Capítulo 22 La gran montaña #2
No corría. Ya no tenía edad para correr. Caminaba, enorme, con la espada desenvainada y el pelo blanco al viento, como una montaña que hubiera decidido moverse.
Se interpuso entre Eilidh y los perros. Un golpe. Dos. Los perros huyeron aullando. Los tres hombres que venían detrás vieron al gigante de pelo blanco, vieron la espada, vieron lo que estaba pasando en el círculo de piedras, y se dieron la vuelta y huyeron ladera abajo.
Tormod se volvió.
Gilleasbuig Craigdhu se había detenido a pocos pasos. Con la daga en la mano. Mirándolo con su único ojo.
Los dos viejos se miraron en mitad de la niebla, a los pies de las piedras antiguas.
—Tormod Munro —dijo Gilleasbuig.
—Gilleasbuig Craigdhu.
—Veinte años.
—Diecinueve.
El viejo de un solo ojo sonrió.
—Esta vez no te la llevarás —dijo, y levantó la daga.
Tormod no se movió.
—Ya me la llevé —dijo—. Hace diecinueve años. Y esta vez es ella la que ha venido a buscarme a mí.
Gilleasbuig se lanzó contra él con un aullido.
Fue muy rápido. Eilidh apenas lo vio. Un relámpago de acero en la niebla. Un golpe. Un grito que se cortó en seco.
Y luego Gilleasbuig Craigdhu estaba de rodillas en la hierba, con la mano en el pecho y la daga caída a su lado. Miró a Tormod con su único ojo. Abrió la boca para decir algo.
No dijo nada. Cayó de lado sobre la hierba, entre las piedras antiguas, y se quedó quieto.
Tormod lo miró durante mucho tiempo. Luego bajó la espada.
—Por Aed —dijo en voz baja—. Que Dios os perdone a los dos. Yo ya lo he hecho.
El combate terminó poco después.
Cuando los hombres de Craigdhu vieron caer a su viejo laird y a Murdoch arrodillado en la hierba con una flecha en el brazo, tiraron las armas. Algunos huyeron ladera abajo. Los demás se rindieron.
La niebla empezó a levantarse. El sol salió por detrás de las colinas del este, y de repente todo se llenó de luz. Se vio el lago de Beinmor, azul y brillante, allá abajo. Se vio la fortaleza sobre su promontorio de roca negra. Se vieron las colinas pardas de los Craigdhu al otro lado.
Eilidh bajó de la roca.
Le temblaban las piernas. Le temblaban las manos. Le temblaba todo. Todavía tenía la última flecha en la cuerda del arco, sin soltar.
Rìghart cruzó el círculo de piedras corriendo.
No dijo nada. No hacía falta. La agarró y la levantó del suelo y la estrechó contra su pecho con tanta fuerza que Eilidh no pudo respirar, y no le importó. Escondió la cara en su hombro. Olía a humo, a cuero, a musgo después de la lluvia. Olía a él.
—Estás viva —repetía él contra su pelo, una y otra vez, con la voz rota—. Estás viva. Estás viva.
—Estoy viva.
—Pensé que...
—Lo sé.
Se separó un poco de ella. Le tomó la cara entre las manos y la miró. Vio la sangre seca, el moratón en la mejilla, el vendaje torpe en la cabeza. Se le endureció la mandíbula.
—¿Quién te ha hecho esto?
—Ya no importa. —Eilidh miró hacia el cuerpo del viejo tendido en la hierba—. Ya ha terminado.
Rìghart siguió su mirada. Luego volvió a mirarla a ella.
—¿Cómo escapaste?
Eilidh tardó en contestar. Bajó la vista.
—Fergus —dijo al fin, en voz baja—. Fergus me sacó de allí. Me devolvió el arco. Y se quedó en el puente del barranco para que yo pudiera huir.
Rìghart se quedó inmóvil.
—Me pidió que no te dijera nada —siguió Eilidh, con los ojos llenos de lágrimas—. Que no había nada que decir. Pero sí lo hay. Te traicionó, Rìghart. Te vendió por una bolsa de plata. Y luego dio su vida por arreglarlo.
Rìghart no dijo nada durante mucho tiempo. Miraba hacia el este, hacia las colinas de los Craigdhu, hacia el barranco donde estaba el puente.
Luego cerró los ojos.
—Iremos a buscarlo —dijo con voz ronca—. Lo traeremos a casa.
Isobel Craigdhu llegó al collado a media mañana, sola, a caballo, con el pelo suelto y el vestido gris manchado de barro.
Había cabalgado desde la fortaleza en cuanto supo que Eilidh había escapado. Nadie supo nunca muy bien por qué. Quizá para avisar a su padre. Quizá para detenerlo. Quizá ni ella misma lo sabía.
Cuando vio el cuerpo del viejo en la hierba, se bajó del caballo y se arrodilló a su lado. No lloró. Le cerró el único ojo con la punta de los dedos. Luego se levantó y caminó hacia Murdoch, que estaba sentado contra una de las piedras con el brazo vendado y las manos atadas.
Se volvió hacia Rìghart.
—Os ruego por la vida de mi hermano, laird de Beinmor —dijo, con la voz muy firme—. Hacía lo que nuestro padre le mandaba. Siempre lo hizo. Le tenía miedo. Todos se lo teníamos.
Rìghart la miró. Miró a Murdoch. Miró a Eilidh.
Eilidh pensó en el bastón de espino cruzándole la cara. En el muchacho rubio muerto en un bosque hacía diecinueve años. En la niña de ocho años que se cayó de una barca en una fiesta de Beltane y a la que un niño de cabello oscuro sacó del lago.
Asintió despacio.
—Vivirá —dijo Rìghart—. Renunciará al río. Jurará la paz delante de estas piedras, delante de mi padre y ante el cuerpo del suyo. Y si vuelve a cruzar el paso de levante con una espada en la mano, no habrá ninguna mujer en las Highlands que pueda rogar por él.
Isobel cerró los ojos. Asintió.
Luego se volvió hacia Eilidh.
Se miraron durante un largo momento, en mitad del círculo de piedras, bajo el sol de la mañana. Una rubia y una pelirroja. Una escocesa y una inglesa.
—Lo siento —dijo Isobel al fin, en voz muy baja.
Eilidh no contestó enseguida.
— Tha mi duilich —dijo al fin. Lo siento. La segunda frase de su madre—. Yo también lo siento. Por vuestro padre. Y por Aed.
Isobel la miró con sorpresa. Luego, despacio, inclinó la cabeza. Era la primera vez que lo hacía delante de ella.
Se dio la vuelta, montó en su caballo y se quedó esperando junto a su hermano, en silencio, mientras los hombres de Beinmor preparaban las parihuelas para bajar los cuerpos de la montaña.