, arrodillados en la tierra del huerto, junto a la lavanda recién nacida, con las manos sucias de barro y los ojos llenos de lágrimas. La besó como en la colina de San Juan, como en la noche de la tormenta, como si fuera la primera vez y la última y todas las demás a la vez.
Cuando se separaron, él apoyó la frente contra la suya.
—Sí —susurró—. Sí. Mil veces sí.
Eilidh se rió contra sus labios.
—Esa era mi frase.
—Ya lo sé. —Una sonrisa enorme, la más hermosa de todas—. Te la estoy robando. Para que no te arrepientas.
Aquella noche, Eilidh escribió otra carta a Hartwell. Era muy corta.
Madre: venid todos. Para el día de San Miguel. Volvemos a casarnos.
Esta vez, nadie me obliga.
Tu luz.