Capítulo 2 Hombres del norte
Los escoceses no entraron en el castillo Hartwell como invitados. Entraron como entra el viento en una casa con las ventanas abiertas: sin pedir permiso y moviéndolo todo a su paso.
Eilidh lo vio desde lo alto de la escalera de la torre, con el arco todavía en la mano y el pelo recogido a toda prisa en una trenza torcida. Beatriz, detrás de ella, se ataba el cinturón del vestido con dedos torpes y murmuraba en navarro algo que sonaba muy poco cristiano.
El patio estaba lleno de caballos. Grandes, peludos, con las crines enredadas y las patas cubiertas de barro hasta las rodillas, nada que ver con los corceles elegantes que criaba su padre.
Los jinetes desmontaban con una soltura que hablaba de muchos días en la silla.
Eran hombres grandes, casi todos barbudos, con el tartán cruzado sobre el pecho y sujeto al hombro con broches de hierro o de bronce.
Llevaban espadas largas a la espalda y dagas en el cinto, y algunos tenían las piernas desnudas desde la rodilla hasta las botas de cuero, lo cual provocó que dos criadas que cruzaban el patio con un cubo de agua se detuvieran en seco y lo derramaran entero.
—Faldas —susurró Beatriz, fascinada—. Llevan faldas de verdad.
—Tartán —corrigió Eilidh sin pensarlo, y enseguida se mordió la lengua. Había sonado exactamente como su madre.
Los hombres de su padre se habían apostado en las murallas y junto a la puerta, con las manos cerca de las empuñaduras.
Nadie había desenvainado, pero el aire del patio estaba tan tenso que Eilidh casi podía oírlo crujir.
Ingleses a un lado, escoceses al otro. Treinta años de guerras, saqueos y rencores mirándose a los ojos por encima de los charcos.
En el centro, el hombre del caballo negro seguía montado.
De cerca era aún más grande de lo que le había parecido desde la ventana.
No tan corpulento como el gigante pelirrojo que había desmontado a su derecha, pero alto, ancho de hombros y con esa quietud peligrosa de los gatos monteses cuando observan desde una rama.
Tenía el pelo oscuro, largo y húmedo de rocío, y una barba corta que no lograba ocultar una mandíbula cuadrada y testaruda.
Una cicatriz fina le cruzaba la ceja izquierda y le daba al gesto una expresión de permanente escepticismo.
No era guapo. Eso fue lo primero que pensó Eilidh, y le produjo un alivio absurdo. No era guapo como lo eran los caballeros de la corte, con sus rizos perfumados y sus manos blancas. Era otra cosa. Algo más áspero, más parecido a una montaña que a un hombre.
Y la estaba mirando.
No al castillo, ni a los arqueros de la muralla, ni a su padre, que acababa de salir al patio con Cailean a un lado y Alan al otro. La miraba a ella, en lo alto de la escalera, con unos ojos verdes y fríos como el agua de un lago en invierno.
Eilidh levantó la barbilla y le sostuvo la mirada.
Él no apartó la suya. Tampoco sonrió. Solo inclinó la cabeza un poco hacia un lado, como si estuviera evaluando un caballo en una feria, y luego, despacio, desmontó.
—Lord Hartwell.
La voz era grave y tranquila, con un acento cerrado que hacía que el inglés sonara como piedras rodando por un río. El hombre se había detenido a tres pasos de su padre, con las manos a la vista, exactamente como Fiona contaba que había hecho Tormod Munro veinte años atrás.
—Soy Ruairidh, capitán de la guardia del laird de Beinmor. Venimos a escoltar a lady Eilidh hasta las tierras de mi señor.
Geoffrey Hartwell lo miró de arriba abajo con la expresión que reservaba para los caballos de calidad dudosa.
—Os esperábamos dentro de tres días.
—El tiempo fue bueno. —El capitán hizo una pausa casi imperceptible—. Y no nos gustan las posadas inglesas.
