Capítulo 10 Las Highlands
Dùn Beinmor no se parecía a ningún castillo que Eilidh hubiera visto.
No tenía la piedra clara y las torres esbeltas de Hartwell, ni los fosos y puentes levadizos de los castillos normandos que había visitado con su padre.
Era una fortaleza de piedra oscura, casi negra, que parecía haber brotado de la roca del promontorio en lugar de haber sido construida encima.
Sus muros eran gruesos y bajos, sin adornos, con estrechas aspilleras para los arqueros.
La única torre, alta y cuadrada, se alzaba en el extremo que daba al lago, como un centinela que nunca dormía.
A sus pies, desparramada por la ladera hasta la orilla, se extendía la aldea: casas bajas de piedra con tejados de brezo y turba, corrales de ovejas, huertos pequeños, barcas varadas en la grava. El humo de las chimeneas subía recto en el aire quieto de la tarde.
Y toda la aldea había salido a recibirlos.
Eilidh los vio desde lejos, mientras bajaban por la ladera: una multitud que se apiñaba a ambos lados del camino, hombres, mujeres, niños, ancianos, perros. Al principio no entendió qué hacían allí. Luego oyó el sonido.
Era el mismo cuerno grave y antiguo que había oído desde la ventana de Hartwell la mañana de la llegada de los escoceses.
Pero esta vez no sonaba solo. Le respondían otros, desde la fortaleza, desde la aldea, desde las colinas, y el valle entero se llenó de aquel sonido salvaje que le erizó el vello de los brazos.
Luego empezaron los gritos.
La gente gritaba en gaélico, agitaba los brazos, lanzaba flores de brezo y ramas de serbal al paso de los caballos.
Los niños corrían junto a las patas de los animales.
Las mujeres se acercaban a tocar las botas de los guerreros.
Una anciana se abrazó llorando a la pierna de Dougal, que se puso rojo hasta las orejas y la llamó seanmhair , abuela.
Eilidh miró a su alrededor, aturdida.
—¿Siempre los reciben así?
Niall, que cabalgaba a su lado, carraspeó.
—Cuando vuelven de un viaje largo, sí. Somos gente muy... efusiva.
Eilidh observó la multitud con más atención. Y se fijó en algo extraño.
La gente no miraba a los guerreros. O no solo a ellos.
Miraba al capitán. Cada vez que su caballo negro pasaba, las cabezas se inclinaban.
Los hombres se llevaban la mano al pecho.
Algunas mujeres hacían una pequeña reverencia, y luego, de repente, como si alguien les hubiera dado un codazo, se enderezaban y miraban hacia otro lado.
Un niño de unos seis años se plantó delante del caballo negro, con los ojos brillantes de emoción, y gritó a pleno pulmón algo que empezaba por A Thighearna .
Antes de que pudiera terminar, una mujer lo agarró por el cuello de la túnica y lo arrastró hacia la multitud, tapándole la boca con la mano.
—¿Qué ha dicho? —preguntó Eilidh.
Niall tardó un poco en contestar.
—Que bienvenido a casa.
—Ha dicho algo más.
—Es un niño, mi señora. Los niños dicen muchas cosas.
Eilidh miró a Niall. Niall miró al frente con una concentración que no habría desentonado en un monje copiando un evangelio.
Detrás de ella, Beatriz carraspeó de una manera muy significativa.
El patio de la fortaleza era pequeño y empedrado, rodeado de edificios bajos: establos, una herrería, un almacén, la cocina, de la que salía un olor a pan y a carne asada que le hizo rugir el estómago. En el centro había un pozo, y junto al pozo, esperándolos, una pequeña comitiva.
Delante de todos estaba una mujer anciana.
Era menuda, enjuta y muy derecha, con el pelo blanco recogido bajo un pañuelo de lino y un manojo de llaves colgando de un cinturón de cuero.
Tenía la cara arrugada como una manzana de invierno y unos ojos negros, pequeños y brillantes, que se clavaron en Eilidh en cuanto entró en el patio y ya no la soltaron.
—Morag —dijo Niall en voz baja—. El ama de llaves. Lleva aquí desde antes de que naciera el viejo laird Seumas. Gobierna Dùn Beinmor con más mano dura que cualquier laird.
—¿Debo tenerle miedo?
—Todos le tenemos miedo, mi señora. Incluido el... incluido el capitán.
Eilidh desmontó. Se sacudió el polvo de la falda, se colocó bien la capa y, en un impulso que no supo explicar, sacó el broche de plata de debajo del corpiño y volvió a prenderlo sobre el pecho, a la vista de todos.
Luego se acercó a la anciana con la cabeza alta.
—Soy Eilidh Hartwell —dijo—. Os agradezco la bienvenida.
Morag no contestó. La miró de arriba abajo con aquellos ojos negros, despacio, como quien evalúa un trozo de carne en el mercado: el pelo enmarañado por el viento, la cara quemada por el sol, la falda manchada de barro, las botas gastadas, el arco a la espalda.
Se detuvo en el arco un buen rato. Luego en el broche.
Dijo algo en gaélico. Una sola palabra.
