El pacto de Beinmor Prólogo
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El pacto de Beinmor

El pacto de Beinmor

Por Marxmar Gil

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Prólogo

Lady Fiona Hartwell sabía que había cometido una locura en el mismo instante en que oyó el primer silbido entre los árboles.

Hasta entonces se había repetido que no era para tanto.

Que una mujer podía viajar al norte con cuatro hombres de armas, una doncella y un carro cubierto sin que el cielo se desplomara.

Que su hermana Mairead la necesitaba, que el niño venía antes de tiempo y que la carta, escrita con letra temblorosa, decía ven, te lo ruego, no quiero estar sola .

Que Geoffrey estaba al otro lado del mar, con el rey, y que no había modo de pedirle permiso aunque hubiera querido.

Todo eso se lo había repetido durante nueve días de camino. Ninguna de esas razones le sirvió de nada cuando la flecha atravesó el cuello del primer caballo.

El animal se desplomó con un relincho que le heló la sangre.

El carro dio un bandazo. Su doncella, Agnes, gritó.

Fiona se aferró al borde del asiento con una mano y, con la otra, sin pensarlo, se cubrió el vientre.

Siete meses. Siete meses de un niño que se movía como si quisiera salir a pelear antes de nacer.

—¡Bandidos! —bramó uno de los hombres.

Salieron de entre los abedules como si los hubiera escupido la tierra. Ocho, diez, quizá más. Vestían pieles sucias y llevaban hachas, garrotes y espadas oxidadas. Uno de ellos, un hombre de barba negra y un ojo cerrado por una vieja cicatriz, se rió al verla.

—Una dama —dijo, con un acento que no era del todo escocés ni del todo inglés—. Y una dama gorda de oro, por lo que parece.

Los hombres de Hartwell pelearon bien. Fiona lo recordaría siempre, con gratitud y con culpa. Pelearon bien y cayeron uno tras otro, porque eran cuatro y los otros eran muchos. Cuando el último de ellos se derrumbó sobre el barro con un gemido, el hombre del ojo cerrado se acercó al carro.

Fiona sacó la pequeña daga que llevaba en la manga. Le temblaba la mano.

—No me toques —dijo.

El bandido sonrió como si le hubieran contado un buen chiste.

—Mira qué valiente la inglesa.

—Soy escocesa —replicó ella, y en ese momento se dio cuenta de que era la primera vez en años que lo decía en voz alta.

Entonces llegó el sonido.

No fue un grito. Fue algo más hondo, un rugido que salió de muchas gargantas a la vez y que hizo temblar las hojas secas de los abedules. Un grito de guerra en gaélico. Fiona lo había oído de niña, en las montañas de su padre, y nunca lo había olvidado.

Los jinetes bajaron por la ladera como una avalancha. Eran una docena, con los tartanes al viento y las espadas en alto. Al frente cabalgaba un hombre enorme, de pelo castaño veteado de gris y barba recortada, que manejaba la espada como si fuera una prolongación de su brazo.

La pelea duró menos que un padrenuestro. Los bandidos que no cayeron huyeron hacia el bosque. El hombre del ojo cerrado fue el último en correr, y antes de desaparecer miró a Fiona con un odio tan puro que ella sintió frío en los huesos.

El jefe de los jinetes desmontó. Se acercó al carro despacio, con las manos a la vista, como quien se acerca a un animal herido.

—Señora —dijo en gaélico—. ¿Estáis herida?

Fiona descubrió que estaba llorando. No sabía desde cuándo.

—No —contestó en la misma lengua—. Pero mis hombres...

Él miró los cuerpos y su gesto se endureció.

—Los enterraremos como merecen. ¿Adónde os dirigíais?

—A Drummond. Mi hermana es la esposa del laird. Está a punto de dar a luz.

El hombre arqueó las cejas y, por primera vez, algo parecido a una sonrisa le asomó bajo la barba.

—¿Lady Mairead? La conozco. Su esposo y yo hemos compartido más de una jarra de cerveza y más de una batalla. —Hizo una pequeña reverencia—. Soy Tormod Munro, laird del Clan Munro. Os llevaré hasta ella.

