El Paciente Imposible 25
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Madrid, España

Estaba tumbada en la cama con el respaldo levantado hasta quedar casi sentada.

Tenía el brazo derecho vendado desde el hombro hasta el codo.

Las muñecas envueltas en gasas limpias que ocultaban las marcas de tantos días de cautiverio.

El cuello con una pequeña venda donde le habían extraído el chip GPS de la nuca.

Todo el cuerpo le dolía.

No el dolor agudo de las heridas recientes, sino ese dolor profundo y constante que viene del agotamiento. Había pasado demasiado tiempo en alerta máxima y ahora su cuerpo no sabía relajarse.

Miraba por la ventana. Desde aquí se veía parte del Madrid que conocía. El cielo gris del otoño. Los edificios. El tráfico lejano.

Todo tan normal que parecía irreal .

Llamaron a la puerta.

—Hola. ¿puedo pasar?

Era Maica.

Entró despacio. Como si tuviera miedo de molestar. Llevaba una caja de bombones en la mano y una sonrisa forzada que no correspondía con su mirada.

Luna la miró. Intentó devolverle la sonrisa.

—¿Cómo estás?

—Bien. Supongo. Me duele todo el cuerpo. Me siguen haciendo pruebas. Pero todo parece estar bien.

Maica se acercó a la cama. Dejó los bombones sobre la mesilla junto al ramo de rosas.

—No sabía qué traerte. Así que me decidí por bombones.

No sé cómo darte las gracias por todo lo que hiciste.

Hizo una pausa. La voz se le quebró.

—Siento todo el sufrimiento que has pasado. Sin ti no sé si ahora...La policía nos dijo que no querías denunciar el secuestro. Lo siento, de verdad que Asier y Álex son buenas personas.

Se puso a llorar.

No era un llanto dramático. Era el llanto contenido demasiado tiempo que ya no puede más. Se llevó la mano a la boca. Los hombros le temblaban.

Luna tenía lágrimas en sus propios ojos. No por el dolor.

No por el miedo. Sino por un sentimiento más complicado.

—Todo esto ha sido una pesadilla. Pero con final feliz.

Lo dijo en voz baja. Intentando creérselo.

Maica levantó la vista. Se secó las lágrimas con el dorso de la mano.

—Asier nunca quiso hacerte daño. Ni Álex.

Luna asintió despacio.

—Lo sé. Pero... me tuvieron secuestrada. No sabía por qué. Me hicieron daño .

No terminó la frase. No hacía falta. Las dos sabían exactamente de qué estaba hablando.

El silencio que siguió no fue incómodo. Fue el silencio de dos mujeres que han pasado por algo que nadie más puede entender del todo. Que han estado viviendo la misma pesadilla y que ahora intentan encontrar un sitio donde coexistir.

Maica no había querido hablar mucho de su cautiverio, ni siquiera con Asier, creía que no tenía derecho.

Lo había pasado mal, estuvo secuestrada una semana, pero a ella nadie la trató mal, no la tenían atada, solo tuvo que aguantar que pasaran los días pensando la mejor manera de entretener a Alma.

Ella no se atrevía a decir el miedo que había pasado durante ese tiempo, en perspectiva comparado con todo lo que habían tenido que pasar los demás, su experiencia no parecía traumática.

Pero si lo era, la espera, la imaginación que siempre se pone en lo peor, construyendo situaciones que acababan con ellas muertas.

Y entonces llamaron a la puerta de nuevo.

Asier entró sin esperar respuesta.

Estaba muy serio. No había dormido bien durante días.

Cargaba con un peso que no conseguía soltar.

—¿Puedo pasar?

Luna lo miró. Asintió.

—Sí.

Maica se levantó de inmediato.

—Mejor vengo luego.

Salió de la habitación cerrando la puerta despacio. Como si el silencio fuera algo frágil que no quería romper.

Asier se quedó de pie junto a la puerta. Luego caminó hasta la silla que Maica acababa de dejar libre y se sentó.

No dijo nada inmediatamente.

Luna lo observaba. Vio las ojeras. El pelo sin peinar. La barba de varios días. Las manos inquietas que no sabían dónde ponerse.

—¿Qué tal llevas el hombro?

—Mejor.

—¿Y las heridas de las muñecas?

Extendió la mano hacia ella, sin pensarlo. El gesto automático del médico que necesita evaluar.

Le cogió la muñeca izquierda.

Luna gimió de dolor.

