El pacto de Beinmor Capítulo 15 La sassenach
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Capítulo 15 La sassenach

La guerra empezó el tercer día después de la boda, y la empezó una niña de diez años.

Eilidh estaba en la orilla del lago, como cada mañana, con su nuevo arco de tejo dorado y una docena de niños a su alrededor.

Habían clavado una diana de paja en el tronco de un pino viejo y se turnaban para tirar, entre risas, empujones y discusiones en gaélico que Eilidh empezaba a entender a medias.

Ya sabía decir codo arriba , respira y otra vez .

Y también, gracias a Calum, varias palabras que su madre no habría aprobado.

La pequeña Mòrag acababa de clavar tres flechas seguidas en la paja. No en el centro, pero en la paja. Los muchachos la miraban con una mezcla de envidia y respeto.

Y entonces llegó su padre.

Era un hombre alto y huesudo, con la barba roja como la de su hija y las manos negras de hollín.

Se llamaba Tormaid y era el ayudante del herrero.

Bajó por la ladera a grandes zancadas, con la cara congestionada, agarró a Mòrag por el brazo y le arrancó el arco de las manos.

El arco viejo de Eilidh, el corto, el que le habían hecho en Hartwell a los doce años y que ella le había regalado a la niña la tarde anterior.

Le gritó algo en gaélico. Algo largo y furioso. La niña se encogió como un perrillo apaleado.

Eilidh se acercó.

—Soltadla —dijo en inglés.

Tormaid no la entendió, o fingió no entenderla. Siguió gritando a su hija. Luego se volvió hacia Eilidh y le gritó a ella también, señalando el arco, señalando a la niña, señalando la fortaleza.

Dougal, que estaba entre los muchachos, se adelantó, pálido.

—Dice que su hija no es un hombre, mi señora. Que una niña no tiene que aprender a matar. Que tiene que aprender a hilar, a cocinar y a cuidar de sus hermanos. —Tragó saliva—. Y dice que las costumbres inglesas se pueden quedar en Inglaterra.

Eilidh sintió que se le encendían las mejillas.

Pero no le gritó. Miró a Tormaid, miró a la niña, que lloraba en silencio con la cabeza agachada. Y se acordó de su propio padre, años atrás, en el patio de Hartwell, cuando la vio por primera vez tensar un arco y se quedó pálido de miedo.

—Dougal —dijo despacio—. Traduce exactamente lo que voy a decir.

Dougal asintió.

—Dile que tiene razón. Que su hija no es un hombre.

Y que yo tampoco. —Hizo una pausa—. Dile que hace unas semanas, en el páramo de Liddesdale, unos bandidos atacaron a los hombres del laird.

Que uno de ellos estaba a punto de partirle la cabeza a Calum MacRae con un hacha.

Y que fue una mujer la que lo impidió. Con un arco.

Dougal lo tradujo. Tormaid se quedó callado.

—Dile que mi madre era escocesa —siguió Eilidh—.

Que un día, cuando estaba embarazada de mí, unos bandidos la atacaron en el camino.

Que mataron a todos sus hombres. Que ella solo tenía una daga pequeña y no sabía usarla.

Y que si no hubiera llegado Tormod Munro, el padre de vuestro laird, mi madre y yo estaríamos muertas.

Dougal tradujo. Más despacio esta vez.

—Dile que por eso mis padres me enseñaron a defenderme.

No para matar. Para no tener que esperar a que llegue alguien a salvarme.

—Miró a la niña—. Dile que no quiero que su hija sea un guerrero.

Quiero que, si un día alguien viene a hacerle daño, no tenga que quedarse quieta llorando, como mi madre.

Cuando Dougal terminó de traducir, el silencio en la orilla era absoluto. Hasta los muchachos se habían quedado inmóviles.

Tormaid miró a su hija durante mucho tiempo. Luego miró el arco que tenía en la mano. Luego miró a Eilidh.

Dijo algo, en voz baja y gruñona.

—Dice que lo pensará —tradujo Dougal—. Y que si su hija se clava una flecha en el pie, os lo cobrará a vos.

Tormaid le devolvió el arco a la niña con un gesto brusco, se dio la vuelta y se marchó ladera arriba.

Mòrag se quedó mirando el arco en sus manos. Luego levantó la vista hacia Eilidh y sonrió con su sonrisa desdentada, con las mejillas todavía mojadas de lágrimas.

Aquella tarde, cuando Eilidh volvió a la orilla, había cuatro niñas más esperándola.

La noticia llegó a la fortaleza antes que ella.

Cuando entró en el salón para la cena, notó que la miraban. No con hostilidad. Con curiosidad. Algunos de los ancianos murmuraban entre ellos con el ceño fruncido. Algunas de las mujeres la miraban con algo que se parecía mucho a la aprobación.

