El pacto de Beinmor Capítulo 20 Traición
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Capítulo 20 Traición

—¿Fergus?

Rìghart se había quedado inmóvil a medio quitarse la túnica, junto al fuego de la alcoba. Eilidh estaba sentada en el borde de la cama, con las manos apretadas sobre el regazo.

—Pidió el turno del vado la noche de la tormenta —dijo—. Nadie lo quiere nunca. Es el más frío. Dougal se quejó de ello esta mañana.

—Fergus sirvió a mi tío durante veinte años. Me enseñó a montar.

—Fue él quien recogió la carta falsa en el patio. Quien te la llevó a ti en lugar de a mí. —Eilidh lo miró a los ojos—. Y lleva una bolsa en el cinturón desde hace semanas. Una bolsa nueva, de buen cuero. Que pesa mucho.

Rìghart se sentó despacio en el arcón. Se pasó una mano por la cara.

—No puede ser.

—Ojalá me equivoque.

Él no contestó durante mucho tiempo. Miraba el fuego. Eilidh vio cómo se le movía la mandíbula, cómo le pesaba aquello por dentro.

—Cuando murió mi tío —dijo al fin, en voz baja—, Fergus fue el que me sacó del campo de batalla. Me llevó en brazos hasta Dùn Beinmor. Tenía catorce años y una daga clavada en el pecho, y él no me soltó en dos leguas.

Eilidh cruzó la alcoba y se arrodilló delante de él. Le tomó las manos.

—Entonces quizá me equivoque —dijo—. Pero vigílalo. Por favor.

Rìghart la miró. Luego asintió despacio.

—Lo vigilaré.

Niall salió al alba hacia las tierras de los Munro, con dos hombres y una carta para Dòmhnall. Tardaría tres días en volver con los refuerzos, quizá cuatro.

No llegaron a esperar ni uno.

A media mañana, un pastor llegó corriendo a la fortaleza desde el norte, con la cara cubierta de sudor y los ojos desorbitados.

Los Craigdhu habían cruzado otra vez el Allt Dubh, esta vez río arriba, por el vado de los alisos, cerca de las cabañas de los pastores de la cañada norte.

Eran pocos, diez o doce, pero estaban quemando las àirighean y robando ovejas.

—Es otra trampa —dijo Tormod en el patio, mientras su hijo se armaba.

—Lo sé.

—Quieren sacarte de la fortaleza.

—Lo sé. —Rìghart se ajustó la espada a la cintura—. Pero si no voy, quemarán la cañada entera. Y la cañada norte es donde viven las familias de la mitad de mis hombres.

Se volvió hacia sus guerreros, que se agolpaban en el patio. Recorrió las caras con la mirada. Calum. Dougal. Aonghas. Fergus.

—Calum, Dougal, vosotros conmigo. Y la mitad de los hombres. —Hizo una pausa—. Fergus, tú también vienes.

Eilidh vio cómo el guerrero de barba gris se tensaba. Fue apenas un instante. Luego Fergus asintió y fue a buscar su caballo.

—Aonghas —siguió Rìghart—. Tú te quedas con el resto. Defenderás la fortaleza. Y a la señora.

El maestro de arqueros inclinó la cabeza.

Rìghart se acercó a Eilidh. Ella había subido a la muralla para verlos partir, como la mañana del río, pero esta vez no llevaba el arco a la espalda.

—No vienes —le dijo él en voz baja.

—No voy —respondió ella—. Alguien tiene que quedarse a gobernar esto mientras el laird va a jugar a los soldados.

Una sombra de sonrisa.

—Volveré al anochecer.

—Más te vale.

Él miró hacia el patio, donde Fergus estaba montando. Luego volvió a mirarla a ella.

—Lo tendré a mi lado todo el tiempo —dijo—. Donde pueda verlo.

La besó. Luego bajó la escalera de la muralla, montó en su caballo negro y salió por la puerta al frente de sus hombres.

Eilidh se quedó mirando el camino hasta que el último jinete desapareció entre los pinos del norte.

No sabía por qué, pero tenía frío.

El día pasó despacio.

Eilidh se obligó a hacer cosas. Revisó la despensa con Morag, que gruñó durante una hora sobre el precio de la sal.

Ayudó a Ealasaid a hornear el pan. Fue a ver a la viuda del viejo Uilleam, que se había instalado en una casa de la aldea con su hija, y le llevó leña y una manta de lana.

Bajó a la orilla del lago con los niños y les enseñó a tirar con el viento de través, como en los juegos.

