Capítulo 6 La frontera
Empezó a llover al cuarto día y no paró en tres.
No era la lluvia de Yorkshire, que caía mansa y ordenada sobre los campos de cebada como si pidiera permiso.
Era una lluvia del norte, fría, lateral, empujada por un viento que bajaba de las colinas y se metía por debajo de la capa, por dentro de las mangas, entre los dedos de los guantes.
Una lluvia que no mojaba por fuera sino por dentro, hasta que Eilidh dejó de recordar cómo era estar seca.
El camino se convirtió en un barrizal. Los caballos se hundían hasta los corvejones y salían con un chasquido de succión que sonaba a protesta.
El carro de los baúles se atascó tantas veces que los escoceses acabaron por desengancharlo y repartir la carga entre las mulas y sus propios caballos, lo cual provocó una discusión en gaélico que Eilidh no entendió pero cuyo sentido general le resultó perfectamente claro.
—Dicen que tus vestidos pesan más que una vaca preñada —le tradujo Niall, con mucha amabilidad, cuando ella preguntó.
—Diles que una vaca preñada no huele tan mal como ellos después de tres días de lluvia.
Niall lo tradujo. Los guerreros se echaron a reír. Calum le gritó algo desde la cabeza de la columna que hizo que los demás se rieran todavía más.
—¿Qué ha dicho?
—Que tenéis razón —respondió Niall—, pero que al menos las vacas no se quejan.
Eilidh le dedicó al gigante pelirrojo un gesto que su madre jamás le había enseñado y que había aprendido de los mozos de cuadra a los diez años. Calum lo celebró con una carcajada tan fuerte que su caballo se encabritó.
A su lado, empapada hasta los huesos, Beatriz suspiró.
—Te estás convirtiendo en una de ellos.
—No digas tonterías.
—Hace cuatro días te habrías desmayado si alguien te hubiera hablado de vacas preñadas. Ahora contestas como un soldado.
—Hace cuatro días no llevaba tres sin cambiarme de ropa.
Pero Beatriz tenía razón, y Eilidh lo sabía.
Algo había cambiado desde aquella primera noche junto al fuego.
No sabía exactamente qué. Los escoceses ya no la miraban como a un fardo incómodo, sino con una especie de curiosidad divertida.
Dougal, el muchacho moreno, le había pedido tímidamente que le enseñara a sujetar el arco como ella.
Calum le guardaba siempre el mejor trozo de carne.
Y los demás, aunque seguían llamándola sassenach , lo decían ahora con una entonación distinta, casi afectuosa.
Solo el capitán seguía igual.
Desde la noche del tartán no había vuelto a sentarse a su lado. Cabalgaba al frente, hablaba lo justo y, cuando sus ojos se cruzaban, los apartaba enseguida. La había tratado durante tres días con una cortesía tan exquisita y tan helada que a Eilidh le dolía más que cualquier insulto.
El tartán se lo había devuelto a la mañana siguiente, doblado con cuidado. Él lo había tomado sin una palabra. Desde entonces, cada noche, había encontrado a los pies de su lecho de helechos una manta de lana más que no recordaba haber traído.
No había preguntado de dónde salía. Tenía miedo de la respuesta.
Al mediodía del sexto día llegaron al río.
Eilidh lo oyó antes de verlo: un rugido sordo y constante que fue creciendo a medida que bajaban por una ladera de brezo empapado. Cuando por fin salieron de entre los árboles y lo tuvieron delante, se quedó sin aliento.
Era ancho, mucho más ancho de lo que esperaba, y bajaba crecido por las lluvias, de un color pardo como el café con leche y lleno de remolinos que giraban sobre sí mismos como bestias inquietas.
Ramas enteras pasaban flotando a toda velocidad.
En la otra orilla, a lo lejos, se distinguía un montón de piedras apiladas en forma de pequeña torre.
—El mojón de la frontera —dijo Niall, señalándolo—. Al otro lado está Escocia.
