Capítulo 17 Veneno de seda
Eilidh no tenía ninguna intención de ir.
Dobló la nota de Isobel, la metió en el arcón y se acostó en la gran cama de cortinas verdes.
Rìghart ya dormía en su jergón junto al fuego, con un brazo bajo la cabeza y el rostro más tranquilo que Eilidh le había visto nunca.
La tarde en la isla le había quitado algo de encima, algo que llevaba cargando veinte años, y ahora dormía como un niño.
Eilidh lo miró durante mucho tiempo antes de cerrar los ojos.
No iba a ir. Isobel Craigdhu era una víbora, y uno no va a hablar a solas con una víbora.
A la mañana siguiente, después de misa, fue.
Isobel la esperaba en la capilla vacía, sentada en el último banco, con un rosario de cuentas de ámbar entre los dedos.
Llevaba un vestido gris perla, sencillo y elegante, y el pelo rubio recogido en una trenza que le caía sobre el hombro.
A la luz que entraba por la ventana alta parecía una santa de vidriera.
—Sabía que vendríais —dijo, sin levantar la vista.
—Tenéis cinco minutos.
Isobel sonrió. Guardó el rosario en una bolsita de seda que llevaba colgada del cinturón y se volvió hacia ella.
—No os caigo bien.
—No.
—Es comprensible. —Isobel se encogió de hombros con elegancia—. Pero os aseguro, lady Eilidh, que no os he citado aquí para haceros daño. Al contrario. Os he citado porque nadie más en este castillo os dirá la verdad.
—¿Y vos sí?
—Yo no tengo nada que perder. —Isobel la miró con aquellos ojos azules, grandes e inocentes—. Ya lo perdí todo el día de San Juan.
Eilidh no contestó. Esperó.
—La noche antes de vuestra boda —dijo Isobel en voz baja—, después de las hogueras, Rìghart vino a mi alcoba.
El suelo de la capilla pareció inclinarse bajo los pies de Eilidh.
—Mentís.
—¿Por qué iba a mentir? —Isobel ladeó la cabeza—.
Vino tarde, cuando todo el mundo dormía.
Estaba alterado. Había bebido. Me dijo que se casaba con vos por obligación.
Por el juramento de su padre. Por la alianza con los Hartwell, que le conviene ahora que el rey Juan mira al norte con tanto interés.
—Hizo una pausa delicada—. Me dijo que yo siempre sería la mujer que él habría elegido, si le hubieran dejado elegir.
Eilidh sintió que se le helaba la sangre. Pero no se movió. No dejó que se le notara nada en la cara.
Pensó en la colina. En el beso. En la voz de él diciendo esto ha sido verdad, todo ha sido verdad . Y luego pensó en la noche de la llegada, en el patio, junto a los establos: Isobel con la mano en el pecho de él, riéndose. El puñetazo contra la puerta.
—Esa noche —dijo Isobel, como si le leyera el pensamiento—, la de vuestra llegada, junto a los establos. Lo visteis, ¿verdad? Desde la muralla. Os vi asomada.
Eilidh no contestó.
—Le pedí que os dijera la verdad. Quién era. Le dije que no era justo engañaros así. —Isobel suspiró—. Se enfadó mucho. Supongo que no quería que lo supierais todavía. Supongo que quería divertirse un poco más.
—¿Divertirse?
—Con vos. Con la inglesa. Con la novia del pacto. —Los ojos azules brillaron—. Rìghart siempre ha sido así. Le gusta poner a prueba a la gente. Ver hasta dónde llegan. Lo hacía de niño con los caballos. Los montaba hasta que se rendían. Y cuando se rendían, perdía el interés.
Eilidh se dio la vuelta para marcharse.
—Preguntádselo —dijo Isobel a su espalda—. Preguntadle dónde estuvo la víspera de vuestra boda, después de dejaros sola en la colina. Preguntádselo, y miradle a los ojos cuando os conteste.
Eilidh salió de la capilla sin volverse.
No se detuvo hasta llegar a la orilla del lago. Allí, sola, entre las piedras, se dejó caer sobre una roca y se tapó la cara con las manos.
No la creía. No podía creerla. Isobel era una víbora y mentía como respiraba.
Pero había una parte de ella, pequeña y oscura, que recordaba la colina. Que recordaba cómo él se había marchado después del beso, colina abajo, hacia la oscuridad. Que no sabía adónde había ido.
Y que recordaba, sobre todo, que aquel hombre le había mentido durante semanas sin que le temblara la voz.
La carta llegó dos días después.
La trajo un buhonero, uno de esos vendedores ambulantes que recorrían las Highlands con un mulo cargado de agujas, cintas, especias y noticias.