Alan soltó una carcajada que Cailean cortó con un codazo.
—¿Y vuestro laird? —preguntó Geoffrey—. ¿No ha considerado oportuno venir en persona a buscar a su prometida?
—Mi laird tiene un clan que gobernar y una frontera que vigilar. —La voz no cambió, pero algo en los ojos verdes se endureció—. Os pide disculpas por su ausencia. Os esperará en Dùn Beinmor el día de San Juan, junto con su padre y su hermano, para celebrar la boda como corresponde.
Eilidh, que había bajado la escalera sin darse cuenta y se había detenido a pocos pasos de su madre, sintió una punzada de algo que se parecía mucho a la humillación.
Ni siquiera había venido. El hombre que iba a convertirse en su esposo, el hombre al que estaba obligada a entregar su vida, ni siquiera se había molestado en cabalgar hasta Inglaterra para verle la cara.
Había enviado a un capitán y a una docena de guerreros, como quien manda a recoger un fardo de lana.
—Qué detalle —dijo en voz alta.
Todas las cabezas se volvieron hacia ella.
El capitán la miró. De cerca, sus ojos eran todavía más verdes y todavía más fríos.
—¿Lady Eilidh?
—La misma. —Ella le dedicó la reverencia más breve y menos respetuosa que había hecho nunca—. Decidle a vuestro laird que agradezco profundamente que haya encontrado un hueco entre sus vacas y sus fronteras para acordarse de mí.
Su madre le apretó el brazo con fuerza. Su padre cerró los ojos. Detrás de ella, Beatriz emitió un sonido estrangulado.
El capitán no se inmutó.
—Se lo diré, mi señora. —Hizo una pausa—. Aunque las vacas le ocupan menos tiempo del que creéis. Las fronteras, en cambio...
—Ya. Muy ocupado.
—Mucho.
Se miraron. Durante un largo momento ninguno de los dos dijo nada, y Eilidh tuvo la extraña sensación de que acababan de cruzar espadas y que ninguno había ganado.
Fue Fiona quien rompió el silencio.
Se acercó al capitán despacio, sin soltar el brazo de su hija, y lo miró a la cara con una atención que a Eilidh le pareció excesiva. Lo miró durante tanto tiempo que el escocés, por primera vez, pareció incómodo.
—Bienvenido a Hartwell, capitán —dijo al fin, en gaélico.
Él parpadeó. Luego respondió en la misma lengua, con una inclinación de cabeza mucho más profunda que la que había dedicado a su padre.
Eilidh no entendió lo que dijeron; su madre le había enseñado algunas palabras de niña, pero nunca se había molestado en aprender más.
Solo entendió que la voz del capitán, al hablar con Fiona, sonaba distinta. Más baja. Casi amable.
Y entendió también que su madre, cuando se dio la vuelta, tenía en los labios una sonrisa pequeña y secreta que no le gustó nada.
Los escoceses fueron alojados en el ala oeste, junto a los establos, y durante el resto de la mañana el castillo entero pareció contener el aliento.
Las criadas inventaban excusas para pasar por el patio.
Los mozos de cuadra observaban con desconfianza cómo los recién llegados cepillaban a sus propios caballos, sin dejar que nadie los tocara.
Los hombres de armas de su padre se paseaban por las murallas con las manos en las espadas, y los escoceses fingían no darse cuenta con una indiferencia tan perfecta que resultaba ofensiva.
Eilidh se refugió donde siempre se refugiaba: en el campo de tiro.
Estaba detrás de los huertos, en una explanada de hierba junto a la muralla norte, con tres dianas de paja colocadas a distintas distancias.
Allí nadie la molestaba. Allí no tenía que ser una dama, ni una prometida, ni una moneda en el pago de una deuda ajena.
Allí solo existían el arco, la flecha y el blanco.
Tensó la cuerda. Soltó. Centro.
