El pacto de Beinmor Capítulo 13 La boda
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Capítulo 13 La boda

El día de San Juan amaneció tan claro que la gran montaña parecía al alcance de la mano.

Eilidh lo vio desde la ventana de la torre sur, sentada en un taburete mientras Beatriz le peinaba el pelo.

No había dormido. Había pasado la noche despierta, tumbada en la cama, tocándose los labios con la punta de los dedos y repitiendo en voz baja las últimas palabras del capitán.

Mañana, ante el altar, lo entenderéis todo.

El laird ya sabe lo que sentís. Esto ha sido verdad.

No entendía nada. Pero por primera vez en semanas no tenía miedo.

—Estás sonriendo —dijo Beatriz, con un peine de hueso entre los dientes.

—No estoy sonriendo.

—Llevas una hora sonriendo. Es muy inquietante. Pareces una de esas santas de los retablos justo antes de que la martiricen.

Eilidh se rió. Beatriz no. Dejó el peine sobre el arcón y se quedó mirándola a través del pequeño espejo de metal pulido que habían colgado junto a la ventana.

—Eilidh. Anoche, en la colina...

—Me besó.

Beatriz cerró los ojos.

—Lo sé. Lo vio medio valle.

—Y me dijo que hoy lo entendería todo. Que el laird ya sabe lo que siento. —Eilidh se volvió hacia ella, con los ojos brillantes—. Creo que va a hablar con él antes de la ceremonia. Creo que el laird me va a liberar, Beatriz.

Su amiga la miró durante un largo momento. Abrió la boca. La cerró. La volvió a abrir.

—Eilidh, yo...

La puerta se abrió y entró Fiona con los brazos cargados de tela.

—Ya es la hora —dijo—. Fuera todo el mundo que no sea la novia o su madre.

Beatriz se levantó tan deprisa que tiró el peine al suelo. Le dio un beso a Eilidh en la mejilla y salió casi corriendo.

El vestido había sido de Fiona.

Era de lana fina teñida de un azul profundo, del color del lago al anochecer, con las mangas largas y bordados de hilo de plata en el escote y en los puños: ciervos, hojas de serbal, flores de brezo.

Fiona lo había traído desde Hartwell envuelto en lino y lavanda.

Lo había llevado el día de su propia boda, veinticinco años atrás, y lo había guardado desde entonces en el arcón de su alcoba sin que nadie lo supiera.

—Lo bordé yo misma —dijo, mientras le ataba los cordones a la espalda—. Durante todo un invierno. Pensando en estas montañas.

Le colocó sobre el pelo suelto una corona trenzada de brezo blanco y ramitas de serbal. Luego le prendió sobre el pecho el broche de plata con el ciervo.

Se apartó un paso y la miró.

No dijo nada. No le hizo falta. Tenía los ojos llenos de lágrimas.

—Madre —dijo Eilidh en voz baja—. El capitán...

—Lo sé.

—Me besó. Anoche.

—Lo sé, mi luz.

—Y me dijo que hoy, ante el altar...

Fiona le puso un dedo en los labios.

—Hoy, ante el altar, recuerda una cosa —dijo—. Que los hombres, incluso los mejores, a veces hacen cosas muy estúpidas por amor. Y que una mujer sabia sabe distinguir entre un hombre que miente para hacer daño y un hombre que miente porque tiene miedo.

Eilidh frunció el ceño.

—No entiendo.

—Lo entenderás. —Fiona la besó en la frente—. Y cuando lo entiendas, enfádate todo lo que quieras. Te lo has ganado. Pero no te equivoques de enfado.

La capilla de Dùn Beinmor era pequeña, de piedra oscura, con una única ventana alta por la que entraba un rayo de sol que caía directamente sobre el altar.

Estaba llena hasta los muros. La gente se apiñaba en los bancos, en el pasillo, en la puerta, en el patio.

Los que no cabían dentro se subían a los barriles para asomarse por la ventana.

Cuando Eilidh entró del brazo de su padre, todos se pusieron en pie.

Vio caras conocidas. Calum, enorme, con la barba peinada por primera vez desde que lo conocía y un tartán nuevo que le quedaba pequeño.

Niall, a su lado, muy serio. Dougal, que le sonrió con orgullo.

La pequeña Mòrag, subida a hombros de un hombre para poder verla, agitando la mano.

Morag la anciana, con sus llaves, en primera fila.

Vio a su familia. Alan le guiñó un ojo. Cailean asintió una vez, solemne. Su madre ya lloraba.

Vio a los Munro. Dòmhnall le sonrió con una sonrisa enorme, casi nerviosa. Tormod la miraba con una expresión indescifrable.

Vio a Isobel, con un vestido verde esmeralda, y a Murdoch, que sonreía.

Y vio, al fondo, frente al altar, de espaldas a ella, la figura de un hombre alto.

Llevaba el tartán de gala de Beinmor, verde, pardo y con un fino hilo rojo, cruzado sobre el pecho y sujeto al hombro con un broche de oro. Tenía el pelo oscuro y largo, recogido en la nuca. Era ancho de hombros, muy derecho, inmóvil como una estatua.