Llegó a Dùn Beinmor a media mañana, vendió media docena de cuchillos en la aldea y dejó en la puerta de la fortaleza una carta sellada con lacre rojo, dirigida a lady Eilidh Hartwell, en Beinmor .
Eilidh no la vio.
La recogió Fergus, el guerrero de barba gris y cara picada de viruela que montaba guardia en la puerta aquella mañana. Y Fergus, en lugar de llevársela a la señora de Beinmor, se la llevó al laird.
—Estaba en el suelo del patio, a Thighearna —le dijo, con los ojos bajos—. Se le debió de caer a alguien. Viene de Inglaterra.
Rìghart tomó la carta. Vio el nombre. Vio el lacre roto, como si alguien ya la hubiera abierto. Y frunció el ceño.
No quería leerla. Era de ella. Era privada. No tenía ningún derecho.
Pero el lacre ya estaba roto. Y el pergamino se abrió solo en su mano, y las primeras palabras le saltaron a los ojos antes de que pudiera evitarlo.
Mi querida Eilidh, mi señora:
Escribo por mano del padre Simon, que tú conoces, porque yo no sé. Te pido perdón por el atrevimiento. Pero no puedo dejar de pensar en ti desde que te fuiste.
Recuerdo la noche del huerto. Recuerdo que me pediste que te llevara lejos y que yo no supe hacerlo. Ese escocés nos descubrió y me quedé sin valor. Me lo reprocho cada día.
Si no eres feliz allí, si ese laird te trata mal, escríbeme. Iré a buscarte, como planeamos. Nadie sabrá nada. Te esperaré siempre.
Tuyo, John.
Rìghart leyó la carta tres veces.
Luego la dobló con mucho cuidado, la guardó dentro de su túnica y salió a buscar a su esposa.
La encontró en el huerto de la fortaleza, junto al pozo, de rodillas en la tierra. Estaba plantando las semillas de lavanda de su madre. Tenía las manos sucias de barro hasta las muñecas y una mancha en la mejilla, y el sol de la tarde le encendía el pelo cobrizo.
Rìghart se quedó mirándola un momento desde la puerta.
Recordó la promesa que le había hecho la mañana después de la boda. De rodillas, en la alcoba. No volveré a mentiros. Nunca. Sobre nada.
Y se dio cuenta de que esa promesa también significaba otra cosa. Que no podía guardarse aquella carta. Que no podía rumiarla en silencio, dejarla pudrirse por dentro, como había hecho con tantas cosas durante tantos años. Que tenía que preguntar.
Se acercó. Eilidh levantó la vista. Algo cambió en su cara al verlo, algo que se cerró como una ventana.
—Ha llegado esto para vos —dijo él, y le tendió la carta—. Me la trajo Fergus. Estaba abierta. La he leído. No debería haberlo hecho y os pido perdón.
Eilidh se limpió las manos en el delantal y tomó el pergamino. Lo leyó. Rìghart vio cómo palidecía, cómo se le abrían los ojos, cómo le temblaban los dedos.
—Esto no... —empezó.
—Solo quiero saber una cosa —dijo él, con voz muy tranquila—. Y os la pregunto porque os prometí que no habría más mentiras entre nosotros. En ninguna dirección. —Hizo una pausa—. ¿Le habéis escrito?
Eilidh levantó la vista de la carta. En sus ojos grises había algo que él no le había visto nunca. Una herida.
—¿Me lo preguntáis en serio?
—Os lo pregunto.
—No. —La voz de Eilidh tembló—. No le he escrito. Ni una línea. Desde que salí de Hartwell no he vuelto a pensar en John más que para desear que esté bien.
Rìghart asintió despacio.
—Entonces os creo.
—¿Me creéis? —Eilidh soltó una risa sin alegría—. ¿Así, sin más? ¿Después de venir aquí con esa carta en la mano y mirarme como si fuera una traidora?
—No os he mirado así.
—¡Sí lo habéis hecho! —Eilidh se puso en pie. Tenía las manos llenas de barro y los ojos llenos de lágrimas—. Habéis venido a preguntarme si os engaño. Vos. A mí. —Le tembló la voz—. ¿Y si os pregunto yo a vos? ¿Me contestaréis con la misma sinceridad?
Rìghart se tensó.
—Preguntad.
—¿Adónde fuisteis la víspera de nuestra boda, después de dejarme en la colina?
Él la miró sin comprender.
—Al lago. Me senté en la orilla hasta el amanecer.
—¿Solo?
—Solo.
—¿No fuisteis a la alcoba de Isobel Craigdhu?
El silencio que siguió fue tan profundo que Eilidh oyó el zumbido de una abeja en la lavanda vieja del huerto.
