Capítulo 3 Una prueba de carácter #2
—No tenéis ningún derecho a retenerme.
—Mi laird me ordenó llevaros a Beinmor sana y salva. —Ruairidh dio un paso hacia ella—. Eso me da todo el derecho del mundo.
Eilidh se agachó, sacó la daga de la bota y se la puso delante.
El capitán se detuvo. Miró la daga. La miró a ella. Y entonces, para su absoluta indignación, Eilidh vio que estaba a punto de sonreír.
—Buena hoja —dijo.
—Dad un paso más y comprobaréis lo buena que es.
—No lo dudo. —No se movió—. Pero pensad antes en lo que vais a hacer después. Supongamos que me herís. Supongamos que salís por el establo, robáis un caballo y llegáis a York. ¿Y luego?
—Luego la abadesa me dará asilo.
—Durante una semana. Quizá dos. Hasta que vuestro padre llegue con sus hombres.
—Inclinó la cabeza—. O hasta que llegue mi laird con los suyos, que son más.
¿Sabéis lo que pasará entonces? Vuestro padre tendrá que elegir entre entregaros o romper el juramento de vuestra madre ante todos.
Y mi laird tendrá que elegir entre olvidar la ofensa o vengarla.
Ninguno de los dos podrá echarse atrás sin perder el honor.
—Su voz bajó—. Y entre dos hombres que no pueden echarse atrás, mi señora, solo hay sangre.
Eilidh notó que le temblaba la mano. La obligó a quedarse quieta.
—Y luego está vuestro guardia —siguió él, implacable—. Vuestro padre lo colgará por raptaros. Aunque le supliquéis. Aunque le juréis que fue idea vuestra. Porque si no lo hace, todos sus hombres sabrán que pueden llevarse a su hija de noche y quedar impunes.
El silencio del huerto se volvió enorme. Muy lejos, los escoceses habían dejado de cantar.
Eilidh bajó la daga.
No porque él se lo hubiera pedido. Sino porque, por primera vez desde que había empezado a planear la huida, se imaginó a John con una soga al cuello en el patio, rojo y asustado como esa misma mañana, y supo que el escocés tenía razón.
—No había pensado en eso —dijo, con la voz más pequeña de lo que habría querido.
—Lo sé.
—No lo digáis así.
—¿Cómo?
—Como si fuera una niña.
Ruairidh la miró durante un largo rato. Luego, inesperadamente, se sentó otra vez sobre el brocal del pozo, como si de repente estuviera cansado.
—No creo que seáis una niña —dijo—. Creo que tenéis miedo. Y que el miedo os hace valiente y estúpida al mismo tiempo. —Se encogió de hombros—. A mí también me pasaba, a vuestra edad.
—No tenéis tantos años más que yo.
—Los suficientes.
Eilidh guardó la daga en la bota. Se quedó de pie, con los brazos cruzados, sintiendo el frío de la noche colarse por debajo de la capa.
—Vos no lo entendéis —dijo al fin—. No sabéis lo que es que te entreguen a un desconocido como si fueras un fardo. Que nadie te pregunte.
Por un instante, algo cruzó el rostro del capitán. Algo antiguo y dolorido, que desapareció tan rápido como había llegado.
—Quizá lo entienda más de lo que creéis.
Eilidh frunció el ceño, pero él ya se había levantado.
—Os haré una propuesta —dijo—. Venid al norte por vuestra propia voluntad. Sin huidas, sin dagas, sin escándalos. Conoced las montañas. Conoced a mi gente. —Hizo una pausa—. Y si cuando lleguéis a Beinmor seguís sin querer casaros con el laird, yo mismo hablaré con él.
—¿Y qué le diréis?
—La verdad.
—¿Y os escuchará?
Algo muy extraño, casi divertido, brilló en los ojos verdes.
—Me escucha más de lo que cree.
Eilidh lo miró con desconfianza. No sabía por qué, pero tenía la impresión de que había algo en aquella frase que se le escapaba.
—¿Me dais vuestra palabra?
—Os doy mi palabra.
—¿Y qué vale la palabra de un escocés?
El capitán dio un paso hacia ella. Luego otro. Se detuvo tan cerca que Eilidh tuvo que levantar la cabeza para mirarlo, y sintió otra vez aquel olor a humo, cuero y musgo húmedo.
—Vuestra madre podría responderos a eso mejor que yo —dijo en voz baja—. Ella aceptó la palabra de un escocés en mitad de un bosque, con sangre en el camino y una niña en el vientre. Y esa niña está ahora aquí, delante de mí, viva y con una daga en la bota.
Eilidh no supo qué contestar.
El capitán se inclinó, recogió la alforja del suelo y se la tendió.
—Volved a vuestra alcoba, mi señora. Diré a vuestro guardia que se vaya a dormir. Nadie sabrá nada de esta noche.
Ella tomó la alforja. Sus dedos rozaron los de él, ásperos y calientes, y se apartaron enseguida.
—¿Por qué? —preguntó—. ¿Por qué no me delatáis?
Ruairidh se encogió de hombros.
—Porque habéis bajado la daga. —Se dio la vuelta para marcharse y se detuvo a medio camino—. Y porque mañana empezamos a preparar el viaje. Necesitaré que estéis descansada. Y que dejéis de bajar el codo.
Se alejó entre los bancales de coles sin hacer ruido, como una sombra más bajo la luna.
Eilidh se quedó sola en el huerto, con la alforja contra el pecho y el corazón golpeándole las costillas.
Sabía que tenía que estar furiosa. Sabía que acababa de perder su única oportunidad de escapar, y que lo había hecho delante del hombre más arrogante que había conocido nunca.
Pero no estaba furiosa.
Estaba pensando en una frase. Quizá lo entienda más de lo que creéis.
Y en la expresión que había cruzado aquel rostro de piedra al decirla, durante un instante tan breve que casi le pareció haberla soñado.