El pacto de Beinmor Capítulo 12 La víspera
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Capítulo 12 La víspera

—¿A qué juegas, muchacho?

Tormod Munro no levantó la voz. No le hacía falta. Su voz, incluso en un susurro, llenaba la pequeña armería de la torre como el humo llena una cabaña.

Rìghart cerró la puerta a su espalda y se apoyó en ella.

—Buenas noches a ti también, padre.

—No me vengas con esas. —El viejo laird estaba sentado en un banco, con las manos apoyadas en el pomo de su espada, como hacía siempre que estaba enfadado y no quería que se le notara—.

Me llega un mensaje de Niall diciéndome que me calle.

Que no te llame por tu nombre. Que no te salude como a mi hijo.

Llego a tu casa y te encuentro vestido de capitán, sentado a la derecha de tu propia silla, y a tu hermano haciendo el payaso delante de toda la familia Hartwell.

—Golpeó el suelo con la punta de la espada—. ¿A qué juegas?

Rìghart no contestó enseguida. Miró las armas colgadas en las paredes: espadas, hachas, escudos redondos con el ciervo coronado de Beinmor. La mayoría habían sido de su tío.

—Quería conocerla —dijo al fin—. Antes de casarme con ella.

—¿Conocerla? Para eso no hace falta disfrazarse como un juglar.

—Sí hace falta. —Rìghart se apartó de la puerta—.

Si me hubiera presentado en Hartwell como el laird de Beinmor, ella me habría odiado desde el primer momento.

O se habría puesto una máscara. Habría sido educada, sumisa, falsa.

Me habría enseñado a la novia que su padre quería que yo viera, no a la mujer que es.

—¿Y qué mujer es?

Rìghart abrió la boca. La volvió a cerrar.

Tormod lo observó con sus ojos verdes, idénticos a los suyos. Y algo cambió en su cara de cuero viejo. Algo que Rìghart no había visto nunca dirigido a él.

—Ah —dijo el viejo laird despacio—. Ya veo.

—No ves nada.

—Veo que te has enamorado de ella.

Rìghart no lo negó. Tormod soltó un gruñido que podía ser una risa.

—Entonces, ¿cuál es el problema? Mañana es tuya.

—Ese es el problema. —Rìghart se pasó una mano por la cara—. Mañana se casará conmigo porque tú hiciste un juramento con su madre hace diecinueve años. No porque me quiera. No porque me haya elegido. Porque no tiene otro remedio.

—Así se han hecho siempre los matrimonios.

—Lo sé. —La voz de Rìghart se endureció—. Igual que siempre se ha mandado a los hijos pequeños lejos de casa sin preguntarles. Igual que siempre se ha decidido la vida de los demás sin mirarles a la cara.

El silencio que siguió fue tan denso que podría haberse cortado con cualquiera de las espadas de la pared.

Tormod no se movió. Pero Rìghart vio cómo se le tensaban los nudillos sobre el pomo de la espada.

—Así que se trata de eso —dijo el viejo, con voz ronca.

—No se trata de nada.

—Se trata de eso. Llevas veinte años esperando a decírmelo.

—Tormod se levantó despacio, apoyándose en la espada.

Era todavía más alto que su hijo, aunque los años le habían curvado un poco la espalda—.

Te envié con tu tío porque tu madre había muerto y yo no sabía qué hacer contigo.

Porque cada vez que te miraba la veía a ella.

Porque tu hermano tenía once años y ya era el heredero, y tú solo eras un niño triste que me seguía por los pasillos sin decir nada.

—Se le quebró la voz—. Seumas era mejor hombre que yo.

Sabía hacer reír a los niños. Yo nunca supe.

Rìghart se quedó inmóvil.

Nunca había oído a su padre hablar así. Nunca, en veintisiete años.

—Nadie me lo dijo —murmuró.

—No. —Tormod bajó la vista—. Ese fue mi error. No preguntarte. No explicártelo. —Hizo una pausa—. Supongo que es un error de familia.