Rìghart estaba en la tarima, sentado en la silla del ciervo coronado. Ya no se sentaba a la derecha de la silla vacía. Era raro verlo allí, pensó Eilidh. Como si el capitán se hubiera puesto la ropa de otro hombre.

Se sentó a su lado. Él le sirvió vino sin decir nada. Llevaban tres días así: corteses, silenciosos, durmiendo en la misma alcoba, él en el jergón junto al fuego, ella en la enorme cama de cortinas verdes. Por las noches, Eilidh lo oía respirar en la oscuridad y tardaba horas en dormirse.

—Me han contado lo de Tormaid —dijo él en voz baja, sin mirarla.

—¿Vais a reñirme?

—No. —Hizo una pausa—. Vengo de la herrería. Tormaid me ha pedido que le busque madera de tejo. Dice que quiere hacerle a su hija un arco como Dios manda, porque el que le habéis dado es demasiado corto y la niña va a crecer.

Eilidh se volvió hacia él, atónita.

Rìghart siguió comiendo como si nada. Pero en la comisura de su boca había una sombra de sonrisa.

Los juegos se celebraron una semana después de la boda, como era costumbre en Beinmor.

Era una fiesta que duraba todo un día, en la gran pradera junto al lago.

Vinieron gentes de todo el valle, y de los valles vecinos, y hasta de los Munro, porque Tormod y Dòmhnall seguían en Dùn Beinmor y habían mandado llamar a sus mejores hombres.

Había carreras a pie y a caballo. Había lanzamiento de piedras y de troncos enormes, que los hombres levantaban apoyados contra el hombro y lanzaban dando una vuelta en el aire.

Había lucha cuerpo a cuerpo. Había gaitas, cerveza, carne asada y apuestas, muchas apuestas, en las que Calum y Alan perdieron más dinero del que tenían.

Y había tiro con arco.

Eilidh no pensaba participar. Estaba sentada en el estrado de madera con su familia, con Tormod y Dòmhnall, con Beatriz, que fingía no darse cuenta de que Dòmhnall se había sentado justo a su lado.

Miraba a los arqueros alinearse en la pradera, frente a las dianas de paja: los mejores de Beinmor y de los Munro, una veintena de hombres serios y concentrados.

Entre ellos, uno destacaba. Se llamaba Aonghas y era el maestro de arqueros de Beinmor, un hombre de unos cuarenta años, delgado y moreno, con una barba gris recortada y unos ojos de halcón.

Llevaba seis años ganando el concurso. Eilidh lo había visto mirarla con desprecio más de una vez, desde la muralla, mientras ella practicaba con los niños.

Fue Isobel quien lo provocó.

Los Craigdhu seguían allí. Habían prolongado su estancia con la excusa del desacuerdo sobre el río, que Rìghart se negaba a discutir hasta después de los juegos.

Isobel estaba sentada en el otro extremo del estrado, preciosa con un vestido amarillo pálido, y en un momento de silencio entre dos rondas dijo en voz bien alta, en inglés, para que todos la oyeran:

—Qué lástima que lady Eilidh no participe. Me han contado que tira mejor que muchos hombres. Aunque supongo que es más fácil acertar a un conejo que a una diana de verdad delante de todo un clan.

Se hizo un silencio incómodo.

Eilidh miró a Isobel. Isobel le sonrió con una dulzura perfecta.

Eilidh sintió la mano de Beatriz sobre su brazo.

Sintió la mirada de su padre, de su madre, de sus hermanos.

Sintió, sobre todo, la mirada de Rìghart, sentado a su lado.

No la miraba con preocupación. La miraba con algo parecido a la curiosidad.

Como en Hartwell, aquel primer día, cuando le tendió su arco.

Se levantó.

—Dougal —llamó—. Tráeme el arco nuevo.

Cuando Eilidh bajó a la pradera, el rumor recorrió la multitud como el viento recorre un campo de cebada. Los arqueros se volvieron a mirarla. Algunos se rieron. Aonghas no.

Rìghart bajó del estrado detrás de ella. Se acercó a los jueces, dos ancianos de barba blanca, y les dijo algo en gaélico. Los ancianos se miraron. Uno de ellos protestó. Rìghart le contestó con una sola frase, corta y seca, y el anciano asintió de mala gana.

—¿Qué les habéis dicho? —preguntó Eilidh cuando volvió a su lado.

—Que mi esposa tiene derecho a participar en los juegos de su clan.

—¿Y qué ha contestado él?

—Que ninguna mujer lo ha hecho nunca.

—¿Y vos?

Rìghart la miró.

—Que ninguna mujer de este clan había tenido nunca un arco como el vuestro.

