El pacto de Beinmor Capítulo 7 Bandidos en el páramo
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Capítulo 7 Bandidos en el páramo

Nadie le dijo nada aquella mañana. Pero Eilidh lo supo igual.

Lo supo por la forma en que los escoceses ensillaron los caballos, en silencio, sin las bromas ni las canciones de los días anteriores.

Lo supo por las espadas, que ya no colgaban a la espalda sino al costado, al alcance de la mano.

Lo supo porque Calum no le guardó el mejor trozo de torta de avena, ni le guiñó el ojo, ni la llamó sassenach.

Se limitó a revisar las cinchas de su yegua con el ceño fruncido y a murmurar algo en gaélico que sonaba a oración.

Y lo supo, sobre todo, por el capitán.

Se acercó a ella cuando ya estaba montada. Tenía ojeras profundas y la ropa todavía húmeda de la lluvia de la noche. No había dormido. Eilidh estaba segura.

—Hoy cabalgaréis en el centro de la columna —dijo, sin preámbulos—. Vos y lady Beatriz. Niall irá delante de vosotras y Dougal detrás. Si algo ocurre, no os separéis de ellos. Pase lo que pase.

—¿Qué va a ocurrir?

Él la miró un momento. Eilidh vio cómo sopesaba la respuesta, cómo decidía cuánto contarle.

—Anoche encontramos huellas junto a la cabaña. Caballos. Muchos. Pasaron a menos de cien pasos de donde dormíamos.

—Reivers —dijo ella.

Una ceja se le arqueó, la de la cicatriz.

—¿Conocéis la palabra?

—Os oí decirla. —Eilidh levantó la barbilla—. No estaba dormida.

Por un instante pensó que la reñiría. Pero el capitán solo asintió, despacio, como si aquello confirmara algo que ya sospechaba.

—Ladrones de la frontera —dijo—. Roban ganado, caballos, lo que encuentren. A veces personas, si creen que alguien pagará por ellas. —Miró el broche de plata sobre su pecho—. Quizá deberíais esconder eso.

Eilidh se llevó la mano al ciervo de plata.

—Mi madre me pidió que lo llevara a la vista.

—Vuestra madre no sabía que hoy cruzaríamos el páramo de Liddesdale.

Eilidh dudó. Luego, despacio, desprendió el broche de la capa y lo prendió por dentro, contra el corpiño, donde nadie pudiera verlo. El metal estaba frío contra su piel.

—¿Mejor así?

—Mejor. —El capitán apoyó la mano en el cuello de su yegua—. Y tened el arco a mano.

Eilidh lo miró sorprendida.

—¿Me lo permitís?

Algo parecido a una sonrisa, la primera en días, le asomó a la comisura de los labios.

—No creo que pudiera impedíroslo.

El páramo de Liddesdale era el lugar más desolado que Eilidh había visto en su vida.

Era una extensión inmensa de brezo pardo y hierba amarillenta, ondulada como un mar quieto, sin un árbol, sin una casa, sin un solo rastro de que los hombres hubieran pasado alguna vez por allí.

El cielo era enorme y gris. El viento soplaba sin descanso, haciendo silbar la hierba.

Y en el horizonte, hacia el norte, las colinas se oscurecían hasta volverse casi negras.

Cabalgaron durante toda la mañana sin ver a nadie.

Poco a poco, Eilidh empezó a relajarse. Quizá las huellas eran de otros viajeros. Quizá los reivers se habían ido en otra dirección. Quizá el capitán se había preocupado por nada, como hacía su padre cada vez que ella salía a cazar sola.

A mediodía, el camino bajó hacia un valle estrecho, encajonado entre dos laderas de roca y brezo. Un arroyo corría por el fondo, entre piedras grandes como casas.

El capitán levantó la mano. La columna se detuvo.

Durante un largo momento, nadie se movió. El capitán miraba las laderas del valle con los ojos entornados, como un halcón que estudia un campo. Calum se había adelantado unos pasos y hacía lo mismo. Eilidh contuvo la respiración sin saber por qué.