Eilidh sintió que se le cerraba la garganta.

Buscó al capitán con la mirada. No estaba. No lo vio junto a Calum, ni junto a Niall, ni en ningún sitio. Lo buscó otra vez, desesperadamente, entre todas las caras de la capilla.

No estaba.

Va a hablar con él antes de la ceremonia , había pensado. El laird me va a liberar.

Pero el laird estaba allí, frente al altar. Y el capitán no.

Su padre notó cómo se le tensaba el brazo.

—¿Estás bien? —le susurró.

Eilidh no contestó. Siguió caminando por el pasillo, paso a paso, con la cabeza alta y el corazón golpeándole las costillas como un pájaro atrapado. Llegaron al altar. Su padre le soltó el brazo, le dio un beso en la frente y se apartó.

El sacerdote, un hombre viejo y calvo de mejillas sonrosadas, carraspeó.

—Rìghart Munro, laird de Beinmor —dijo en latín, y luego en gaélico, y luego, por deferencia a la novia, en un inglés vacilante—. Recibe a tu prometida.

El hombre del tartán se dio la vuelta.

Y el mundo se detuvo.

Eilidh no supo cuánto tiempo estuvo mirándolo.

La cicatriz en la ceja izquierda. Los ojos verdes, fríos como el agua de un lago en invierno.

La mandíbula cuadrada, recién afeitada. Las manos grandes, llenas de callos, las mismas manos que la habían sacado del río, que le habían apartado una lágrima de la cara la noche anterior, que ella había sostenido durante toda una noche de fiebre.

El capitán.

El laird.

Rìghart.

No Ruairidh. Rìghart. Se parecían tanto que nunca se le había ocurrido.

Y entonces, de golpe, como una presa que se rompe, todo encajó.

El niño en el camino que gritaba A Thighearna , señor, y la mujer que le tapaba la boca.

Niall corrigiéndose en la ermita. Los guerreros que se callaban cuando él hablaba.

No soy quien crees. Mañana me odiarás. Dòmhnall diciendo hermano .

Tormod mirándolo con aquellos ojos idénticos.

El laird me escucha más de lo que cree. Isobel, en el salón: a veces una tiene la impresión de no saber en absoluto quién es .

Su madre, aquel primer día en Hartwell, mirándolo durante tanto tiempo.

Su madre, ayer: pasado mañana entenderás muchas cosas .

Todos lo sabían.

Calum, Niall, Dougal, Morag, los niños de la aldea, Dòmhnall, Tormod. Su madre. Quizá Beatriz. Todos.

Todos menos ella.

La vergüenza le subió desde el estómago como una ola caliente.

Pensó en todas las cosas que le había dicho.

En la noche del tartán, cuando le preguntó si el laird era guapo y él le contestó que roncaba.

En la ermita, cuando le contó lo del hijo del barón.

En el lago, cuando le dijo si vuestro laird se parece a vos aunque sea un poco .

En la colina, anoche, de rodillas en la hierba, suplicándole que huyera con ella.

De él mismo.

Y él la había dejado. La había dejado decirlo todo. La había dejado arrodillarse, suplicar, desnudarse el alma, sin decirle una sola palabra de verdad.

Durante semanas me observó como a un potro en una feria , pensó. Para decidir si valía la pena.

Sintió las lágrimas a punto de salir y las obligó a quedarse dentro con una fuerza que le hizo daño.

No iba a llorar. No delante de él. No delante de todos.

El silencio en la capilla era absoluto. Nadie respiraba. El sacerdote miraba a uno y a otro con cara de no entender nada.

Rìghart dio un paso hacia ella.

—Eilidh —dijo en voz muy baja, tan baja que solo ella pudo oírla.

Ella lo miró a los ojos. Le temblaba todo el cuerpo.

—Me mentisteis.

—Sí.

—Durante semanas.

—Sí.

—Todos lo sabían. Todos se reían de mí.

—Nadie se reía de vos. —Su voz se quebró—. Nadie. Os lo juro.

—Vuestros juramentos —dijo Eilidh, muy despacio— ya no valen nada para mí.

Vio cómo aquello le daba como un golpe en la cara. Vio cómo palidecía. No sintió ninguna satisfacción.

Él tragó saliva. Y luego dijo algo que ella no esperaba.

—Os hice una promesa en Hartwell. Os dije que si al llegar a Beinmor no queríais casaros con el laird, hablaría con él.

—Hizo una pausa—. Ya he hablado. Si me decís que no, aquí mismo, delante de todos, os acompañaré yo mismo de vuelta a Inglaterra.

Diré que fue culpa mía. Que rompí el pacto.

Nadie os culpará. Ni a vos ni a vuestra madre.

Eilidh lo miró, atónita.

—Eso desataría una guerra entre vuestro padre y el mío.