Pero todo el tiempo miraba hacia el norte.

Beatriz la encontró al atardecer, en la muralla, con los brazos cruzados sobre el pecho.

—Volverá —dijo la navarra.

—Lo sé.

—Es un laird. Es lo que hacen. Van, luchan, vuelven, se quejan de que la cena está fría.

—Lo sé.

Beatriz se apoyó en el parapeto a su lado.

—Dòmhnall también volverá —dijo de pronto, sin mirarla—. Con los refuerzos.

Eilidh se volvió hacia ella. Beatriz tenía las mejillas encendidas y miraba fijamente la gran montaña.

—Beatriz.

—No digas nada.

—No he dicho nada.

—Lo estás pensando muy alto.

A pesar de todo, Eilidh se rió.

El sol se hundió detrás de la gran montaña. El lago se volvió de cobre, luego de plata, luego negro.

Y Rìghart no volvió.

Fue Fergus quien llegó.

Solo.

Eilidh lo vio entrar por la puerta del patio a la luz de las antorchas. Venía al galope, inclinado sobre el cuello del caballo, y cuando tiró de las riendas el animal resbaló en las piedras y casi lo tiró al suelo. Tenía sangre en la cara y en el tartán. Tenía el brazo izquierdo colgando, inmóvil.

Eilidh bajó la escalera de la muralla tan deprisa que se torció un tobillo y no lo notó.

—¿Dónde está? —gritó—. ¿Dónde está el laird?

Fergus desmontó tambaleándose. Aonghas y otros dos hombres llegaron corriendo a sostenerlo.

—Herido —jadeó Fergus—. Una emboscada en la cañada norte. Eran más de los que decían. Muchos más. —Tragó aire—. Lo hirieron en el costado, mi señora. Donde la otra vez. Se le ha abierto la herida.

Eilidh sintió que el mundo se le venía encima.

—¿Dónde está?

—En las cabañas viejas de la cañada, junto a la cascada. Calum está con él. Y Tormod. No pueden moverlo. Sangra mucho. —Fergus la miró con unos ojos enrojecidos, desesperados—. Me mandó a buscaros, mi señora. Dijo que solo vos sabéis coserlo. Que solo confía en vuestras manos.

Eilidh ya se estaba dando la vuelta hacia el establo.

Aonghas la agarró del brazo.

Fue la primera vez que el maestro de arqueros la tocaba. Su mano era dura como una raíz de pino.

—Mi señora —dijo en su inglés áspero—. El laird me dijo que os protegiera. Que no salierais de aquí.

—El laird se está desangrando.

—Puede ser. —Los ojos de halcón de Aonghas se clavaron en Fergus—. O puede que no.

Fergus se volvió hacia él con la cara crispada.

—¿Me llamas mentiroso, Aonghas? ¿Después de veinte años?

Aonghas no contestó. Siguió mirándolo.

Eilidh miró a Fergus. Miró la sangre en su cara, el brazo colgando, los ojos rojos. Recordó la bolsa en el cinturón. Recordó el turno del vado. Recordó la carta.

Y recordó a Rìghart, la noche anterior, junto al fuego. Me llevó en brazos dos leguas. Tenía catorce años y una daga clavada en el pecho.

Pensó en la herida que ella misma había cosido. En lo profunda que era. En cuánta sangre había perdido en la ermita.

Si Fergus mentía, era una trampa.

Si Fergus decía la verdad y ella no iba, Rìghart podía morir.

—Iré —dijo.

—Mi señora...

—Iré, Aonghas. Pero no sola. —Se volvió hacia el maestro de arqueros—. Vendréis vos. Y Dougal, si ha vuelto. Y seis de vuestros mejores hombres. Con los arcos tensos. —Miró a Fergus—. Y él irá delante. Donde todos podamos verlo.

Aonghas la miró un largo momento. Luego asintió.

Dougal no había vuelto. Se había quedado con el laird. En su lugar, un muchacho de quince años llamado Iain, que había ganado la carrera a pie en los juegos, insistió en acompañarlos.

Beatriz intentó detenerla en la puerta del patio.

—Eilidh, no. Por favor. Algo no está bien. Lo noto.

—Yo también lo noto. —Eilidh le apretó las manos—. Pero si es verdad y no voy, no me lo perdonaré nunca.

Tomó su bolsa de curar, la aguja de hueso, el hilo encerado y el whisky. Se colgó el arco de tejo dorado a la espalda y el carcaj con las flechas de Alan. Se metió la daga de Cailean en la bota.

Y salió por la puerta de Dùn Beinmor hacia la noche.

