Capítulo 16 Padre e hijo
Los Hartwell se marcharon una mañana de julio, con el cielo encapotado y la gran montaña escondida entre las nubes.
Eilidh había creído que estaba preparada.
Había pasado la noche anterior en la alcoba de su madre, hablando hasta que las velas se consumieron, riendo y llorando a ratos.
Había abrazado a Alan en el patio hasta que él protestó que le iba a romper las costillas.
Había escuchado a Cailean decirle, muy serio, que el laird le parecía un hombre de fiar, y que eso era lo más bonito que él había dicho nunca de nadie.
Pero cuando su padre montó en su caballo y se volvió a mirarla, descubrió que no estaba preparada en absoluto.
Geoffrey Hartwell no dijo nada durante un largo momento. Luego se inclinó desde la silla, le tomó la cara con una mano y le dio un beso en la frente.
—Escríbeme —dijo con voz ronca—. Todos los meses. Aunque sea para decirme que llueve.
—Aquí siempre llueve, padre.
—Entonces escríbeme todas las semanas.
Luego miró a Rìghart, que estaba de pie junto a Eilidh, con los brazos cruzados.
—Laird Munro.
—Lord Hartwell.
—Si alguna vez mi hija me escribe para decirme algo que no sea que llueve —dijo Geoffrey, muy despacio—, vendré. Con todos mis hombres. Y no me importará cuántas montañas haya en medio.
Rìghart sostuvo la mirada del viejo caballero.
—Si alguna vez os escribe para eso, lord Hartwell, yo mismo os abriré las puertas.
Geoffrey lo estudió un momento más. Luego asintió una vez, seco, como un soldado que acepta la palabra de otro soldado. Y espoleó su caballo hacia la puerta.
Fiona fue la última. Se abrazaron sin decir nada, durante tanto tiempo que los caballos empezaron a impacientarse. Cuando por fin se separaron, su madre le puso algo en la mano. Era un pequeño saco de lino que olía a lavanda.
—Semillas de mi jardín —dijo—. Plántalas en el patio, junto al pozo. Si crecen aquí, sabrás que tú también puedes crecer.
Y montó, y se fue, y el castillo Hartwell se fue con ella.
Eilidh se quedó en el patio mucho después de que el último caballo desapareciera por el camino del valle. No lloró. Pero apretaba el saquito de semillas con tanta fuerza que se le marcaron los dedos.
No se dio cuenta de que Rìghart se había quedado a su lado todo el tiempo. Tampoco de que, en algún momento, él le había puesto su tartán sobre los hombros para protegerla de la llovizna.
Solo lo notó después, cuando ya se había ido, y el tartán seguía allí.
Dòmhnall se marchó dos días más tarde, con los hombres de los Munro. Antes de irse se despidió de Beatriz en el patio con una reverencia tan exagerada que la navarra se rió y le dio un golpe en el brazo con su abanico, y luego se quedó mirando el camino hasta que los jinetes desaparecieron.
—No digas nada —le advirtió a Eilidh.
—No he dicho nada.
—Lo estás pensando muy alto.
Tormod Munro, en cambio, se quedó.
Nadie supo muy bien por qué. Dijo que tenía las rodillas demasiado viejas para cabalgar tres días seguidos.
Dijo que quería ver cómo se resolvía el asunto del río con los Craigdhu, que seguían en Dùn Beinmor con la excusa de unas negociaciones que no avanzaban.
Dijo que la cerveza de Ealasaid era mejor que la de su propia casa.
Eilidh no se creyó ninguna de las tres razones.
Porque lo veía. Lo veía cada día. Lo veía en el salón, sentado al otro extremo de la mesa del laird, mirando a su hijo cuando creía que nadie lo observaba.
Lo veía en la muralla, al atardecer, apoyado en el parapeto, a pocos pasos de donde Rìghart solía hacer su guardia. Nunca juntos. Siempre cerca.
Y veía a Rìghart, que esquivaba a su padre como quien esquiva una herida que todavía no ha cicatrizado.
La noche de San Juan, en la armería, algo había cambiado entre ellos.
Eilidh no sabía qué. Rìghart no se lo había contado; apenas se contaban nada últimamente, más allá de las cosas de la casa y el clan.
Pero se notaba. Ya no se miraban con rabia.
Se miraban con algo peor: con miedo. Como dos hombres que han abierto una puerta y no se atreven a cruzarla.
Fue Morag quien le contó la historia.
Eilidh la encontró una tarde en la despensa, contando sacos de avena, aunque ya no era su trabajo. La anciana le había entregado las llaves, pero no la costumbre, y todavía se pasaba los días revisando todo lo que Eilidh revisaba, como una sombra gruñona.
—Morag —dijo Eilidh—. ¿Cómo era de niño?
