Capítulo 21 Prisionera #2
No eran los pasos pesados del guardia que había hecho la ronda cada hora. Eran pasos lentos, inseguros, de alguien que se detiene cada pocos peldaños a escuchar.
Eilidh se levantó en silencio. Se colocó junto a la puerta, pegada a la pared, con el alfiler del broche en la mano.
Oyó un murmullo al otro lado. Una voz de hombre, baja. Otra voz que contestaba, adormilada. Un golpe sordo. Algo pesado que caía al suelo.
El cerrojo se descorrió.
La puerta se abrió despacio, con un chirrido.
Eilidh se lanzó contra la figura que entraba con el alfiler en alto.
Una mano grande le atrapó la muñeca en el aire.
—Mi señora. Mi señora, soy yo.
Era Fergus.
Eilidh se quedó helada. El guerrero de barba gris estaba en el umbral, con una antorcha en una mano y la otra sujetándole la muñeca.
Tenía la cara demacrada, los ojos hundidos, como un hombre que no ha dormido en días.
Detrás de él, en el rellano de la escalera, el guardia de la puerta yacía en el suelo, inconsciente.
Y sobre su hombro, Fergus llevaba algo.
El arco de tejo dorado. El carcaj verde de Alan.
—Lo tenía Murdoch en su alcoba —dijo Fergus en voz baja—. Como un trofeo. —Le soltó la muñeca y le tendió el arco—. Y esto.
Le puso en la mano la daga de Cailean.
Eilidh lo miró sin entender.
—¿Por qué?
Fergus bajó los ojos.
—Porque me prometieron que no os harían daño. Me lo juraron por la sangre de su madre. —Se le quebró la voz—. Y esta tarde he oído al viejo hablar con su hijo. He oído lo que piensa hacer mañana en el collado. Con el laird. Y con vos.
Levantó la vista. Tenía los ojos llenos de lágrimas.
—Llevé al laird en brazos dos leguas cuando tenía catorce años, mi señora. Le sujeté la herida del pecho con mis propias manos. Y lo he vendido por una bolsa de plata. —Le tembló la barbilla—. No puedo deshacerlo. Pero puedo sacaros de aquí.
Eilidh lo miró. A aquel hombre roto, viejo, que lloraba en un rellano frío con una antorcha en la mano.
Pensó en Rìghart diciendo no puede ser . Pensó en el dolor de su voz.
Se colgó el arco a la espalda. Se metió la daga en la bota. Volvió a prender el broche en su sitio, sobre el pecho.
—Vamos —dijo.
Fergus conocía la fortaleza. Había estado en ella muchas veces durante las últimas semanas, a escondidas, cobrando su plata.
La guió por una escalera de servicio, por un pasillo que olía a cocina, por un almacén lleno de barriles.
Salieron por una poterna pequeña en la muralla norte, que daba a un barranco cubierto de zarzas.
La noche era clara y fría. La luna, casi llena, iluminaba las colinas pardas. Y al oeste, enorme, blanca bajo la luna, la gran montaña.
—Hacia allí —susurró Fergus, señalándola—. Hay un sendero de cabras que sube por la cara norte. Si llegáis al collado antes del amanecer, estaréis en tierras de Beinmor. Desde allí se ve el lago. Los hombres del laird estarán ya en camino. Lo sé.
—¿Y vos?
Fergus no contestó.
Bajaron por el barranco a trompicones, entre las zarzas, arañándose las manos y la cara. Llegaron al fondo, donde corría un arroyo. Lo cruzaron. Empezaron a subir por la otra ladera, hacia el oeste.
Y entonces sonaron los perros.
Fue un aullido largo, a sus espaldas, desde la fortaleza. Luego otro. Luego muchos, a la vez. Luego gritos de hombres y el sonido de cascos de caballo sobre las piedras.
—Han encontrado al guardia —jadeó Fergus.
Corrieron.
Corrieron ladera arriba, por un sendero estrecho que apenas se veía a la luz de la luna, entre rocas y brezo.
