El pacto de Beinmor Capítulo 11 El laird ausente
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Capítulo 11 El laird ausente

Pasaron las semanas y el laird no apareció.

Eilidh dejó de preguntar al tercer día. Las respuestas eran siempre las mismas: pronto , está en el norte , tiene asuntos que atender , volverá antes de la boda .

Las daban Niall, o Calum, o cualquiera de los guerreros, siempre con la misma prisa y la misma forma de mirar hacia otro lado.

Al cuarto día, Eilidh empezó a sospechar que el laird de Beinmor era un invento, un fantasma, una historia que los escoceses contaban a las novias inglesas para tenerlas entretenidas.

Al quinto día decidió que le daba igual.

Porque Dùn Beinmor, con laird o sin él, estaba lleno de cosas que descubrir.

Descubrió la cocina, donde una mujer enorme llamada Ealasaid hacía el mejor pan de avena que había probado nunca y la echó a escobazos la primera vez que intentó meter la mano en la masa.

Descubrió la herrería, donde el viejo herrero le arregló la punta doblada de una de las flechas de Alan sin cobrarle nada.

Descubrió el lago, sus barcas, sus truchas, sus orillas de piedras lisas donde los niños de la aldea se bañaban chillando a pesar del frío.

Y descubrió a los niños.

La seguían a todas partes. Al principio, a distancia, como una manada de cachorros curiosos.

Luego, más cerca. Una tarde, mientras practicaba con el arco junto a la orilla, un grupo de muchachos de entre ocho y doce años se sentó en las rocas a mirarla.

No dijeron nada. Solo miraban, con los ojos muy abiertos, cada vez que una flecha se clavaba en el tronco del pino que usaba como diana.

Al tercer tiro, Eilidh se volvió hacia ellos.

—¿Queréis probar?

No entendieron las palabras. Pero entendieron el gesto. Media hora después, Eilidh estaba rodeada de una docena de muchachos que se peleaban por el arco, y Dougal, que pasaba por allí, se había quedado a hacer de intérprete con cara de no saber si reírse o huir.

—Dicen que en Beinmor solo los hombres tiran con arco —le tradujo, cuando uno de los mayores protestó—. Que las mujeres no.

—Dile que en Hartwell tampoco —respondió Eilidh—. Hasta que llegué yo.

Dougal lo tradujo. Los muchachos se miraron. Luego, una niña de unos diez años, flaca y pelirroja, que había estado escondida detrás de una roca todo el tiempo, se acercó despacio y tendió la mano hacia el arco.

Eilidh se lo dio.

La niña se llamaba Mòrag, como el ama de llaves, de la que era bisnieta. Falló los cinco primeros tiros. El sexto rozó el tronco. El séptimo se clavó en la corteza con un golpe seco.

Los muchachos se quedaron callados.

La niña miró la flecha. Luego miró a Eilidh. Y sonrió con una sonrisa enorme a la que le faltaban dos dientes.

Aquella noche, cuando Eilidh volvió a su celda del ala este, encontró sus cosas recogidas.

Se quedó en el umbral, sin entender. El arcón estaba vacío. La cama, deshecha. Ni rastro de Beatriz.

—Os he trasladado.

Morag estaba en el pasillo, con las manos cruzadas sobre el delantal y el manojo de llaves colgando del cinturón.

—¿Adónde?

—A la alcoba de la torre sur. Tiene chimenea buena y ventana al lago. —La anciana hizo una pausa—. Los Craigdhu pueden apañarse con menos espacio. Ya se lo he dicho.

Eilidh la miró con asombro.

—¿Por qué?

Morag no contestó enseguida. Se quedó mirándola con aquellos ojillos negros, del mismo modo que el primer día.

—Mi bisnieta dice que tiráis mejor que el herrero —dijo al fin—. Y que no os reísteis de ella cuando falló.

Se dio la vuelta para marcharse. Se detuvo a mitad del pasillo.

—El laird no se casaría con una mujer que se ríe de los niños —añadió, sin volverse—. Ni con una que se rinde cuando la meten en una celda.

Las llaves tintinearon escalera abajo.

El capitán, en cambio, se había vuelto un extraño.

No había cambiado nada, exactamente. Seguía allí, en el castillo.

Lo veía en el patio, entrenando a los hombres.

Lo veía en el salón, sentado a su lado en las comidas, siempre a la derecha de la silla vacía.

Lo veía en la muralla al atardecer, mirando el paso de levante por donde llegaban los caminos de los Craigdhu.

Pero ya no hablaban.

No como en el camino. Él contestaba cuando ella le preguntaba, con frases cortas y educadas. La saludaba por la mañana y le deseaba buenas noches por la noche. Pero en sus ojos había vuelto aquella frialdad cortés de los primeros días, como una puerta que alguien ha cerrado con llave.

Eilidh no sabía qué había hecho mal.

