El pacto de Beinmor Capítulo 24 Señora de Beinmor #2
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Capítulo 24 Señora de Beinmor #2

—Rìghart Munro —dijo—. Hace diecinueve años, en un bosque de la frontera, mi madre hizo una promesa por mí.

Yo no estaba allí. Nadie me preguntó. —Miró a Fiona, que lloraba entre los Hartwell, y luego a Tormod, inmóvil como una piedra más del círculo—.

Durante mucho tiempo pensé que esa promesa era una cadena.

Que me ataba a un hombre que no conocía, a una tierra que no era mía, a una vida que no había elegido.

Se volvió hacia él.

—Me equivocaba. No era una cadena. Era una puerta.

Mi madre la abrió. Pero fui yo quien decidió cruzarla.

—Le tembló la voz—. Te elijo. No porque lo jurara mi madre ni porque lo jurara tu padre.

No porque lo diga un sacerdote ni porque lo ordene un pacto.

Te elijo porque me sacaste del río y te grité.

Porque te cosí la herida y me contaste lo de tu madre.

Porque me hiciste un arco antes de saber si te querría.

Porque plantaste mis semillas después de que te diera una bofetada.

Porque subí esta montaña descalza, con seis flechas y una docena de perros detrás, sabiendo que estabas aquí.

Le soltó una mano y se llevó la suya al pecho, sobre el broche de plata.

—Soy Eilidh. Hija de Fiona y de Geoffrey. Inglesa y escocesa. Señora de Beinmor. —Lo miró a los ojos—. Y tha gaol agam ort . Hoy, y mañana, y todas las mañanas que nos queden. Porque yo lo digo.

El círculo de piedras estaba en silencio. Absoluto.

Y entonces, en ese preciso instante, como si alguien lo hubiera ensayado, la niebla se levantó del todo y el sol salió por detrás de las colinas del este.

La luz cayó sobre el collado como una ola de oro.

Se vio el lago de Beinmor allá abajo, azul y brillante.

Se vio la fortaleza sobre su promontorio de roca negra.

Se vieron las colinas pardas de los Craigdhu, ya en paz.

Se vio, muy lejos, hacia el sur, una línea gris que quizá era el mar.

Rìghart la besó.

Y esta vez, Eilidh no giró la cara.

El rugido del clan fue tan grande que, años después, los pastores de los valles vecinos todavía juraban haberlo oído desde sus cabañas.

Las gaitas empezaron a sonar. Los cuernos respondieron desde las piedras.

Calum lanzó a Alan por los aires y lo volvió a atrapar.

Morag se levantó de su silla de mano y se puso a bailar con Tormod, que bailaba como un oso y no le pisó ni una sola vez.

Geoffrey Hartwell abrazó a su esposa, que lloraba y se reía a la vez.

Cailean sonrió. De verdad. Delante de todo el mundo.

Y la pequeña Mòrag, la pelirroja desdentada, con su arco nuevo de tejo, colocó una flecha en la cuerda, apuntó al cielo, mantuvo el codo alto y la soltó.

La flecha voló, alta, muy alta, por encima de las doce piedras antiguas, hacia el sol de la mañana. Y todos se quedaron mirándola hasta que se perdió en la luz.

Dùn Beinmor, primavera del año de Nuestro Señor de 1201

La niña nació una noche de abril, con la primera tormenta de la primavera, y tenía el pelo cobrizo y unos pulmones de soldado.

Morag fue la que la recibió en sus manos arrugadas, como había recibido a casi todos los niños nacidos en Dùn Beinmor durante sesenta años, en noches de tormenta como aquella. La lavó con agua del lago, la envolvió en un tartán verde y pardo y se la puso a su madre sobre el pecho.

Eilidh la miró. La niña abrió los ojos. Eran grises. Grises y furiosos, como si ya estuviera enfadada con el mundo por haberla sacado de su sitio caliente.

Rìghart, que había pasado la noche entera paseando por el rellano de la escalera como un lobo enjaulado, entró en la alcoba cuando Morag se lo permitió. Se arrodilló junto a la cama. Miró a su hija. No dijo nada durante mucho tiempo.

Luego alargó un dedo, enorme, lleno de cicatrices. La niña se lo agarró con su manita diminuta y apretó con una fuerza sorprendente.

—Va a tirar con arco —dijo él, con la voz rota.

—Va a tirar con arco —confirmó Eilidh.

La llamaron Fiona.

Los abuelos llegaron en mayo, los dos a la vez. Los Hartwell desde el sur y Tormod Munro desde el este, y se encontraron en el patio de Dùn Beinmor como si lo hubieran acordado.

Fiona Hartwell sostuvo a su nieta en brazos durante toda una tarde, junto al pozo, al lado de las matas de lavanda, que ya empezaban a echar sus primeras flores moradas.

Tormod Munro se sentó a su lado en el banco de piedra, enorme y silencioso, mirando a la niña con aquellos ojos verdes que, por primera vez en muchos años, no parecían fríos en absoluto.

Al cabo de un rato, el viejo laird carraspeó.

—¿Sabéis? —dijo, sin mirar a nadie en particular—. Dòmhnall y su navarra esperan un hijo para el otoño. Si es varón, cuando estos dos crezcan, podríamos...

—No —dijeron Eilidh y Fiona a la vez.

Tormod se calló, sorprendido.

Eilidh, que estaba sentada en la hierba junto a ellos con la cabeza apoyada en las rodillas de Rìghart, levantó la vista.

—Nadie va a prometer nada por ella, laird Munro —dijo con dulzura—. Ni un marido, ni un clan, ni un destino. Nadie va a decidir su vida antes de que pueda hablar.

Miró a su hija, dormida en los brazos de su abuela, con el puñito cerrado y el pelo cobrizo brillando al sol de mayo.

—Ella elegirá —dijo—. Como elegí yo.

Fiona Hartwell sonrió. Una sonrisa larga, antigua, cargada de diecinueve años y de un bosque en la frontera y de un juramento junto al fuego.

Tormod Munro gruñó algo en gaélico. Luego, para sorpresa de todos, se echó a reír. Una carcajada enorme que espantó a las palomas de la torre y despertó a la niña, que se puso a llorar con unos pulmones de soldado.

—Tiene razón la muchacha —dijo el viejo laird—. Que elija ella. Que Dios ayude a quien elija.

Rìghart se rió. Eilidh se rió. La pequeña Fiona siguió llorando, furiosa con todos.

Y sobre el lago de Beinmor, la gran montaña los miraba desde lo alto, con la cumbre todavía cubierta de nieve y las laderas empezando a teñirse del verde de la primavera. Como había mirado a tantos antes que ellos. Como miraría a tantos después.

En el huerto, junto al pozo, la lavanda de Hartwell florecía por primera vez en tierra escocesa.

Olía a casa.

FIN