Capítulo 18 La tregua #2
Bajó de la gran montaña al anochecer, negra y rugiente, con relámpagos que iluminaban el lago como si fuera de día y truenos que hacían temblar las piedras de la torre. El viento aullaba en las ventanas estrechas. La lluvia golpeaba los postigos como puñados de grava.
Rìghart avivó el fuego. Luego, como cada noche desde la boda, desenrolló su jergón junto a la chimenea y se tumbó, de espaldas a la cama, envuelto en su tartán.
Eilidh estaba sentada en la gran cama de cortinas verdes, con las rodillas contra el pecho, mirándolo.
Un relámpago iluminó la alcoba. Luego un trueno, tan cerca que parecía que la montaña se estuviera partiendo en dos.
—Rìghart.
—¿Sí?
—El jergón está muy cerca de la ventana.
Una pausa.
—Estoy bien.
—Entra agua por los postigos.
—Estoy bien, Eilidh.
—Y todavía tenéis la herida.
Otra pausa. Más larga.
—Está curada.
—No del todo. La cosí yo. Lo sé.
Rìghart se incorporó sobre un codo y se volvió hacia ella. A la luz del fuego, Eilidh vio que tenía una expresión cautelosa, casi asustada, como un hombre que camina por un puente de cuerda y no se atreve a mirar abajo.
—Eilidh —dijo despacio—. Os hice una promesa. No os tocaré hasta que me elijáis.
—Lo sé.
—Entonces no...
—Mi madre me enseñó tres frases en gaélico —lo interrumpió ella—. Antes de salir de Hartwell. ¿Os acordáis? Os dije que no sabía lo que significaba la tercera. Que ella me había dicho que sabría cuándo usarla. Y con quién.
Rìghart se quedó completamente quieto.
Eilidh se levantó de la cama. Cruzó la alcoba descalza, sobre la piel de ciervo, y se arrodilló junto al jergón, frente a él. El fuego le iluminaba la mitad de la cara.
—Mentí —dijo en voz baja—. Sí sé lo que significa. Se lo pregunté a Niall el día que me dio el arco. Le hice jurar que no os lo diría.
Rìghart no respiraba.
Eilidh le puso una mano en la mejilla, donde la víspera le había dejado la marca del barro. Y con la mejor pronunciación de que fue capaz, despacio, como su madre le había enseñado, dijo:
— Tha gaol agam ort.
Te quiero.
Rìghart cerró los ojos. Cuando volvió a abrirlos, estaban llenos de lágrimas.
—¿Estáis segura? —susurró—. No tenéis que... Si es por la carta, por lo de hoy...
—No es por nada de eso. —Eilidh sonrió—.
Es por un capitán que me dijo que bajaba el codo.
Por un hombre que me echó su tartán por encima en una noche fría y se quedó sin abrigo.
Por el que me sacó del río. Por el que me contó lo de su madre junto al fuego.
Por el que me hizo un arco antes de saber si yo lo querría.
Por el que terminó de plantar mis semillas después de que le diera una bofetada.
—Se le quebró la voz—. Por el capitán y por el laird.
Por los dos. Os elijo, Rìghart Munro. Os elijo yo.
Nadie me obliga. Nadie me lo ha pedido. Os elijo.
Él no dijo nada. No pudo. Le tomó la cara entre las manos, como en la colina, como en la ermita, y la besó.
No fue como el beso de San Juan. Aquel había sido cuidadoso, asustado, una despedida. Este fue un regreso. Fue lento y hondo y largo como un río, y sabía a lluvia y a humo y a todas las cosas que no se habían dicho durante semanas y que ya no hacía falta decir.
Cuando por fin se separaron, los dos respiraban como si hubieran corrido colina arriba.
— Tha gaol agam ort —dijo él, con la voz rota—. Desde Hartwell. Desde el primer día. Desde que me mirasteis desde la escalera como si quisierais clavarme una flecha.
—Quería.
—Lo sé. —Una sonrisa, la más hermosa que Eilidh le había visto nunca—. Por eso me enamoré.
Fuera, la tormenta rugía sobre Beinmor. Dentro, junto al fuego, ya no se oía.
Rìghart no volvió a dormir en el jergón.
La despertó la luz.
Una luz limpia, dorada, que entraba por la ventana del lago y caía sobre la cama de cortinas verdes. La tormenta había pasado. Fuera cantaban los pájaros.
Eilidh abrió los ojos despacio.
Rìghart estaba despierto a su lado, apoyado en un codo, mirándola. Tenía el pelo revuelto y una expresión en la cara que Eilidh no le había visto nunca. Era una expresión tranquila. Completamente tranquila. Como si por primera vez en veinte años no tuviera que vigilar nada.
—Buenos días, esposa —dijo.
—Buenos días, esposo. —Eilidh sonrió. Y por primera vez, sin pensarlo, lo tuteó—: ¿Has dormido bien?
—Mejor que en la escalera.
Eilidh se rió y escondió la cara en su hombro. Él le pasó una mano por el pelo, despacio, una y otra vez.
—Calum me debe una jarra —murmuró él contra su frente.
—¿Por qué?
—Apostó a que me dejaríais en el jergón hasta Navidad.
—Calum apuesta demasiado.
—Calum pierde demasiado.
Se quedaron así un rato, sin hablar, escuchando a los pájaros.
Y entonces alguien aporreó la puerta.
No fue una llamada educada. Fue un puño golpeando la madera una y otra vez, con desesperación. Rìghart se incorporó de golpe. Eilidh se tapó con la colcha.
— A Thighearna! —Era la voz de Dougal, quebrada por la carrera—. A Thighearna , por favor, abrid. ¡Es el río!
Rìghart saltó de la cama, se echó el tartán por encima y abrió la puerta. El muchacho estaba en el rellano, jadeando, con la cara cubierta de hollín.
—Los Craigdhu —dijo Dougal—. No se fueron por el paso.
Esta madrugada, con la tormenta, cruzaron el río.
Han quemado las cabañas de los pastores en la orilla.
Se han llevado el ganado. Más de cien cabezas.
—Le tembló la voz—. Y hay un muerto, mi señor.
El viejo Uilleam, el pastor. Intentó defender a sus ovejas.
Eilidh vio cómo el rostro de su marido se transformaba.
El hombre tranquilo que la había mirado al despertar desapareció. En su lugar apareció otro. Un hombre de piedra. El laird de Beinmor, el que no había perdido nunca una batalla.
—Que suenen los cuernos —dijo—. Todos los hombres al patio. Ahora.
Dougal echó a correr escalera abajo.
Rìghart se volvió hacia ella. Por un instante, solo un instante, el hombre tranquilo volvió a sus ojos.
—Eilidh...
Ella ya se estaba levantando. Ya estaba buscando su vestido, sus botas, su arco.
—Voy contigo —dijo.
Fuera, sobre el lago, los cuernos de Beinmor empezaron a sonar.