— Sassenach.
No lo dijo como Calum. Lo dijo como se escupe una semilla amarga.
Eilidh sintió que se le encendían las mejillas. Detrás de ella, oyó a Calum murmurar algo y a Niall chistarle para que se callara.
Respiró hondo. Pensó en su madre, en las tres frases. Pensó en Cailean diciéndole escucha más de lo que hablas .
Y luego, con la mejor pronunciación de que fue capaz, dijo:
— Tapadh leat , Morag.
La anciana parpadeó.
Fue un parpadeo muy breve. Casi imperceptible. Pero Eilidh lo vio, y vio también cómo los labios finos de Morag se apretaban un poco más, como si estuviera conteniendo algo.
—Gracias por llamarme por lo que soy —añadió Eilidh en inglés, con dulzura—. Es un buen comienzo. Así no tendremos que fingir.
El patio se quedó en silencio. Luego alguien, entre los guerreros, soltó una risa ahogada.
Morag no sonrió. Se dio la vuelta, hizo sonar las llaves y dijo en un inglés áspero pero perfectamente comprensible:
—Seguidme. Os enseñaré vuestra alcoba. Y quitaos esas botas antes de entrar en mi salón.
La alcoba que Morag le asignó estaba en lo alto del ala este, al final de un pasillo frío y estrecho. Era pequeña, con una ventana diminuta que daba a un muro, una cama dura, un arcón y una chimenea apagada que olía a hollín viejo.
Beatriz se quedó en el umbral con la boca abierta.
—Esto no es una alcoba. Es una celda.
—Es temporal —dijo Morag, sin inmutarse—. Hasta la boda. Después, la señora de Beinmor dormirá en la torre del laird.
—¿Y no hay nada mejor mientras tanto?
—Hay alcobas mejores. —Los ojillos negros brillaron—. Pero están ocupadas por los invitados.
—¿Qué invitados? —preguntó Eilidh—. Mi familia todavía no ha llegado.
Morag hizo una pausa. Y por primera vez, algo parecido a la incomodidad le cruzó la cara arrugada.
—Los Craigdhu.
Eilidh no conocía el nombre. Pero lo supo enseguida, por el tono, por la forma en que la anciana apretó las llaves. No eran invitados bienvenidos.
Los conoció esa misma noche, en el gran salón.
Era una estancia larga y alta, con el techo sostenido por vigas negras de humo y una enorme chimenea central en la que ardía un tronco entero.
Las paredes estaban cubiertas de escudos, armas y cornamentas de ciervo.
Había mesas largas de madera, bancos, perros dormitando junto al fuego, y al fondo, sobre una tarima, una mesa más pequeña con una silla de respaldo alto tallada con un ciervo coronado.
La silla del laird. Vacía.
Eilidh la miró durante un largo momento antes de sentarse en el banco que le indicaron, a la derecha de la tarima.
El capitán se sentó a su lado. Había cambiado su ropa de viaje por una túnica limpia de lana oscura y un tartán nuevo, verde y pardo, sujeto al hombro con un broche de hierro sencillo.
Se había afeitado. Se había recogido el pelo con una tira de cuero.
Eilidh lo miró de reojo y pensó, con una punzada de desesperación, que el laird tendría que ser un hombre extraordinario para que ella dejara de mirar a su capitán.
—Lady Eilidh.
La voz llegó desde el otro lado de la mesa, suave como la seda.
Eilidh levantó la vista.
Frente a ella se había sentado una mujer joven, de su misma edad o quizá un par de años mayor.
Era la mujer más hermosa que Eilidh había visto nunca.
Tenía el pelo rubio, casi blanco, recogido en una red de hilo de oro.
La piel pálida como la leche. Los ojos azules, grandes, enmarcados por pestañas oscuras.
Llevaba un vestido de lana fina teñida de azul celeste, con bordados de plata en el escote, y al cuello un collar de perlas de río que debía de valer lo mismo que el ganado de toda una aldea.
—Isobel Craigdhu —se presentó, con una sonrisa perfecta—. Y este es mi hermano, Murdoch, laird del Clan Craigdhu.
El hombre que se sentó a su lado era alto, de hombros estrechos y pelo rubio oscuro, con una barba recortada al estilo normando. Tendría unos treinta años. Era apuesto, de una forma elegante y algo blanda, y sonreía mucho. Muchísimo.
Eilidh recordó de pronto la voz de Cailean en el patio de Hartwell: no te fíes de nadie que sonría demasiado .
—Es un honor, lady Eilidh —dijo Murdoch, inclinando la cabeza—. Hemos oído hablar mucho de vos.
—¿De veras? —Eilidh sonrió también. Podía jugar a aquello—. Yo no había oído hablar de vosotros en absoluto.
La sonrisa de Murdoch se congeló un instante. Luego volvió a su sitio, intacta.
—Somos vecinos de Beinmor. Nuestras tierras empiezan al otro lado del paso de levante. —Hizo un gesto vago—. Vinimos a presentar nuestros respetos a la futura señora. Y a tratar algunos asuntos con el laird. Un pequeño desacuerdo sobre un río.
