Capítulo 18 La tregua
Eilidh bajó la escalera de la torre de dos en dos, con la carta en una mano y la falda recogida en la otra, y casi atropelló a Niall en el rellano.
—¿Dónde está?
El consejero no preguntó quién. La miró con sus ojos tranquilos de monje, que aquella mañana no estaban nada tranquilos.
—En el salón. Ha mandado llamar a los Craigdhu. —Hizo una pausa—. Mi señora, no lo había visto así desde que murió su tío.
Eilidh echó a correr otra vez. A mitad de camino se detuvo en seco, dio media vuelta y volvió a subir la escalera.
Abrió el arcón de la alcoba, revolvió entre las mantas y encontró lo que buscaba: la nota doblada que había aparecido sobre su almohada la noche de la isla. Tenemos que hablar. A solas. I. C.
La miró junto a la carta de John. Las dos a la vez, a la luz de la ventana.
Las mismas letras altas y estrechas. La misma forma de cerrar la ge con un pequeño rizo. La misma uve doble elegante, casi como un dibujo. La misma tinta parda.
No era la letra de un viejo cura de pueblo. Era la letra de una dama educada en un convento de Edimburgo.
Eilidh bajó la escalera por segunda vez. Ya no corría.
El gran salón estaba lleno.
No de gente invitada, sino de gente que se había ido acercando, como se acercan los cuervos cuando huelen algo en el aire.
Guerreros apoyados en las paredes. Criadas fingiendo barrer.
Ealasaid en la puerta de la cocina, con el cucharón en la mano.
Morag junto a la chimenea, con los brazos cruzados.
Calum y Dougal al pie de la tarima. Tormod Munro sentado en un banco, enorme y silencioso, con las manos sobre el pomo de la espada.
Rìghart estaba de pie frente a la silla del ciervo coronado. No se había sentado. Llevaba la misma ropa del día anterior y tenía ojeras profundas, y en la mejilla izquierda, si uno se fijaba bien, todavía se adivinaba una leve sombra de barro que no se había lavado del todo.
Frente a él, en mitad del salón, estaban Murdoch e Isobel Craigdhu.
—Repetid lo que le dijisteis a mi esposa —estaba diciendo Rìghart, con una voz tan tranquila que daba miedo—. En la capilla. Hace tres días. Repetidlo aquí, delante de mi clan.
Isobel se llevó una mano al pecho.
—No sé de qué me habláis, Rìghart.
—Laird de Beinmor —corrigió él—. Para vos, a partir de hoy, laird de Beinmor.
Isobel palideció. Murdoch dio un paso adelante con una sonrisa conciliadora.
—Laird, sin duda hay un malentendido. Las mujeres hablan, ya sabéis cómo son. Una conversación inocente en una capilla...
—Le dijo que fui a su alcoba la víspera de mi boda.
Un murmullo recorrió el salón como una ráfaga de viento. Morag soltó algo en gaélico que hizo que Ealasaid se santiguara.
—Yo no...
—Le dijo que me caso por una alianza con Inglaterra. Que la estaba poniendo a prueba como a un caballo. —Rìghart dio un paso hacia ella—. Isobel, os conozco desde que erais una niña. Os he visto mentir a vuestro padre, a vuestro confesor y a medio clan. Pero nunca pensé que llegaríais a esto.
Los ojos azules de Isobel se llenaron de lágrimas. Eran unas lágrimas perfectas, que brillaban sin caer.
—Es su palabra contra la mía —susurró—. La palabra de una inglesa que conocéis desde hace dos meses contra la de una mujer de las Highlands que os conoce de toda la vida. ¿A quién creerá vuestro clan?
—A mí —dijo Eilidh desde la puerta.
Todas las cabezas se volvieron.
Eilidh cruzó el salón despacio, entre los guerreros, entre las criadas, sin mirar a nadie más que a Isobel. Se detuvo junto a Rìghart. No lo miró. Pero se colocó a su lado, hombro con hombro, de frente a los Craigdhu.
—Ayer llegó una carta a Dùn Beinmor —dijo, en voz alta y clara—. Dirigida a mí. Decía venir de un amigo de mi infancia, un guardia del castillo de mi padre. Decía que él me esperaba, que vendría a buscarme si yo lo llamaba. Que podíamos huir juntos.
Otro murmullo. Más fuerte.
—Esa carta no llegó a mis manos —siguió Eilidh—. La encontró alguien, abierta, y se la llevó al laird. Como si alguien quisiera que él la leyera antes que yo.
Levantó el pergamino.
—Decía estar escrita por el padre Simon, el capellán de Hartwell. Pero el padre Simon murió en mayo. Y los muertos no escriben cartas.
Isobel se había quedado muy quieta.
Eilidh levantó la otra mano. La nota.
—Y esta me la dejaron sobre la almohada hace cuatro noches. Firmada con dos letras. I. C.
Se acercó a Tormod Munro, que estaba sentado más cerca, y le tendió los dos pergaminos.
—Laird Munro. ¿Tendríais la bondad de decirme si veis alguna diferencia entre las dos letras?
El viejo laird tomó los pergaminos. Los sostuvo uno al lado del otro, a la luz de la chimenea. Los miró durante mucho tiempo, con aquellos ojos verdes entornados.
Luego levantó la vista hacia Isobel.
—Ninguna —dijo con su voz de trueno—. Ninguna en absoluto.
El salón estalló.