Pensaba en la noche del lago, en su sonrisa tímida, en aquella frase estúpida: si vuestro laird se parece a vos aunque sea un poco . Pensaba en Isobel, en su mano sobre el pecho de él junto a los establos. Pensaba en el puñetazo contra la puerta. Y no entendía nada.

Isobel, por su parte, parecía estar en todas partes.

Aparecía en el salón cuando Eilidh entraba.

Paseaba por el patio cuando Eilidh practicaba con el arco.

Se sentaba a su lado en la capilla, en misa, y le susurraba al oído cosas aparentemente inocentes sobre el laird: lo que le gustaba comer, cómo montaba, la canción que siempre pedía en las fiestas de Beltane.

Cada frase era como un alfiler pequeño, clavado con delicadeza en un sitio que dolía.

—Le encantan las mujeres rubias —le dijo una mañana, mientras salían de misa—. Siempre ha sido así. Desde niño. —Miró el pelo cobrizo de Eilidh con una compasión exquisita—. Pero estoy segura de que hará una excepción.

Eilidh le sonrió.

—Y a mí me encantan los hombres que no dejan que otras mujeres hablen por ellos —respondió—. Espero que él también lo sea.

Isobel siguió sonriendo. Pero no volvió a sentarse a su lado en misa.

La familia de Eilidh llegó dos días antes de San Juan, con la primera luz de la mañana.

La avisaron los cuernos. Eilidh, que estaba en la orilla con los niños, dejó el arco en manos de la pequeña Mòrag y echó a correr ladera arriba con las faldas recogidas, sin importarle el barro, sin importarle nada.

Llegó al patio justo cuando los caballos atravesaban la puerta.

Alan fue el primero en desmontar. Saltó de la silla sin esperar a que el caballo se detuviera, se tambaleó, recuperó el equilibrio y corrió hacia ella con los brazos abiertos.

—¡Lady Faldas!

Eilidh se echó en sus brazos riendo. Detrás de él llegó Cailean, que la abrazó también, con su fuerza tranquila de siempre, y le dijo al oído estás más morena como si fuera lo más importante del mundo.

Luego su padre, que la miró de arriba abajo con ojo de soldado, comprobando que no le faltara nada, y la estrechó contra su pecho sin una palabra.

Y luego su madre.

Fiona no corrió. Desmontó despacio y se quedó de pie en mitad del patio, mirando a su alrededor. Miraba los muros oscuros, la torre, la gran montaña detrás. Tenía los ojos llenos de lágrimas.

—Oh —dijo en voz baja—. Oh, Eilidh. Estás aquí.

—Estoy aquí, madre.

Se abrazaron. Eilidh sintió las lágrimas de su madre mojándole el cuello y no supo si eran por ella o por las montañas, por su hija o por la niña que Fiona había sido una vez en aquellas tierras.

Los Munro llegaron a mediodía.

Eran una veintena de jinetes con tartanes rojos y verdes, y al frente cabalgaban dos hombres que Eilidh supo enseguida quiénes eran, aunque nadie se los presentó.

El más joven tenía unos treinta años. Era alto y de pelo oscuro, como el capitán, pero más ancho de cara y con una sonrisa fácil que le iluminaba todo el rostro.

Saludaba a todo el mundo, gastaba bromas en gaélico a los guerreros y le guiñó un ojo a Beatriz desde el caballo con tanto descaro que la navarra se puso roja hasta la raíz del pelo.

El otro era viejo.

Era enorme, aún más grande que su hijo, con el pelo blanco y largo, la barba blanca y una cara curtida como el cuero viejo.

Cabalgaba muy recto, con una dignidad pesada, como un roble que se niega a caer.

No sonreía. Sus ojos, verdes y fríos como el agua de un lago en invierno, recorrían el patio despacio.

Eilidh los conocía. Eran los ojos del capitán.

Tormod Munro desmontó con la ayuda de su hijo. Se quedó un momento quieto, mirando a su alrededor. Y entonces vio a Fiona.

Nadie dijo nada. El patio entero pareció contener la respiración.

Fiona se acercó despacio. Se detuvo frente al viejo laird. Era mucho más pequeña que él; tenía que levantar la cabeza para mirarlo a los ojos.

—Laird Munro —dijo.

Tormod la miró durante un largo momento. Algo se movió en aquella cara de cuero viejo. Algo muy antiguo, muy enterrado.

—Lady Fiona —respondió, con una voz grave y ronca—. Tenéis mejor aspecto que la última vez que os vi.

—Entonces estaba cubierta de barro y embarazada de siete meses.

—Y llorando.

—Fingisteis no oírme.

—Un hombre de honor no oye llorar a una dama.

Fiona se echó a reír. Y luego, ante el asombro de todos, se puso de puntillas y le dio un beso en la mejilla.

El viejo laird se quedó inmóvil. Después, muy despacio, carraspeó. Sus ojos se volvieron hacia Eilidh.

—¿Esta es?

—Esta es —dijo Fiona.

Tormod se acercó a ella. La miró de arriba abajo. Se detuvo en el broche de plata que llevaba sobre el pecho, su broche, el que había sujetado su tartán durante treinta años. Algo le tembló en la barba.

