El pacto de Beinmor Capítulo 3 Una prueba de carácter
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Capítulo 3 Una prueba de carácter

La capilla del castillo Hartwell era pequeña, fría y olía a piedra húmeda y a cera vieja. Eilidh nunca había sido muy devota, pero aquella mañana había descubierto que era el único lugar del castillo donde su padre no podía levantarse y marcharse a mitad de una discusión.

Geoffrey Hartwell estaba arrodillado frente al altar, con la cabeza inclinada y las manos entrelazadas.

Rezaba todas las mañanas después de misa, un hábito que había traído de Tierra Santa junto con una cicatriz en el costado y un silencio que nunca explicaba.

Eilidh esperó a que terminara, sentada en el último banco, contando las vetas de la madera para no perder la paciencia.

Cuando él se santiguó y se levantó, ella ya estaba de pie.

—Padre.

Geoffrey suspiró. No se dio la vuelta.

—Sabía que vendrías.

—Entonces sabréis lo que voy a pediros.

—Lo sé. Y tú sabes lo que voy a contestarte.

Eilidh avanzó por el pasillo hasta quedar a su lado, frente al pequeño crucifijo de madera tallada. A la luz de las velas, su padre parecía de pronto más viejo. Había arrugas alrededor de sus ojos que ella no recordaba haber visto antes, y el pelo gris de las sienes se había vuelto casi blanco.

—No os pido que rompáis el pacto —dijo despacio.

Había pasado media noche preparando las palabras—.

Os pido que lo aplacéis. Un año. Solo uno.

Que el laird venga a Hartwell, que lo conozcamos, que yo pueda verle la cara antes de entregarle mi vida.

Es lo mínimo que se le concede a cualquier novia, padre. Hasta a la hija de un molinero.

—El laird ha enviado a su gente. Según las costumbres de su tierra, es suficiente.

—¡No estamos en su tierra!

—Lo estarás pronto.

Eilidh apretó los puños.

—Me tratáis como a una yegua que se vende en la feria de York.

Por primera vez, su padre se volvió a mirarla. Y lo que Eilidh vio en sus ojos no fue enfado. Fue dolor.

—¿Crees que esto me resulta fácil? —preguntó en voz baja—. ¿Crees que no he pasado dieciocho años rezando para que ese hombre se olvidara de ti? ¿Que no he soñado con romper ese maldito juramento cada vez que te veía correr por el patio?

Eilidh abrió la boca y la volvió a cerrar.

—Cuando naciste —siguió él—, te sostuve en brazos y te prometí que nunca nadie te haría daño.

Y la primera cosa que tuve que hacer como padre fue aceptar que tu destino ya estaba en manos de otro.

—Se pasó una mano por la cara—. Tu madre se equivocó al hacer esa promesa.

Se lo dije entonces y se lo he dicho muchas veces desde entonces. Pero la hizo. Y yo juré respetarla.

—Pero padre...

—Si rompo la palabra de tu madre, Eilidh, le digo al mundo que la palabra de una Hartwell no vale nada.

Le digo a los Munro que los ingleses son tan traicioneros como ellos creen.

Y le digo a tu madre que su vida, la vida que aquel hombre salvó, valía menos que mi comodidad.

—Le tomó el rostro entre las manos ásperas—. No puedo hacerlo. No me lo pidas.

Eilidh sintió que algo se rompía dentro de ella. No fue un ruido fuerte. Fue como una cuerda de arco que se parte en mitad del invierno, con un chasquido seco y definitivo.

Asintió una vez. No dijo nada más.

Salió de la capilla con la espalda muy recta y la mente, por primera vez en dos días, completamente clara.

Si nadie iba a ayudarla, se ayudaría sola.

Encontró a John en el almacén de armas, sacando brillo a un yelmo con un trapo engrasado.

Cuando la vio entrar, se puso tan rojo que casi se le cayó el yelmo de las manos.

—Mi señora.

—Cierra la puerta.

John obedeció. Siempre obedecía. Eso era, se dio cuenta Eilidh con una punzada de culpa, una de las cosas que más le gustaban de él.

—Necesito tu ayuda —dijo, sin rodeos—. Esta noche.

—Lo que sea, mi señora.

—Voy a marcharme.

John la miró sin comprender.

—¿Marcharos? ¿Adónde?

—A York. A la abadía de Santa María. La abadesa es mi madrina.

Me dará asilo mientras escribo al obispo para pedir que examine el pacto.

—Había pensado en todo durante la noche, tumbada en la cama mirando las vigas del techo—.

Un juramento hecho en nombre de alguien que no había nacido no puede ser válido ante Dios.

Tiene que haber alguna ley. Algún canon. Y si no lo hay, al menos ganaré tiempo.

—Pero vuestro padre...

—Mi padre no puede romper el pacto. Yo sí puedo intentarlo. —Se acercó a él—. Solo necesito dos caballos, comida para dos días y alguien que conozca el camino de noche. Tú lo conoces mejor que nadie. Has escoltado al administrador a York cien veces.

John tragó saliva. La nuez le subió y le bajó por el cuello como un ratón asustado.

—Mi señora, si nos descubren...

—No nos descubrirán. Saldremos por la poterna del huerto después de la ronda de medianoche. Para cuando se den cuenta, estaremos a medio camino.

—¿Y los escoceses?

Eilidh frunció el ceño. No había pensado mucho en los escoceses. Dormían en el ala oeste, junto a los establos, y la poterna del huerto estaba en el lado contrario.