Se acercó a la puerta. Se detuvo junto a su hijo y, después de un momento de duda, le puso una mano enorme sobre el hombro. Pesaba como una piedra.

—No cometas el mismo error con ella, muchacho —dijo en voz baja—. Pregúntale. Antes de que sea tarde.

Salió de la armería y cerró la puerta tras de sí.

Rìghart se quedó solo entre las espadas de su tío. Tardó mucho tiempo en moverse.

La víspera de San Juan, las Highlands ardían.

Eilidh lo vio desde la muralla al caer la tarde: primero una hoguera en la cima de la colina más cercana, pequeña como una chispa.

Luego otra, en la colina de enfrente. Luego otra, y otra, y otra, hasta que todas las cumbres alrededor del lago estuvieron coronadas de fuego, como si alguien hubiera encendido una corona de estrellas sobre las montañas.

—Es para pedir buena cosecha —le explicó Dougal, que se había convertido en su sombra desde el asalto en el páramo—. Y para alejar a los malos espíritus. Y para que las muchachas encuentren marido. —Se puso rojo—. Aunque vos ya tenéis uno. Casi.

—Casi —repitió Eilidh.

Abajo, en la orilla del lago, la aldea entera se había reunido alrededor de una hoguera enorme.

Había música de gaitas y flautas, había barriles de cerveza, había ovejas asándose en espetones, había niños corriendo y perros ladrando y parejas bailando en círculos que se abrían y se cerraban como pétalos de una flor.

Toda su familia estaba allí. Vio a Alan bebiendo cerveza con Calum y riéndose a carcajadas de algo que el gigante le contaba con grandes gestos.

Vio a Cailean, sentado en una roca con Niall, discutiendo en voz baja con la seriedad de dos obispos.

Vio a su padre y a Tormod Munro, uno al lado del otro, sin hablar, compartiendo una jarra con la desconfianza cordial de dos viejos soldados.

Vio a su madre bailando con Dòmhnall, que la hacía girar y la hacía reír como una muchacha.

Vio a Beatriz, sentada en un tronco junto al fuego, y a Dòmhnall dejando a Fiona en cuanto terminó la danza para ir a sentarse a su lado con una sonrisa que habría derretido la nieve de la gran montaña.

Vio a Isobel, sola, junto a la puerta de la fortaleza, mirándolo todo con una expresión que no supo descifrar.

No vio al capitán.

Lo buscó. Recorrió la orilla con la mirada, una y otra vez, entre las caras iluminadas por el fuego. No estaba.

Y entonces lo supo.

Se dio la vuelta y echó a andar por el sendero que subía hacia la colina de levante, donde ardía la hoguera más alta y más solitaria de todas.

Estaba allí.

Sentado sobre una roca, junto al fuego, con los codos sobre las rodillas y la vista perdida en el valle. Las llamas le iluminaban la cara de un lado y dejaban el otro en sombra, como la noche del huerto de Hartwell, la noche en que la sorprendió intentando escapar.

No se sorprendió al verla llegar. Se limitó a levantar la vista y mirarla, como si la hubiera estado esperando.

—Sabía que estaríais aquí —dijo Eilidh.

—¿Cómo?

—Porque siempre os vais lejos del ruido. Siempre hacéis la primera guardia. —Se acercó al fuego—. Siempre estáis solo.

Él no contestó. Eilidh se sentó en la roca, a su lado. No muy cerca. No muy lejos.

Abajo, la música de las gaitas subía amortiguada por la distancia. La hoguera crepitaba. Las chispas volaban hacia el cielo y se perdían entre las estrellas.

Eilidh había pensado mucho en lo que iba a decir. Lo había ensayado durante toda la tarde, mientras se lavaba el pelo, mientras se vestía, mientras subía por el sendero. Había preparado palabras bonitas, frases ordenadas, argumentos razonables.

No usó ninguno.

