Capítulo 19 El río disputado
—No.
—Sí.
—Eilidh, es una incursión. Puede haber lucha.
—Por eso llevo el arco.
Estaban en el patio, entre el caos de hombres que se armaban y caballos que relinchaban. Los cuernos seguían sonando sobre el lago. Rìghart se había detenido a medio ensillar su caballo negro y la miraba con una mezcla de exasperación y algo más que Eilidh no supo nombrar. Miedo, quizá.
—Te quedarás aquí —dijo.
—Me dijiste que podía sentarme en tus audiencias. Que era la señora de Beinmor. —Eilidh se ajustó el carcaj a la espalda—. Han matado a un hombre de mi clan, Rìghart. Han quemado las casas de mi gente. No pienso quedarme en la torre bordando mientras otros entierran a sus muertos.
Rìghart abrió la boca para contestar.
Y Tormod Munro, que estaba montando a pocos pasos con la ayuda de Calum, soltó una risa ronca.
—Ríndete, muchacho. Tu madre tampoco se quedaba en casa. Y la de ella menos.
Rìghart miró a su padre. Luego miró a Eilidh. Luego soltó un suspiro tan largo que pareció salirle de las botas.
—Irás con los arqueros —dijo al fin—. Detrás. Con Aonghas. Y si te digo que te retires, te retiras sin discutir.
—Sin discutir —repitió Eilidh.
—Prométemelo.
Eilidh dudó.
—Te prometo que lo intentaré.
Calum soltó una carcajada. Rìghart lo fulminó con la mirada. Y luego, sin previo aviso, delante de todos, se inclinó y le dio a Eilidh un beso rápido y fuerte en los labios.
El patio entero se quedó en silencio. Luego estalló en vítores. Alguien le gritó a Calum que pagara la jarra.
Rìghart montó en su caballo negro sin mirar a nadie, con las orejas rojas.
El río de la discordia se llamaba Allt Dubh, el arroyo negro, aunque no era un arroyo sino un río ancho y rápido que bajaba desde los montes del este y separaba las tierras de Beinmor de las de los Craigdhu.
En su orilla occidental había pastos de verano, verdes y buenos, donde los pastores de Beinmor llevaban el ganado de mayo a septiembre, en las àirighean , cabañas de piedra y turba donde vivían durante los meses cálidos.
Cuando llegaron, las cabañas ya no existían.
Solo quedaban muros ennegrecidos, vigas carbonizadas y un humo gris y espeso que todavía subía hacia el cielo limpio de la mañana.
El olor a madera quemada y a carne chamuscada flotaba sobre la orilla.
Había ovejas muertas en la hierba. Un perro de pastor, con una flecha en el costado, gemía junto a uno de los muros.
Eilidh desmontó antes de que nadie pudiera detenerla y se arrodilló junto al perro. Estaba vivo. Le arrancó la flecha con cuidado, como su madre le había enseñado, y le vendó la herida con un trozo de su propia enagua. El animal la miró con ojos agradecidos y le lamió la mano.
Luego vio al viejo Uilleam.
Estaba tendido junto a la cabaña más grande, boca arriba, con un cayado roto todavía en la mano.
Era un hombre menudo, de barba blanca y manos nudosas.
Tenía una herida de espada en el pecho. Junto a él, arrodillada en la hierba, una mujer de su misma edad le acariciaba la cara y le hablaba en gaélico en voz muy baja, como si lo estuviera arrullando.
Eilidh se acercó despacio. Se arrodilló junto a la mujer. No sabía qué decir. Su gaélico no daba para tanto.
Así que no dijo nada. Solo le pasó un brazo por los hombros.
La anciana se volvió a mirarla. Tenía los ojos secos, como si ya hubiera llorado todo lo que podía llorar. Murmuró algo.
—Dice que él se lo advirtió —tradujo Dougal, que se había arrodillado al otro lado—. Que le dijo que no saliera. Que eran demasiados. Pero que él contestó que aquellas ovejas habían nacido en sus manos y que no iba a dejar que se las llevara un ladrón.
