El pacto de Beinmor Capítulo 9 Lo que no se dice
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Capítulo 9 Lo que no se dice

Se quedaron dos días en la ermita, hasta que el capitán pudo montar sin que se le saltaran los puntos. Luego retomaron el camino hacia el norte.

El paisaje cambió poco a poco, como cambia el rostro de una persona a medida que la vas conociendo.

Las colinas suaves de la frontera se volvieron más altas, más abruptas.

Los páramos de brezo dieron paso a valles profundos con ríos de agua oscura y bosques de pinos que olían a resina.

El cielo se abrió. Por primera vez desde que salieron de Hartwell, el sol brilló durante un día entero, y Eilidh descubrió que en Escocia el sol no calentaba como en Inglaterra, pero iluminaba de una forma distinta, más limpia, como si alguien hubiera lavado el aire.

Cabalgaba al lado del capitán.

No lo había decidido. Simplemente ocurrió. La mañana que dejaron la ermita, él colocó su caballo negro junto a la yegua torda de Eilidh y no se movió de allí. Al día siguiente, igual. Y al otro.

Hablaban. A veces de cosas sin importancia: el nombre de un pájaro, la forma de una montaña, el mejor modo de asar una trucha.

A veces de cosas que importaban mucho. Él le contó cómo se celebraba la fiesta de Beltane en las Highlands, con hogueras en las colinas y el ganado pasando entre las llamas para protegerlo durante el año.

Ella le habló de los veranos en Hartwell, de las tardes de cosecha, de las canciones que su madre le cantaba en gaélico sin traducirle nunca las letras.

—Cántame una —le pidió él una tarde.

—Canto fatal.

—No me importa.

Eilidh cantó. Cantaba fatal, de verdad. Desafinó en la primera estrofa y se le olvidó la mitad de la segunda. Pero cuando terminó, el capitán estaba en silencio, mirando el horizonte, y tenía una expresión tan extraña que Eilidh se preocupó.

—¿Tan mal lo he hecho?

—Es una canción de cuna —dijo él en voz baja—. De estas montañas. Mi madre me la cantaba.

Eilidh no supo qué decir. No sabía que tuviera madre. Nunca la había mencionado.

—¿Vive?

—Murió cuando yo tenía seis años. —Hizo una pausa—. Un año después, mi padre me envió lejos.

No dijo nada más. Pero aquella noche, cuando Eilidh se tumbó junto al fuego, encontró otra vez la manta de más a los pies de su lecho. Y esta vez, al cogerla, notó que estaba hecha con un tartán verde y pardo que conocía muy bien.

Calum y Niall, mientras tanto, llevaban la cuenta.

Eilidh no sabía de qué. Pero los veía cuchichear en gaélico cada vez que el capitán y ella se quedaban rezagados.

Veía a Calum soltar monedas en la palma de Niall con cara de fastidio, y a Niall guardarlas en su bolsa con una satisfacción mal disimulada.

Una vez, cuando el capitán la ayudó a desmontar y se quedó un instante de más con las manos en su cintura, oyó a Calum soltar una maldición y a Niall echarse a reír.

—¿Qué apuestan? —le preguntó a Dougal, que se había convertido en algo parecido a su alumno de tiro con arco.

El muchacho se puso tan rojo que las orejas le brillaron.

—Nada, mi señora.

—Dougal.

—Cosas de hombres, mi señora.

—Dougal, te he enseñado a no bajar el codo. Me debes una.

Dougal miró a Calum, luego a Niall, luego al capitán, que cabalgaba a cierta distancia hablando con uno de los guerreros. Y luego, con la expresión de un mártir que se dirige a la hoguera, murmuró:

—Apuestan por cuándo... por cuánto tardará el capitán en... —Tragó saliva—. En besaros, mi señora.

Eilidh se quedó con la boca abierta.

Dougal espoleó su caballo y salió al galope hacia la cabeza de la columna, como si lo persiguiera el diablo.

Esa noche acamparon junto a un lago.

Era pequeño y redondo, rodeado de pinos y de rocas cubiertas de musgo, y el agua estaba tan quieta que reflejaba las estrellas como un espejo de plata negra.

Los hombres encendieron el fuego en un claro a cierta distancia, y cuando terminaron de cenar, Eilidh y Beatriz pidieron permiso para lavarse.

El capitán envió a Dougal y a otro guerrero a vigilar el sendero, de espaldas, a cien pasos. Luego las dejó solas.

El agua estaba helada. Tan fría que Beatriz chilló al meter el pie y Eilidh tuvo que taparle la boca para que no despertara a todo el valle.

Pero después de tantos días de barro, de lluvia y de sangre, aquel frío fue como un bautismo.

Se lavaron el pelo, se frotaron la piel con arena fina de la orilla hasta dejarla roja, y salieron temblando y riendo a envolverse en las mantas sobre una roca plana que todavía conservaba algo del calor del día.

Se quedaron allí sentadas, muy juntas, mirando el agua.

—Dime la verdad —dijo Beatriz al cabo de un rato.

Eilidh no fingió no entenderla.

—No sé qué me pasa.

—Yo sí.

