El Paciente Imposible 26
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El cementerio de La Almudena estaba silencioso. Hacía frio, el frio de finales de octubre, un contraste absoluto con la humedad pesada de la selva colombiana que Asier aún sentía en su piel. El cielo estaba encapotado, de un gris plomizo el color exacto del duelo.

Frente al nicho familiar, el féretro de madera oscura contenía lo que quedaba de Víctor, su «hermano de crianza» desde los seis años. Asier permanecía inmóvil, con un traje negro y la corbata roja que Alma había elegido para él, diciendo que ese color le gustaba al tío.

—Llegaremos, llegaremos. —susurró Álex a su lado, repitiendo como una oración las últimas palabras de esperanza que Víctor había pronunciado en la Citroën Picasso antes de que el mundo se detuviera en el cuarto desvío.

Álex llevaba el brazo en cabestrillo y la cicatriz de la mejilla todavía rosada, un recordatorio físico de la violencia a la que Víctor no pudo sobrevivir.

Ambos compartían una imagen que los perseguiría siempre, la de los pies de Víctor dibujando una línea irregular en el polvo del cemento mientras lo arrastraban fuera de la habitación, dejando atrás un pequeño charco de sangre.

Álex no lo había visto pero sin embargo lo revivía con detalle en su cabeza.

Maica sostenía la mano de Alma. La niña miraba el féretro con una seriedad impropia de sus cinco años. Ella recordaba al hombre que la había sostenido el día que nació el mismo que jugaba con ella y Peter Pan en el salón de su casa.

Antes de que los operarios sellaran la lápida, Asier se acercó.

No llevaba flores. En su mano derecha sostenía un vasito de cartón con café de máquina, el mismo café infame que Víctor compraba siempre en los quirófanos del hospital para esperarle tras las operaciones, aunque nunca le gustó su sabor.

Lo depositó con cuidado sobre la madera.

—Gracias por creer que todo saldría bien. —dijo Asier en un susurro que se perdió en el viento frío de la tarde.

Al fondo, apartada del grupo familiar pero presente, estaba Luna.

Llevaba una venda fina en la nuca y caminaba con una ligera cojera.

Sus ojos se encontraron con los de Asier por un segundo.

No hubo palabras, pero en ese silencio se reconoció el sacrificio.

Víctor había muerto para que el corazón de Luna siguiera latiendo en el lado derecho de su pecho, y para que Alma pudiera volver a volar sobre las nubes.

Mientras el grupo abandonaba el cementerio, Asier miró sus manos.

Eran las manos de un cirujano que habían aprendido a sujetar cosas frágiles sin romperlas, pero que no habían podido evitar que su mejor amigo se convirtiera en una "moneda de cambio".

Sabía que, a partir de ahora, su propio corazón latiría siempre con una arritmia de culpa, un recordatorio de que la vida, al igual que la dextrocardia, a veces sitúa lo más importante en el lado más inesperado y doloroso del pecho.

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