Eilidh sintió las lágrimas subirle a los ojos.
—Dile que era un hombre valiente —susurró—. Dile que el laird no dejará esto así.
Dougal lo tradujo. La anciana miró hacia donde estaba Rìghart, de pie en la orilla, con Tormod y Calum, estudiando las huellas en el barro. Lo miró durante mucho tiempo.
Luego asintió una vez y volvió a acariciar la cara de su marido.
Las huellas llevaban al vado.
Rìghart las siguió con los ojos de un cazador: decenas de caballos, cientos de pezuñas de vaca, todas cruzando el río hacia el este, hacia las colinas pardas de los Craigdhu. No se habían molestado en ocultarlas.
—Quieren que los sigamos —dijo Tormod.
—Lo sé.
—Es una trampa.
—Lo sé.
—¿Y vas a ir?
Rìghart miró al otro lado del río, donde las huellas se perdían en un barranco estrecho entre dos colinas.
—Voy a recuperar mi ganado —dijo—. Pero no por donde ellos quieren.
Dividió a sus hombres en tres grupos. Uno, el más grande, lo dirigiría Calum: cruzaría el vado a la vista, despacio, haciendo mucho ruido, como si fuera directo a la trampa.
Otro, con Tormod, rodearía la colina del norte por un sendero de pastores que solo conocían los viejos de Beinmor.
Y el tercero, con él mismo, iría por el sur.
—¿Y los arqueros? —preguntó Eilidh.
Rìghart la miró. Luego señaló una loma baja en la orilla occidental, cubierta de brezo y de rocas, desde la que se dominaba todo el vado y la entrada del barranco.
—Allí —dijo—. Con Aonghas. Si Calum necesita ayuda al cruzar, vosotros se la daréis desde lejos. —Hizo una pausa—. Desde muy lejos.
—Desde muy lejos —repitió Eilidh.
Él le tomó la cara entre las manos un instante. No dijo nada. No hacía falta.
Luego montó y se fue.
Todo ocurrió como Rìghart había previsto. O casi.
Calum cruzó el vado con sus hombres, despacio, gritando y haciendo sonar los cuernos.
Cuando llegó a la otra orilla y se acercó a la entrada del barranco, las colinas a ambos lados se llenaron de hombres con el tartán gris y negro de los Craigdhu.
Eran muchos. Treinta, quizá cuarenta. Bajaban por las laderas con las espadas en alto, gritando.
Eilidh, en lo alto de la loma, tensó el arco.
A su lado, Aonghas y otros diez arqueros de Beinmor hicieron lo mismo. Ninguno habló. Esperaron.
Los hombres de Calum formaron un círculo en la orilla, como en el páramo de Liddesdale. Los Craigdhu se lanzaron contra ellos.
—Ahora —dijo Aonghas en gaélico.
Las flechas volaron.
Cayeron sobre los Craigdhu como una lluvia de acero. Hombres que tropezaban, que se agarraban el hombro o la pierna, que miraban hacia la loma sin entender de dónde venía el ataque. El empuje de la carga se rompió. Calum rugió y contraatacó.
Y entonces, desde el norte y desde el sur, al mismo tiempo, aparecieron Tormod y Rìghart con sus hombres.
Los Craigdhu se encontraron atrapados en su propia trampa.
Entre el río, la loma de los arqueros y dos grupos de guerreros de Beinmor que les caían por los flancos.
Lucharon un poco. Luego empezaron a huir, colina arriba, hacia el este, dejando atrás armas, heridos y el ganado robado, que mugía asustado en el fondo del barranco.
Eilidh bajó el arco. Le temblaban las manos, pero menos que en el páramo.
A su lado, Aonghas la miró con sus ojos de halcón y asintió una vez, despacio. No dijo nada. Era, Eilidh lo sabía ya, la forma de Aonghas de decir bien hecho .