—Tienes el pelo de tu madre —dijo.

—Y su lengua, me temo —respondió Eilidh.

El viejo laird la miró un momento más. Y luego soltó una carcajada breve, profunda, que sonó como un trueno lejano.

—Bien —dijo—. Bien. La necesitarás.

Se volvió. Y Eilidh vio cómo sus ojos se clavaban en alguien detrás de ella, alguien que acababa de bajar la escalera de la muralla. El capitán.

Tormod Munro y el capitán se miraron por encima del patio. No se acercaron. No se saludaron. Solo se miraron, con aquellos ojos verdes idénticos, como dos lobos viejos que se reconocen en el bosque.

El viejo laird frunció el ceño. Abrió la boca para decir algo.

Y fue entonces cuando el hermano mayor se adelantó, pasó un brazo por los hombros de su padre y dijo en voz bien alta, con una sonrisa radiante:

—¡Padre! ¡Mira qué bien han cuidado a la novia los hombres del laird! ¡Y mira, ahí está el capitán Ruairidh! ¡Cuánto tiempo, hermano!

Eilidh se volvió de golpe.

—¿Hermano?

Hubo un silencio de una fracción de segundo. Luego el hombre sonriente le dio una palmada en la espalda al capitán que habría derribado a un buey.

—Hermano de armas, mi señora. Ruairidh y yo hemos luchado juntos tantas veces que ya no sé dónde empieza él y dónde acabo yo. —Le tendió la mano a Eilidh con una reverencia—. Dòmhnall Munro, laird del Clan Munro, a vuestro servicio. Y bienvenida a la familia.

Eilidh le estrechó la mano. Miró a Dòmhnall. Miró al capitán, que estaba pálido como la cera. Miró a Tormod, que se había quedado mudo y tenía la cara del color de un ladrillo.

Algo no encajaba.

Antes de que pudiera pensar en ello, Alan apareció a su lado, le pasó un brazo por los hombros y se la llevó hacia el salón hablando de lo mal que había comido en el viaje, de lo grande que era el gigante pelirrojo y de si en aquel castillo había algo parecido a una cerveza decente.

Aquella tarde, Eilidh buscó a su madre.

La encontró en la muralla del lago, sola, mirando la gran montaña. El viento le revolvía el pelo cobrizo, que empezaba a tener vetas grises.

—Madre.

Fiona se volvió. Sonreía.

—Es tan hermoso como lo recordaba —dijo—. Más, quizá.

Eilidh se apoyó en el parapeto a su lado.

—Madre, el laird no está.

—Lo sé. Me lo han dicho.

—Llevo semanas aquí y no lo he visto. Nadie sabe dónde está, o nadie quiere decírmelo. Y mañana es la víspera de San Juan.

—Llegará.

—¿Cómo lo sabes?

Fiona la miró. Había algo en sus ojos grises que Eilidh no supo leer. Algo divertido y triste a la vez.

—Porque los hombres de honor siempre llegan a tiempo, hija. Aunque a veces lleguen por el camino más largo.

Eilidh frunció el ceño.

—Madre, ¿tú sabes algo que yo no sé?

Fiona le tomó la mano. La de Eilidh tenía callos nuevos en las yemas de los dedos, de la cuerda del arco, y una pequeña cicatriz en el dorso de cuando se cortó con la aguja en la ermita.

—Sé que has cambiado —dijo Fiona en voz baja—. Lo veo en tu cara. Lo veo en cómo hablas con esa gente, en cómo te miran. Lo veo en cómo miras tú a ese capitán cuando crees que nadie se da cuenta.

Eilidh se quedó helada.

—Madre...

—No digas nada. —Fiona le apretó la mano—. Solo escúchame. Mañana por la noche, cuando ardan las hogueras de San Juan, ve a buscarlo. Y dile lo que sientes. —Sonrió—. Sea lo que sea lo que te conteste, te prometo que pasado mañana entenderás muchas cosas.

—No entiendo nada ahora.

—Lo sé, mi luz. Lo sé.

Fiona la besó en la frente y se marchó escalera abajo, dejándola sola con la montaña.

Eilidh no la vio, pero al pie de la escalera su madre se cruzó con el capitán, que subía.

Se detuvieron frente a frente. Fiona lo miró de arriba abajo, con aquella mirada larga que le había dedicado el primer día en Hartwell.

—Os lo diré solo una vez, Rìghart Munro —dijo en gaélico, en voz tan baja que solo él pudo oírla—.

Mi hija os perdonará muchas cosas. Que le hayáis mentido.

Que la hayáis puesto a prueba. Incluso que la hayáis hecho llorar.

—Se acercó un paso más—. Lo que no os perdonará nunca es que la hayáis creído débil.

El capitán no contestó. Pero Fiona vio en sus ojos verdes exactamente lo que había venido a buscar.

Sonrió, le dio una palmadita en el brazo, como a un sobrino querido, y siguió su camino.