El pacto de Beinmor Capítulo 4 La palabra de una madre
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Capítulo 4 La palabra de una madre

Los tres días siguientes pasaron como pasan las tormentas de verano: deprisa, con mucho ruido y dejándolo todo empapado.

El castillo entero se volcó en los preparativos.

Las criadas cosían a toda prisa vestidos de lana gruesa, porque Fiona insistía en que la seda no servía de nada en las montañas.

El mayordomo contaba y recontaba los baúles del ajuar.

Los mozos de cuadra herraban a la yegua torda de Eilidh y al palafrén de Beatriz, que nunca había hecho un viaje más largo que el de la feria de York y que, según el mozo mayor, iba a llegar a Escocia cojo o muerto.

Los escoceses, mientras tanto, observaban todo aquello con una paciencia que rozaba la burla.

—Tres baúles —le oyó decir Eilidh a Calum, el gigante pelirrojo, mientras pasaba junto al establo—. Tres. ¿Qué lleva ahí dentro? ¿Las piedras del castillo?

—Vestidos —respondió Niall, sin levantar la vista de un arnés que estaba reparando.

—¿Para qué necesita tantos vestidos una mujer? Solo tiene un cuerpo.

Eilidh se detuvo, se dio la vuelta y le dedicó al gigante una sonrisa tan dulce que Calum dejó de reírse en el acto.

—Para cambiarme cada vez que uno de vosotros me salpique de barro, señor MacRae. Calculo que con tres baúles tendré para la primera semana.

Niall soltó una carcajada. Calum se puso tan rojo como su barba.

Eilidh siguió su camino con la cabeza alta y no se volvió, pero oyó perfectamente la voz grave del capitán, que debía de estar en algún rincón del establo que ella no había visto.

—Te lo advertí, Calum.

—No me advertiste que mordía.

—Te advertí que tenía dientes.

La víspera de la partida, su madre la llamó a su alcoba.

Era la estancia más cálida del castillo.

Fiona había colgado en las paredes tapices de colores vivos, verdes y morados, que había ido tejiendo a lo largo de los años con los mismos tonos que recordaba de su infancia.

Había un brasero encendido en un rincón, una jarra de vino especiado sobre la mesa y, sobre la cama, un pequeño cofre de madera oscura con herrajes de latón.

Eilidh lo reconoció de inmediato. Llevaba toda la vida viéndolo sobre el arcón de su madre. Nunca había querido abrirlo.

—Siéntate —dijo Fiona.

Eilidh se sentó en el borde de la cama. Su madre se sentó a su lado, tomó el cofre sobre las rodillas y lo abrió con una llave pequeña que llevaba colgada al cuello.

Dentro, sobre un lecho de terciopelo descolorido, había un broche de plata.

Era más grande de lo que Eilidh había imaginado, del tamaño de la palma de su mano.

Redondo, con un borde trenzado como una cuerda, y en el centro, finamente grabada, la cabeza de un ciervo con una corona de astas tan alta que casi tocaba el borde.

La plata estaba gastada en algunas partes, como si muchos dedos la hubieran acariciado durante muchos años.

—Es el broche de Tormod Munro —dijo Fiona—. Me lo dio la noche del juramento. Llevaba toda su vida sujetando su tartán con él.

Eilidh no lo tocó.

—Me lo has contado muchas veces, madre.

—Te he contado la historia. —Fiona sacó el broche del cofre y lo sostuvo a la luz del brasero—. Pero nunca te he contado cómo me sentí.

Eilidh levantó la vista.

Su madre tenía la mirada perdida en el ciervo de plata, y en su rostro había algo que Eilidh no le había visto nunca. Algo frágil y muy antiguo, como una vasija de barro que alguien ha pegado con cuidado y que todavía tiene las grietas a la vista.

—Tenía tanto miedo, Eilidh —dijo en voz baja—. Nunca he tenido tanto miedo en mi vida. Ni antes ni después. Los hombres de tu padre cayeron delante de mí, uno a uno, y yo no podía hacer nada. Solo agarrarme el vientre y rezar. Y cuando aquel bandido se acercó al carro...

Se detuvo. Tragó saliva.

—Tenía un ojo cerrado. Una cicatriz vieja, de arriba abajo, que le había cosido el párpado.

Y cuando el laird lo obligó a huir, se volvió a mirarme.

No te imaginas aquella mirada. Era como si me odiara personalmente.

Como si yo le hubiera robado algo. —Fiona se estremeció—.

Durante años soñé con ese ojo. Todavía hoy, a veces, me despierto con él.

—Madre...

—Y entonces bajaron por la ladera. —La voz de Fiona cambió.

Se volvió más cálida, más fuerte—. Oí el grito antes de verlos.

Un grito de guerra en la lengua de mi padre.

Y te juro, hija, que en ese momento te noté moverte.

