Capítulo 14 Esposa de nombre
La alcoba del laird ocupaba todo el piso alto de la torre.
Era una estancia grande y redonda, con una chimenea de piedra en la que ardía un fuego generoso, y tres ventanas estrechas que daban al lago, a la gran montaña y al valle.
Había una cama enorme de madera oscura, con cortinas de lana verde y una colcha de pieles.
Había un arcón tallado, una mesa con una jarra de vino y dos copas, una alfombra de piel de ciervo frente al fuego.
Alguien había esparcido flores de brezo blanco sobre las sábanas.
Eilidh se detuvo en mitad de la habitación, de espaldas a la puerta.
Oyó cómo él echaba el cerrojo. Oyó, al otro lado, las risas y las canciones del clan alejándose escalera abajo, los gritos de Calum, la voz de Alan desafinando algo en inglés. Luego el silencio.
No se volvió.
—Eilidh —dijo él.
—No.
No sabía qué estaba negando. Solo sabía que, si se daba la vuelta y lo miraba, si veía aquellos ojos verdes llenos de lo que fuera que estuvieran llenos, se rompería en mil pedazos. Y no pensaba romperse. No esa noche. No delante de él.
Se acercó a la ventana del lago y apoyó las manos en el alféizar frío. Abajo, en la orilla, la gran hoguera de la boda seguía ardiendo. Se veían figuras bailando a su alrededor, diminutas.
—¿Queréis vino? —preguntó él a su espalda.
—No.
—¿Queréis que avive el fuego?
—No.
—¿Queréis que me vaya?
Eilidh tardó en contestar.
—Es vuestra alcoba.
—Es nuestra alcoba. —Una pausa—. Pero si queréis que me vaya, me iré.
Eilidh se volvió por fin.
Estaba de pie junto a la puerta, todavía con el tartán de gala, inmóvil. No se había acercado. No había hecho ningún gesto hacia ella. Parecía, pensó Eilidh con una punzada que no quiso reconocer, un hombre que espera una sentencia.
—¿Por qué? —preguntó.
Él no fingió no entenderla.
—Porque quería saber cómo erais.
—Eso ya me lo imaginaba. Quiero saber por qué de esa forma.
Por qué disfrazado. Por qué durante tanto tiempo.
—Le tembló la voz y la obligó a enderezarse—.
Por qué me dejasteis decir todo lo que dije.
En el lago. En la colina. Por qué me dejasteis arrodillarme delante de vos y pediros que huyerais conmigo... de vos mismo.
Rìghart cerró los ojos un instante.
—Al principio —dijo despacio— fue porque no confiaba en vos.
Había oído hablar de las damas inglesas.
Pensé que seríais una muñeca de porcelana.
Que lloraríais por todo. Que despreciaríais a mi gente.
Quería saberlo antes de traeros aquí, para preparar al clan.
—Abrió los ojos—. Era un plan estúpido. Niall me lo dijo.
Calum me lo dijo. Hasta mi hermano me lo dijo, y Dòmhnall nunca le dice a nadie que algo es estúpido.
—¿Y luego?
—Luego os vi tirar con arco en Hartwell.
—Algo parecido a una sonrisa le cruzó la cara, y desapareció enseguida—.
Y luego os vi bajar la daga en el huerto.
Y luego os vi cazar un conejo, y saltar a un río, y salvarle la vida a Calum, y coserme con vuestras propias manos.
—Su voz se volvió más ronca—. Y para entonces ya no podía decíroslo.
—¿Por qué no?
—Porque si os lo decía, os casaríais conmigo porque teníais que hacerlo. Porque vuestra madre lo prometió. —La miró a los ojos—. Y yo quería que me eligierais. A mí. No al laird de Beinmor. No a la deuda de vuestra madre. A mí.
Eilidh soltó una risa amarga.
—¿Y lo conseguisteis?
—No lo sé. —Su voz bajó hasta ser casi un susurro—. Anoche, en la colina, creí que sí. Esta mañana, en la capilla, he sabido que no.
Eilidh sintió que algo se le retorcía en el pecho.
—Me elegisteis vos a mí sin preguntarme —dijo—.
Me pusisteis a prueba como a un caballo.
Y yo os elegí a ciegas. A un hombre que no existía.
A un capitán que no era nadie. —Se le quebró la voz—.
¿Cómo sé ahora cuál de los dos es verdad?
¿El capitán que me contaba historias junto al fuego o el laird que me mintió durante semanas?
—Los dos.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que tengo. —Rìghart dio un paso hacia ella. Solo uno—. Todo lo que os dije era verdad, Eilidh. Mi madre. Mi tío. Mi padre. La cicatriz de los catorce años. Lo único que os oculté fue mi nombre.
—Vuestro nombre es lo único que importaba.
Se miraron por encima de la alcoba. El fuego crepitaba entre los dos.
Eilidh se dio cuenta de que estaba temblando. De rabia. De cansancio. De otra cosa que no quería nombrar.