El viento silbaba en el brezo. El arroyo murmuraba entre las piedras. Un cuervo graznó en algún lugar.

Y luego, nada.

Demasiada nada.

—Atrás —dijo el capitán en voz baja—. Todos. Despacio.

No llegaron a moverse.

La primera flecha salió de detrás de una roca de la ladera izquierda y se clavó en el cuello del caballo de uno de los guerreros, que se desplomó con un relincho terrible. La segunda pasó silbando junto a la cabeza de Eilidh, tan cerca que sintió el aire en la mejilla.

Y luego el valle se llenó de hombres.

Salieron de detrás de las rocas, de entre el brezo, de debajo de la tierra, como si el páramo entero hubiera estado esperándolos.

Eran veinte, quizá más. Vestían pieles y cueros sucios, llevaban la cara tiznada y empuñaban lanzas, hachas y espadas cortas.

Gritaban algo que Eilidh no entendió, un aullido que le heló la sangre.

El capitán desenvainó.

No gritó una orden. No le hizo falta. Sus hombres ya se habían movido, formando un círculo alrededor de las mujeres y las mulas, con las espadas en alto y los escudos redondos al frente. Fue tan rápido, tan perfecto, que Eilidh comprendió de golpe que lo habían ensayado cien veces.

Niall se colocó delante de ella. Dougal, detrás. Beatriz gritaba algo en navarro que sonaba a plegaria.

El choque llegó como una ola contra las rocas.

Eilidh había visto torneos. Había visto a los caballeros de su padre entrenar en el patio, golpeando con espadas romas y riendo cuando alguien caía. Aquello no se parecía en nada.

Aquello era ruido. Metal contra metal, gritos, relinchos, el sonido sordo y húmedo de las hojas al encontrar carne. Era sangre salpicando el brezo. Era un hombre cayendo junto a su yegua con la cara abierta. Era el olor, el olor espantoso a hierro y a miedo.

Vio al capitán en el centro de todo. Luchaba como Fiona decía que luchaba su padre, como si la espada fuera una prolongación de su brazo, sin un movimiento de más, sin un instante de duda. Un bandido cayó. Otro. Un tercero retrocedió con el brazo colgando.

Vio a Calum, enorme y rugiente, golpeando a diestro y siniestro con un hacha que había sacado de algún sitio.

Y vio, en el mismo instante en que ocurría, cómo el caballo de Calum resbalaba en las piedras del arroyo y caía de costado, arrastrando a su jinete.

Calum quedó en el suelo, aturdido, con una pierna atrapada bajo el animal.

Un bandido se le acercó por la espalda con un hacha levantada.

Eilidh no pensó. Igual que en el río.

El arco ya estaba en sus manos. No recordaba haberlo cogido. La flecha ya estaba en la cuerda, una de las flechas de Alan, de plumas grises. El codo alto.

Soltó.

La flecha atravesó el aire por encima del hombro de Niall y se clavó en el pecho del bandido justo cuando empezaba a bajar el hacha. El hombre se detuvo. Miró la flecha con una expresión de absoluta sorpresa. Y cayó hacia atrás sobre el brezo.

Calum se volvió. La miró desde el suelo, con los ojos muy abiertos.

Eilidh ya tenía otra flecha en la cuerda.

Un bandido había conseguido romper el círculo por el otro lado y había agarrado las riendas del palafrén de Beatriz.

Tiraba de ellas con fuerza, intentando arrastrar al caballo fuera del grupo, mientras Beatriz se aferraba a la silla gritando.

Dougal estaba trabado con otro hombre y no podía ayudarla.

Eilidh se giró en la silla. Apuntó. El bandido estaba demasiado cerca de Beatriz. Un error de un palmo y le daría a ella.

No bajes el codo.

Soltó.

La flecha se clavó en el brazo del bandido, justo por encima del codo. El hombre soltó las riendas con un alarido y retrocedió tambaleándose. Dougal se libró de su rival y lo remató con un golpe de espada.

Eilidh colocó una tercera flecha. Le temblaban las manos. No le importó.

Pero ya no hizo falta.

