El pacto de Beinmor Capítulo 8 La herida
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Capítulo 8 La herida

Aguantó tres horas.

Eilidh las contó una a una, cabalgando detrás de él, mirando cómo la mancha oscura se extendía por su costado y cómo su espalda, siempre tan recta, se iba inclinando poco a poco hacia el cuello del caballo.

Le dijo a Niall dos veces que había que parar.

Las dos veces, Niall le contestó que el laird...

que el capitán, se corrigió enseguida, no se detendría hasta poner varias leguas entre ellos y el valle.

Que conocía un lugar seguro. Que no faltaba mucho.

Eilidh no se fijó en el tropiezo de Niall. Más tarde pensaría en ello muchas veces. Pero en ese momento solo podía mirar las gotas rojas que seguían cayendo, cada vez más seguidas, sobre el pelo negro del caballo.

El lugar seguro resultó ser una ermita en ruinas, oculta en un pliegue de las colinas junto a un arroyo y un bosquecillo de serbales.

Quedaban en pie tres muros y medio techo de piedra, una pila bautismal llena de agua de lluvia y una cruz de madera carcomida sobre lo que había sido el altar.

A Eilidh le pareció el lugar más hermoso del mundo, porque cuando llegaron, el capitán por fin se detuvo.

Intentó desmontar solo. No lo consiguió.

Se le doblaron las piernas al tocar el suelo y habría caído de bruces si Calum, cojeando todavía, no lo hubiera sujetado por debajo de los brazos. El capitán soltó una maldición en gaélico tan larga y tan colorida que Dougal se santiguó.

—Un rasguño —dijo Eilidh, desmontando a toda prisa—. Eso es lo que dijo. Un rasguño.

—Es un rasguño —gruñó el capitán, con la cara gris.

—Es un rasguño del tamaño de un cerdo.

Calum soltó una carcajada que se convirtió en un gemido cuando apoyó mal la pierna. Entre él y Niall llevaron al capitán dentro de la ermita y lo tumbaron sobre unas mantas, junto a lo que quedaba del altar.

Niall se arrodilló a su lado y le apartó la túnica. Eilidh, que se había quedado en el umbral, vio la herida y sintió que el suelo se movía bajo sus pies.

Era un corte largo y profundo, de un palmo, que empezaba bajo las costillas y bajaba en diagonal hacia la cadera. Los bordes estaban abiertos como una boca y la sangre manaba despacio, oscura, sin parar.

—Hay que coserla —dijo Niall en voz baja.

—Pues cósela —gruñó el capitán.

Niall sacó de sus alforjas una aguja de hueso y un carrete de hilo encerado.

Lo intentó. Pero le temblaban las manos, unas manos largas y finas hechas para el pergamino y la pluma, no para la carne.

Tras el primer intento, el capitán soltó otra maldición y Niall palideció hasta parecer él el herido.

—No puedo —dijo—. Nunca he...

—Apartaos.

Eilidh no supo que lo había dicho hasta que se encontró arrodillada al otro lado del capitán, quitándose la capa y arremangándose el vestido.

Todos la miraron.

—Mi madre cura a todo el castillo Hartwell —dijo, sin levantar la vista—.

Desde que tenía diez años la he ayudado a coser cortes, a sacar flechas y a recolocar huesos.

—Tendió la mano hacia Niall—. La aguja. Y agua hervida.

Mucha. Y el whisky que Calum esconde en la alforja de la mula torda y cree que nadie conoce.

Calum puso cara de profunda ofensa. Luego fue a buscar el whisky.

El capitán no gritó.

Eilidh limpió la herida con agua hirviendo y él apretó los dientes hasta que le crujieron. Vertió el whisky sobre la carne abierta y él arqueó la espalda y clavó los dedos en las mantas, pero no gritó. Le dio el resto del whisky para beber y él se lo tomó de tres tragos, como si fuera agua.

Luego empezó a coser.

Trabajó despacio, con cuidado, como le había enseñado su madre.

Puntada a puntada. Tirando del hilo lo justo para juntar los bordes, ni más ni menos.

Concentrada en la herida, solo en la herida, en la piel y la sangre y la aguja.

Intentando no pensar que esa piel era la de él.

Que bajo sus dedos latía su corazón, deprisa y fuerte.

Que nunca había estado tan cerca de un hombre en su vida.

Tenía cicatrices. Muchas. Una en el hombro, redonda, de flecha. Otra larga y blanca en el antebrazo. Una tercera, pequeña y fea, justo encima del corazón.

—¿Cuántas batallas? —preguntó, sin dejar de coser. Necesitaba hablar de algo. De lo que fuera.

Él tardó en contestar. Tenía los ojos cerrados y la frente perlada de sudor.

—Perdí la cuenta a los diecisiete.

—¿Y esta? —Rozó con la punta del dedo la cicatriz pequeña del pecho.