Fue en bajito, involuntario, una queja que salió antes de que pudiera contenerse. Intentó apartar la mano, pero Asier ya la había soltado.

—Lo siento. No pensé que aún te doliera tanto. Pediré que te traigan un calmante.

—Gracias. Pero no hace falta.

Luna lo dijo rápido, demasiado rápido.

—No quiero dormir más. Tengo pesadillas. Prefiero estar despierta. Aguanto bien el dolor.

Asier la miró. Y en esa mirada había algo que Luna reconoció porque lo había visto antes, en la casa, en la celda de cemento, en el momento en que él la había reanimado en esa camilla de hospital improvisado, culpa.

No arrepentimiento. Culpa. La diferencia era importante.

—No sé por dónde empezar.

Su voz era baja. Le costaba hablar con ella. Como si cada palabra le doliera físicamente.

—Nunca quise hacerte daño. Y nunca me perdonaré lo que te hice. Llegué a... por un momento pensé que te había matado. Y todo por lo que te hice pasar. Sé que no sirve de nada, pero lo siento de verdad Luna.

Hizo una pausa.

—Miro a mi hija y sé que es gracias a ti. Si no nos hubieses ayudado, nos habrían matado a todos .

Luna estaba tranquila. O al menos intentaba estarlo. Pero las lágrimas vinieron de todas formas. No pudo aguantarlas.

—No sé si algún día seré capaz de perdonarte.

Lo dijo sin rabia. Solo con verdad.

—Nunca nadie me había hecho pasar tanto miedo en mi vida. Cuando me atasteis a aquella cama... me esperaba lo peor. Luego supe el motivo por el que lo hacíais. Y todo lo que vivimos en Colombia. Sé que hiciste todo lo posible por protegerme.

Asier no respondió. No había nada que decir que no empeorara las cosas.

Los dos se quedaron en silencio. El silencio en el que dos personas aceptan que no hay palabras suficientes para cerrar ciertas heridas.

Y entonces la puerta se abrió de golpe.

Alma entró correteando.

Tenía cinco años. Justo el día después de que la policía les encontrara cumplió cinco años. El pelo recogido en dos coletas asimétricas. Una sonrisa enorme. En la mano llevaba un dibujo hecho con ceras de colores.

Corrió directamente hacia la cama de Luna.

—¡Mira! ¡Te he hecho un dibujo!

Se lo entregó con la solemnidad de quien entrega algo muy importante.

Luna lo cogió. Lo miró.

Era un dibujo de una casa. Y un sol. Y tres figuras que probablemente eran personas. Una más pequeña que las otras dos. Una familia.

—Muchas gracias. Es muy bonito.

Alma sonrió aún más. Luego se giró hacia su padre.

—Cariño, ve con mamá.

La niña asintió y salió corriendo de nuevo.

Álex apareció en el umbral un segundo después. Tenía el brazo derecho vendado y en cabestrillo. La mejilla con una herida que le recorría desde el pómulo hasta la mandíbula.

Pero estaba vivo.

—Hola. Alma, ven, vamos con mamá. Luna lo miró.

—Puedes quedarte. ¿Qué tal el brazo?

—Sobreviviré.

Álex entró en la habitación. Se quedó de pie junto a la puerta. Como si no estuviera seguro de tener derecho a acercarse más.

—¿Tú cómo te encuentras?

—Físicamente... mejor.

Álex asintió. Bajó la vista.

—Siento todo por lo que te hicimos.

Luna cerró los ojos un segundo. Luego los abrió.

—Ya. Ya lo sé. Es la frase del día.

No lo dijo con crueldad. Tampoco con amabilidad. Solo con cansancio.

—Pero necesito tiempo. Solo eso.

Álex asintió de nuevo. Recogió a Alma, que había vuelto a entrar corriendo, y salió de la habitación en silencio.

Asier se quedó sentado junto a la cama. Los dos mirándose. Los dos sabiendo que había cosas que nunca se podrían decir. Cosas que nunca se podrían deshacer.

—Tiempo. —repitió Asier—. Es lo único que puedo darte.

Se levantó. Caminó hacia la puerta. Pero antes de salir se detuvo.

—Gracias por salvar a mi familia, Luna.

Luna se quedó sola en la habitación 213.

Miró el dibujo que Alma le había dado. Luego lo dejó sobre la mesilla junto a las rosas blancas y los bombones sin abrir .

Por la ventana seguía viéndose Madrid. El cielo gris. Los edificios. El tráfico.

Todo tan normal.

Cerró los ojos, por fin podía descansar.