La primera ronda era a cincuenta pasos. Eilidh acertó sus tres flechas en el centro. También lo hicieron Aonghas y otros once arqueros.

La segunda ronda era a setenta pasos. Eilidh acertó dos en el centro y una al borde. Quedaron seis arqueros.

La tercera, a noventa pasos. Era más de lo que ella había tirado nunca en Hartwell.

Le temblaban las manos. Respiró hondo, como le había enseñado Alan.

Mantuvo el codo alto. Pensó en la diana de ochenta pasos en el campo de tiro de su padre, aquel día de primavera, cuando un capitán desconocido le dijo un niño no .

Tres flechas en el centro.

La multitud rugió. Quedaban dos: ella y Aonghas.

El maestro de arqueros la miró por primera vez. Había algo nuevo en sus ojos de halcón. No era desprecio.

La última ronda era a ciento diez pasos. Una sola flecha cada uno. A esa distancia, la diana era una mancha pequeña, del tamaño de un puño, bailando en el aire caliente de la tarde. El viento soplaba desde el lago, de través.

Aonghas tiró primero.

Su flecha voló alta, describió una curva perfecta y se clavó en el borde del círculo central, a un dedo del centro exacto. La multitud estalló en aplausos. Los hombres de Beinmor gritaban su nombre.

Le tocó a Eilidh.

Se colocó en la línea. La pradera entera se quedó en silencio. Oía el viento en la hierba, las olas pequeñas del lago, el graznido lejano de un cuervo. Oía su propio corazón.

Colocó la flecha. Una de las flechas de Alan, de plumas grises.

Tensó la cuerda del arco dorado. La sintió rozarle la mejilla, en el sitio exacto.

Mo sholas , pensó, sin saber por qué.

Calculó el viento. Apuntó un palmo a la izquierda de la diana y medio palmo por encima. Mantuvo el codo alto. Soltó la mitad del aire.

Soltó la flecha.

Voló. Alta, muy alta, tanto que por un instante la perdió de vista contra el cielo. El viento la empujó hacia la derecha, como ella había calculado. Bajó en una curva larga y limpia.

Y se clavó en el centro exacto de la diana. Exactamente en el centro. Tan en el centro que la paja se abrió alrededor de la punta como una flor.

El silencio duró un latido.

Luego la pradera explotó.

Nunca, en toda su vida, había oído un ruido así.

Era un rugido que salía de cientos de gargantas, de hombres y mujeres y niños, de los Munro y de los Hartwell y de los Beinmor.

Vio a Alan saltando sobre el estrado como un loco.

Vio a Calum lanzar a Dougal por los aires.

Vio a su padre ponerse en pie con los puños en alto, gritando como un soldado en la batalla.

Vio a su madre llorando. Vio a la pequeña Mòrag y a las cuatro niñas del lago bailando en círculo en mitad de la hierba.

Vio a Isobel, en el extremo del estrado, con la cara blanca como la leche.

Aonghas se acercó a ella despacio, entre el estruendo. Se detuvo delante. La miró con aquellos ojos de halcón durante un largo momento.

Luego se arrodilló sobre la hierba. Inclinó la cabeza. Y dijo algo en gaélico, una frase que hizo que la multitud que lo rodeaba se callara de golpe.

Eilidh miró a Rìghart, que se había acercado.

—¿Qué ha dicho?

Rìghart tardó en contestar. Tenía los ojos brillantes.

—Ha dicho Bean-tighearna Bheinn Mhòr . —Su voz se quebró un poco—. Señora de Beinmor.

Aquella noche, cuando Eilidh entró en el salón para el banquete de los juegos, Morag la estaba esperando en la puerta.

La anciana no dijo nada. Se desató del cinturón el enorme manojo de llaves de hierro, el que llevaba colgando desde antes de que naciera el viejo laird Seumas, y se lo puso a Eilidh en las manos.

Eilidh se quedó mirándolo. Pesaba muchísimo.

—Morag, yo...

—No las perdáis —dijo la anciana, en su inglés áspero—. Y no dejéis que esa rubia de los Craigdhu toque la despensa. Le tengo echado el ojo.

Y se fue hacia la cocina sin una palabra más, con las manos vacías por primera vez en sesenta años.

Eilidh se volvió. Rìghart estaba detrás de ella, a pocos pasos, mirándola.

No dijo nada. No hizo falta. En sus ojos había algo que Eilidh no le había visto nunca, ni siquiera en la colina, la noche de San Juan. Algo que se parecía al orgullo, y a la ternura, y a una tristeza honda, como la de un hombre que ve algo precioso al otro lado de un río que no sabe cómo cruzar.

Eilidh le sostuvo la mirada.

Y por primera vez desde la boda, no la apartó.