Capítulo 5 Al raso
A media tarde del primer día, Eilidh descubrió que había partes de su cuerpo cuya existencia desconocía.
Sabía montar. Montaba desde que tenía cinco años, mejor que la mayoría de los escuderos de su padre, y había pasado días enteros a caballo cazando con sus hermanos en los bosques de Hartwell.
Pero cazar no era viajar. Cazar era galopar, detenerse, esperar, volver a galopar, y al caer la tarde regresar al castillo para un baño caliente y una cena junto al fuego.
Viajar con los escoceses era otra cosa.
No se detenían. Avanzaban a un paso largo y constante, ni rápido ni lento, que devoraba las leguas sin que pareciera costarles ningún esfuerzo.
Comían sobre la silla, tiras de carne seca y tortas de avena duras como tejas que sacaban de las alforjas.
Bebían de odres de cuero sin desmontar. Y solo se detenían cuando los caballos lo necesitaban, nunca cuando lo necesitaban las personas.
Al principio, Eilidh se negó a quejarse.
Luego se negó a quejarse en voz alta. Hacia la mitad de la tarde, cuando el camino abandonó los campos de cultivo y empezó a subir por las primeras colinas peladas de Northumbria, lo único que le impedía quejarse era la certeza absoluta de que el capitán lo estaba esperando.
Cabalgaba al frente del grupo, sobre su caballo negro, y en todo el día no se había vuelto a mirarla ni una sola vez. Pero Eilidh sabía que la estaba vigilando. Lo sabía como se sabe cuándo alguien está a punto de tocarte el hombro.
—No siento las piernas —le susurró Beatriz, que cabalgaba a su lado con la cara gris—. Creo que se me han caído hace dos leguas.
—Sigues teniéndolas. Te las veo.
—Entonces son de otra persona. Las mías no dolían así.
Eilidh se rió a su pesar. Le dolía hasta la risa.
—Pararemos pronto. Tiene que haber una posada en el próximo pueblo.
Pero no había próximo pueblo. O, si lo había, los escoceses lo rodearon sin entrar.
Eilidh vio pasar a lo lejos el campanario de una iglesia, los tejados de paja de unas casas, el humo de las chimeneas que se elevaba en el aire frío de la tarde.
Y vio cómo el capitán desviaba el caballo por un sendero de pastores que se alejaba de todo aquello, hacia el norte, hacia las colinas cada vez más altas y más desnudas.
Cuando el sol empezó a hundirse detrás de los montes, el grupo se detuvo por fin junto a un arroyo, en un pequeño valle protegido por un bosquecillo de abedules.
Los escoceses desmontaron con la naturalidad de quien llega a su casa.
En un abrir y cerrar de ojos habían desensillado los caballos, recogido leña y encendido un fuego.
Calum sacó de algún sitio una olla de hierro abollada.
Niall se sentó sobre una piedra con su eterno pergamino.
Otros dos guerreros desaparecieron entre los abedules con los arcos al hombro.
Eilidh se quedó sobre su yegua, inmóvil, mirando aquello con incredulidad.
—¿Qué hacen? —preguntó Beatriz, con un hilo de voz.
—Creo —dijo Eilidh, muy despacio— que vamos a dormir aquí.
—No.
—Sí.
—Capitán, había una posada a menos de una legua. La he visto. Tenía un letrero con un jabalí.
—La he visto también.
—¡Entonces volvamos!
Ruairidh siguió cepillando a su caballo negro sin levantar la vista.
—No.
Eilidh había desmontado por fin, con tanta dignidad como le permitían unas piernas que se negaban a obedecerla. Se había plantado delante del escocés con las manos en las caderas y el broche de plata brillando a la luz del fuego.
—Dadme una sola razón.
—Os daré tres. —El capitán dejó el cepillo y la miró—.
Una: en las posadas de la frontera hay más ojos que en un nido de arañas.
Todo el que pase por ahí esta noche sabrá que una dama inglesa viaja al norte con una docena de escoceses, tres baúles y un broche de plata que vale más que la posada entera.
Dos: los ladrones de la frontera también duermen en las posadas.
Y tres... —Hizo una pausa—. Las camas de las posadas inglesas tienen pulgas.
—¡Las camas de las posadas inglesas no tienen pulgas!
—¿Habéis dormido en muchas?
Eilidh abrió la boca. La volvió a cerrar. Lo cierto era que no había dormido en ninguna. Cuando viajaba con su familia, se alojaban en castillos de amigos o en abadías.
—Esa no es la cuestión —dijo al fin.
—Esa es exactamente la cuestión. —Ruairidh volvió a coger el cepillo—.
Dormiréis junto al fuego, mi señora. Os prepararemos un lecho con helechos y mantas.
No es una cama de plumas, pero es más limpio que cualquier jergón de posada y no hay un solo hombre en este valle que no daría su vida por protegeros.
—Qué consuelo.
—Debería serlo.