Fue una patada tan fuerte que casi me doblé en dos.

Como si tú también lo hubieras oído. Como si lo reconocieras.

Eilidh sintió un nudo extraño en la garganta.

—Aquel hombre me llevó en su caballo durante dos días bajo la lluvia —siguió Fiona—.

No me tocó más de lo necesario. No me hizo una sola pregunta indiscreta.

Cuando lloraba, fingía no oírme. Cuando tenía hambre, me daba su propia comida.

Y cuando le ofrecí oro, se rió de mí. —Sonrió—.

Se rió de mí con tanta amabilidad que me dieron ganas de abrazarlo.

—Y por eso me prometiste a su hijo.

—Te prometí a su hijo porque quería que tuvieras eso.

—Fiona le tomó la mano—. Un hombre que baja por una ladera contra diez bandidos para salvar a una desconocida.

Un hombre que sabe lo que vale el honor y que no necesita oro para cumplirlo.

Quería que vivieras entre gente así. En la tierra donde yo nací y que tuve que dejar para casarme.

Eilidh miró sus manos unidas. Las de su madre estaban ásperas de trabajar en el jardín, con una pequeña quemadura en el pulgar que se había hecho el invierno pasado.

—¿Y si su hijo no se parece a él? —preguntó—. ¿Y si es cruel? ¿O frío? ¿O tonto?

Fiona la miró durante un largo momento. Y luego, para sorpresa de Eilidh, se echó a reír.

—Ay, hija. Me parece que no tienes que preocuparte por eso.

—¿Qué quieres decir?

—Nada. —Pero había algo travieso en sus ojos grises, algo que se parecía mucho a la mirada de Alan cuando escondía una rana en la cama de alguien—.

Solo que los hombres más callados suelen ser los que más tienen que decir.

Y que, a veces, para conocer a una persona, hay que mirarla cuando cree que nadie la mira.

Eilidh frunció el ceño.

—¿Hablas del laird o del capitán?

Fiona no contestó. En lugar de eso, tomó el broche de plata, desabrochó el que sujetaba la capa de lana que Eilidh llevaba sobre los hombros y prendió en su lugar la cabeza de ciervo.

El metal estaba tibio por el calor del brasero. Pesaba más de lo que parecía.

—Llévalo puesto durante el viaje —dijo su madre—. Que todo el mundo en el norte sepa bajo la protección de quién viajas.

—Madre, no...

—Hazlo por mí.

Eilidh miró el ciervo de plata sobre su pecho. Luego miró a su madre. Y por primera vez desde que había llegado la carta, en lugar de rabia, sintió algo distinto. Algo parecido a la ternura, mezclado con una tristeza tan profunda que le dolían los huesos.

—Te echaré de menos —susurró.

Fiona la abrazó. La abrazó como cuando era pequeña y se despertaba de una pesadilla, con fuerza, meciéndola un poco, con la barbilla apoyada en su pelo.

—Y yo a ti, mi luz. Y yo a ti.

Antes de que Eilidh se marchara, su madre le enseñó tres frases en gaélico. Le hizo repetirlas una y otra vez hasta que las pronunció sin tropezar.

Tapadh leat : gracias.

Tha mi duilich : lo siento.

Y una tercera, que Fiona se negó a traducir.

—Ya sabrás cuándo usarla —dijo, con aquella sonrisa secreta—. Y ya sabrás a quién.

Alan la estaba esperando en el pasillo, sentado en el suelo con la espalda contra la pared y algo envuelto en un paño sobre las rodillas.

—Por fin —dijo, y se levantó de un salto—. Pensaba que madre te iba a tener ahí dentro hasta la boda.

—¿Qué haces aquí?

—Esperarte, tonta. —Le tendió el paquete con un gesto brusco, como si le quemara—. Toma. Antes de que me arrepienta.

Eilidh deshizo el nudo del paño. Dentro había un carcaj nuevo de cuero curtido, teñido de verde oscuro, con un ciervo pequeño grabado a fuego en la tapa. Y dentro del carcaj, dos docenas de flechas con plumas de ganso gris, rectas como rayos de sol, con las puntas de acero recién forjadas.

—Las he hecho yo —dijo Alan, mirando al techo—. Bueno, las puntas las hizo el herrero. Pero el resto lo he hecho yo. Me ha costado un mes. Me he clavado cuarenta astillas. Así que más te vale no perderlas.

Eilidh lo miró. Su hermano pequeño, el que le había llenado las botas de ranas, el que le había cortado una trenza mientras dormía, el que la llamaba lady Faldas desde que tenía nueve años.

Le echó los brazos al cuello.

—Para —protestó Alan, con la voz rara—. Para, que me ahogas. Que me vas a hacer llorar y luego Cailean se reirá de mí.

—Cailean no se ríe nunca.