Llegaron a la fortaleza de los Drummond dos días después, bajo una lluvia fina que no paró en todo el camino.

Tormod Munro no permitió que Fiona hiciera un solo esfuerzo.

La subió al caballo delante de él, envuelta en su propio tartán, y cuando ella protestó que no era de cristal, él respondió con gravedad que no, pero que lo que llevaba dentro todavía era muy pequeño para defenderse solo.

Mairead dio a luz esa misma noche a un varón sano y chillón. Fiona le sostuvo la mano hasta el amanecer.

Cuando por fin salió de la alcoba, agotada, encontró a Tormod Munro en el gran salón, sentado junto al fuego, afilando su espada.

—Os debo la vida —le dijo—. Y la de mi hijo.

—No me debéis nada, señora. Cualquier hombre de honor habría hecho lo mismo.

—No cualquier hombre lo hizo. Lo hicisteis vos. —Fiona se sentó frente a él, con las manos sobre el vientre—. Mi esposo os recompensará con oro. Es un hombre generoso.

Tormod soltó una carcajada breve.

—Tengo oro suficiente, y lo que me falta lo tomaré de los ingleses en la próxima guerra. —La miró de reojo—. Sin ofender.

—No me ofende.

El laird volvió a pasar la piedra por el filo de la espada. Durante un rato solo se oyó ese sonido y el crepitar de la leña.

—Tengo dos hijos —dijo al fin—. Dòmhnall, el mayor, que heredará este clan. Y Rìghart, el pequeño. Ocho años y ya es más terco que una mula de las Lowlands. —Hizo una pausa—. Algún día necesitarán esposas que no se desmayen ante un poco de sangre.

Fiona entendió lo que estaba diciendo antes de que terminara. Y entendió también, con una claridad que la asustó, lo que ella misma iba a contestar.

—Si este niño es una niña —dijo despacio—, se casará con vuestro hijo Rìghart.

Tormod dejó de afilar.

—Lo decía en broma, señora.

—Yo no. —Fiona se quitó el anillo de plata que llevaba en el dedo meñique, grabado con un ciervo junto a un pozo, el emblema de los Hartwell—.

Los Hartwell pagamos nuestras deudas. Mi sangre es escocesa, laird Munro.

Si es niña, quiero que vuelva a estas montañas.

Quiero que sea la esposa de un hombre que sepa lo que vale el honor.

El laird la miró largo rato. Luego tomó el anillo y, a cambio, desprendió el broche de plata que sujetaba su tartán, con la cabeza de un ciervo grabada en el centro.

—Entonces queda sellado —dijo—. Que Dios y la montaña sean testigos.

Geoffrey Hartwell llegó a la fortaleza de los Drummond tres semanas después, cubierto de polvo y con la mandíbula tan apretada que parecía de piedra. Para entonces Tormod Munro ya se había marchado hacia sus tierras.

Geoffrey riñó a su esposa durante una hora entera. Le dijo que era una insensata, una imprudente, una cabezota. Le dijo que podía haber muerto, que podía haber perdido al niño, que él se había vuelto medio loco de camino. Fiona lo dejó gritar, porque sabía que cada grito era miedo y no rabia.

Cuando se quedó sin voz, ella le contó todo. Los bandidos. El hombre del ojo cerrado. El rugido en la ladera. El laird que la llevó en su caballo bajo la lluvia.

Y, al final, el juramento.

Geoffrey se quedó mirándola como si le hubiera dicho que el sol salía por el oeste.

—¿Has prometido a nuestra hija a un escocés?

—Quizá sea un varón —dijo Fiona.

No lo fue.

Dos meses más tarde, en el castillo Hartwell, en mitad de la primera nevada del invierno, nació una niña de pelo cobrizo y pulmones de soldado. La llamaron Eilidh, que en la lengua de su madre significa luz .

Geoffrey la sostuvo en brazos, la miró a los ojos grises y furiosos y supo, con una mezcla de ternura y espanto, que aquella criatura jamás haría nada que no hubiera decidido ella misma.

Lo que nadie sabía aún era que su destino ya estaba escrito en una montaña lejana, en un broche de plata con un ciervo en el centro.