Recuperaron casi todo el ganado. Ochenta y siete cabezas de las ciento doce que faltaban. Las demás se habían perdido o las habían sacrificado los ladrones.
Eilidh bajó al vado con los arqueros cuando todo hubo terminado.
Encontró a Rìghart en la otra orilla, junto a los heridos.
Tenía un corte superficial en el brazo y la cara manchada de sangre que no era suya, pero estaba entero.
Cuando la vio, algo en su rostro se aflojó, como una cuerda que se destensa.
—Desde muy lejos —dijo.
—Desde muy lejos —confirmó Eilidh—. Casi no te veía.
Él se rió. Una risa corta, cansada. Le pasó un brazo por los hombros y la atrajo hacia sí, y Eilidh apoyó la cabeza en su pecho y escuchó su corazón latiendo, fuerte y vivo, durante un largo momento.
Luego se separó de él y fue a ayudar con los heridos.
Había tres de Beinmor. Ninguno grave. Y había cinco de los Craigdhu, tendidos en la hierba de la orilla, que no habían podido huir. Dos ya estaban muertos.
Eilidh se arrodilló junto a uno de ellos para ver si podía hacer algo.
No podía. El hombre tenía una flecha en el pecho, tal vez una de las suyas, tal vez de Aonghas. Respiraba con un silbido húmedo. Tenía los ojos cerrados.
Eilidh se fijó en su mano derecha, que todavía aferraba una daga. Era una daga vieja, más vieja que el hombre, con la hoja gastada de tantos afilados y la empuñadura de hueso amarillento. Y en el pomo, un pequeño disco de plata, ennegrecido por los años.
Eilidh se inclinó para verlo mejor.
Y se le detuvo el corazón.
En el disco de plata, gastado pero todavía claro, había un ciervo. Un ciervo junto a un pozo.
El emblema de los Hartwell.
—¿Estás segura?
Rìghart sostenía la daga a la luz del atardecer. A su lado, Tormod Munro la miraba con el ceño fruncido. Calum y Niall, que acababa de llegar de Dùn Beinmor, se habían acercado también.
—Completamente —dijo Eilidh—. Es el emblema de mi casa. Mi padre lo hace grabar en las armas de sus hombres. —Tragó saliva—. En las de todos sus hombres. Desde siempre.
Tormod alargó la mano enorme. Rìghart le dio la daga. El viejo laird la examinó durante mucho tiempo, girándola entre los dedos, pasando el pulgar por el disco de plata.
—Vuestra madre llevaba cuatro hombres de armas aquel día —dijo al fin, despacio—. Los enterramos en el bosque. Les faltaban las espadas, las dagas y las bolsas. Los bandidos se las llevaron.
Nadie dijo nada.
—¿Cómo ha llegado esta daga a manos de un hombre de los Craigdhu? —preguntó Eilidh en voz baja.
Tormod no contestó enseguida. Miraba hacia el este, hacia las colinas pardas al otro lado del río, donde el sol poniente encendía las cumbres.
—Gilleasbuig Craigdhu —dijo al fin—. El padre de Murdoch.
Rìghart se volvió hacia su padre.
—¿Qué pasa con él?
—Era el segundo hijo del viejo laird Craigdhu. Sin tierras, sin herencia. Antes de que su hermano mayor muriera de fiebres y él heredara, pasó años en la frontera. —Tormod apretó la empuñadura de la daga—. Todo el mundo sabía a qué se dedicaba allí. Nadie lo decía en voz alta.
—Reiver —dijo Rìghart.
—Reiver. Ladrón de ganado. Bandido. —Tormod miró a Eilidh—. Y perdió un ojo en una pelea de joven. Lo lleva cosido desde entonces. Una cicatriz que le cruza la cara de arriba abajo.
Eilidh sintió que el suelo se movía bajo sus pies.