—Quiero estar sola —dijo.
Rìghart asintió despacio.
—Como queráis.
Y sin una palabra más, abrió el cerrojo, salió de la alcoba y cerró la puerta tras de sí.
Eilidh se quedó mirando la puerta. Esperaba algo. No sabía qué. Que volviera. Que golpeara. Que gritara.
No lo hizo.
Al cabo de un largo rato, Eilidh arrastró el arcón tallado hasta ponerlo delante de la puerta. Le costó un esfuerzo enorme y se rompió una uña. No sabía muy bien por qué lo hacía. Él no iba a entrar. Lo sabía. Pero necesitaba hacerlo.
Luego se quitó la corona de brezo, se sentó en la alfombra de piel de ciervo frente al fuego, con el vestido de boda de su madre extendido a su alrededor, y lloró.
Lloró como no había llorado desde que era niña.
Con sollozos que le sacudían todo el cuerpo y que se tragaba para que no se oyeran fuera.
Lloró por el capitán que no existía. Por la colina.
Por el beso. Por el anillo de su madre en su dedo.
Por la vergüenza y por la rabia. Y, sobre todo, lloró porque seguía queriéndolo, y no sabía cómo dejar de hacerlo.
Se durmió allí, en el suelo, cuando el fuego ya era solo brasas.
La despertaron las voces.
Venían del otro lado de la puerta. Voces de hombres, en gaélico, que reían a carcajadas. Eilidh se incorporó, desorientada, con la mejilla marcada por el pelo de la alfombra y el vestido arrugado. Por las ventanas entraba la luz gris del amanecer.
Se levantó. Apartó el arcón, que ahora parecía pesar el doble. Entreabrió la puerta.
Rìghart Munro, laird de Beinmor, estaba sentado en el suelo del rellano de la escalera, con la espalda contra la pared y las piernas estiradas, envuelto en su tartán. Tenía el pelo revuelto, los ojos hinchados y una expresión de profunda resignación.
Delante de él, dos peldaños más abajo, estaban Calum y Alan. Los dos tenían todavía las jarras de cerveza de la noche anterior en las manos. Los dos se reían tanto que se tenían que sujetar el uno al otro para no caer.
—¡Ha dormido en la escalera! —le gritaba Alan a Calum, en inglés, con los ojos llenos de lágrimas de risa—. ¡El gran laird de Beinmor! ¡En la escalera! ¡Su noche de bodas!
— A Thighearna —jadeaba Calum—, ¡el señor de las Highlands, durmiendo en el rellano como un perro de caza!
—¡Te lo dije! —Alan le dio una palmada en la espalda al gigante—. ¡Te dije que lo dejaría fuera! ¡Me debes una jarra!
—¡Te debo un barril!
Rìghart levantó la vista y vio a Eilidh en la puerta.
Los dos borrachos lo vieron también y se callaron de golpe, aunque Alan siguió temblando de risa en silencio, con las mejillas hinchadas.
Eilidh miró a su marido. Él la miró a ella. Durante un largo momento nadie dijo nada.
—Buenos días, esposa —dijo Rìghart al fin, con voz ronca.
—Buenos días, esposo. —Eilidh se cruzó de brazos—. ¿Habéis dormido bien?
—Como un perro de caza. —Le dedicó una mirada asesina a Calum, que se atragantó con la cerveza—. Al parecer.
Eilidh no quería reírse. Lo intentó con todas sus fuerzas.
Pero vio a Alan, rojo como un tomate, aguantándose las carcajadas detrás de Calum, y a Calum, enorme, con la barba llena de espuma de cerveza, intentando poner cara de seriedad.
Y vio a Rìghart, el temible laird, el hombre que no había perdido ninguna batalla, sentado en el suelo de una escalera, despeinado y con las piernas entumecidas.
Se le escapó una risa. Pequeña. Rápida. La cortó enseguida.
Pero él la oyó. Y Eilidh vio cómo algo se encendía en sus ojos, apenas una chispa.
—Fuera —les dijo a Calum y a Alan, sin apartar la vista de ella—. Los dos. Ahora.
Los dos borrachos bajaron la escalera tropezando y riéndose, y sus voces se perdieron hacia el patio.
Rìghart se puso en pie despacio, apoyándose en la pared. Hizo una mueca de dolor.
—La herida —dijo Eilidh, sin poder evitarlo.
—Está bien.
—Habéis dormido en una escalera de piedra con una herida de un palmo en el costado.
—Está bien —repitió él—. La cosió una mujer muy hábil.
Eilidh apretó los labios.
—Entrad —dijo—. Os revisaré los puntos. Y luego hablaremos.
Los puntos estaban bien. Eilidh los revisó uno a uno, en silencio, con él sentado en el borde de la cama y la túnica levantada. Le cambió el vendaje. Procuró no tocarlo más de lo necesario. Procuró no fijarse en cómo se le erizaba la piel bajo sus dedos.
