El pacto de Beinmor Capítulo 21 Prisionera
81%

Capítulo 21 Prisionera

Lo primero que sintió fue el frío.

Un frío húmedo, de piedra vieja, que le subía desde el suelo por la espalda y se le metía en los huesos. Luego el dolor: un latido sordo en la nuca, como si alguien le estuviera golpeando el cráneo desde dentro con un martillo pequeño. Luego el olor: paja podrida, humo, moho.

Eilidh abrió los ojos.

Estaba tumbada sobre un montón de paja, en una habitación pequeña y redonda, de muros de piedra gris. Había una ventana estrecha, poco más que una rendija, por la que entraba una luz pálida de amanecer. Una puerta de roble con herrajes de hierro. Un cubo en un rincón. Nada más.

Se incorporó despacio. El mundo dio una vuelta entera y tuvo que apoyarse en la pared hasta que dejó de girar. Se llevó la mano a la nuca. Tenía el pelo pegado de sangre seca y un bulto del tamaño de un huevo. Alguien le había puesto un vendaje torpe alrededor de la cabeza.

Se buscó la daga en la bota. No estaba. Se buscó el carcaj a la espalda. Tampoco. Se llevó la mano al pecho.

El broche de plata con el ciervo seguía allí, prendido por dentro del corpiño, donde lo había puesto antes de salir de Dùn Beinmor. No lo habían encontrado.

Lo apretó con fuerza. Y por un momento, solo un momento, se permitió tener miedo.

Luego se levantó, fue hasta la rendija de la ventana y miró fuera.

Vio un patio pequeño y sucio, rodeado de muros grises.

Hombres con el tartán gris y negro de los Craigdhu.

Perros. Caballos. Más allá de los muros, colinas pardas y desnudas, sin un árbol.

Y al oeste, lejos, muy lejos, recortada contra el cielo pálido del amanecer, una montaña enorme con la cumbre todavía cubierta de nieve.

Beinmor. La gran montaña.

Estaba al otro lado.

La puerta se abrió a media mañana.

Eilidh se había sentado en la paja, con la espalda contra la pared y las rodillas contra el pecho, y no se levantó. Esperaba a Murdoch. Se había preparado para él. Había pensado en todas las cosas que iba a decirle.

Pero no fue Murdoch quien entró.

Fue Isobel.

Llevaba una jarra de agua en una mano y un trozo de pan en la otra. Iba vestida de gris, sin perlas, sin hilos de oro, con el pelo rubio recogido de cualquier manera. Tenía los ojos hinchados, como si hubiera llorado toda la noche.

Cerró la puerta tras de sí. Fuera, Eilidh oyó a un guardia echar el cerrojo.

Se miraron.

—Os he traído agua —dijo Isobel al fin.

—Qué amable.

Isobel dejó la jarra y el pan sobre la paja, a un brazo de distancia, como quien deja comida a un animal salvaje. Luego se quedó de pie, retorciéndose las manos.

—No era esto —dijo en voz baja—. Quiero que lo sepáis. Yo no quería esto.

Eilidh la miró sin pestañear.

—Me mentisteis en una capilla. Falsificasteis una carta. Intentasteis destrozar mi matrimonio.

—Sí. —Isobel no apartó la mirada—. Quería que os marcharais.

Quería que él os repudiara y volviera conmigo.

Lo quería desde que tenía ocho años, lady Eilidh.

Desde que me sacó del lago de Beinmor cuando me caí de una barca, en una fiesta de Beltane.

Me lo prometieron. Mi padre me lo prometió.

—Le tembló la voz—. Pero no quería esto.

No quería que os hicieran daño. No sabía que mi padre...

Se interrumpió. Miró hacia la puerta.

—¿Qué piensa hacer vuestro padre? —preguntó Eilidh.

Isobel tragó saliva.

—Murdoch ha enviado un mensajero a Dùn Beinmor esta madrugada.

Le dice a Rìghart que os tiene. Que si quiere volver a veros, tiene que ir mañana al amanecer al círculo de piedras del collado, en la ladera de levante de la gran montaña.

Solo. Sin armas. —Hizo una pausa—. A cambio del río.

Y de las tierras de la orilla. Y de un juramento de paz.

—¿Y vos creéis que es eso lo que quieren?

Isobel no contestó.

No hacía falta. Eilidh lo vio en sus ojos. El mismo miedo que había visto en los ojos de Fergus en la garganta.

—No lo van a dejar marchar —dijo Eilidh despacio—. Ni a él ni a mí.

Isobel se tapó la cara con las manos.

—Mi padre está loco —susurró detrás de los dedos—. Lleva veinte años loco. Desde lo de Aed. Murdoch hace todo lo que él dice porque le tiene miedo. Todos le tenemos miedo.

La puerta se abrió de golpe.

Isobel dio un respingo y se apartó contra la pared.

En el umbral había un hombre.

Era viejo. Mucho más viejo que Tormod, aunque quizá no tuviera más años. La vejez de Tormod era la de un roble. La de este hombre era la de un árbol podrido por dentro.

Era alto, pero estaba encorvado, apoyado en un bastón de espino negro.

Estaba tan delgado que la piel se le pegaba a los huesos de la cara como pergamino mojado.

Tenía el pelo gris y ralo, largo hasta los hombros.

La barba, gris también, sucia, enredada.

Llevaba un manto negro de lana gruesa, demasiado grande para él.

Y tenía un solo ojo.

El izquierdo era azul pálido, casi transparente, como el de su hija. El derecho no existía. En su lugar había una cicatriz antigua, blanca y arrugada, que bajaba desde la frente hasta el pómulo y le cosía el párpado para siempre.