Eilidh dio media vuelta y se marchó hacia el arroyo antes de decir algo de lo que se arrepintiera. A su espalda oyó una carcajada sofocada que solo podía ser de Calum, y un gruñido del capitán que sonó sospechosamente parecido a una amenaza.
Se arrodilló junto al agua y se lavó la cara.
Estaba helada, tan fría que le hizo daño en las manos, y le despejó la cabeza como una bofetada.
Se quedó allí un rato, mirando su reflejo tembloroso a la luz del crepúsculo: el pelo enmarañado, la cara manchada de polvo, los ojos grises encendidos de rabia.
Si quiere una esposa, tendrá que ganársela , se recordó.
Pero no era el laird el que estaba allí. Era su capitán. Y el capitán no tenía que ganarse nada. El capitán solo tenía que llevarla de un sitio a otro, como un fardo de lana, y hacerle la vida imposible por el camino.
Un movimiento entre los abedules le llamó la atención.
Un conejo. Grande, pardo, sentado sobre las patas traseras al otro lado del arroyo, mordisqueando algo con total despreocupación.
Eilidh se quedó muy quieta. Luego, muy despacio, se llevó la mano a la espalda.
El carcaj de Alan. Las flechas de plumas grises. El arco de tejo, que había atado a la silla de su yegua y que había recuperado al desmontar sin pensarlo, por pura costumbre.
Tensó la cuerda. Mantuvo el codo alto.
Soltó.
Cuando volvió al campamento con el conejo colgando de una mano y el arco en la otra, todas las conversaciones se detuvieron.
Los dos guerreros que habían salido a cazar acababan de regresar con las manos vacías. Uno de ellos, un muchacho moreno que no tendría más de dieciséis años, se quedó mirándola con la boca abierta.
Eilidh dejó el conejo junto a la olla de Calum con un golpe seco.
—Para la cena —dijo—. Ya que vamos a dormir como salvajes, al menos comeremos como cristianos.
Calum miró el conejo. Luego miró la flecha de plumas grises que le atravesaba limpiamente el cuello. Luego la miró a ella.
Y estalló en una carcajada tan enorme que espantó a los caballos.
—¡Por san Columba! —bramó, dándose palmadas en las rodillas—. ¡Ruairidh! ¡Ruairidh, ven a ver esto! ¡La sassenach caza mejor que Dougal!
El muchacho moreno, que debía de ser Dougal, se puso tan rojo como la barba de Calum. Los demás guerreros se echaron a reír y empezaron a decir cosas en gaélico que Eilidh no entendió, pero que sonaban, por el tono, mucho más a admiración que a burla.
El capitán no se rió. Se acercó despacio, se agachó junto al conejo y examinó la flecha.
—¿Desde dónde? —preguntó.
—Desde el otro lado del arroyo.
Él levantó la vista hacia ella. Eilidh esperó el comentario sarcástico, la crítica, la frase sobre los niños de Beinmor de diez años.
No llegó.
—Calum —dijo Ruairidh, sin apartar los ojos de ella—. Prepara ese conejo como si fuera para el rey.
—Ya me has oído, sassenach —dijo Calum, guiñándole un ojo—. Esta noche, cena real.
Eilidh no supo qué contestar. Así que se dio la vuelta, fue a sentarse junto a Beatriz, que la miraba con una sonrisa de oreja a oreja, y fingió estar muy interesada en quitarse el barro de las botas.
—¿Qué significa sassenach ? —le preguntó a Niall, que estaba sentado cerca.
El consejero levantó la vista de su pergamino con una expresión de fingida inocencia.
—Inglesa, mi señora. Extranjera.
—¿Es un insulto?
Niall lo pensó un momento.
—Depende de quién lo diga —respondió—. Y de cómo.
Eilidh miró a Calum, que estaba despellejando el conejo mientras canturreaba algo en gaélico, y que de vez en cuando se volvía hacia ella y le dedicaba una sonrisa enorme y desdentada.
—¿Y cuando lo dice él?
—Cuando lo dice él, mi señora —dijo Niall, volviendo a su pergamino—, es casi un cumplido.
El conejo, guisado con cebollas silvestres y unas hierbas que Calum había encontrado junto al arroyo, fue lo mejor que Eilidh había comido en su vida.
Aunque tal vez fuera el hambre. O el frío.
O la extraña sensación de estar sentada en el suelo, alrededor de un fuego, en mitad de la nada, rodeada de hombres que hablaban una lengua que no entendía y que, por algún motivo, ya no le parecían tan bárbaros como esa misma mañana.
Cuando terminaron de comer, uno de los guerreros sacó una pequeña flauta de hueso y empezó a tocar.
Era la misma melodía lenta y triste que Eilidh había oído desde el huerto de Hartwell la noche de su intento de fuga.
Ahora, a cielo abierto, con las estrellas encendiéndose una a una sobre las colinas, sonaba todavía más hermosa.
Beatriz se durmió enseguida, acurrucada bajo tres mantas sobre un lecho de helechos. Eilidh no podía. Le dolía todo el cuerpo y tenía la cabeza llena de cosas que no sabía ordenar.