Cuando terminó, se apartó y se sentó en el arcón, frente a él, con las manos sobre las rodillas.
—Estas son mis condiciones —dijo.
Rìghart arqueó la ceja de la cicatriz.
—¿Condiciones?
—Soy vuestra esposa ante Dios y ante vuestro clan. Eso no lo voy a cambiar. Cumpliré con mis deberes como señora de Beinmor. —Lo miró a los ojos—. Pero no compartiré vuestra cama hasta que yo lo decida.
Silencio.
—Entendido —dijo él.
Eilidh parpadeó. Esperaba una discusión.
—¿Así de fácil?
—Os prometí que no os casaríais conmigo si no lo elegíais vos. Os casasteis por vuestra familia, no por mí. —Su voz era tranquila, pero había algo debajo, algo tenso como la cuerda de un arco—. Mientras no me elijáis, no os tocaré. Dormiré en la alcoba de abajo.
—No. —Eilidh se sorprendió a sí misma—. Si dormís en otra alcoba, todo el castillo lo sabrá antes del mediodía. Y Isobel Craigdhu lo sabrá antes que nadie.
Algo cambió en los ojos de él al oír el nombre.
—Dormiréis aquí —siguió Eilidh—. En ese jergón, junto al fuego. Y nadie tiene por qué saber nada.
—Entendido.
—Segunda condición. Quiero ser la señora de Beinmor de verdad.
No una muñeca sentada a vuestra derecha.
Quiero saber cómo se gobierna esta casa.
Quiero las llaves de Morag, cuando ella quiera dármelas.
Quiero sentarme en vuestras audiencias. Quiero aprender gaélico.
—Hizo una pausa—. Y quiero seguir enseñando a tirar con arco a los niños. Y a las niñas.
Rìghart la miró durante un largo momento.
—Morag no os dará las llaves hasta que os las ganéis.
—Lo sé.
—Algunos de los ancianos se quejarán de que una mujer se siente en las audiencias.
—Que se quejen.
—Y lo de las niñas con arco... —Una sombra de sonrisa—. Eso provocará una guerra en la aldea.
—Entonces habrá guerra —dijo Eilidh, con las mismas palabras que él había usado en la capilla.
Rìghart la miró. Y por primera vez desde la boda, sonrió de verdad. Una sonrisa pequeña, cansada, pero auténtica.
—Entendido —dijo—. ¿Alguna condición más?
Eilidh dudó.
—Una —dijo al fin—. No volváis a mentirme. Nunca. Sobre nada. Por pequeño que sea.
La sonrisa de él se desvaneció. Se levantó de la cama, cruzó la alcoba y se arrodilló delante de ella, sobre la alfombra de piel de ciervo, de modo que sus ojos quedaron a la misma altura.
—Os lo juro —dijo—. Por la memoria de mi madre. Por la de mi tío. Por el clan de Beinmor y por esa montaña. —Le tomó la mano, la del anillo, y la sostuvo con cuidado, sin apretar—. Nunca más.
Eilidh miró sus manos unidas. La de él, grande y llena de cicatrices. La suya, con el anillo de plata de su madre.
—Dijisteis anoche que vuestros juramentos ya no valían nada para mí —añadió él, en voz baja—. Lo sé. Así que no os pido que lo creáis. Os pido que me dejéis demostrarlo.
Eilidh retiró la mano. No con brusquedad. Despacio.
—Ya veremos —dijo.
Rìghart asintió. Se levantó. Fue hacia la puerta. Antes de salir, se detuvo y señaló el arcón sobre el que ella estaba sentada.
—Hay algo para vos ahí dentro —dijo—. Lo encargué hace semanas. Antes de... todo esto. Quería dároslo anoche.
Salió.
Eilidh se quedó sentada un momento. Luego se levantó, abrió el arcón y apartó unas mantas de lana.
Debajo había un arco.
Era de tejo, como el suyo, pero más largo, más fino, de una madera dorada y pulida como la miel, con las puntas reforzadas con asta de ciervo. La empuñadura estaba envuelta en cuero verde. Y grabadas en la madera, justo encima, había dos palabras en gaélico que Eilidh no supo leer.
Lo tomó en las manos. Lo tensó sin flecha. La cuerda le rozó la mejilla exactamente en el sitio donde debía rozarla. Estaba hecho a su medida. Perfectamente a su medida.
Lo encargué hace semanas.
Semanas. Cuando todavía era el capitán. Cuando la miraba desde lejos, en el patio de Hartwell, diciéndole que bajaba el codo.
Eilidh se sentó en la cama con el arco sobre las rodillas, y se quedó mirándolo durante mucho tiempo.
Aquella tarde, le preguntó a Niall qué significaban las palabras grabadas en la madera.
Niall las leyó. Sonrió con una sonrisa triste.
— Mo sholas —dijo—. Mi luz, mi señora. Significa mi luz .