—No puedo casarme con él —dijo.

El capitán se quedó muy quieto.

—Me lo prometisteis —siguió ella, mirando el fuego—. En Hartwell. Me dijisteis que si al llegar a Beinmor seguía sin querer al laird, hablaríais con él. Bien. Ya he llegado. Y no lo quiero.

—Ni siquiera lo conocéis.

—No me hace falta. —Eilidh se volvió hacia él—. No puedo jurar ante Dios que seré la esposa de un hombre cuando estoy enamorada de otro.

El silencio cayó sobre la colina como una manta.

El capitán no la miró. Miraba sus propias manos, grandes y llenas de cicatrices, entrelazadas entre las rodillas.

—Eilidh...

—No. Dejadme terminar. Si no lo digo ahora no lo diré nunca.

—Se le aceleró la respiración—. Estoy enamorada de vos.

Desde... no lo sé. Desde el río. Desde la ermita.

Quizá desde el día que me dijisteis que bajaba el codo y yo quise clavaros una flecha.

— Soltó una risa temblorosa—. No sé qué sentís vos.

A veces creo que lo mismo. A veces creo que me odiáis.

Esta última semana no me habéis mirado ni una sola vez.

Y luego os veo con Isobel junto a los establos y...

—No hay nada entre Isobel y yo.

Lo dijo con tanta fuerza que Eilidh se calló de golpe.

El capitán por fin la miró. Tenía los ojos encendidos por el reflejo de la hoguera y por algo más, algo que ardía por dentro.

—Nunca lo ha habido —dijo—. Nunca lo habrá. Esa noche me estaba amenazando.

—¿Amenazando? ¿Con qué?

Él apartó la vista otra vez.

—No importa.

—A mí sí me importa.

—Eilidh...

—Huid conmigo.

Las palabras le salieron solas, sin que ella las hubiera decidido. Se quedaron flotando entre los dos, enormes y absurdas.

El capitán se volvió hacia ella despacio, con una expresión de absoluto asombro.

—¿Qué?

—Esta noche. Ahora. —Eilidh se levantó, temblando—. Todo el mundo está en la hoguera. Nadie se dará cuenta hasta mañana. Cogemos dos caballos y nos vamos. Al norte, al sur, a donde sea. A Irlanda. A Navarra, con la familia de Beatriz. No me importa.

—Vuestro padre...

—Mi padre lo entenderá. Con el tiempo.

—Vuestra madre dio su palabra.

—Mi madre me dijo que viniera a buscaros esta noche. —Eilidh se arrodilló delante de él, sobre la hierba, y le tomó las manos—. Ella lo sabe. Lo ha sabido desde el principio. Me dijo que os dijera lo que siento y que, os contestarais lo que os contestarais, mañana entendería muchas cosas.

El capitán cerró los ojos.

Se quedó así mucho tiempo. Eilidh sintió cómo le temblaban las manos entre las suyas. Vio cómo se le movía la mandíbula, como si estuviera masticando algo muy amargo.

Cuando volvió a abrir los ojos, la miró de una forma que ella nunca olvidaría.

—No puedo huir con vos, Eilidh.

El mundo se le vino abajo.

Soltó sus manos. Se levantó. Sintió las lágrimas subirle a la garganta y las obligó a quedarse allí.

—Ya veo —dijo, con la voz muy firme—. Perdonadme. Me he equivocado.

—No. —Él se levantó también y la agarró del brazo antes de que pudiera darse la vuelta—. No os habéis equivocado. En nada.

—Entonces, ¿por qué?

—Porque no puedo huir de mí mismo.

Eilidh lo miró sin comprender.

Él le soltó el brazo. Le puso las dos manos en la cara, con cuidado, como en la ermita. Le secó con los pulgares una lágrima que se le había escapado sin permiso.

—Mañana —dijo en voz muy baja—. Mañana, ante el altar, lo entenderéis todo. Os lo juro.

—¿Vais a hablar con el laird?