Los bandidos huían. Habían perdido a más de la mitad de sus hombres y los supervivientes corrían ladera arriba, entre las rocas, dejando atrás armas, caballos y heridos.

El capitán los persiguió unos pasos y luego se detuvo, con la espada goteando, y les gritó algo en gaélico que resonó en todo el valle como un trueno.

Luego se hizo el silencio.

Eilidh bajó el arco despacio.

No sentía nada. Era como si estuviera mirando el valle desde muy lejos, desde lo alto de una torre.

Veía los cuerpos sobre el brezo, los caballos heridos, los escoceses que se movían entre ellos comprobando quién vivía y quién no.

Veía a Beatriz, que lloraba abrazada al cuello de su palafrén.

Veía a Calum, que había conseguido sacar la pierna de debajo del caballo y caminaba hacia ella cojeando.

El gigante se detuvo junto a su yegua. Durante un momento no dijo nada. Solo la miró con aquellos ojos azules que siempre estaban riendo y que ahora no reían en absoluto.

Luego le tomó la mano, la que sujetaba el arco, y se la llevó a la frente. Dijo algo en gaélico, una frase corta y solemne.

—Dice que os debe la vida —tradujo Niall en voz baja, a su lado—. Y que un MacRae nunca olvida una deuda.

Eilidh asintió. No le salían las palabras.

Uno de los bandidos heridos, tirado en el brezo a pocos pasos, gimió. Era un hombre joven, casi un muchacho, con una herida en el vientre que no dejaba lugar a dudas. El capitán se acercó a él con la espada todavía en la mano y se arrodilló a su lado.

Le habló en un dialecto extraño, mezcla de inglés y gaélico. El bandido contestó con voz entrecortada. Eilidh no entendió casi nada. Pero en un momento dado, el muchacho levantó un dedo tembloroso y la señaló a ella.

Y dijo algo que sí entendió.

—La inglesa... del ciervo de plata. El tuerto... pagaba bien.

El capitán se quedó inmóvil.

Le hizo otra pregunta, más dura, más urgente. Pero el muchacho ya no contestó. Tenía los ojos abiertos y fijos en el cielo gris, y Eilidh comprendió que nunca volvería a contestar nada.

El capitán se levantó. Cuando se volvió hacia ella, tenía en la cara una expresión que no le había visto nunca. No era rabia. Era algo mucho más frío.

—Niall —dijo—. Que nadie se separe de ella. Ni de día ni de noche.

—¿Qué ha dicho? —preguntó Eilidh—. ¿Quién es el tuerto?

Pero el capitán no le respondió. Caminó hacia ella, se detuvo junto a su yegua y la miró desde abajo. Durante un largo momento solo la miró. A ella, al arco que todavía tenía en la mano, a las dos flechas que faltaban en el carcaj de Alan.

Y por primera vez desde que lo conocía, no había en sus ojos ni burla, ni frialdad, ni cortesía helada. Solo había algo desnudo y asombrado, como un hombre que ve el mar por primera vez.

—Gracias, Eilidh —dijo en voz baja.

Era la primera vez que la llamaba por su nombre. Sin lady . Sin mi señora . Solo Eilidh.

Algo le dio un vuelco en el pecho.

Abrió la boca para contestar. Y entonces lo vio.

Una mancha oscura en la túnica del capitán, a la altura de las costillas, en el costado izquierdo. Una mancha que se extendía despacio, empapando la lana, y que goteaba por la cadera hasta perderse en el tartán.

—Estáis herido.

Él bajó la vista hacia la mancha como si no supiera de qué le hablaba.

—No es nada.

—Estáis sangrando.

—Un rasguño. —Se apartó de la yegua—. Tenemos que irnos. Pueden volver con más hombres.

Se dio la vuelta y caminó hacia su caballo negro. Lo hizo con paso firme, con la espalda recta, como si nada hubiera ocurrido.

Pero Eilidh vio cómo, al montar, se le escapaba una mueca de dolor que no consiguió disimular. Y vio también las gotas rojas que iba dejando en el brezo a su paso, una tras otra, como un rastro que alguien pudiera seguir.