El Paciente Imposible 24
91%

24

El sótano olía a amoníaco y a lejía.

No era un quirófano normal, era más bien el lugar donde cortaban la droga.

Donde mezclaban la cocaína con otras sustancias para aumentar el volumen.

Mesas de metal manchadas. Balanzas digitales.

Bolsas de plástico apiladas en las esquinas.

Y en el centro, inconcurrente, una mesa de madera con correas de cuero.

Una mesa preparada para una operación.

Los arrastraron dentro. A todos.

A Asier lo obligaron a arrodillarse. Las manos sobre la cabeza. Un hombre detrás de él con un rifle apuntándole a la nuca.

A Álex lo ataron a una silla. Las muñecas esposadas a los reposabrazos. Le metieron un trapo sucio en la boca para amordazarlo. La mejilla le sangraba por la persecución. La sangre le bajaba por el cuello, manchándole el jersey.

A Félix lo sentaron en otra silla. También atado y amordazado. Le sangraba el brazo del disparo. La sangre empapaba la manga de su uniforme, goteando al suelo formando un charco oscuro que crecía despacio.

Y a Luna .

A Luna la subieron a la mesa de madera.

Ella luchó. Luchó con toda la fuerza que le quedaba. Pateó. Gritó. Intentó morder a quien la sujetaba.

Pero eran cuatro hombres. Y ella solo era una chica agotada después de días de cautiverio.

La tumbaron. Le ataron los brazos con correas de cuero. Una en cada muñeca. Tan apretadas que la piel se le puso blanca.

Le ataron las piernas. Una correa en cada tobillo.

Luna no paraba de llorar. De intentar liberarse, pero aquellas correas no cedían.

Le pusieron la mordaza. Un trapo sucio que le tapaba la boca y parte de la nariz. Olía a polvo y horror si es que el horror pudiese olerse.

Cuando terminaron, se apartaron.

Venicio entró en el laboratorio.

—Bien. Ya estamos todos reunidos de nuevo.

Su voz era tranquila. Casi amable. Como si estuviera organizando una reunión de negocios.

—Vamos a tranquilizarnos un poco.

Caminó despacio por el laboratorio. Las manos en los bolsillos. Mirando a cada uno de ellos como un maestro observando a sus alumnos.

Se detuvo frente a Félix.

—Tú. Parece que tenemos a un perro en nuestras filas.

¿Quién eres?

Félix lo miró.

—No me acuerdo.

Venicio sonrió.

—A ver si esto te refresca la memoria.

Le golpeó el brazo herido.

No fue un golpe cualquiera. Fue un golpe calculado. Con toda la fuerza directamente en la herida de bala .

Félix gritó.

El sonido llenó el laboratorio. Un grito animal, primitivo.

—Sigo sin acordarme de nada.

Venicio dejó de sonreír.

Se giró. Caminó hacia Álex.

Sacó un cuchillo del cinturón. La hoja brilló bajo la luz del único foco que iluminaba el laboratorio.

Le quitó la mordaza a Álex. El trapo cayó al suelo.

—Tú, no tengo claro que te siga necesitando, ¿verdad?

Álex no respondió. Miraba el cuchillo.

Venicio apoyó la punta del cuchillo en la mejilla de Álex. Justo al lado del corte que ya tenía. Presionó un poco. La piel se hundió. Empezó a sangrar más abundantemente.

—¡No! ¡Para!

Era Asier. Gritando desde el suelo.

Venicio no paró. Empezó a cortar. Despacio. Una línea limpia desde el pómulo hasta la mandíbula.

Álex gritó.

La sangre le corrió por la cara. Caliente. Roja. Le cayó sobre el pecho.

—Usted, doctor, me hace falta. Pero su hermanito...

No terminó la frase. No hacía falta.

—¡Para! ¡Y te diré todo lo que quieras saber!

Era Félix. Gritando desde su silla.

Venicio apartó el cuchillo. Miró a Félix. Sonrió de nuevo.

—¿Empecemos de nuevo? ¿Quién eres?

—Me llamo Félix Amador. Soy policía de la embajada. Me enviaron para infiltrarme y averiguar dónde te escondías.

Venicio asintió. Como si ya lo supiera.

—Eso es lo que me mata de curiosidad. Porque nunca has salido de aquí tú solo. Y no te hemos dejado ver el camino. Así que, ¿cómo sabían ellos dónde estábamos?

—No sé de quiénes me hablas .

Venicio volvió a golpear la herida de Félix. Más fuerte esta vez. Con rabia.

Félix gritó de nuevo. Un grito que se quebró a la mitad. La cabeza le cayó hacia adelante. Con la respiración entrecortada.

—Te digo la verdad. No sé dónde estamos.

Venicio lo estaba evaluando. Decidiendo si le creía o no.

Luego se giró hacia Álex.

—Entonces explícame por qué las dejaste escapar. Por qué las mandaste a una muerte segura a ellas solas a la selva. Si mis hombres no las encuentran, lo harán los animales. A no ser que sí haya de los tuyos ahí fuera.

Sacó una pistola.

—Y vuelvo a lo mismo. ¿Cómo saben que estamos aquí?

Apuntó a Álex. Movió la pistola despacio. Del brazo derecho al izquierdo. De la pierna derecha a la izquierda.

—Pinto, pinto...

Disparó.

El estallido llenó el laboratorio. El olor a pólvora quemada se esparció por el aire.