La cañada norte estaba a dos horas de camino. La luna no había salido todavía y la oscuridad era casi completa. Avanzaban despacio, en fila, con antorchas, por un sendero estrecho que serpenteaba entre los pinos y las rocas.

Fergus iba delante, como ella había ordenado. Con su brazo herido colgando y la espalda encorvada.

No había hablado en todo el camino. Pero cada pocos pasos se volvía a mirarla. Y cada vez que lo hacía, Eilidh veía en su cara algo que no sabía interpretar. No era miedo. Era algo más hondo. Algo que se parecía mucho a la vergüenza.

Al cabo de una hora llegaron a un paso estrecho entre dos paredes de roca. El sendero se encajonaba allí como una garganta, con apenas espacio para un caballo. A ambos lados, las paredes subían, negras y cubiertas de musgo.

Aonghas levantó la mano. La pequeña columna se detuvo.

—No me gusta —murmuró el maestro de arqueros.

—Es el único camino a la cascada —dijo Fergus, sin volverse.

—No es el único. —Aonghas lo miró—. Hay otro, por la ladera de los serbales. Más largo.

—El laird se está desangrando. No hay tiempo para el camino largo.

Aonghas no se movió.

Eilidh miró la garganta oscura. Miró a Fergus. Fergus la estaba mirando a ella.

Y entonces, a la luz de la antorcha, vio algo en lo que no se había fijado en la fortaleza. Algo que la luz de las antorchas del patio había ocultado.

La sangre de la cara de Fergus estaba seca. Seca y oscura, como sangre de muchas horas. Pero no tenía ninguna herida en la cara. Ni un corte. Ni un arañazo.

Y el brazo izquierdo, el que había colgado inmóvil durante todo el camino, estaba ahora agarrado con fuerza a las riendas del caballo.

—Aonghas —dijo Eilidh en voz muy baja—. Atrás. Ahora.

Demasiado tarde.

La primera flecha salió de lo alto de la pared de roca y se clavó en el cuello del caballo de Iain, que se desplomó con un relincho. La segunda alcanzó a Aonghas en el hombro y lo tiró de la silla.

Luego cayeron las piedras. Rocas enormes que rodaban por las paredes de la garganta, aplastando antorchas, asustando a los caballos, cerrando el camino de vuelta.

Y luego, los hombres.

Salían de la oscuridad por todas partes, con el tartán gris y negro de los Craigdhu. Muchos. Demasiados.

Eilidh ya tenía el arco en la mano. Soltó una flecha, otra, otra. Un hombre cayó. Otro se llevó las manos a la pierna. Los arqueros de Beinmor que seguían en pie disparaban a ciegas hacia las paredes.

—¡Iain! —gritó Eilidh—. ¡Corre! ¡A la fortaleza! ¡Busca al laird!

El muchacho, que había caído de su caballo muerto, se levantó de un salto. Durante un instante la miró, dudando.

—¡Corre!

Iain echó a correr. Era el más rápido del clan. Lo había demostrado en los juegos. Se escurrió entre dos rocas y desapareció en la oscuridad, ladera arriba, hacia los pinos, antes de que nadie pudiera alcanzarlo.

Eilidh colocó otra flecha.

Unos brazos la agarraron por detrás. Brazos fuertes, que olían a sudor y a cuero. Le arrancaron el arco de las manos. Ella pateó, mordió, gritó. Sacó la daga de la bota y la clavó a ciegas en algo blando. Alguien aulló. Los brazos la soltaron un instante.

Se dio la vuelta para correr.

Y se encontró cara a cara con Fergus.

Estaba de pie delante de ella, en mitad de la garganta, a la luz de la última antorcha que quedaba encendida. No llevaba la espada en la mano. No hizo ningún gesto para detenerla. Solo la miraba.

Tenía los ojos llenos de lágrimas.

—Perdonadme, mi señora —dijo, con la voz rota—. Me prometieron que no os harían daño. Me lo juraron.

Eilidh no tuvo tiempo de contestar.

Algo le golpeó la cabeza desde atrás. Sintió un dolor sordo y caliente, como un trueno dentro del cráneo. Las piernas se le doblaron.

Lo último que vio antes de que todo se volviera negro fue la cara de Fergus, deshecha en lágrimas, inclinándose sobre ella.

Y lo último que oyó fue una voz suave, divertida, que conocía muy bien. Una voz que sonreía incluso en la oscuridad.

—Con cuidado —dijo Murdoch Craigdhu—. Mi padre la quiere viva.