—No digas tonterías.

—No digo tonterías. —Beatriz se envolvió mejor en la manta—. Te pasas el día cabalgando a su lado. Te ríes con él. Le cantas canciones. Pasaste una noche entera agarrada a su mano. Y cuando te mira, te pones del color de una fresa madura.

—No me pongo del color de una fresa madura.

—Ahora mismo lo estás.

Eilidh se tapó la cara con las manos.

—Es horrible, Beatriz.

—Es maravilloso.

—¡Es horrible! —Bajó las manos y la miró con desesperación—. Voy a casarme con otro hombre. Dentro de unas semanas. Delante de mi familia, de la suya, de todo su clan. Voy a jurar ante Dios que seré su esposa. Y me he... —Se le atascó la palabra—. Me he...

—Enamorado del capitán.

Eilidh no contestó. No hacía falta.

El silencio se extendió sobre el lago. Muy lejos, un búho ululó entre los pinos.

—¿Él lo sabe? —preguntó Beatriz en voz baja.

—No lo sé. A veces creo que sí. A veces creo que siente lo mismo. —Eilidh se abrazó las rodillas—. En la ermita estuvo a punto de besarme. Estoy segura. Si Calum no hubiera entrado...

—Calum tiene un sentido de la oportunidad espantoso.

—Pero luego pienso que no puede ser. Es el capitán del laird.

Su hombre de confianza. Me está llevando a casarme con su señor.

¿Qué clase de hombre haría eso y luego...

? —Sacudió la cabeza—. Y a veces me mira de una forma tan rara.

Como si me estuviera ocultando algo. Como si cada vez que estoy a punto de decirle algo importante, él tuviera miedo de oírlo.

Beatriz se quedó callada mucho tiempo. Cuando volvió a hablar, lo hizo despacio, como quien camina sobre hielo.

—Eilidh. ¿Te has fijado en cómo lo tratan sus hombres?

—¿Qué quieres decir?

—No lo tratan como a un capitán. Lo tratan como... —Dudó—. No sé. Como mi padre trataba al rey Ricardo. Se callan cuando habla. Nadie le discute. Ni siquiera Calum, y Calum le discute todo a todo el mundo.

—Es un buen capitán. Lo respetan.

—Puede ser. —Beatriz no parecía convencida—. Y luego está Niall. El otro día, en la ermita, empezó a decir el laird y se corrigió. Lo oí.

Eilidh frunció el ceño. Ella también lo había oído. Pero había estado tan preocupada por la herida que no le había dado importancia.

—Fue un error. Se le escapó.

—Quizá.

—Beatriz, ¿qué intentas decirme?

Su amiga la miró a los ojos. Abrió la boca. Y luego, para sorpresa de Eilidh, la volvió a cerrar y negó con la cabeza.

—Nada. Son tonterías mías. —Le apretó la mano—. Lo que quiero decirte es esto: el capitán te prometió que, si al llegar a Beinmor no querías casarte con el laird, hablaría con él. ¿No es así?

—Así es.

—Pues cuando llegues, pídele que cumpla su palabra. Dile la verdad. Que no puedes casarte con un hombre al que no amas cuando amas a otro. —Beatriz sonrió con tristeza—. Lo peor que puede pasar es que te diga que no.

Eilidh miró el lago. Las estrellas temblaban en el agua negra.

—Lo peor que puede pasar —dijo despacio— es que me diga que sí. Y que el laird me libere. Y que luego el capitán me mire y me diga que nunca sintió nada.

Beatriz no contestó. Solo le pasó un brazo por los hombros y la atrajo hacia sí.

Se quedaron así mucho tiempo, sentadas en la roca, mientras el frío de la noche bajaba de las montañas.

A trescientos pasos de allí, junto al fuego, Rìghart Munro estaba perdiendo una discusión.

—Díselo —repitió Niall por tercera vez.

—No.

—Díselo esta noche. Antes de que sea tarde.

—He dicho que no.

Niall dejó el pergamino sobre las rodillas. Era la primera vez en años que Rìghart lo veía enfadado de verdad. Tenía las mejillas encendidas y los labios apretados en una línea fina.

—Rìghart, escúchame. Cuando salimos de Beinmor, esto era un juego.

Querías ver cómo era tu prometida sin el título por medio.

Lo entendí. Hasta me pareció sensato. —Señaló hacia el lago con la barbilla—.

Pero ya no es un juego. Esa muchacha te cosió la carne con sus propias manos.

Te sostuvo durante una noche entera de fiebre.

Y te mira como mi madre miraba a mi padre.

Rìghart no contestó. Miraba el fuego.

—Cada día que pasa sin que se lo digas, el engaño se hace más grande —siguió Niall—. Y cuando lo descubra, y lo descubrirá, va a pensar que todo fue mentira. Las canciones. Las conversaciones. La noche en la ermita. Todo.

—No fue mentira.

—Ya lo sé. Pero ella no lo sabrá.

Calum, que estaba tumbado al otro lado del fuego con la pierna herida apoyada en una piedra, soltó un gruñido.

—Tiene razón el monje —dijo—. Por una vez.