Otra. Centro.
Otra.
—Bajáis el codo.
La flecha se desvió un palmo a la izquierda.
Eilidh se dio la vuelta con tanta rapidez que estuvo a punto de perder el equilibrio. El capitán escocés estaba apoyado contra el tronco del manzano viejo, con los brazos cruzados sobre el pecho, como si llevara allí toda la vida. No lo había oído llegar. Nadie se acercaba a ella sin que lo oyera.
—¿Disculpad?
—El codo. —Él señaló con la barbilla—. Lo bajáis justo antes de soltar. Por eso la flecha tiende a caer.
—La flecha no tiende a caer. La flecha ha caído porque me habéis hablado en el peor momento posible.
—En la batalla nadie espera a que estéis preparada.
—No estoy en una batalla.
—Todavía no.
Eilidh lo miró con incredulidad. Luego miró la diana, donde cinco flechas se agrupaban en el centro como pajarillos en un nido y una sexta asomaba, solitaria y humillada, a un lado.
—Cinco de seis —dijo—. En el centro.
—A cuarenta pasos. —Él se encogió de hombros—. Un niño de Beinmor de diez años hace lo mismo.
Algo caliente y rojo le subió a Eilidh desde el estómago hasta las mejillas.
—¿De verdad?
—De verdad.
—Entonces enseñadme cómo lo hace un niño de Beinmor de diez años.
Le tendió el arco.
Por un instante el capitán pareció sorprendido.
Luego, muy despacio, se separó del árbol y se acercó.
Tomó el arco de sus manos con cuidado, casi con respeto, y lo examinó como quien examina una espada ajena.
Pasó el pulgar por la madera, tensó la cuerda un par de veces sin flecha, la miró de reojo.
—Tejo.
—Sí.
—Buen arco. Corto para mí.
—Es mío. No lo hicieron pensando en vos.
Algo que en otro hombre habría sido una sonrisa le tiró de la comisura de la boca. No llegó a serlo.
Tomó una flecha del carcaj que ella llevaba a la espalda. Lo hizo sin pedir permiso y tan cerca de ella que Eilidh sintió el calor de su brazo a través de la manga y olió el humo, el cuero y algo verde, como el musgo después de la lluvia. Retrocedió un paso de inmediato. Él no pareció darse cuenta.
Colocó la flecha. Tensó. Apuntó durante lo que pareció una eternidad. Soltó.
La flecha se clavó en el centro exacto de la diana de cuarenta pasos, entre las cinco de Eilidh, sin tocar ninguna.
Eilidh apretó los dientes.
—Un buen tiro.
—Un tiro normal. —Le devolvió el arco—. Ahora vos. Sin bajar el codo.
No quería obedecerle. Todo su cuerpo se rebelaba contra la idea de hacer lo que aquel escocés arrogante le decía. Pero tampoco quería que creyera que tenía miedo de intentarlo.
Tomó una flecha. Tensó. Mantuvo el codo alto, tan alto que le tembló el hombro.
Soltó.
La flecha voló recta como un rayo de sol y se clavó junto a la de él, tan cerca que las plumas de ambas se rozaron.
Se hizo un silencio breve.
—Mejor —dijo el capitán.
—¿Mejor?
—Mejor.
Eilidh se volvió hacia la diana más lejana, la que estaba a ochenta pasos, casi pegada a la muralla. Era una distancia que solo dos arqueros de su padre alcanzaban con regularidad. Ella acertaba una de cada tres veces, en los días buenos.
Aquel no era un día bueno. Pero tampoco era un día para retroceder.
Tomó otra flecha. Mantuvo el codo alto. Respiró hondo, como le había enseñado Alan, y soltó el aire a medias. Pensó en el mensajero diciendo duro como la piedra . Pensó en el laird que no había venido. Pensó en aquel capitán que la miraba como si fuera un potro mal domado.
Soltó.