—Esos bárbaros estarán borrachos de la cerveza de mi padre —dijo, con más seguridad de la que sentía—. No se enterarán de nada.

John la miró durante un largo momento. Eilidh vio la lucha en su rostro pecoso: el miedo, la lealtad al señor que le daba de comer, el sentido del deber que su padre había inculcado a todos los hombres de la guardia.

Y, por encima de todo, otra cosa más tierna y más tonta, que llevaba años brillando en sus ojos cada vez que la miraba.

—Está bien —dijo al fin—. A medianoche.

Eilidh le dio un beso en la mejilla.

John se puso tan rojo que esta vez sí se le cayó el yelmo.

Beatriz se negó en redondo a participar.

—Es la idea más estúpida que has tenido nunca —dijo, cruzada de brazos en mitad de la alcoba—. Y has tenido muchas. ¿Recuerdas cuando intentaste domar al potro del barón con una zanahoria y una canción?

—Funcionó.

—Te rompiste la muñeca.

—Pero funcionó.

Beatriz alzó los ojos al cielo en una súplica muda.

—Eilidh, piénsalo. Si os atrapan, a ti te encerrarán en tu alcoba hasta el día de la boda. Pero a John... —Bajó la voz—. A John lo acusarán de raptar a la hija de su señor. ¿Sabes lo que le hacen a un hombre por eso?

Eilidh desvió la mirada.

—No nos atraparán.

—Eso dicen todos antes de que los atrapen.

Pero Eilidh ya no la escuchaba. Estaba metiendo en una alforja de cuero una capa gruesa, una muda de ropa, la bolsa de monedas que había ido ahorrando desde niña y la daga que Cailean le había regalado al cumplir quince años.

El arco no le cabía. Lo miró durante un momento, apoyado contra la pared junto a la ventana, y sintió una punzada de dolor casi físico al dejarlo atrás.

No importaba. Ya volvería a por él. Volvería a por todo, cuando fuera libre.

—No vienes —dijo, sin volverse.

Beatriz no contestó enseguida. Luego suspiró, con el suspiro largo y sufrido de una amiga que sabe que va a perder.

—Te cubriré. Diré que te encuentras mal y que no quieres que te molesten. Eso os dará hasta el mediodía.

Eilidh se dio la vuelta y la abrazó con fuerza.

—Eres la mejor amiga del mundo.

—Lo sé. —Beatriz le devolvió el abrazo—. Pero si te pasa algo, iré al norte, buscaré a ese laird y le pediré que me deje matarte yo misma.

La campana de la capilla dio las doce cuando Eilidh se deslizó por la escalera de servicio con la alforja al hombro y las botas en la mano.

El castillo dormía. Desde el gran salón llegaban los ronquidos de los perros y el crepitar del fuego que los criados mantenían encendido toda la noche.

Más allá, muy débil, oyó las voces de los escoceses cantando algo lento y triste en su lengua.

Sonaba a viento entre montañas. Sonaba, pensó con una punzada de inquietud, a gente que no estaba en absoluto borracha.

Se calzó las botas junto a la puerta de la cocina y salió al huerto.

La noche era fría y clara. La luna, casi llena, bañaba los bancales de coles y las hileras de habas con una luz plateada que hacía que todo pareciera irreal, como un sueño.

Eilidh caminó pegada al muro, pisando con cuidado entre los surcos, conteniendo la respiración cada vez que una rama crujía bajo sus pies.

La poterna estaba al fondo, una puertecita de roble reforzado con hierro, medio oculta por la hiedra. John había prometido esperarla allí con los caballos, al otro lado de la muralla, junto al arroyo.

Llegó a la poterna. Levantó el pestillo con dedos temblorosos. Empujó.

No se abrió.

Empujó otra vez, con más fuerza. La puerta crujió, pero no cedió. Eilidh palpó la madera en la oscuridad y sus dedos encontraron algo que no debería estar allí: una cadena nueva, gruesa, cerrada con un candado de hierro.

Se le heló la sangre.

—Yo no lo intentaría por el establo —dijo una voz a su espalda—. También está cerrado.

Eilidh se dio la vuelta tan deprisa que la alforja se le resbaló del hombro.

El capitán escocés estaba sentado sobre el brocal del pozo del huerto, a pocos pasos de ella, con una pierna estirada y la otra doblada, como quien disfruta de la noche. La luna le iluminaba la mitad de la cara y dejaba la otra mitad en sombra. No llevaba espada. No le hacía falta.

—¿Qué hacéis aquí? —siseó ella.

—Esperaros.

—¿Cómo...?

—Vuestro amigo el guardia es muy leal, mi señora.

Pero no muy discreto. —Ruairidh se levantó despacio—.

Esta tarde ha ensillado dos caballos y los ha atado junto al arroyo.

Ha robado pan y queso de la cocina. Ha preguntado tres veces al centinela de la muralla norte a qué hora era la ronda de medianoche.

—Hizo una pausa—. Calum lo ha encontrado hace una hora.

Ahora mismo está sentado junto al arroyo, muy pálido, compartiendo el queso con él.

Eilidh sintió que la sangre se le subía a la cara.

—¿Le habéis hecho daño?

—No. —Por primera vez, algo parecido al desprecio asomó a su voz—. No le hacemos daño a un muchacho por ser tonto. Ni por estar enamorado.

—No está enamorado.

El capitán la miró con tanta incredulidad que Eilidh tuvo que apartar la vista.

—Dejadme pasar —dijo.

—No.