—Pero el laird no está —dijo Isobel, con un suspiro delicado—. Qué contrariedad. Para vos, sobre todo, lady Eilidh. Llegar a vuestro nuevo hogar y no encontrar a vuestro prometido esperándoos.
—Llegará pronto —dijo Niall, desde el otro extremo del banco, con una rapidez sospechosa—. Antes de la boda.
—Por supuesto. —Isobel giró la cabeza hacia el capitán. Y algo cambió en sus ojos azules. Algo afilado y divertido, como una gata que acaba de descubrir un ratón—. ¿Y vos, capitán? ¿Sabéis cuándo volverá vuestro... laird?
Eilidh notó cómo el capitán se tensaba a su lado.
—Pronto —dijo él, con voz neutra.
—Pronto. —Isobel saboreó la palabra—. Qué impaciente debe de estar.
Yo en su lugar lo estaría. Tanto tiempo lejos de casa.
—Se volvió hacia Eilidh con una sonrisa radiante—.
Conozco al laird desde niña, ¿sabéis? Nuestros padres eran grandes amigos.
Durante muchos años todo el mundo dio por hecho que él y yo...
—Se interrumpió con una risita—. Bueno. Son cosas del pasado. Ahora os tiene a vos.
—Isobel —dijo Murdoch, con un tono de advertencia muy suave.
—¿Qué? Solo le cuento a lady Eilidh cómo es su prometido.
Ella no lo conoce. —Isobel apoyó la barbilla en la mano—.
Es un hombre maravilloso. Fuerte. Valiente.
Un poco serio. —Miró al capitán—. Y muy, muy reservado.
Nunca dice lo que piensa. A veces una tiene la impresión de no saber en absoluto quién es.
El capitán se levantó.
Lo hizo despacio, sin brusquedad, pero el banco crujió y los perros junto al fuego levantaron la cabeza.
—Con vuestro permiso —dijo, sin mirar a nadie—. Tengo que revisar la guardia.
Se alejó por el salón sin volverse.
Isobel lo siguió con la mirada. Luego se volvió hacia Eilidh y sonrió con una dulzura que no le llegó a los ojos.
—Qué hombre tan dedicado a su deber —dijo—. Espero que el laird sepa recompensarlo como merece.
Aquella noche, Eilidh no podía dormir.
La cama de la celda era dura como una tabla, el viento silbaba por las rendijas de la ventana diminuta y Beatriz roncaba suavemente en el jergón de al lado. Pero no era eso lo que la mantenía despierta.
Era Isobel. Su sonrisa. Sus ojos de gata. Durante muchos años todo el mundo dio por hecho que él y yo...
Era la silla vacía en la tarima del salón.
Y era, sobre todo, la forma en que el capitán se había levantado de la mesa. Como si las palabras de Isobel le hubieran clavado un cuchillo entre las costillas, justo al lado de la herida que ella había cosido.
Se levantó. Se echó la capa sobre los hombros y salió al pasillo.
No sabía adónde iba. Solo necesitaba aire.
Encontró una escalera de caracol y subió. Arriba, una puerta pequeña daba a un tramo de la muralla, sobre el lago. La luna llena se reflejaba en el agua negra, y la gran montaña se alzaba detrás, plateada y silenciosa.
Se apoyó en el parapeto y respiró hondo.
Oyó voces. Abajo, en el patio, junto a la puerta de los establos.
Eilidh se asomó con cuidado. Dos figuras hablaban en la sombra. Una era alta, ancha de hombros, con el pelo oscuro recogido. La otra era esbelta, con una melena rubia que brillaba bajo la luna como plata.
El capitán. E Isobel.
Eilidh no pudo oír lo que decían. Hablaban en voz baja, en gaélico.
Pero vio cómo Isobel se acercaba a él, demasiado, y le ponía una mano en el pecho.
Vio cómo él le apartaba la mano con un gesto seco.
Vio cómo Isobel se reía, una risa clara y fría que subió hasta la muralla, y le decía algo más, algo que hizo que el capitán se quedara completamente inmóvil.
Luego Isobel se alejó hacia la torre de invitados, con la cabeza alta y la melena ondeando.
El capitán se quedó solo en el patio. Durante un largo rato no se movió. Luego dio un puñetazo tan fuerte contra la puerta del establo que los caballos relincharon dentro.
Eilidh se apartó del parapeto con el corazón golpeándole las costillas.
No sabía qué había visto. No sabía qué significaba.
Solo sabía que, de repente, Dùn Beinmor le parecía mucho más grande, mucho más frío y mucho más lleno de secretos de lo que le había parecido desde lo alto del paso, aquella tarde dorada en la que el capitán le había dicho bienvenida a casa .
Cuando volvió a su celda, encontró algo sobre el arcón que no estaba cuando se fue.
Un cuenco de barro con leche caliente y miel. Y junto a él, doblada con cuidado, una manta gruesa de lana tejida con los colores del brezo.
No había nadie en el pasillo. Pero al fondo, junto a la escalera, le pareció oír el tintineo lejano de un manojo de llaves.