El pacto de Beinmor Capítulo 1 La flecha y la carta
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Capítulo 1 La flecha y la carta

La flecha se clavó en el centro exacto de la diana con un golpe seco que espantó a las palomas del muro.

—Otra vez —dijo Eilidh Hartwell, y tendió la mano sin mirar.

John le puso una nueva flecha en la palma con la paciencia de quien lleva haciendo lo mismo desde que ambos tenían siete años.

Era un muchacho alto, de pelo rubio y pecas que el sol de abril empezaba a encender, y llevaba la cota de malla de la guardia del castillo como si todavía no se hubiera acostumbrado a su peso.

—Mi señora, ya lleváis cuatro en el centro. Cualquier otro se daría por satisfecho.

—Cualquier otro no es yo.

Tensó la cuerda. El arco era de tejo, más corto que los de los arqueros de su padre, hecho a la medida de sus brazos por el viejo armero cuando ella cumplió doce años.

Lo conocía como se conoce a un amigo: sabía cuánto cedía con la humedad, cuánto se quejaba con el frío, en qué punto exacto la cuerda le rozaba la mejilla antes de soltarla.

Soltó.

La quinta flecha partió en dos la cuarta.

Desde el banco de piedra junto al pozo llegó un aplauso lento y un suspiro teatral.

—Es una crueldad —dijo Beatriz, sin levantar la vista del bordado—. Esa flecha no te había hecho nada.

—Se interponía en mi camino.

—Como todo el mundo, querida.

Eilidh se volvió a mirarla con una sonrisa torcida.

Beatriz estaba sentada al sol con el vestido azul extendido a su alrededor como un charco de cielo, el pelo negro recogido en una trenza perfecta y la aguja moviéndose con una calma que a Eilidh le resultaba incomprensible.

Su madre había llegado a Inglaterra desde Navarra en el séquito de la reina Berenguela, y de ella había heredado los ojos oscuros, la piel tostada y una lengua tan afilada como cualquier daga de la armería.

—Si tanto te aburre, puedes ir a ayudar a mi madre con las hierbas —dijo Eilidh.

—No me aburre. Me fascina. Es como ver a un halcón que se ha enfadado con el mundo y no sabe con quién pagarlo.

John tosió para disimular una risa. Eilidh le lanzó una mirada que lo hizo enderezarse de inmediato.

—No estoy enfadada.

—Llevas toda la mañana disparando como si cada diana tuviera la cara de alguien —replicó Beatriz—. Y sé perfectamente de quién.

—No sabes nada.

—Sé que hoy es el día en que tu padre esperaba noticias del norte.

Eilidh no contestó. Sacó otra flecha del carcaj ella misma, sin esperar a John, y la colocó en la cuerda con más fuerza de la necesaria.

El norte.

Durante casi toda su vida, el norte había sido una palabra sin peso.

Un lugar de cuentos, de los que su madre le contaba junto al fuego en invierno: montañas que tocaban las nubes, lagos tan negros y profundos que nadie había llegado nunca al fondo, hombres que cantaban a la guerra y mujeres que tejían el color de la tierra en sus mantos.

Su madre hablaba de Escocia como quien habla de un amor de juventud, con una nostalgia dulce que Eilidh había heredado sin darse cuenta.

Pero eso era antes. Antes de que el norte tuviera nombre y cara. O, más bien, nombre y ninguna cara.

Soltó la flecha. Se clavó un dedo por debajo del centro.

—¡Ja! —exclamó una voz desde la escalera de la muralla—. ¡Por fin falla la infalible!

Alan bajaba los peldaños de dos en dos, con el pelo cobrizo revuelto y la túnica manchada de barro hasta las rodillas. Era el pequeño de los tres hermanos, apenas un año y unos meses menor que ella, y desde que tenía uso de razón había dedicado su existencia a hacerla rabiar.

—No he fallado —dijo Eilidh—. He dado en la diana.

—No en el centro. Te he visto. John te ha visto. Beatriz te ha visto.

—Yo estaba bordando —dijo Beatriz con dignidad.

—John, dile lo que has visto.

John abrió la boca, miró a Eilidh y volvió a cerrarla con prudencia.

—Cobarde —le dijo Alan con cariño, y le dio una palmada en el hombro que hizo tintinear la cota de malla. Luego se volvió hacia su hermana, y algo en su sonrisa cambió—. Padre te llama. A la sala. Ha llegado un mensajero.

El patio pareció quedarse en silencio.

Eilidh bajó despacio el arco.

—¿De dónde?

Alan dudó un instante. Fue un instante muy corto, pero Eilidh lo conocía demasiado bien para no verlo.

—Del norte.

Tenía catorce años la primera vez que oyó hablar del pacto.

Lo recordaba con una claridad extraña, como se recuerdan las cosas que al principio parecen pequeñas y luego resultan ser enormes.

Era una tarde de otoño y estaba en el jardín de hierbas con su madre, ayudándola a atar ramilletes de lavanda para colgarlos en las alcobas.

Fiona le había hablado de las cosechas, del sarampión del hijo del herrero y de la boda de una prima lejana.

Y luego, sin cambiar el tono, como quien habla del tiempo, le había dicho:

—Tú también te casarás con un escocés, ¿sabes?

