El pacto de Beinmor Capítulo 22 La gran montaña
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Capítulo 22 La gran montaña

Iain llegó a Dùn Beinmor una hora antes del alba, la noche de la emboscada.

No entró por la puerta. Se derrumbó delante de ella. Había corrido cuatro leguas a oscuras, por senderos de cabras, sin detenerse, y cuando los centinelas lo recogieron del suelo tenía los pies en carne viva y no podía hablar. Solo repetía una palabra, una y otra vez, con los ojos desorbitados.

—Craigdhu. Craigdhu. Craigdhu.

Rìghart había vuelto de la cañada norte apenas media hora antes.

La incursión había sido una farsa: una docena de hombres que quemaron dos cabañas vacías y huyeron en cuanto vieron llegar a los guerreros de Beinmor.

Había vuelto con un mal presentimiento clavado en el pecho como una astilla. Y con un hombre menos.

Fergus había desaparecido en mitad de la escaramuza. Nadie lo había visto caer. Nadie lo había visto marcharse.

Cuando Rìghart entró en el patio y vio a Beatriz corriendo hacia él con la cara blanca como la cera, supo lo que iba a decirle antes de que abriera la boca.

El mensajero de los Craigdhu llegó al amanecer.

Era un muchacho flaco que temblaba como una hoja. Dejó un pergamino doblado en el suelo, delante de la puerta de la fortaleza, y huyó al galope antes de que nadie pudiera detenerlo.

Rìghart lo leyó en el patio, rodeado de sus hombres. Lo leyó dos veces. Luego se lo pasó a su padre sin decir una palabra.

Tormod lo leyó en voz alta.

Mañana al amanecer, en el círculo de piedras del collado de levante. Solo. Sin armas. Si viene alguien contigo, si vemos un solo hombre de Beinmor en la ladera, la inglesa muere. Si no vienes, la inglesa muere. Si vienes, hablaremos del río.

No llevaba firma. No hacía falta.

—Es una trampa —dijo Calum.

—Lo sé.

—Te matarán en cuanto llegues.

—Lo sé.

—¿Y vas a ir?

Rìghart levantó la vista hacia la gran montaña. Su cumbre nevada brillaba al sol de la mañana. En algún lugar, al otro lado, en una fortaleza de piedra gris, estaba ella.

—Voy a ir —dijo—. Pero no voy a estar solo.

Dòmhnall llegó al anochecer.

Niall se lo había encontrado a medio camino, porque el hermano mayor, inquieto por las noticias del río, ya había salido hacia Beinmor con sus hombres sin esperar ninguna carta. Llegaron cuarenta jinetes con el tartán rojo y verde de los Munro, cubiertos de polvo, con los caballos reventados.

Dòmhnall no sonreía. Bajó del caballo, se acercó a su hermano y lo abrazó con fuerza, en silencio, en mitad del patio.

Luego se separó de él y miró a Beatriz, que estaba en la puerta del salón con los ojos rojos de no dormir.

—La traeremos de vuelta —le dijo.

Beatriz asintió. No le salió la voz.

Aquella noche, en el gran salón, Rìghart explicó su plan.

Él iría solo al círculo de piedras, como pedían los Craigdhu.

Subiría por el sendero de levante, a la vista, sin espada, sin escudo, sin arco.

Pero mucho antes, en mitad de la noche, el resto subiría por los otros lados de la montaña.

Calum y Dougal con la mitad de los hombres de Beinmor, por la cara sur.

Dòmhnall y los Munro por el norte. Aonghas, con el hombro vendado pero los ojos de halcón intactos, con los arqueros, hasta las rocas altas que dominaban el collado.

Y Tormod, solo, por el sendero de los pastores. Un sendero que nadie usaba desde hacía años y que solo conocían los viejos.

—Cuando estén todos mirándome a mí —dijo Rìghart—, no mirarán a ningún otro sitio. Os escondéis entre las rocas, en la niebla. Y esperáis mi señal.

—¿Qué señal? —preguntó Dòmhnall.

Rìghart tardó en responder.

—Cuando la vea —dijo al fin—. Cuando vea que está viva. Hasta entonces, nadie se mueve. Pase lo que pase. Aunque me maten.

Nadie protestó. Pero Calum se levantó del banco, cruzó el salón y le dio un abrazo tan fuerte que le crujieron las costillas.

El collado estaba envuelto en niebla.

Rìghart llegó cuando el cielo empezaba a clarear, con el aliento convertido en vaho y las manos vacías.

Había subido despacio, a la vista, como le habían ordenado.

No había mirado ni una sola vez hacia las rocas de los lados, donde sabía que estaban escondidos sus hombres.

No había mirado hacia el sendero de los pastores.

El círculo de piedras era muy antiguo. Más antiguo que los clanes, decían los viejos.

Doce piedras grises, altas como hombres, colocadas en redondo sobre una explanada de hierba rala, en el punto más alto del collado.

Desde allí, en los días claros, se veía el lago de Beinmor a un lado y las colinas de los Craigdhu al otro.

Aquella mañana no se veía nada. Solo niebla, gris y espesa, que se arrastraba entre las piedras como un animal vivo.

Y en el centro del círculo, esperándolo, estaban ellos.

Veinte hombres, quizá más, con el tartán gris y negro. Murdoch Craigdhu delante, con la espada desenvainada y aquella sonrisa de lobo. Y detrás de él, sentado sobre una de las piedras caídas, envuelto en su manto negro, un viejo con un solo ojo.

Rìghart se detuvo en el borde del círculo.

Recorrió las caras con la mirada. Una vez. Dos veces.

Eilidh no estaba.

—¿Dónde está? —preguntó.