Eilidh miró el río. Luego miró las piedras. Luego volvió a mirar el río.
—¿Y el puente?
—No hay puente.
—¿Y cómo...?
—Hay un vado. —Niall señaló río arriba, donde el agua se ensanchaba y parecía, solo parecía, menos furiosa—. Normalmente el agua llega a la rodilla de un caballo.
—¿Y ahora?
Niall no respondió. Miró hacia el capitán, que se había adelantado hasta la orilla y observaba el agua con los ojos entornados.
Ruairidh volvió despacio hacia el grupo.
—Cruzaremos —dijo—. Uno a uno. Despacio. Calum primero, con una cuerda. La atará a ese pino de la otra orilla. —Señaló un árbol retorcido al otro lado—. Los demás cruzarán agarrados a ella.
—¿Y si no cruzamos? —preguntó Beatriz, con un hilo de voz.
—Entonces esperaremos a que baje el agua. Dos días. Quizá tres. Bajo la lluvia, sin abrigo y sin leña seca. —El capitán la miró—. Vos decidís, mi señora.
Beatriz miró el río. Luego miró las nubes negras, que no daban la menor señal de querer marcharse.
—Cruzaremos —murmuró.
Calum cruzó primero, como había dicho el capitán.
Su caballo, un animal enorme de patas peludas, entró en el agua resoplando y avanzó con paso firme, el agua arremolinándose contra su pecho.
A mitad del río perdió pie un momento y Eilidh contuvo el aliento, pero el animal se recuperó enseguida y siguió adelante.
Cuando llegó a la otra orilla, Calum ató la cuerda al pino retorcido y levantó el brazo en señal de victoria.
Los escoceses cruzaron uno detrás de otro, con las mulas cargadas, agarrados a la cuerda con una mano y a las riendas con la otra. Ninguno vaciló. Era como si lo hubieran hecho mil veces.
Luego le tocó a Eilidh.
Su yegua torda entró en el agua con un estremecimiento. Eilidh sintió el frío subirle por las piernas, a través de las botas y de la falda, como si la mordiera. Se agarró a la cuerda con toda la fuerza de su mano izquierda. Con la derecha sujetó las riendas.
—No miréis el agua —le dijo el capitán desde la orilla—. Mirad la otra orilla. Mirad a Calum.
Eilidh miró a Calum. El gigante le sonreía desde el otro lado, con la barba chorreando, y le hacía señas con la mano como si la estuviera invitando a una fiesta.
Avanzó. Paso a paso. El agua le llegaba a las rodillas, luego a los muslos, luego a la cintura. La corriente tiraba de ella, de la yegua, de la falda, como cien manos invisibles. Pero la cuerda aguantaba. La yegua aguantaba. Ella aguantaba.
Cuando los cascos de la yegua tocaron tierra firme al otro lado, Eilidh sintió ganas de llorar y de reír al mismo tiempo.
—¡Bien hecho, sassenach! —bramó Calum, y la ayudó a desmontar con tanto entusiasmo que casi la tiró al suelo.
Eilidh se volvió hacia el río, todavía temblando, para ver cruzar a Beatriz.
Y entonces todo ocurrió muy deprisa.
El palafrén de Beatriz entró en el agua con los ojos desorbitados y las orejas pegadas al cráneo.
Era un animal de paseo, criado entre prados y caminos de grava, que nunca había visto nada parecido.
Avanzó tres pasos, cuatro, cinco. Y en el sexto, una rama enorme bajó flotando por la corriente y le golpeó de lleno en el pecho.
El caballo se encabritó con un relincho de terror.
Beatriz gritó. Soltó la cuerda.
Y cayó al agua.
Eilidh no pensó. No hubo un momento en que decidiera hacerlo. Simplemente estaba en la orilla y, un instante después, estaba metida en el río hasta el pecho, agarrada a la cuerda con una mano y estirando la otra hacia el remolino pardo donde había desaparecido su amiga.