Él abrió los ojos.

—La primera. Tenía catorce años. —Hizo una pausa—. El día que murió el hombre que me crió.

Eilidh siguió cosiendo. Puntada. Tirón. Puntada.

—¿Qué pasó?

—Un clan vecino atacó nuestras tierras. Él salió a su encuentro con todos sus hombres.

Me ordenó quedarme en la fortaleza, pero no le hice caso.

—Algo parecido a una sonrisa amarga le cruzó la cara—.

Nunca le hacía caso. Lo seguí a escondidas, con una espada demasiado grande para mí.

Cuando llegué, la batalla ya había empezado.

Lo vi rodeado. Corrí hacia él. Un hombre me clavó una daga aquí.

—Se tocó la cicatriz—. Y él se volvió para protegerme.

Eilidh dejó de coser.

—Le atravesaron la espalda con una lanza —dijo él, mirando el techo hundido de la ermita—. Murió en mis brazos. Lo último que me dijo fue que cuidara de su gente. Y que dejara de ser tan terco.

—Lo siento —susurró Eilidh.

—Hice lo primero. Lo segundo todavía no lo he conseguido.

Eilidh se rió sin querer. Fue una risa pequeña y húmeda, y él giró la cabeza para mirarla.

Sus ojos se encontraron. Los de él estaban vidriosos por el whisky y el dolor, pero había en ellos algo cálido, casi tierno, que Eilidh no le había visto nunca.

—Os toca —dijo él.

—¿Qué?

—Una historia. Os he contado la mía. Ahora vos.

Eilidh volvió a la aguja. Puntada. Tirón.

—Le rompí la nariz al hijo del barón de Ferrers.

El capitán parpadeó.

—¿Por qué?

—Me tocó el pelo en la fiesta de la cosecha.

Le dije que no lo hiciera. Lo hizo otra vez.

—Se encogió de hombros—. Tenía doce años.

Mi padre tuvo que pagarle una compensación al barón.

Luego me llevó al establo y yo creí que me iba a castigar.

Pero me enseñó a cerrar el puño correctamente, con el pulgar fuera.

Dijo que la próxima vez le rompería también los dientes.

El capitán se rió.

Fue una risa de verdad, la primera que Eilidh le oía. Grave, ronca, un poco oxidada, como una puerta que no se ha abierto en mucho tiempo. Le sacudió todo el cuerpo y le hizo soltar un gemido de dolor, pero siguió riéndose de todas formas.

—No os riáis —dijo Eilidh, aunque ella también sonreía—. Se os saltarán los puntos.

—Merecería la pena.

Eilidh dio la última puntada. Cortó el hilo con los dientes. Se quedó mirando su obra: una línea larga y limpia de nudos pequeños, tan parejos como los de un bordado de Beatriz.

—Ya está —dijo.

El capitán no miró la herida. La miraba a ella.

— Tapadh leat —dijo en voz baja.

Eilidh sintió que se le calentaban las mejillas.

—Sé lo que significa.

—Lo sé. Os oí repetirlo con vuestra madre. —Hizo una pausa—. Lo pronunciáis bien.

—Mi madre me enseñó tres frases.

—¿Y la tercera?

Eilidh dudó.

—No sé lo que significa. No quiso decírmelo.

Una chispa de curiosidad apareció en los ojos verdes.

—Decidla.

—No.

—¿Por qué?

—Porque me dijo que sabría cuándo usarla. Y con quién. —Eilidh empezó a recoger el hilo y la aguja, sin mirarlo—. Y todavía no lo sé.

El capitán no insistió. Pero cuando Eilidh se atrevió por fin a mirarlo de reojo, vio que estaba sonriendo con los ojos cerrados.

La fiebre llegó al anochecer.

Eilidh lo había temido. Su madre siempre decía que lo peor de una herida no era el corte sino lo que venía después: la fiebre, la carne que se pudría, el veneno que se metía en la sangre. Había visto morir a dos hombres de su padre por heridas más pequeñas que aquella.

No se separó de él.

Niall le ofreció relevarla. Calum también.

Beatriz le suplicó que comiera algo. Eilidh los despidió a todos con la misma frase: estoy bien .

Se quedó sentada junto al capitán, en el suelo de piedra de la ermita, cambiándole los paños húmedos de la frente y obligándolo a beber agua a sorbos pequeños.

Hacia medianoche, empezó a delirar.

Hablaba en gaélico, frases sueltas, palabras que Eilidh no entendía. Se agitaba sobre las mantas. Una vez intentó levantarse, gritando algo que sonaba a una orden de batalla, y Eilidh tuvo que sujetarlo por los hombros con todo su peso hasta que se calmó.

Después se quedó quieto. Respiraba deprisa, con la piel ardiendo bajo sus manos.

Y dijo su nombre.

—Eilidh.