Rìghart se pasó una mano por la cara. Le dolía la herida. Le dolía la cabeza. Le dolía algo en el pecho que no tenía nada que ver con ninguna herida.

—¿Y qué le digo? —preguntó al fin, en voz baja—. ¿Que soy el laird? ¿Que la he engañado durante semanas? ¿Que la estuve observando como a un potro en una feria para decidir si valía la pena llevarla a mi casa?

—Algo así. Quizá con otras palabras.

—Y entonces se casará conmigo por obligación. Porque tiene que hacerlo. Porque su madre lo prometió. —Rìghart levantó la vista hacia Niall, y en sus ojos había algo que su consejero no le había visto nunca, ni siquiera el día que murió su tío—. Y yo nunca sabré si me habría elegido.

Niall se quedó callado.

—Ella me dijo en Hartwell que lo peor era que nadie le preguntara —siguió Rìghart—. Que la entregaran como a un fardo. Y yo le prometí que, si al llegar no quería al laird, hablaría con él. —Soltó una risa amarga—. Fue una broma. Una broma estúpida. Pero ahora...

—Ahora quieres que te elija a ti —dijo Niall despacio—. Al capitán. Sin el título.

—Quiero que me elija. —La voz de Rìghart se quebró apenas—. Por una vez en mi vida, quiero que alguien me elija.

El fuego crepitó. En la distancia se oían las risas apagadas de las dos muchachas junto al lago.

Calum se incorporó sobre un codo.

—¿Y si no lo hace? —preguntó, sin rastro de su humor habitual—. ¿Si al llegar a Beinmor se planta delante de ti y te dice que no quiere casarse con el laird? ¿Qué harás entonces?

Rìghart no respondió enseguida.

—Entonces —dijo al fin— cumpliré mi palabra.

No pudo dormir aquella noche.

Cuando las muchachas volvieron del lago, con el pelo mojado y las mejillas encendidas por el frío, se acercó a Eilidh antes de que se tumbara. Había decidido decírselo. Allí mismo. Sin rodeos. Antes de que se le acabara el valor.

—Eilidh.

Ella se volvió. Tenía el pelo suelto sobre los hombros, oscuro de agua, y la luz del fuego le hacía brillar los ojos grises.

—¿Sí?

—Tengo que deciros algo.

Algo cambió en su rostro. Una tensión pequeña, expectante.

—Yo también.

Rìghart se detuvo.

—Vos primero —dijo.

Eilidh dudó. Miró hacia Beatriz, que fingía estar muy ocupada colocando las mantas. Luego volvió a mirarlo a él. Y sonrió. Una sonrisa pequeña, tímida, que él no le había visto nunca.

—Solo quería deciros que... que ya no tengo tanto miedo. De llegar. —Bajó la vista—. Si vuestro laird se parece a vos aunque sea un poco, quizá no sea tan terrible.

Rìghart sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

Abrió la boca. No le salió nada.

—¿Y vos? —preguntó ella—. ¿Qué queríais decirme?

Todas las palabras que había preparado se le deshicieron en la lengua como nieve en el agua. La miró: el pelo mojado, la sonrisa tímida, la confianza que brillaba en aquellos ojos por primera vez.

No pudo.

—Que mañana veremos las montañas de Beinmor —dijo, con la voz ronca—. Que os gustarán.

Eilidh asintió despacio. Algo en su mirada se apagó un poco, como si hubiera esperado otra cosa.

—Buenas noches, capitán.

—Buenas noches, Eilidh.

Ella se tumbó junto a Beatriz. Rìghart volvió al borde del campamento, a su guardia de siempre, y se quedó allí de pie, de espaldas al fuego, mirando la oscuridad.

A su espalda, oyó a Niall suspirar. Un suspiro largo, cansado, de hombre que ve venir la tormenta y no puede hacer nada para detenerla.

Al día siguiente, a media tarde, el camino coronó un paso de montaña y el mundo se abrió delante de ellos.

Eilidh tiró de las riendas sin darse cuenta. La yegua se detuvo. Detrás de ella, Beatriz soltó una exclamación en navarro.

A sus pies se extendía un valle inmenso, verde y dorado, atravesado por un río que brillaba como una cinta de plata.

Al fondo, un lago largo y oscuro se perdía entre las montañas, y sobre el lago, en un promontorio de roca negra, se alzaba una fortaleza de piedra con una torre alta coronada por una bandera que ondeaba al viento.

Detrás de todo, dominándolo todo, una montaña enorme se elevaba hacia el cielo, con la cumbre todavía cubierta de nieve y las laderas manchadas del morado del brezo.

—Beinmor —dijo el capitán a su lado, en voz baja—. La gran montaña.

Eilidh no podía hablar. Nunca había visto nada tan hermoso. Ni tan salvaje. Ni tan parecido a las historias que su madre le contaba junto al fuego.

Miró al capitán. Él no miraba el valle. La miraba a ella, con una expresión tan llena de cosas que no supo descifrar ninguna.

—Bienvenida a casa, Eilidh —dijo.

Y espoleó a su caballo negro ladera abajo, hacia la fortaleza, sin esperar respuesta.