—¡Beatriz!
Una mano asomó del agua. Un trozo de tela azul. El pelo negro, extendido como alga.
Eilidh se soltó de la cuerda.
La corriente la golpeó como un puño. La arrastró, la hundió, la llenó de agua helada la boca y la nariz. Pataleó a ciegas. Sus dedos tocaron algo, tela, carne, un brazo. Lo agarró con todas sus fuerzas y no lo soltó.
Luego algo la agarró a ella.
Un brazo como una barra de hierro le rodeó la cintura y tiró hacia arriba. Su cabeza salió del agua. Tosió, escupió, respiró. A su lado, Beatriz tosía también, pálida como una muerta, con el pelo pegado a la cara.
—Agarraos a mí —dijo una voz junto a su oído—. A mí. No os soltéis.
Eilidh se agarró. Era el capitán. Estaba metido en el río hasta el cuello, sin caballo, con un brazo enroscado en la cuerda y el otro alrededor de ella, y Eilidh, a su vez, sujetaba a Beatriz por el brazo con una fuerza que no sabía que tenía.
Paso a paso, mano a mano sobre la cuerda, el capitán las sacó del río.
Cuando llegaron a la orilla, Eilidh se derrumbó sobre el barro. Le temblaba todo el cuerpo. A su lado, Beatriz vomitaba agua en la hierba mientras Niall le sujetaba la frente. Los escoceses las rodeaban en un círculo silencioso.
El capitán se puso en pie. Chorreaba agua por todas partes. Tenía el pelo pegado a la cara y los ojos verdes encendidos de una manera que Eilidh no le había visto nunca.
—¿Estáis loca? —le gritó.
Eilidh levantó la cabeza.
—¿Qué?
—¡Os habéis soltado de la cuerda! ¡Os habéis metido en un río crecido sin saber nadar!
—¡Sé nadar!
—¡No en ese río! ¡Nadie sabe nadar en ese río! —Se pasó las manos por el pelo empapado, como si quisiera arrancárselo—. ¡Podríais haberos ahogado! ¡Las dos! ¡Y yo habría tenido que volver a Beinmor a decirle a mi laird que su prometida estaba en el fondo del Esk!
Eilidh se levantó del barro. Le temblaban las piernas, pero se levantó.
—¡Se estaba ahogando! —gritó a su vez—. ¡Beatriz se estaba ahogando! ¿Qué queríais que hiciera? ¿Quedarme en la orilla mirando?
—¡Sí! ¡Eso es exactamente lo que quería!
—¡Pues no soy esa clase de mujer!
—¡Ya me he dado cuenta!
Se quedaron frente a frente, a un palmo de distancia, empapados, temblando, gritándose bajo la lluvia. Los escoceses los miraban sin atreverse a respirar.
—Vos también os habéis tirado —dijo Eilidh, con la voz rota—. Sin cuerda. Sin caballo. Podríais haberos ahogado igual que yo.
—Es distinto.
—¿Por qué?
—Porque yo... —El capitán se detuvo. Abrió la boca, la cerró. Algo pasó por sus ojos, algo violento y desnudo que desapareció enseguida—. Porque es mi deber.
—Y salvar a mi amiga era el mío.
Se miraron. La lluvia les caía por la cara como lágrimas. Durante un instante muy largo, Eilidh pensó que él iba a decir algo más. Que iba a gritarle otra vez. O que iba a hacer otra cosa, algo que no se atrevió a imaginar.
Pero el capitán solo apretó la mandíbula, se dio la vuelta y se alejó a grandes zancadas hacia los caballos.
Eilidh se quedó allí, temblando. Luego se arrodilló junto a Beatriz y la abrazó. Su amiga estaba helada y no paraba de llorar.
—Me has salvado —sollozaba—. Eres una idiota y me has salvado.
—Lo sé.
—Nunca más me subo a un caballo.
