El pacto de Beinmor Capítulo 1 La flecha y la carta #2
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Capítulo 1 La flecha y la carta #2

—Te lo pregunto ahora —dijo su padre, y su voz sonó más cansada de lo que Eilidh la había oído nunca—.

Te lo pregunto, aunque la respuesta no cambie nada.

Juré respetar la palabra de tu madre el día que naciste.

No me gustó entonces y no me gusta ahora.

Pero un hombre que rompe la palabra de su esposa no es un hombre, y un lord que rompe un juramento ante Dios no es un lord.

Eilidh sintió que se le cerraba la garganta. Odiaba llorar. Odiaba, sobre todo, llorar delante de su padre, que la había enseñado a sostener una espada antes que una aguja y que le había dicho mil veces que las lágrimas eran para los entierros.

No lloró.

—¿Qué sabemos de él? —preguntó en cambio, con la voz muy firme—. Del laird. Algo sabremos.

Geoffrey hizo una seña al mensajero, que dio un paso al frente con evidente incomodidad.

—Mi señora —dijo el hombre, con un fuerte acento de la frontera—. Yo solo traigo el mensaje. Me lo dieron en Carlisle unos guerreros del norte que venían por delante. Pero en Carlisle se habla del laird de Beinmor.

—¿Y qué se dice?

El mensajero tragó saliva.

—Que heredó el clan de su tío a los catorce años, cuando otros muchachos todavía juegan con espadas de palo.

Que desde entonces no ha perdido una sola batalla.

Que es duro como la piedra de sus montañas y que no sonríe nunca.

—Dudó—. Y que los ingleses que han cruzado sus tierras sin permiso no han vuelto para contarlo.

Cailean soltó una risa breve y nada divertida.

—Encantador.

—Cailean —le advirtió su madre.

—Solo digo que suena encantador. Un auténtico galán.

Eilidh apretó el arco con tanta fuerza que la madera crujió.

—¿Cuándo llegan? —preguntó—. Los guerreros.

—Dentro de tres días, mi señora. Quizá cuatro.

Tres días. Tres días para que su vida entera, tal como la conocía, se terminara.

Eilidh asintió una vez, con la cabeza muy alta, y salió del salón sin pedir permiso.

Esa noche no pudo dormir.

Se quedó sentada en el alféizar de la ventana de su alcoba, envuelta en una manta, con las rodillas contra el pecho, mirando el patio iluminado por la luna. Desde allí veía la muralla norte y, sobre ella, las antorchas de la guardia que se movían despacio en su ronda.

Una de ellas era la de John.

Lo reconocía por la forma de caminar, un poco ladeada, como si siempre estuviera a punto de tropezar con sus propios pies.

Lo había visto caminar así toda su vida.

Lo había visto caerse del manzano del huerto a los ocho años y romperse un brazo por intentar coger la manzana más alta para ella.

Lo había visto llorar cuando murió su perro, y reír cuando ella lo empujó al estanque, y ponerse rojo hasta las orejas el verano pasado, cuando ella le dio un beso en la mejilla después de la fiesta de la cosecha.

No era amor. Eilidh lo sabía, aunque a veces le gustaba fingir que sí. Era algo más tibio y más cómodo, como una manta vieja. Pero era suyo. Era conocido. Era inglés, y estaba aquí, y nunca le diría que no sonreía jamás.

La puerta se abrió sin que nadie llamara.

—Sabía que estarías despierta —dijo Beatriz, y entró con una vela en una mano y una jarra en la otra—. He robado vino de la despensa. Si tu madre me pregunta, ha sido Alan.

—Siempre es Alan.

—Precisamente por eso nadie dudará.

Beatriz sirvió dos copas y se sentó en el borde de la cama. Durante un rato bebieron en silencio. El vino era fuerte y especiado y le calentó el estómago a Eilidh como no lo había hecho nada en todo el día.

—Me iré contigo —dijo Beatriz de repente.

Eilidh la miró.

—¿Qué?

—Al norte. Ya se lo he dicho a tu madre. Necesitarás una dama de compañía, y no pienso dejar que te acompañe la sobrina del mayordomo, que se marea en carro y se asusta de las gallinas.

—Beatriz, no tienes por qué...