Eilidh sentía el corazón golpeándole en la garganta, los pulmones ardiendo, la cabeza latiéndole donde la habían golpeado.
Detrás de ellos, los perros se acercaban.
Las antorchas de los jinetes subían por el barranco como una serpiente de fuego.
Llegaron a un puente.
Era un tronco de pino tendido sobre una garganta profunda, por cuyo fondo bajaba un torrente que rugía en la oscuridad. Al otro lado, el sendero seguía subiendo hacia la montaña.
Fergus se detuvo en este lado.
—Cruzad —dijo.
—Vos primero.
—No. —Fergus desenvainó la espada—. Cruzad, mi señora. Y cuando estéis al otro lado, empujad el tronco al vacío.
Eilidh lo miró horrorizada.
—Fergus, no...
—Solo hay un camino para los caballos. Este. —El guerrero se volvió hacia el barranco, hacia las antorchas que se acercaban—. Si el puente cae, tendrán que dar un rodeo de dos horas. Si no cae, os alcanzarán antes de una.
—¡Entonces cruzad conmigo y lo empujamos juntos!
Fergus negó con la cabeza. A la luz de la luna, su cara tenía una expresión extraña. Tranquila. Casi en paz.
—Si los dos cruzamos, los perros nos seguirán por la ladera aunque no haya puente. Yo los entretendré aquí. —La miró—. Id, mi señora. Decidle al laird... —Se detuvo—. No. No le digáis nada. No hay nada que decir.
Los perros ya estaban cerca. Muy cerca. Eilidh oía su jadeo entre los aullidos.
—Fergus...
—¡Id!
Eilidh cruzó el puente.
Corrió sobre el tronco sin mirar abajo, con los brazos abiertos como alas, con el rugido del torrente subiéndole desde el fondo de la garganta. Llegó al otro lado. Se dio la vuelta.
Fergus estaba en la otra orilla, con la espada en alto, de cara al barranco. Los primeros perros salieron de entre las rocas. Detrás de ellos, las antorchas.
Eilidh se agachó, apoyó el hombro contra el extremo del tronco y empujó.
No se movió.
Empujó otra vez. Con todas sus fuerzas. Con los dientes apretados y las lágrimas corriéndole por la cara. Sintió cómo la madera crujía, cómo la tierra cedía bajo el extremo.
Al otro lado, Fergus rugió. Un grito de guerra en gaélico, largo, hondo, que resonó en toda la garganta.
— Beinn Mhòr!
El tronco se desprendió y cayó al vacío.
Eilidh no vio lo que pasó después. No quiso verlo. Oyó los perros, el choque del acero, los gritos de los hombres. Oyó a Fergus rugir otra vez. Y otra.
Y luego dejó de oírlo.
Se dio la vuelta y corrió hacia la montaña.
El amanecer la encontró en la ladera norte de la gran montaña, a medio camino del collado.
Tenía las manos destrozadas de agarrarse a las rocas. Tenía las piernas temblando. Tenía la cara cubierta de sangre seca y de lágrimas secas. Había perdido una bota en un arroyo.
Pero tenía el arco. Tenía la daga. Tenía el broche sobre el pecho.
Y tenía seis flechas.
Se detuvo sobre una roca para recuperar el aliento y miró hacia atrás.
Muy abajo, en la ladera, entre la niebla que empezaba a levantarse, vio sombras que se movían. Hombres a pie. Muchos. Con perros. Habían dado el rodeo. Habían encontrado su rastro.
Subían hacia ella.
Eilidh miró hacia arriba. El collado estaba todavía lejos. Una hora, quizá más. Un camino empinado de piedras sueltas y nieve vieja, sin un solo árbol donde esconderse.
Y en el collado, lo sabía, estaba el círculo de piedras. Donde Gilleasbuig Craigdhu había citado a Rìghart al amanecer. Solo y sin armas.
Eilidh se colocó el arco a la espalda. Contó sus flechas otra vez. Seis.
Respiró hondo, como le había enseñado Alan.
Y siguió subiendo.