No fue un grito. Fue un susurro, apenas audible, como quien llama a alguien en sueños.

Eilidh se inclinó sobre él.

—Estoy aquí.

Él abrió los ojos. No la veía. Miraba a través de ella, hacia algo lejano.

—No soy... —murmuró—. No soy quien crees.

Eilidh le apartó el pelo empapado de la frente.

—Shh. Es la fiebre. Duérmete.

—Tienes que saberlo. Antes de... —Se le quebró la voz—. Antes de llegar.

—Me lo dirás mañana.

—Mañana me odiarás.

Eilidh se quedó inmóvil.

Durante un instante, algo frío le recorrió la espalda. Una sospecha sin forma, como una sombra en el agua. Pero el capitán volvió a cerrar los ojos y a murmurar en gaélico, y la sombra se deshizo antes de que pudiera mirarla de frente.

Era la fiebre. Solo la fiebre. Los hombres decían cosas absurdas cuando ardían.

Le cambió el paño de la frente. Le tomó la mano. Era grande, áspera, llena de callos, y estaba caliente como una piedra al sol. Él la apretó con fuerza, como un niño que se agarra a su madre en mitad de una pesadilla.

Eilidh no la soltó en toda la noche.

Se despertó con la luz del alba entrando por el techo hundido de la ermita.

Se había dormido sentada, con la espalda contra el altar y la cabeza caída sobre el pecho. Le dolía el cuello. Tenía la mano entumecida.

Porque seguía agarrada a la de él.

Bajó la vista. El capitán estaba despierto. La miraba en silencio, tumbado sobre las mantas, con el rostro pálido y ojeroso pero los ojos limpios, sin el brillo vidrioso de la fiebre.

Eilidh le tocó la frente con la mano libre. Estaba fresca.

—Ha bajado —susurró, y el alivio le salió en un suspiro tan hondo que casi le dolió—. Gracias a Dios. Ha bajado.

—Os habéis quedado toda la noche.

No era una pregunta. Eilidh intentó soltarle la mano, avergonzada. Él no la dejó.

—Alguien tenía que hacerlo —murmuró.

—Niall podría haberlo hecho. O Calum.

—Calum ronca. Os habría despertado.

Algo parecido a una sonrisa apareció en el rostro del capitán. Luego desapareció, y en su lugar quedó una expresión que Eilidh no supo descifrar. Seria. Casi solemne.

—Eilidh —dijo—. Anoche... ¿dije algo?

Ella dudó.

—Hablasteis en gaélico. Casi todo el tiempo.

—¿Y lo demás?

No soy quien crees. Mañana me odiarás.

Eilidh lo miró a los ojos. Vio en ellos algo tenso, expectante, casi asustado. Y por un momento estuvo a punto de preguntar.

Pero no lo hizo. No sabía por qué. Quizá porque tenía miedo de la respuesta. Quizá porque, en aquel momento, con la luz del alba sobre su cara y su mano todavía en la de él, no quería que nada cambiara.

—Nada importante —dijo—. Tonterías de la fiebre.

Él la miró un largo momento. Luego asintió despacio.

Ninguno de los dos se movió.

Estaban muy cerca. Eilidh, inclinada sobre él; él, tumbado, con el rostro vuelto hacia el suyo. Podía ver cada línea de su cara, la sombra de la barba, la cicatriz de la ceja. Podía sentir su aliento, cálido y lento, sobre sus labios.

Él levantó la mano libre. Le rozó la mejilla con el dorso de los dedos, muy despacio, como si temiera romperla.

Eilidh cerró los ojos.

—¡Ruairidh! ¡Por san Columba, estás vivo!

Calum entró en la ermita como un huracán pelirrojo, cojeando, con una sonrisa de oreja a oreja y una olla de gachas humeantes en las manos.

Eilidh se apartó tan deprisa que se golpeó la cabeza contra el altar.

El capitán cerró los ojos y soltó un suspiro largo, muy largo, que sonó a alguien que acaba de perder una batalla.

Calum se detuvo en seco. Los miró a uno y a otro. Su sonrisa se hizo, si cabe, todavía más grande.

—Ah —dijo—. Vaya. ¿Interrumpo?

—Sí —gruñó el capitán.

—No —dijo Eilidh a la vez, poniéndose en pie con las mejillas ardiendo—. No interrumpes nada. Voy a... a ver cómo está Beatriz.

Salió de la ermita casi corriendo.

A su espalda oyó la voz de Calum, en gaélico, alegre como un día de feria. Y la del capitán, contestándole con algo corto y seco que hizo que el gigante estallara en carcajadas.

Eilidh no se detuvo hasta llegar al arroyo. Se arrodilló junto al agua helada y se lavó la cara una, dos, tres veces.

No sirvió de nada.

Seguía sintiendo en la mejilla el roce de aquellos dedos.