—Ya lo sé. —Su amiga se encogió de hombros con una elegancia muy navarra—.

Pero mi madre cruzó medio mundo detrás de una reina.

Yo puedo cruzar media isla detrás de una amiga.

Además, quiero ver a esos escoceses con mis propios ojos.

Si de verdad no se lavan, alguien tendrá que decírselo con delicadeza.

Eilidh se rió. No esperaba reírse, y la risa le salió rota y húmeda, pero fue una risa al fin y al cabo.

—Te quiero —dijo.

—Lo sé. Soy encantadora. —Beatriz dejó la copa y la miró con seriedad—. Ahora dime la verdad. ¿Tienes miedo?

Eilidh volvió la vista hacia la ventana. La antorcha de John había desaparecido detrás de la torre.

—No tengo miedo de él —dijo despacio—. Ni de las montañas, ni de los lagos negros, ni de los guerreros. Sé defenderme. Padre se aseguró de ello.

—¿Entonces?

—Tengo miedo de desaparecer. —Se le quebró un poco la voz y la obligó a enderezarse—. De llegar allí y convertirme en la esposa del laird . En la inglesa. En una cosa que se coloca junto a la chimenea para que dé hijos y no moleste. Tengo miedo de que nadie vuelva a preguntarme nunca lo que quiero.

Beatriz no dijo nada durante un largo momento. Luego le tomó la mano.

—Entonces no se lo permitas.

—No es tan fácil.

—Para ti sí. —Beatriz sonrió—. Eres la mujer más terca de Yorkshire.

Le partiste la nariz al hijo del barón de Ferrers por tocarte el pelo.

Le ganaste a Cailean al arco delante de todos los caballeros de tu padre.

Si ese laird quiere una esposa que se quede quieta junto a la chimenea, se ha equivocado de mujer.

Eilidh miró sus manos entrelazadas. Pensó en el mensajero diciendo duro como la piedra de sus montañas . Pensó en su madre, joven y embarazada, sacando una daga diminuta frente a un bandido. Pensó en el broche de plata guardado en el cofre de madera, que nunca había querido ver.

Y algo dentro de ella, algo que llevaba todo el día encogido, se estiró despacio como un gato al sol.

—Si quiere una esposa —dijo—, tendrá que ganársela.

—¿Y si no lo consigue?

Eilidh sonrió por primera vez en todo el día. Era una sonrisa que Alan habría reconocido enseguida, y que lo habría hecho salir corriendo.

—Entonces tendrá que sobrevivir a ella.

Se durmió poco antes del amanecer, todavía en el alféizar, con la manta resbalando de los hombros.

La despertó un sonido que no conocía.

Era largo y grave, y parecía venir de muy lejos y de muy cerca a la vez. No era el cuerno de caza de su padre ni la trompeta de la guardia. Era algo más antiguo, más salvaje, que le erizó el vello de los brazos antes de que su mente entendiera qué estaba oyendo.

Se asomó a la ventana.

El sol apenas despuntaba sobre los robles.

En el camino que subía hacia el castillo, envueltos en la neblina rosada de la mañana, avanzaba un grupo de jinetes.

Doce, quizá quince. Llevaban mantos de tartán de colores apagados, verdes y pardos como el brezo en invierno, y lanzas largas que brillaban al sol.

Uno de ellos sostenía todavía el cuerno contra los labios.

Al frente, sobre un caballo negro enorme, cabalgaba un hombre que no llevaba casco. Tenía el pelo oscuro y largo hasta los hombros, y aunque estaba demasiado lejos para verle la cara, Eilidh tuvo la extraña sensación de que miraba directamente hacia su ventana.

En el patio, los perros empezaron a ladrar. Alguien gritó. La puerta de la torre de guardia se abrió con un golpe.

—Tres días —susurró Eilidh—. Dijo tres días.

Detrás de ella, Beatriz se incorporó en la cama, despeinada y medio dormida.

—¿Qué pasa?

Eilidh no contestó enseguida. Seguía mirando al jinete del caballo negro, que se había detenido al pie de la colina y aguardaba, inmóvil como una estatua, mientras los demás se colocaban detrás de él.

—Han llegado —dijo al fin.

Y, sin saber muy bien por qué, alargó la mano hacia el arco.