—Precisamente. Imagínate si empieza conmigo.

Eilidh se rió contra su hombro. Tenía los ojos llenos de lágrimas y no le importó.

—Gracias, Alan.

—De nada. —Le dio unas palmaditas torpes en la espalda—. Y si ese laird te trata mal, me escribes. Iré al norte y le meteré una de esas flechas por donde no le da el sol.

Partieron al amanecer.

La niebla cubría todavía los campos de cebada cuando el grupo se reunió en el patio.

Los escoceses ya estaban montados, inmóviles sobre sus caballos peludos, con los tartanes húmedos de rocío.

Los tres baúles del ajuar iban atados en un carro tirado por dos mulas, que conduciría un carretero de Hartwell.

Beatriz, envuelta en tantas capas que apenas se le veía la nariz, intentaba convencer a su palafrén de que se estuviera quieto.

Toda la familia había bajado a despedirla.

Cailean fue el primero. Le tomó las manos con sus manazas de espadachín y la miró con su seriedad de siempre.

—Tienes la daga —dijo. No era una pregunta.

—En la bota.

—Bien. —Hizo una pausa larga, como si buscara las palabras—. Escucha más de lo que hablas. Observa antes de juzgar. Y no te fíes de nadie que sonría demasiado.

—El capitán no sonríe nunca.

—Entonces quizá sea de fiar.

Luego la abrazó, rápido y fuerte, y se apartó antes de que ella pudiera verle la cara.

Su padre esperó hasta el final. Cuando Eilidh se acercó, le tomó el rostro entre las manos, como en la capilla, y la miró durante tanto tiempo que ella creyó que no iba a decir nada.

—Eres una Hartwell —dijo al fin—. Nunca lo olvides. Pero también eres hija de tu madre. Y eso, en el norte, quizá cuente más.

Le dio un beso en la frente y se apartó.

Eilidh buscó a John con la mirada. Estaba en la muralla, en su puesto de guardia, con la lanza en la mano. No había bajado. Cuando sus ojos se encontraron, él levantó la mano en un saludo torpe, y Eilidh vio que tenía la cara muy pálida y los ojos rojos.

Le devolvió el saludo. Tha mi duilich , pensó. Lo siento. Pero no lo dijo en voz alta.

Montó en su yegua. Se colocó la capa sobre los hombros y el broche de plata brilló bajo la luz gris del amanecer.

Fue entonces cuando el capitán se acercó.

Venía a revisar las cinchas, como había hecho con todos los caballos del grupo. Comprobó la de la yegua, tiró de las correas del estribo y levantó la vista hacia ella para decir algo.

Y se quedó inmóvil.

Eilidh vio cómo sus ojos verdes se clavaban en el broche. Vio cómo se le tensaba la mandíbula. Vio cómo, durante un instante, su rostro de piedra se descomponía en algo que no supo nombrar: sorpresa, quizá, o reconocimiento, o una emoción más honda que ninguna de las dos.

—¿Ocurre algo, capitán?

Él tardó en responder.

—Ese broche.

—Era del padre de vuestro laird. Se lo dio a mi madre la noche del juramento. —Eilidh levantó la barbilla—. ¿No os gusta?

El capitán alargó la mano. Durante un momento, Eilidh creyó que iba a tocarlo. Pero se detuvo a un palmo de la plata y la retiró despacio.

—Lo llevaba siempre —dijo, en voz tan baja que casi no lo oyó—. Cuando yo era niño.

—¿Conocisteis al viejo laird?

Él levantó la vista. Y en ese instante, por primera vez, Eilidh tuvo la sensación de que el capitán había estado a punto de decirle algo importante, algo que le pesaba en la lengua como una piedra.

No lo dijo.

—Todo el mundo en las Highlands conoce a Tormod Munro —respondió, y su rostro volvió a cerrarse como una puerta—. Llevadlo con orgullo, mi señora. Os abrirá más caminos que cualquier espada.

Se alejó hacia su caballo negro sin una palabra más.

El cuerno sonó. El grupo se puso en marcha.

Eilidh atravesó la puerta del castillo Hartwell sin mirar atrás. Lo había decidido la noche anterior: si miraba atrás, no sería capaz de seguir.

Pero al llegar al recodo del camino, donde los robles ocultaban la colina, no pudo evitarlo.

Se volvió.

Allí estaba, sobre su colina, el castillo de piedra clara donde había nacido.

Las banderas con el ciervo y el pozo ondeaban en las torres.

En la muralla, muy pequeñas, distinguió las figuras de su familia: su padre, alto y recto; su madre, con el pelo cobrizo suelto al viento; sus hermanos, uno a cada lado. Alan agitaba los brazos como un loco.

Eilidh levantó la mano.

Luego los robles se cerraron detrás de ella, y el castillo desapareció.