Rìghart se había quedado completamente inmóvil. Luego, muy despacio, su rostro se volvió de piedra.
—¿Quién os ha dicho eso?
—¿Importa?
—Importa mucho.
—Me lo dijo ella. En la capilla. Me dijo que fuisteis a su alcoba borracho.
Que os casáis conmigo por la alianza con Inglaterra.
Que me estabais poniendo a prueba como a uno de vuestros caballos, hasta que me rindiera.
—Eilidh se abrazó a sí misma—. Me dijo que la mirara a los ojos cuando os lo preguntara.
—¿Y qué veis?
Eilidh lo miró a los ojos. Vio rabia. Una rabia fría y enorme, como una tormenta en la montaña. Y debajo, algo peor. Dolor.
—No lo sé —susurró—. Ya no sé qué ver cuando os miro. Me mentisteis durante semanas, Rìghart. Con esa misma cara. Con esos mismos ojos. ¿Cómo sé que no me estáis mintiendo ahora?
Vio cómo aquello le daba de lleno. Vio cómo retrocedía un paso, como si lo hubiera empujado.
Y entonces él dijo algo que no debería haber dicho nunca.
—Y vos queríais huir con un guardia —dijo, con una voz que no era la suya—. Lo planeasteis. Esa carta lo dice. Esa noche, en el huerto, lo habríais hecho si no os hubiera detenido. ¿Cómo sé yo que no seguís pensando en ello?
Eilidh se quedó helada.
Luego, sin decir una palabra, levantó la mano llena de barro y le dio una bofetada.
No fue fuerte. Le dejó en la mejilla la marca de cinco dedos de tierra húmeda. Pero sonó en el huerto como un latigazo.
Rìghart no se movió. No se tocó la cara. Solo la miró, con los ojos muy abiertos, como si acabara de despertar de un mal sueño.
—Eilidh —dijo, con la voz rota—. Eilidh, yo no...
—Esa noche —dijo ella, muy despacio, con los dientes apretados— bajé la daga por John.
Porque vos me dijisteis que lo colgarían.
No me rendí por vos. Me rendí por él. Porque no quería que muriera por mi culpa.
—Las lágrimas le corrían por la cara y no hizo nada por detenerlas—.
Y si eso os parece amor, laird de Beinmor, es que no sabéis absolutamente nada de mí.
Se dio la vuelta y se marchó.
Rìghart se quedó solo en el huerto, junto al pozo, con la marca de barro en la cara y las semillas de lavanda a sus pies, a medio enterrar.
Al cabo de un rato, se arrodilló. Y con mucho cuidado, con sus manos grandes y llenas de cicatrices, terminó de plantarlas.
Esa noche no durmió en la torre.
Eilidh lo esperó despierta, tumbada en la gran cama, mirando el jergón vacío junto al fuego. No vino. A medianoche oyó pasos en la escalera y contuvo la respiración, pero los pasos pasaron de largo y se perdieron hacia abajo.
Más tarde supo, por Dougal, que el laird había dormido en la armería, entre las espadas de su tío.
Beatriz la encontró al amanecer, sentada en el alféizar de la ventana del lago, con la carta de John en las manos y los ojos hinchados.
—Me lo ha contado Calum —dijo la navarra en voz baja, sentándose a su lado—. Todo el castillo lo sabe ya.
—Le di una bofetada.
—Lo sé.
—Con la mano llena de barro.
—Eso me ha parecido un detalle muy elegante. —Beatriz le pasó un brazo por los hombros—. ¿Puedo ver la carta?
Eilidh se la dio sin decir nada.
Beatriz la leyó despacio, moviendo los labios en silencio, como hacía siempre. Luego la leyó otra vez. Y luego frunció el ceño.
—Eilidh.
—¿Qué?
—Aquí dice que la escribió el padre Simon.
—Sí. John no sabe escribir. Nunca aprendió.
Beatriz levantó la vista del pergamino. Tenía una expresión extraña en la cara, a medio camino entre el asombro y la furia.
—Eilidh —dijo despacio—. El padre Simon murió en mayo. Poco después de que nos marcháramos. Mi madre me lo escribió hace dos semanas. ¿No te acuerdas? Fue de una fiebre. Lo enterraron junto a la capilla.
Eilidh se quedó mirándola.
Y de pronto se acordó. La carta de la madre de Beatriz, que llegó con el último mensajero de Hartwell. Las noticias del castillo. La boda de una prima. El potro nuevo de su padre. Y el pobre padre Simon, tan viejo, tan bueno, muerto en mayo de unas fiebres.
Un muerto no escribe cartas.
Eilidh le arrancó a Beatriz el pergamino de las manos y lo miró como si lo viera por primera vez.