Recordó la voz de su madre en la alcoba de Hartwell, la noche antes de partir. Tenía un ojo cerrado. Una cicatriz vieja, de arriba abajo. Durante años soñé con ese ojo.
Recordó al bandido moribundo en el páramo de Liddesdale, señalándola. La inglesa del ciervo de plata. El tuerto pagaba bien.
—Era él —susurró—. El hombre que atacó a mi madre. Era el padre de Murdoch.
Tormod asintió despacio.
—Aquel día, en el bosque, maté a varios de sus hombres. Uno de ellos era muy joven, un muchacho rubio que luchaba como un demonio. No supe hasta mucho después quién era. —Hizo una pausa—. Era Aed Craigdhu. El hermano pequeño de Gilleasbuig.
El silencio cayó sobre la orilla del río como una losa.
—Nunca me lo perdonó —siguió Tormod—. Durante años hubo paz entre nuestros clanes, una paz de dientes apretados.
Cuando Gilleasbuig heredó, me ofreció casar a su hija Isobel con uno de mis hijos.
Con Rìghart, que acababa de heredar Beinmor.
Yo me negué. —Miró a Eilidh—. Le dije que mi hijo ya estaba prometido. A la hija de la inglesa del bosque.
Eilidh se llevó la mano al broche de plata que llevaba sobre el pecho.
—Entonces lo de Isobel, las mentiras, la carta... —dijo despacio—. Y el asalto del páramo. Y esto.
—No es por el río —dijo Rìghart. Su voz era muy baja y muy fría—. Nunca ha sido por el río.
—¿Gilleasbuig sigue vivo? —preguntó Eilidh.
Tormod la miró.
—Hace años que nadie lo ve fuera de su fortaleza. Dicen que está enfermo. Que Murdoch gobierna en su nombre. —Hizo una pausa—. Pero un hombre que ha odiado durante veinte años no se muere así como así.
Volvieron a Dùn Beinmor al anochecer, con el ganado recuperado, los heridos y el cuerpo del viejo Uilleam envuelto en su propio tartán sobre un caballo.
Rìghart convocó a sus hombres en el salón esa misma noche.
Habló poco, como siempre. Dijo que los Craigdhu habían cruzado el río, habían matado a un hombre de Beinmor y habían robado su ganado.
Dijo que mandaría a Niall al alba a buscar a Dòmhnall y a los hombres de los Munro.
Y dijo que, en cuanto llegaran, Beinmor cruzaría el paso de levante.
Nadie protestó. Nadie dijo una palabra. Solo se oía el crepitar del fuego en la gran chimenea.
Eilidh estaba sentada a su lado, en la tarima.
Mientras él hablaba, recorrió el salón con la mirada.
Todas aquellas caras que había aprendido a conocer en las últimas semanas: Calum, Dougal, Aonghas, Ealasaid en la puerta de la cocina, Morag junto al fuego, el herrero, Tormaid, el padre de la pequeña Mòrag.
Y Fergus.
Estaba de pie junto a la puerta, como siempre. El guerrero de barba gris y cara picada de viruela que había servido al clan durante veinte años. El que había recogido la carta falsa del patio y se la había llevado al laird.
Eilidh se dio cuenta de que la estaba mirando.
Y se dio cuenta, también, de algo más. Algo pequeño, en lo que nadie se habría fijado.
Fergus había estado de guardia en el vado del Allt Dubh la noche de la tormenta.
Ella lo sabía porque lo había oído decir a Dougal esa misma mañana, quejándose de que Fergus había pedido el turno de la orilla del río, que nadie quería nunca porque era el más frío.
La noche en que los Craigdhu cruzaron el río sin que nadie diera la alarma.
Cuando sus ojos se encontraron, Fergus apartó la vista enseguida. Y Eilidh vio cómo su mano derecha, casi sin querer, se apretaba sobre una bolsa de cuero que llevaba colgada del cinturón.
Una bolsa que parecía muy pesada.