Los guerreros gritaban. Las criadas gritaban. Calum rugía algo en gaélico que hizo que Dougal se pusiera rojo. Morag se había acercado a Isobel con las llaves de la despensa, que Eilidh le había devuelto aquella misma mañana para que vigilara la cocina, levantadas en la mano como un arma.
Rìghart levantó una mano. El salón se calló.
Miró a Isobel. Ella había dejado de llorar. Ya no había lágrimas perfectas en sus ojos azules. Solo había algo frío, duro y furioso, como el hielo en el fondo de un pozo.
—Al amanecer —dijo Rìghart—, quiero a los Craigdhu fuera de mis tierras. Todos. Y si alguno de vosotros vuelve a cruzar el paso de levante sin mi permiso, lo trataré como a un ladrón de ganado.
Murdoch ya no sonreía.
—¿Y el río, laird? —preguntó en voz baja—. Nuestras negociaciones.
—No hay negociaciones. El río es de Beinmor desde los tiempos de mi bisabuelo. Lo era ayer y lo será mañana.
Murdoch lo miró durante un largo momento. Luego sonrió otra vez. Pero fue una sonrisa distinta, sin nada de la suavidad de antes. Una sonrisa de lobo.
—Entonces el río será asunto de espadas —dijo.
Tomó del brazo a su hermana y salieron del salón.
Nadie, en el revuelo que siguió, se fijó en Fergus.
Estaba en un rincón, junto a la puerta, con la barba gris empapada de sudor y la mano apretada sobre la bolsa de cuero que llevaba al cinto.
Cuando los Craigdhu pasaron a su lado, Murdoch no lo miró.
Pero rozó su hombro al pasar, como por accidente.
Fergus se estremeció como si lo hubieran quemado.
Rìghart la encontró en el huerto, junto al pozo.
Estaba arrodillada frente a la tierra recién removida donde el día anterior había empezado a plantar las semillas de su madre.
Alguien había terminado el trabajo. Las semillas estaban todas enterradas, en hileras rectas, regadas, con pequeños palitos de serbal clavados para marcar dónde estaba cada una.
—¿Lo hicisteis vos? —preguntó ella, sin volverse.
—Sí.
—Después de que os pegara.
—Sí.
Eilidh se quedó callada. Luego se sentó sobre los talones y lo miró.
Él estaba de pie a pocos pasos, con los brazos caídos a los costados, como un hombre que no sabe muy bien qué hacer con ellos.
Ya no quedaba en su cara nada del laird que había echado a los Craigdhu del salón.
Solo quedaba un hombre cansado, con ojeras, que la miraba como si tuviera miedo de que ella se fuera a evaporar.
—Os pido perdón —dijo él.
Eilidh no contestó.
—No por lo de la carta. Por lo que os dije en el huerto. —Su voz era ronca—. Fue cruel y fue mentira. Nunca he creído que quisierais huir con ese muchacho. Lo dije porque estaba herido y quería heriros. Es lo más cobarde que he hecho en mi vida.
—Rìghart...
—Y os pido perdón por lo otro. —Respiró hondo—.
Nunca lo he hecho. No de verdad. En la capilla os dije que sí, que os había mentido.
En la alcoba os expliqué por qué. Pero nunca os he pedido perdón sin excusas.
—Se arrodilló en la tierra, frente a ella—.
No tenía derecho a poneros a prueba. A observaros como a un potro.
A dejaros abrir el corazón sin abrir el mío.
Lo hice porque tenía miedo, y el miedo no es una excusa.
Os hice daño. Os humillé delante de todos.
Y lo siento. Lo siento más de lo que he sentido nada nunca.
Eilidh lo miró. Tenía los ojos llenos de lágrimas y no hizo nada por esconderlas.
—Yo también os pido perdón —susurró.
—Vos no tenéis nada de qué...
—Sí tengo. —Le tomó las manos, sucias de tierra como las suyas—.
Os dije que vuestros juramentos ya no valían nada para mí.
Y luego me creí a Isobel antes que a vos.
No del todo. Pero un poco. Lo suficiente para preguntároslo.
—Le temblaba la voz—. Vos me preguntasteis por la carta porque me prometisteis que no habría mentiras.
Yo os pregunté por Isobel porque había dejado de confiar en vos. No es lo mismo.
Se quedaron así, arrodillados en la tierra del huerto, con las manos unidas sobre las semillas de lavanda.
—Junto a los establos —dijo Eilidh al fin—. La noche que llegamos. ¿Qué os dijo Isobel?
Rìghart cerró los ojos.
—Me reconoció en cuanto entré en el salón.
Me conoce desde niño. —Volvió a abrirlos—.
Me dijo que si no rompía el compromiso con vos, os contaría quién era yo.
Delante de todos. Que os humillaría. Y que entonces vos me odiaríais y os volveríais a Inglaterra, y yo me quedaría solo, y ella estaría allí esperando.
—Hizo una pausa—. Le dije que antes me cortaba la mano.
—Y le disteis un puñetazo a la puerta del establo.
—No podía dárselo a ella.
Eilidh se rió entre lágrimas. Una risa pequeña y temblorosa.
—¿Por qué no me lo contasteis entonces?
—Porque me daba más miedo que os enterarais por mí que por ella. —Rìghart le apretó las manos—. Ese es el problema, Eilidh. Desde el principio. Tenía tanto miedo de perderos que no me atrevía a deciros la verdad. Y cuanto más tardaba, más miedo tenía.
Eilidh se inclinó hacia él. Apoyó la frente contra la suya. Sintió su aliento, cálido, en la cara.
—Ya no tenéis que tener miedo —susurró.
Aquella noche llegó una tormenta.