Eilidh se levantó.

No lo decidió. Su cuerpo lo hizo solo, como si supiera que aquel hombre no debía verla sentada.

Gilleasbuig Craigdhu la miró durante mucho tiempo con su único ojo. La recorrió de arriba abajo. Se detuvo en el pelo cobrizo. En la cara. En los ojos grises.

—Tienes su pelo —dijo al fin. Tenía una voz extraña, ronca y aguda a la vez, como una cuerda que se va a romper—. El de la inglesa del bosque. Lo tenía igual. Rojo como el fuego.

—Mi madre es escocesa —dijo Eilidh.

Algo se movió en la cara del viejo. Algo que podía ser una sonrisa.

—Eso mismo me dijo ella. Con una daguita en la mano, temblando. Soy escocesa. —Soltó una risa seca—. Como si eso fuera a salvarla.

—La salvó.

El único ojo se clavó en ella.

—No. La salvó Tormod Munro. —El viejo escupió el nombre como si fuera veneno—. Bajó por aquella ladera con sus perros de guerra y me lo quitó todo. El rescate. La mujer. Y a mi hermano.

Dio un paso hacia ella, apoyándose en el bastón.

—Aed tenía diecisiete años. Era rubio como el trigo. Reía todo el tiempo. Lo había llevado conmigo a la frontera por primera vez porque quería aprender. —Su voz se quebró—. Tormod Munro le abrió la garganta delante de mí. Y luego se llevó a la inglesa en su caballo como si fuera un trofeo.

Eilidh no dijo nada. Sentía el corazón golpeándole las costillas.

—Juré que me lo cobraría —siguió el viejo—.

Durante veinte años esperé. Cuando heredé, cuando por fin tuve tierras y hombres, le ofrecí a mi hija para su hijo.

Paz entre clanes, le dije. Olvidemos el pasado.

—Apretó el bastón hasta que los nudillos se le pusieron blancos—.

¿Y sabes lo que me contestó? Que su hijo ya estaba prometido.

A la hija de la inglesa del bosque. A ti.

Se inclinó hacia ella. Olía a vino agrio y a algo dulzón, a enfermedad.

—Me quitó a mi hermano por salvarla a ella.

Y luego me quitó la alianza de mi hija para dársela a ti.

—El único ojo brillaba como una brasa—. Así que voy a quitarle yo algo a él.

Voy a quitarle a su hijo. Y voy a hacerlo delante de sus ojos, en su propia montaña.

Y luego te devolveré a ti a tu madre. —Sonrió—. En una caja.

Detrás de él, Isobel soltó un gemido ahogado.

Eilidh miró al viejo. A su ojo único, a su cicatriz, a sus manos huesudas sobre el bastón. Y descubrió, con sorpresa, que ya no tenía miedo.

Lo que sentía era otra cosa. Algo frío, firme y limpio, como el agua del lago en la mañana del viaje.

—¿Sabéis una cosa? —dijo despacio—. Mi madre todavía sueña con vuestro ojo.

Veinte años después. Se despierta de noche, temblando.

—Hizo una pausa—. Pero esta mañana, al veros, he pensado que no entiendo por qué.

Esperaba a un monstruo. Y solo veo a un viejo que paga a otros para que hagan sus guerras.

A bandidos en un páramo. A un traidor en un vado.

A su hija, para que mienta en una capilla.

A su hijo, para que golpee a una mujer por la espalda.

—Lo miró a los ojos—. Ni siquiera tuvisteis valor para venir a buscarme vos mismo.

El golpe llegó tan rápido que no lo vio venir.

El bastón de espino le cruzó la cara y la tiró al suelo. Sintió el sabor de la sangre en la boca.

Isobel gritó.

Gilleasbuig Craigdhu se quedó de pie sobre ella, jadeando, con el bastón levantado. Durante un instante, Eilidh pensó que iba a volver a golpearla.

Pero no lo hizo. Bajó el bastón despacio. Y sonrió.

—Mañana al amanecer —dijo—. Verás cuánto valor tengo.

Se dio la vuelta y salió. Isobel lo siguió sin mirar atrás, con los hombros sacudidos por sollozos silenciosos.

El cerrojo se cerró.

Eilidh se quedó tirada en la paja, con la mejilla ardiendo y el sabor de la sangre en la boca.

Luego se incorporó. Se limpió la boca con el dorso de la mano. Se sentó contra la pared.

Y empezó a pensar.

La luz de la rendija se volvió dorada, luego naranja, luego gris. Llegó la noche.

Nadie le trajo más comida. Eilidh se comió el pan de Isobel a pequeños bocados, despacio, para que durara.

Bebió el agua. Recorrió la celda una y otra vez, palpando las piedras de los muros, los herrajes de la puerta, el suelo bajo la paja.

No encontró nada. Ni una piedra suelta, ni un clavo, ni una astilla lo bastante grande.

Se sentó otra vez en la paja. Sacó el broche de plata de debajo del corpiño y lo sostuvo en la palma, a la luz de la luna que entraba por la rendija.

El ciervo coronado. El broche que Tormod Munro le dio a su madre en un bosque ensangrentado. El que su madre le había prendido en el pecho antes de salir de Hartwell. El que Rìghart había mirado con los ojos llenos de algo que no supo nombrar, aquella mañana en el patio.

El alfiler del broche era largo. De plata gruesa. Afilado.

Eilidh lo miró durante mucho tiempo.

Luego lo desprendió con cuidado y se lo escondió en la manga.

Pasada la medianoche, oyó pasos en la escalera.