Murdoch sonrió.

—A salvo. Por ahora.

—Quiero verla.

—Y la verás. Cuando hayamos hablado. —Murdoch avanzó un paso—. El río. Las tierras de la orilla. Y un juramento, delante de estas piedras, de que Beinmor no volverá a cruzar el paso de levante mientras viva un Craigdhu.

—Quiero verla primero.

—No estás en posición de exigir nada, Munro.

Rìghart lo miró a los ojos. Y vio algo en ellos. Una sombra pequeña, rápida, que pasó por la cara de Murdoch como una nube por delante del sol.

Miedo.

Murdoch Craigdhu tenía miedo. Y no era miedo de él.

Rìghart sintió que el corazón se le detenía.

No la tienen , pensó. No la tienen aquí.

Y detrás de aquella idea, como una ola detrás de otra, vino una segunda, mucho peor: O ya está muerta.

El viejo de la piedra se levantó.

Lo hizo despacio, apoyándose en su bastón de espino negro. Caminó hasta colocarse junto a su hijo. Miró a Rìghart con su único ojo, de arriba abajo, durante mucho tiempo.

—Tienes los ojos de tu padre —dijo con su voz rota—. Los mismos. Los vi aquel día, en el bosque, por encima de la espada que mató a mi hermano.

—Gilleasbuig Craigdhu.

—El mismo. —El viejo sonrió—. Hace mucho que quería conocerte, muchacho. Desde que tu padre me dijo que estabas prometido a la hija de la inglesa.

—¿Dónde está mi esposa?

El viejo no contestó. Miró a Murdoch. Murdoch miró al suelo.

Y Gilleasbuig Craigdhu levantó el bastón.

—Matadlo —dijo.

Eilidh llegó al borde del collado justo a tiempo de oírlo.

Llevaba una hora trepando por la última pendiente de piedras sueltas, con los perros de los Craigdhu aullando a su espalda, cada vez más cerca.

La niebla la había salvado. La había envuelto como una manta, la había escondido de los ojos de sus perseguidores.

Pero también la había desorientado. Había subido a ciegas, guiándose solo por la inclinación del suelo bajo sus pies.

Y de pronto la niebla se abrió un poco, como una cortina, y vio las piedras.

Doce piedras grises en círculo. Hombres con el tartán gris y negro. Un viejo con un bastón levantado.

Y en el borde del círculo, solo, con las manos vacías, Rìghart.

—Matadlo.

Murdoch levantó la espada.

Eilidh no pensó. Igual que en el río. Igual que en el páramo.

El arco de tejo dorado ya estaba en sus manos. La flecha ya estaba en la cuerda. Una de las flechas de Alan, de plumas grises. La cuerda le rozó la mejilla en el sitio exacto.

Mantuvo el codo alto.

Soltó.

La flecha atravesó la niebla como un rayo y se clavó en el brazo de Murdoch Craigdhu, justo por encima del codo, en el instante exacto en que empezaba a bajar la espada.

Murdoch gritó. La espada se le cayó de la mano y rebotó en la hierba.

Todas las cabezas se volvieron hacia el borde del collado.

Y la vieron. Una muchacha con el pelo cobrizo enmarañado y la cara cubierta de sangre seca, descalza de un pie, de pie sobre una roca, con un arco en la mano y otra flecha ya en la cuerda.

Rìghart la vio.

Eilidh vio cómo su cara cambiaba. Cómo el hombre de piedra se resquebrajaba. Cómo en sus ojos verdes aparecía algo tan enorme, tan desnudo, que tuvo que apartar la vista para no echarse a llorar allí mismo.

Luego él se llevó dos dedos a la boca y silbó.

Un silbido largo, agudo, que cortó la niebla como un cuchillo.

Y la montaña entera se levantó.

Salieron de detrás de cada roca, de cada pliegue del terreno, de cada jirón de niebla.

Hombres de Beinmor con el tartán verde y pardo, rugiendo.

Hombres de los Munro con el tartán rojo y verde, rugiendo más fuerte todavía.

Calum, enorme, con su hacha en alto. Dòmhnall, con la espada desenvainada y la sonrisa desaparecida de la cara.

Desde las rocas altas, las flechas de Aonghas cayeron sobre los Craigdhu como granizo.

Eilidh siguió disparando.

Cuatro flechas. Tres. Un hombre que corría hacia Rìghart con una lanza. Otro que intentaba arrastrar a Murdoch fuera del círculo. Dos.

Vio a Calum lanzarle una espada a Rìghart por encima de las cabezas. Vio a Rìghart atraparla al vuelo y volverse hacia los Craigdhu como un lobo hacia una manada de perros.

Vio a Dòmhnall luchando espalda con espalda con su hermano.

Y vio, con el rabillo del ojo, algo que nadie más vio.

Gilleasbuig Craigdhu se había apartado del centro del combate. Había soltado el bastón. Tenía una daga en la mano, larga y fina. Y caminaba, despacio, cojeando, con su único ojo fijo en ella, hacia la roca donde estaba Eilidh.

Eilidh colocó una flecha en la cuerda. La última.

Tensó.

Y detrás de ella, a su espalda, oyó los perros.

Se volvió. Dos perros enormes salieron de la niebla, ladera arriba, con las fauces abiertas. Detrás de ellos, tres hombres con el tartán gris y negro. Sus perseguidores. Los que habían dado el rodeo.

Eilidh se quedó paralizada entre los dos peligros. Una sola flecha. El viejo por delante. Los perros por detrás.

Y entonces, de entre las rocas a su izquierda, desde el sendero de los pastores que nadie usaba desde hacía años, salió Tormod Munro.