No hizo falta decir quién.
La anciana dejó el saco que estaba contando. Se quedó un momento callada. Luego se sentó sobre un barril, con un suspiro, y le indicó a Eilidh otro barril con la barbilla.
—Llegó aquí con siete años —dijo—. Una noche de invierno, con una nevada que tapaba las puertas. Lo trajo uno de los hombres de su padre, en la grupa de un caballo, envuelto en una manta. No lloraba. Eso es lo que más recuerdo. No lloraba. Tenía los ojos muy abiertos y no decía nada.
Eilidh escuchaba sin moverse.
—Durante un año entero apenas habló. Seguía a su tío a todas partes como un perrillo.
Comía poco. Por las noches... —Morag se detuvo—.
Por las noches lloraba. Muy bajito, para que nadie lo oyera.
Pero yo dormía en la habitación de al lado y lo oía.
Lloraba por su madre. Y preguntaba por qué su padre no venía a buscarlo.
Eilidh sintió un nudo en la garganta.
—¿Y no vino nunca?
Morag la miró con aquellos ojillos negros. Y algo cambió en su cara arrugada. Algo antiguo, que había guardado durante mucho tiempo.
—Sí que vino —dijo despacio—. Todos los años.
En otoño, cuando acababa la cosecha. Subía hasta la colina de levante, la de las hogueras, y se quedaba allí sentado todo un día mirando el castillo.
Mirando al niño entrenar en el patio con su tío.
Y al anochecer se marchaba. —Hizo una pausa—. Nunca bajó. Ni una sola vez.
—¿Por qué?
—Seumas se lo pidió el primer año. Le dijo que si lo veía, el niño querría irse con él, y que no estaba preparado para volver a perderlo.
Que tenía que hacerse fuerte primero. —Morag sacudió la cabeza—.
Y luego, supongo, pasaron los años. Y el niño se hizo hombre.
Y Tormod pensó que ya lo odiaba. Y que era mejor no estropearlo más.
—¿Rìghart lo sabe?
—No. Nadie se lo ha contado nunca. Seumas murió antes de poder hacerlo. Y Tormod es demasiado orgulloso. —Morag se levantó del barril con un crujido de huesos—. Y yo soy una vieja que sabe callar. Hasta hoy.
Cogió el saco de avena y siguió contando, como si no hubiera dicho nada.
Eilidh se quedó sentada mucho tiempo en aquella despensa, entre los sacos y los barriles, pensando en un niño de siete años llorando bajito en la oscuridad. Y en un hombre enorme, de barba ya canosa, sentado en lo alto de una colina, mirando sin atreverse a bajar.
Al día siguiente organizó una pesca.
—¿Una pesca? —repitió Rìghart, mirándola como si se hubiera vuelto loca.
—En el lago. En la isla del centro. —Eilidh siguió colocando cosas en una cesta: pan, queso, una jarra de cerveza, un trozo de carne asada—. Ealasaid dice que alrededor de la isla hay las mejores truchas de todo el valle.
—Lo sé. Pescaba allí de niño.
—Pues ya está.
—Eilidh, tengo una audiencia con los Craigdhu esta tarde.
—La he aplazado. —Le sonrió con dulzura—. Soy la señora de Beinmor. Tengo las llaves. Me lo dijisteis vos.
Rìghart abrió la boca. La cerró. Por un instante, Eilidh creyó ver en sus ojos un brillo divertido, como en los viejos tiempos del camino.
—¿Y vendréis vos? —preguntó él.
—Por supuesto. Y vuestro padre.
El brillo se apagó de golpe.
—No.
—Ya le he invitado. Ha aceptado.
—Eilidh...
—Ha aceptado —repitió ella, mirándolo a los ojos—. Así que, si no venís, tendréis que explicarle por qué el laird de Beinmor tiene miedo de una barca.
La barca era pequeña, de madera oscura, con dos pares de remos. Eilidh se sentó en la popa con la cesta. Tormod se sentó en el banco del centro, enorme, haciendo que la barca se hundiera peligrosamente. Rìghart se sentó a proa, lo más lejos posible de su padre que permitía la eslora.
Nadie habló durante toda la travesía.
Eilidh remó. Lo había aprendido en el estanque de Hartwell, con Alan, y aunque el lago era mucho más grande, las aguas estaban tranquilas aquella tarde y la isla no quedaba lejos.
Era un islote pequeño y redondo, cubierto de hierba, con un grupo de pinos viejos y los restos de una antigua construcción de piedra en el centro.
Cuando la quilla tocó la grava de la orilla, los dos hombres saltaron a tierra, cada uno por su lado, y sacaron sus cañas sin mirarse.
Eilidh dejó la cesta en la hierba.
Luego empujó la barca de vuelta al agua, se subió a ella y empezó a remar hacia la orilla.