La flecha se elevó, describió una curva limpia contra el cielo de abril y cayó en el centro de la diana lejana con un golpe seco que se oyó desde donde estaban.
Eilidh se volvió hacia él sin poder contener una sonrisa triunfal.
—¿Lo hace también un niño de Beinmor de diez años?
El capitán miró la diana lejana durante mucho tiempo. Luego la miró a ella. Y por primera vez desde que había llegado, algo cambió en sus ojos verdes. No fue admiración, exactamente. Fue algo más parecido a la curiosidad.
—No —dijo—. Un niño no.
Se dio la vuelta y se alejó hacia los establos sin una palabra más.
Eilidh se quedó allí, con el arco en la mano, sintiendo que había ganado algo y sin estar del todo segura de qué.
—Tu prometida casi te clava al manzano —dijo Calum MacRae, con la boca llena de pan, cuando Rìghart Munro entró en el pajar del ala oeste.
Rìghart se quitó el tartán del hombro y lo dejó caer sobre un fardo de heno.
—No me ha clavado a nada.
—Pero tenía ganas. La he visto desde la muralla. —El gigante pelirrojo sonrió de oreja a oreja—. Yo diría que hoy ha perdido la batalla el laird de Beinmor.
—Hoy no ha perdido nadie —dijo Rìghart—. Porque el laird de Beinmor no está aquí.
Niall Gunn levantó la vista del pergamino que leía junto a la lámpara. Era delgado y pálido, con el pelo castaño muy corto y unos ojos que lo observaban todo con paciencia de monje.
—Hablando de eso —dijo con suavidad—. Lady Fiona sabe quién eres.
Rìghart se detuvo.
—No lo sabe.
—Te ha mirado como si hubiera visto un fantasma. Tienes los ojos de tu padre, Rìghart. Ella le debe la vida. No creo que los haya olvidado.
—Entonces, ¿por qué no ha dicho nada?
Niall se encogió de hombros.
—Quizá quiera lo mismo que tú. Saber cómo es su hija cuando nadie la vigila. O cómo eres tú.
Rìghart se sentó sobre el heno y se pasó una mano por la cara. Llevaban once días a caballo, había dormido poco y mal, y la mañana había sido mucho más larga de lo previsto.
Había venido a Inglaterra con una idea muy clara.
Había oído hablar de lady Eilidh Hartwell desde que tenía uso de razón: la niña inglesa del pacto, la deuda de honor de su padre, la esposa que le habían asignado antes de que ninguno de los dos tuviera voz.
Había imaginado a una damisela pálida y remilgada, de esas que lloran si se les mancha el vestido y se desmayan al ver una rata.
Una mujer que tendría que proteger de su propio clan y que, con suerte, aprendería a no estorbar.
Por eso había decidido venir disfrazado. Quería verla sin adornos. Quería saber qué clase de carga iba a llevarse a las montañas antes de que fuera demasiado tarde para preparar a su gente.
No esperaba encontrar a una muchacha con el pelo del color del brezo en otoño y una lengua como una espada.
No esperaba que le hablara así delante de todos.
Y, sobre todo, no esperaba que acertara a ochenta pasos.
—No es lo que esperaba —dijo en voz alta, sin darse cuenta.
Calum soltó una carcajada.
—Eso es lo más cerca de un cumplido que te he oído decir en diez años.
—No era un cumplido.
—Claro que no.
Niall dejó el pergamino a un lado.
—Ten cuidado, Rìghart —dijo, y esta vez no había humor en su voz—. Los engaños son como las flechas. Una vez sueltas, ya no puedes decidir dónde caen.
Rìghart no contestó. Se tumbó sobre el heno, cerró los ojos y trató de dormir.
No lo consiguió. Cada vez que cerraba los ojos veía una flecha describiendo una curva limpia contra el cielo de abril. Y una sonrisa triunfal que no iba dirigida a nadie más que a él.