—Lo sé.
—Odio Escocia.
—Lo sé, cariño. Lo sé.
Aquella noche durmieron en una cabaña de pastores abandonada, a media legua del río. Era poco más que cuatro paredes de piedra seca y un techo de turba medio hundido, pero tenía una chimenea, y Calum consiguió encender un fuego con una paciencia de santo y la poca leña seca que encontraron dentro.
Eilidh y Beatriz se quitaron la ropa empapada detrás de una manta que los escoceses colgaron de una viga, y se envolvieron en todas las mantas secas que quedaban. Se sentaron junto al fuego, muy juntas, mientras sus vestidos humeaban en el suelo de piedra.
Los escoceses se habían repartido por los rincones. Algunos dormían ya. Otros hablaban en voz baja.
El capitán no estaba.
Eilidh lo buscó con la mirada sin darse cuenta. No lo había visto desde la orilla del río. Ni siquiera durante la cena, una sopa aguada de avena que nadie se había molestado en elogiar.
—Está fuera —dijo Niall, que se había sentado cerca con su pergamino envuelto en un paño encerado—. Haciendo guardia.
—Con esta lluvia.
—Siempre hace la primera guardia. Y después de un día como hoy, creo que también hará la segunda.
Eilidh miró el fuego.
—Me ha gritado.
—Lo he oído.
—Nunca grita.
—No. —Niall dejó el pergamino sobre las rodillas y la miró con sus ojos tranquilos de monje—. En diez años no lo había oído gritar a nadie. Ni a sus enemigos ni a sus hombres. Ni siquiera a su padre, que bien se lo habría merecido alguna vez.
Eilidh frunció el ceño.
—Entonces, ¿por qué a mí?
Niall sonrió. Fue una sonrisa pequeña y un poco triste.
—Esa, mi señora, es una pregunta excelente. Y creo que él también se la está haciendo ahí fuera, bajo la lluvia.
Al otro lado del fuego, Calum, que fingía dormir, abrió un ojo.
—Una moneda a que esta semana se pelean otra vez —le murmuró a Niall en gaélico.
—Dos a que antes de la boda se besan —respondió Niall, sin mirarlo.
Calum soltó una risa sofocada y volvió a cerrar el ojo. Eilidh no entendió lo que habían dicho, pero le pareció que se estaban riendo de ella, y decidió ofenderse por la mañana, cuando no estuviera tan cansada.
Se tumbó junto a Beatriz. Escuchó la lluvia golpear el techo de turba. Pensó en un brazo como una barra de hierro rodeándole la cintura. En una voz junto a su oído diciendo agarraos a mí . En unos ojos verdes encendidos de algo que no era rabia, o no solo rabia.
Porque yo... , había dicho él. Y se había callado.
Eilidh daría cualquier cosa por saber cómo terminaba esa frase.
Poco antes del amanecer, cuando la lluvia por fin empezaba a amainar, la despertó un murmullo de voces junto a la puerta.
Abrió los ojos sin moverse. El fuego se había reducido a unas brasas rojas. En el umbral, recortados contra la luz gris del alba, el capitán y Niall hablaban en voz muy baja.
Eilidh no entendía el gaélico. Pero entendió el tono. Era el mismo que usaba su padre cuando recibía noticias de una incursión en sus tierras.
Niall señaló algo en el suelo, fuera de la cabaña. El capitán se agachó, lo examinó, y cuando volvió a levantarse tenía el rostro más duro que nunca.
Dijo una sola palabra que Eilidh sí reconoció, porque los escoceses la usaban a menudo para referirse a los ladrones de ganado de la frontera.
Reivers.
Luego miró hacia el interior de la cabaña. Sus ojos recorrieron los cuerpos dormidos hasta detenerse en ella.
Eilidh cerró los ojos enseguida y fingió dormir. Pero ya era tarde para conciliar el sueño.
Alguien los estaba siguiendo.