La bala rozó el brazo izquierdo de Álex. Le abrió la piel. Sangre. Más sangre.

Álex gritó. Se retorció en la silla. Las esposas le cortaban las muñecas.

—La próxima vez no fallaré.

Venicio volvió a apuntar. Esta vez a la rodilla.

—¡Para! ¡Para, por favor!

Era Asier. Gritando desde el suelo con la voz rota.

—Llevamos unos rastreadores en la piel.

Venicio bajó la pistola.

Se giró hacia Asier. Despacio.

—¿Y cómo es eso posible?

Asier respiró hondo. Intentó ordenar las palabras en su cabeza. Tenía que decir la verdad. Pero no toda la verdad.

Tenía que proteger a Luna.

—Cerca de la casa donde retuvimos a Luna vivía una periodista.

Una noche Luna consiguió escapar. La volvimos a coger.

Y también a la periodista. La encerraríamos hasta que todo terminase.

Hasta que matara a Luna. Pero... no pude hacerlo.

Entonces ella nos dio esos chips para saber nuestra ubicación.

Estaba haciendo un reportaje sobre ellos. Eso es todo.

Venicio lo miró. Evaluando de nuevo. Buscando la mentira.

—Levantadlo. Sujetadlo fuerte.

Dos hombres levantaron a Asier del suelo. Lo pusieron de pie. Le sujetaron los brazos.

—¿Dónde lo tenéis?

—Bajo el brazo derecho. En el costado.

Venicio cogió el cuchillo.

Le levantó el jersey a Asier. La camiseta. Dejó al descubierto el costado derecho.

Allí estaba. Una pequeña inflamación. Un bulto bajo la piel pequeño, enrojecido. El chip.

Venicio apoyó el cuchillo en la piel.

Y cortó.

Asier gritó.

El dolor fue inmediato. Agudo. Un dolor que le subió por el costado y le explotó en el cerebro.

Venicio metió los dedos en la herida, buscando y hurgando.

Asier volvió a gritar. Las piernas le fallaron. Los hombres le sujetaban fuerte de los brazos.

Venicio sacó el chip. Un pequeño dispositivo cubierto de sangre.

Lo dejó caer al suelo. Lo pisó. Se rompió con un crujido. — Ahora el hermano.

Hizo lo mismo con Álex. El cuchillo. La incisión. Los dedos hurgando.

Asier gritó. Se retorció. Las esposas le cortaron las muñecas hasta casi hacerle sangrar.

Venicio sacó el segundo chip. Lo pisó. Lo rompió.

Se limpió los dedos en el pantalón. Se giró hacia Luna.

Luna lo vio acercarse.

Vio el cuchillo en su mano. Todavía con sangre.

Intentó liberarse. Tiró de las correas con toda la fuerza que le quedaba. Las correas no cedieron.

Venicio se detuvo junto a la mesa.

—Ella no lleva ninguno.

Era Asier. Hablando desde el otro lado del laboratorio. La voz temblorosa.

Venicio lo miró y luego miró a Luna.

Le subió la camiseta dejando al descubierto el costado derecho.

Palpó ​las ​costillas ​con ​los ​dedos. ​Buscando               y presionando, pero no encontró nada.

Palpó el costado izquierdo. Nada.

El chip de Luna estaba oculto bajo el pelo. En un lugar donde no lo buscarían.

Venicio dejó de buscarlo, bajó la camiseta. Miró a Asier con algo parecido al respeto.

—Bien. Ya no hay manera de que nos encuentren.

Gritó una orden hacia la puerta.

—¡Traed a Daniela! Vamos a terminar con esto de una vez.

Sacó la pistola.

La amartilló. El sonido metálico resonó en el silencio.

Apuntó a la cabeza de Luna.

—No lo hagas así. Déjame hacerlo a mi manera .

Asier hablaba rápido, estaba desesperado.

—Ya tuviste tu oportunidad. En cuanto Daniela aparezca por esa puerta, la mataré. Y tú harás el trasplante.

Luna estaba histérica.

Intentaba liberarse. Tiraba de las correas y se retorcía gritando detrás de la mordaza.

Pero era imposible.

El cañón de la pistola le tocaba la sien. Frío. Duro.

Real.

—¡No lo hagas! ¡No, no!

Asier gritaba. Con toda la fuerza que le quedaba.

Álex gritaba.

Luna gritaba detrás de la mordaza.

Y entonces se abrió la puerta.

El humo entró primero, denso y blanco. Llenando la habitación en segundos.

Granadas de humo. Alguien había lanzado granadas de humo.

Venicio se giró hacia la puerta. La pistola todavía apuntando a Luna.

Y entonces sonó el disparo.

Un estallido seco que cortó el aire.

Alguien gritó.

Alguien cayó al suelo.

El humo lo cubría todo. No se veía nada. Solo siluetas moviéndose. Gritos. Más disparos.

Luna sentía el cañón de la pistola todavía en su sien.

Y luego ya no lo sentía. La costaba respirar.

Alguien la estaba desatando. Las correas de las muñecas. De los tobillos.

Una voz la hablaba. Una voz que no reconocía.

—Tranquila. Estás a salvo. Somos la policía .

El humo empezaba a disiparse.

Y lo último que Luna vio antes de que todo se volviera negro fue el cuerpo de alguien tendido en el suelo.

Un charco de sangre extendiéndose bajo él.