Tardaron un poco en darse cuenta.
—¡Eilidh!
Era Rìghart. De pie en la orilla de la isla, con la caña en la mano y una expresión de absoluta incredulidad.
—¡Eilidh! ¿Qué hacéis?
—¡Vuelvo al castillo! —le gritó ella, sin dejar de remar—. ¡Tengo cosas que hacer! ¡Soy la señora de Beinmor!
—¡Volved aquí ahora mismo!
—¡Volveré al anochecer! ¡Os he dejado comida! ¡Y cerveza!
—¡Eilidh!
Detrás de él, Tormod Munro se había quedado inmóvil, mirando la barca que se alejaba. Y de repente, para asombro de Eilidh, el viejo laird echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada tan enorme que espantó a los patos de toda la orilla.
—¡Por san Columba! —bramó—. ¡Tiene más agallas que tu madre, muchacho! ¡Y tu madre me tiró una vez un cubo de agua a la cara!
Rìghart se volvió hacia su padre, todavía con la caña en la mano.
Eilidh siguió remando. No volvió la vista atrás. Pero el viento le trajo, durante un buen rato, el sonido de las dos voces. Primero la de Rìghart, airada. Luego la de Tormod, riéndose todavía. Luego un silencio largo.
Y luego, mucho más tarde, cuando ya estaba casi en la orilla, nada más que el murmullo bajo de dos hombres que hablaban.
Volvió a buscarlos al anochecer, como había prometido. Llevaba a Calum con ella, por si las cosas habían ido mal y necesitaba a alguien que separara a los Munro.
No hizo falta.
Los encontró sentados juntos en la orilla de la isla, sobre una roca, con los pies casi en el agua. La cesta estaba vacía. La jarra de cerveza también. Había tres truchas en la hierba, junto a las cañas. Y ninguno de los dos hablaba, pero el silencio entre ellos era otro silencio.
Cuando la barca tocó la grava, Tormod se levantó. Tenía los ojos rojos. Eilidh fingió no darse cuenta.
El viejo laird subió a la barca, haciendo que se hundiera hasta casi la borda, y se sentó frente a ella. La miró un largo rato con aquellos ojos verdes.
—Eres una mujer muy peligrosa —dijo al fin, con voz ronca.
—Lo sé.
—Una vieja chismosa te ha contado cosas que no debía.
—Una vieja sabia.
Tormod gruñó algo en gaélico. Luego, inesperadamente, alargó la mano enorme y le dio dos palmadas suaves en la mejilla, como se le dan a un niño que ha hecho algo bien.
— Tapadh leat , hija —dijo en voz baja.
Rìghart subió el último. Se sentó en la proa. No dijo nada durante toda la travesía. Pero cuando llegaron a la orilla y Calum ayudó a su padre a bajar, se quedó un momento en la barca, frente a ella, sin moverse.
—Me abandonasteis en una isla —dijo.
—Sí.
—Con mi padre.
—Sí.
—Durante seis horas.
—Siete. Llegué tarde a propósito.
Rìghart la miró. Y algo se rompió en su cara. No como se rompe una piedra, sino como se rompe el hielo en primavera: despacio, con un crujido, dejando ver el agua que había debajo.
—Venía a verme —dijo, con la voz quebrada—. Todos los años. Desde la colina. Yo miraba la colina cada otoño desde el patio y pensaba que no había nadie. Y estaba él.
Eilidh no dijo nada. Le tomó la mano. La de él temblaba.
—Gracias —susurró Rìghart.
—No tenéis que darme las gracias.
—Sí tengo. —La miró a los ojos—. Me habéis devuelto a mi padre. Después de veinte años. Y lo habéis hecho cuando todavía estáis enfadada conmigo.
—Sigo enfadada con vos.
—Lo sé.
—Mucho.
—Lo sé. —Una sombra de sonrisa—. Por eso lo valoro todavía más.
Se quedaron así un momento, en la barca, con las manos unidas, mientras el sol se hundía detrás de la gran montaña y el lago se volvía de oro.
Luego él se levantó, saltó a la orilla y le tendió la mano para ayudarla a bajar. Y ella la aceptó.
Al subir hacia la fortaleza, Eilidh vio una figura en lo alto de la muralla, recortada contra el cielo encendido. Una melena rubia que brillaba como el oro.
Isobel Craigdhu los observaba. Y aunque estaba demasiado lejos para verle la cara, Eilidh tuvo la extraña certeza de que no sonreía.
Aquella noche, al entrar en la alcoba, encontró una nota doblada sobre la almohada. Estaba escrita con letra elegante en un inglés perfecto.
Tenemos que hablar. A solas. Hay cosas sobre vuestro esposo que deberíais saber. I. C.