—Entonces habrá guerra. —La miró con una intensidad que le quemó—. No os casaréis conmigo si no lo elegís vos. Eso os lo prometo. Y esa promesa, Eilidh, es la única que nunca he dejado de cumplir.

Eilidh miró a su alrededor.

Vio a su madre, pálida, con las manos unidas como en oración. Vio a su padre, con la mandíbula apretada, preparado para lo peor. Vio a Tormod Munro, inmóvil, con los nudillos blancos sobre el pomo de su espada. Vio al clan entero de Beinmor, cientos de rostros esperando, conteniendo el aliento.

Vio a la pequeña Mòrag, subida a los hombros de su padre, mirándola con los ojos muy abiertos y llenos de miedo.

Pensó en el juramento de su madre en un bosque ensangrentado. Pensó en la palabra de una Hartwell. Pensó en Tormod Munro bajando por una ladera contra diez bandidos. Pensó en todo lo que significaría para ellos, para todos ellos, que ella se diera la vuelta y saliera por aquella puerta.

Y pensó, con una rabia sorda y profunda, que lo peor de todo era que todavía lo quería.

Se volvió hacia el sacerdote.

—Continuad, padre —dijo con voz clara.

Un murmullo de alivio recorrió la capilla como el viento entre los pinos. Su madre se tapó la cara con las manos.

Rìghart no se movió. La miraba con algo que se parecía mucho a la esperanza.

Eilidh se inclinó hacia él. Le habló al oído, muy bajo, con una sonrisa perfecta para todos los que los miraban.

—Me caso con vos por mi madre —susurró—. Por su palabra. Por mi padre. Por vuestro clan. Por esa niña de la tercera fila que me mira como si se fuera a acabar el mundo. —Se apartó un poco para mirarlo a los ojos—. No por vos. No lo olvidéis nunca.

La esperanza se apagó en sus ojos verdes como una vela bajo la lluvia.

—No lo olvidaré —dijo él.

Se casaron.

Eilidh repitió las palabras del sacerdote en latín y luego en gaélico, con la pronunciación que le habían enseñado en el viaje, sin un solo error.

Rìghart repitió las suyas con voz ronca, mirándola todo el tiempo.

Le puso en el dedo un anillo de plata, viejo y gastado, con un ciervo junto a un pozo grabado en la parte superior.

Eilidh lo reconoció. Era el anillo de los Hartwell. El que su madre había entregado a Tormod Munro veinte años atrás, junto al fuego.

Tuvo que morderse el labio para no llorar.

Cuando el sacerdote los declaró marido y mujer, el clan entero estalló en un rugido que hizo temblar las piedras de la capilla. Los cuernos sonaron. Las gaitas empezaron a tocar en el patio. Calum lanzó su gorra al aire y le cayó a Niall en la cabeza.

Rìghart se inclinó para besarla.

Eilidh giró la cara. Sus labios le rozaron la mejilla.

Nadie se dio cuenta. O todos fingieron no darse cuenta. Pero ella vio cómo él cerraba los ojos durante un instante, solo un instante, como un hombre que recibe una herida y decide no quejarse.

El banquete duró hasta la medianoche.

Eilidh sonrió durante todo el tiempo. Sonrió cuando el clan desfiló ante la tarima para presentarle sus respetos.

Sonrió cuando Calum le besó la mano y le dijo en voz baja perdonadlo, mi señora, es un idiota, pero es nuestro idiota .

Sonrió cuando Dòmhnall se disculpó por lo de hermano de armas con tanta sinceridad que casi le hizo gracia.

Sonrió cuando bailó con Tormod Munro, que bailaba como un oso pero no le pisó ni una sola vez, y que al terminar le dijo con voz gruñona mi hijo es más tonto que yo, y eso ya es mucho decir .

No sonrió cuando vio a Beatriz.

—¿Lo sabías? —le preguntó, en un rincón del salón.

Beatriz bajó la vista.

—Lo sospechaba. Desde el lago. No estaba segura. —La miró con los ojos llenos de lágrimas—. Esta mañana iba a decírtelo, Eilidh. Te lo juro. Pero entró tu madre y...

Eilidh la abrazó. No le dijo nada. No hacía falta.

No sonrió cuando su madre se acercó a ella al final de la noche.

—Lo sabías desde el primer día.

—Sí. —Fiona no apartó la mirada—. Tiene los ojos de su padre. Los reconocería en cualquier parte.

—¿Por qué no me lo dijiste?

—Porque él quería que lo eligieras sin saberlo. —Fiona le tomó la mano, la del anillo—. Y porque yo quería saber si lo harías.

—No lo he elegido. Me he casado con él por obligación.

Fiona la miró con una ternura infinita.

—Hija mía —dijo—. Anoche, en la colina, de rodillas sobre la hierba, ya lo habías elegido. Eso no te lo quita ninguna mentira.

Eilidh no contestó.

A medianoche, entre risas y gritos y canciones subidas de tono, el clan entero los acompañó hasta la puerta de la torre del laird.

Y la puerta se cerró detrás de ellos.