Eilidh se había echado a reír.

—¿Con uno de esos que llevan faldas y no se lavan?

—No llevan faldas. Llevan tartán. Y se lavan bastante más que muchos caballeros ingleses que conozco.

Y entonces su madre le contó la historia. Los bandidos en el camino. El laird que bajó por la ladera. El juramento junto al fuego. El anillo de plata que entregó y el broche que recibió a cambio, que guardaba desde entonces en un cofre de madera de su alcoba.

Eilidh la escuchó con la boca abierta y, cuando terminó, volvió a reírse.

Le pareció la historia más romántica y más absurda que había oído nunca.

Una promesa hecha por una mujer asustada a un desconocido, catorce años atrás, sobre una niña que ni siquiera había nacido.

Era como una balada de juglar. Era algo que les pasaba a las princesas de los cuentos, no a ella.

—Madre, eso no puede contar. Yo no estaba allí. Nadie me preguntó.

—Estabas allí —dijo Fiona, y le tocó la nariz con un dedo manchado de lavanda—. Estabas aquí dentro, dando patadas.

Durante los años siguientes el pacto se convirtió en una broma de familia.

Alan la llamaba «lady Faldas» cuando quería enfadarla.

Cailean, su hermano mayor, que tenía el humor de una piedra, le preguntaba de vez en cuando si ya había aprendido gaélico para insultar a su marido en su propia lengua.

Su padre fruncía el ceño y cambiaba de tema cada vez que alguien lo mencionaba, lo cual hacía que la broma resultara aún más divertida.

Eilidh se reía con todos. Porque no era real. Porque nadie había venido nunca a reclamarla. Porque el laird escocés, si existía, debía de haberse olvidado de un juramento que ni siquiera había hecho él.

Y luego, el invierno pasado, llegó la primera carta.

Estaba escrita en latín, con una caligrafía limpia y elegante, y la firmaba un tal Niall Gunn, «consejero del laird de Beinmor».

Era breve y cortés. Recordaba a lord Hartwell el compromiso sellado entre lady Fiona y Tormod Munro.

Informaba de que el hijo de este, Rìghart Munro, era ahora laird del Clan Beinmor.

Y proponía que la boda se celebrara en el verano del año de Nuestro Señor de 1200.

Eilidh dejó de reírse esa misma noche.

El gran salón del castillo Hartwell olía a cera de abeja y a juncos frescos. La luz de la tarde entraba por los ventanales altos y dibujaba en el suelo rectángulos dorados que los perros de su padre se disputaban para dormir.

Geoffrey Hartwell estaba de pie junto a la chimenea apagada, con una carta en la mano y la mandíbula tensa.

A los cincuenta años seguía siendo un hombre imponente, de hombros anchos y pelo gris cortado al estilo normando.

Su madre estaba sentada en el banco junto a la mesa, con las manos quietas sobre el regazo, que era su forma de estar nerviosa.

Cailean ocupaba la silla de su padre con una pierna sobre el brazo, en una postura que habría escandalizado a cualquier tutor, y la miró entrar con una expresión indescifrable.

Al fondo, junto a la puerta, un hombre joven cubierto del polvo del camino esperaba con la gorra entre las manos.

—Hija —dijo su padre.

—Padre.

Eilidh se detuvo en mitad del salón. Llevaba todavía el arco en la mano y el carcaj a la espalda, y era muy consciente de que tenía el pelo medio suelto y una mancha de hierba en la falda. No le importó. Si iban a decirle lo que creía que iban a decirle, prefería oírlo armada.

—El laird de Beinmor ha enviado a sus hombres —dijo Geoffrey—. Vienen a escoltarte hasta sus tierras. La boda se celebrará en Dùn Beinmor el día de San Juan.

El día de San Juan. Faltaban poco más de dos meses.

Eilidh oyó cómo Beatriz, que la había seguido hasta la puerta, contenía la respiración. Oyó el crujido de la silla cuando Cailean bajó la pierna. Oyó, muy lejos, el martilleo del herrero en el patio.

—No —dijo.

Su padre cerró los ojos un momento.

—Eilidh...

—No, padre. Ni siquiera lo conozco. No sé cómo es, ni qué edad tiene, ni si es tuerto o cojo o si pega a sus perros. ¿Vais a enviarme a la otra punta del mundo con un hombre del que no sabemos nada?

—Sabemos que es el hijo del hombre que salvó a tu madre —dijo Fiona en voz baja.

—¡Eso no es saber nada! —Eilidh se volvió hacia ella—. Madre, tú hiciste esa promesa. Tú. No yo. ¿Por qué tengo que pagarla yo?

El silencio que siguió fue tan denso que podría haberse cortado con la daga que llevaba en la bota.

Fiona no apartó la mirada. Tenía los mismos ojos grises que su hija y, en ese momento, la misma obstinación en ellos.

—Porque sin esa promesa no existirías —dijo—.

Porque aquel hombre bajó por una ladera contra diez bandidos para salvar a una desconocida que llevaba una niña en el vientre.

Porque la palabra de una Hartwell vale tanto como su vida.

Y porque yo conozco las montañas, hija, y sé que allí hay algo que aquí te falta, aunque todavía no sepas qué es.

—Lo que me falta es que me pregunten.