Se quedó sentada junto al fuego, con las rodillas contra el pecho, mirando las llamas.
Al cabo de un rato, alguien se sentó a su lado.
No necesitó mirarlo para saber quién era. Ya reconocía su olor: humo, cuero, musgo después de la lluvia.
—Deberíais dormir —dijo el capitán.
—No tengo sueño.
—Mañana será más largo que hoy.
—Entonces dormiré mañana. Sobre el caballo. Como hacéis vosotros.
Algo que podía ser una risa le salió a él por la nariz. Eilidh lo miró de reojo, pero su rostro, a la luz del fuego, seguía tan serio como siempre.
Estuvieron un rato en silencio. La flauta seguía sonando al otro lado de las llamas.
Eilidh tenía frío. Se había puesto la capa de lana, pero el aire de las colinas se colaba por todas partes y le subía desde el suelo como agua helada. Intentó que no se le notara. Apretó los dientes para que no le castañetearan.
No lo consiguió.
Sin decir nada, el capitán se desprendió del tartán que llevaba sobre los hombros y se lo echó por encima.
Eilidh se quedó inmóvil.
Era una tela gruesa y áspera, de lana sin teñir mezclada con hilos verdes y pardos, y estaba caliente, increíblemente caliente, con el calor del cuerpo de él todavía atrapado en sus pliegues. Olía a humo y a cuero y a musgo húmedo. Olía a él.
—No lo necesito —dijo, con la voz más débil de lo que habría querido.
—Lo sé.
—Vos tendréis frío.
—Soy escocés.
Eilidh no supo si aquello era una broma. Decidió no preguntar. Se arrebujó en el tartán y sintió cómo el calor le iba entrando en los huesos, poco a poco, como el vino especiado de Beatriz.
—Contadme cómo es —dijo, sin mirarlo.
—¿Quién?
—Vuestro laird. Mi... —Se le atascó la palabra—. El hombre con el que voy a casarme. Habladme de él.
El capitán tardó tanto en responder que Eilidh pensó que no iba a hacerlo.
—Es testarudo —dijo al fin.
—Eso ya lo había supuesto.
—Es serio. Demasiado, dicen algunos. Tenía catorce años cuando le pusieron un clan entero sobre los hombros, y desde entonces no ha tenido mucho tiempo para reír.
—¿Es cruel?
—No. —La respuesta fue inmediata y firme—. Es duro. Pero no cruel. Hay una diferencia.
—¿Cuál?
—Un hombre duro te dice la verdad aunque te duela. Un hombre cruel te hace daño aunque no haga falta.
Eilidh pensó en aquello un momento.
—¿Es guapo?
Esta vez, el sonido que salió de la nariz del capitán fue claramente una risa.
—No lo sé, mi señora. Nunca me he fijado.
—Mentís.
—Un poco. —Se encogió de hombros—. Las mujeres de Beinmor dicen que no está mal. Pero también dicen que ronca.
Eilidh se rió. No quería, pero se rió, y la risa le salió fresca y clara en la noche, tanto que el flautista se detuvo un momento a mirarla antes de seguir tocando.
—¿Y vos? —preguntó, cuando se le pasó—. ¿Tenéis familia, capitán?
Lo sintió tensarse a su lado. Fue un movimiento casi imperceptible, pero lo notó.
—Un padre. Un hermano mayor.
—¿Os lleváis bien con ellos?
—Con mi hermano, sí.
—¿Y con vuestro padre?
El capitán miró el fuego durante un largo rato. Las llamas se reflejaban en sus ojos verdes y les daban un brillo extraño, casi dorado.
—Mi padre me envió lejos cuando era niño —dijo al fin—. Con un tío. Para que me hiciera un hombre. —Hizo una pausa—. Supongo que lo consiguió. Pero no recuerdo que me preguntara nunca si quería irme.
Eilidh lo miró. Aquel perfil duro, iluminado por el fuego. La cicatriz de la ceja. La mandíbula apretada.
Quizá lo entienda más de lo que creéis.
—Lo siento —dijo en voz baja.
Él se volvió a mirarla, sorprendido. Durante un instante, sus rostros estuvieron tan cerca que Eilidh pudo ver cada una de las motas oscuras en el verde de sus ojos.
Luego él apartó la vista y se puso en pie.
—Dormid, mi señora —dijo, con la voz más áspera que antes—. Yo haré la primera guardia.
Se alejó hacia el borde del campamento, donde la luz del fuego se perdía entre los abedules, y se quedó allí de pie, de espaldas, inmóvil como una piedra más del valle.
Eilidh se tumbó sobre los helechos, junto a Beatriz. Se tapó con la manta. Y luego, sin pensarlo demasiado, se tapó también con el tartán.
Se durmió casi enseguida. Lo último que vio antes de cerrar los ojos fue la silueta del capitán recortada contra las estrellas, sin capa, sin abrigo, vigilando la noche.
Y lo último que pensó fue que, después de todo, quizá él sí tuviera un poco de frío.