Algo muy extraño cruzó su rostro. Algo a medio camino entre el dolor y la risa.

—El laird ya sabe lo que sentís. Os lo prometo.

—¿Y qué ha dicho?

—Que os quiere más de lo que nunca ha querido a nada en su vida. —Se le quebró la voz—. Y que tiene miedo de que, cuando sepáis la verdad, no le perdonéis.

Eilidh no entendió. Abrió la boca para preguntar.

Y él la besó.

Fue un beso lento, cuidadoso, casi asustado, como quien toca algo que podría romperse.

Sabía a humo y a cerveza de brezo y a sal de lágrimas, no supo de quién.

Duró un instante y duró toda una vida. Y cuando él se apartó, Eilidh se dio cuenta de que tenía los puños cerrados sobre su túnica y que no recordaba cuándo lo había agarrado.

Se miraron, sin aliento. Las chispas de la hoguera volaban alrededor de ellos como luciérnagas.

—Eilidh —susurró él contra su frente—. Pase lo que pase mañana, recordad esto. Esto ha sido verdad. Todo ha sido verdad.

Luego la soltó, se dio la vuelta y se alejó colina abajo, hacia la oscuridad.

Eilidh se quedó sola junto a la hoguera, con los labios ardiendo y el corazón hecho pedazos y entero al mismo tiempo, sin entender absolutamente nada.

Abajo, junto a la gran hoguera, Calum soltó tres monedas en la palma de Niall con un gruñido de profunda injusticia.

—Me has hecho trampas, monje. Dijiste antes de la frontera de Beinmor.

—Dije antes de la boda —replicó Niall, guardándose las monedas con una sonrisa—. La frontera fue tu apuesta, no la mía.

—Ni siquiera lo has visto.

Niall señaló la colina de levante con la barbilla. Allí, recortadas contra la hoguera, se habían visto dos siluetas que, durante un largo momento, habían sido una sola.

—No me hace falta verlo —dijo—. Lo he rezado.

Más tarde, mucho más tarde, cuando las hogueras empezaban a apagarse y la gente de la aldea se retiraba a dormir, dos hombres se encontraron en la sombra del establo, detrás de la fortaleza.

Uno era alto y rubio, y sonreía incluso en la oscuridad.

El otro llevaba el tartán verde y pardo de Beinmor. Era un guerrero de mediana edad, de barba gris y cara picada de viruela, que se llamaba Fergus y que había servido al clan durante más de veinte años. Esa noche no sonreía. Estaba nervioso y no dejaba de mirar por encima del hombro.

—¿Lo has visto? —preguntó Murdoch Craigdhu en voz baja.

—Lo he visto. En la colina. Con ella.

—Bien. —Murdoch se rió suavemente—. Mi hermana tenía razón. El muy idiota se ha enamorado de verdad. Eso lo hace todo mucho más fácil.

—Mi señor, no me gusta esto. Es la esposa del laird. Si algo le pasa...

—Todavía no es su esposa. —Murdoch le puso una bolsa de cuero en la mano.

Sonó a monedas. Muchas—. Y cuando lo sea, será mucho más valiosa.

No te preocupes, Fergus. Nadie va a hacerle daño.

Solo quiero hablar con ella. —Su sonrisa se ensanchó—.

Tengo algo que contarle sobre su madre. Y sobre un viejo amigo de mi padre que tenía un solo ojo.

Fergus miró la bolsa. Tragó saliva. Luego la guardó en su cinturón.

—¿Cuándo?

—Después de la boda. —Murdoch se dio la vuelta para marcharse—. Cuando estén todos borrachos, felices y confiados. Te avisaré.

Se alejó entre las sombras.

Fergus se quedó solo detrás del establo, con la bolsa de monedas pesándole en el cinturón como una piedra. Sobre las colinas, una a una, las hogueras de San Juan se iban apagando.

Y en una ventana de la torre de invitados, una melena rubia se apartó despacio de la cortina.