El Paciente Imposible 23
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Félix caminó por el pasillo con calma. Había repetido el mismo recorrido cientos de veces. El rifle colgado del hombro. Las botas pesadas contra el suelo de cemento. El mismo paso medido que había usado durante semanas para no levantar sospechas.

Pero esta noche era diferente.

Esta noche todo iba a terminar.

Llegó a la habitación donde tenían retenidas a Maica y a la niña. Un hombre estaba de guardia. Sentado en una silla junto a la puerta. Medio dormido.

—Hola. Te relevo. Vete a descansar. Te he dejado comida y una buena cerveza en el comedor.

El Hombre lo miró con desconfianza.

—No deberías relevarme hasta dentro de dos horas.

—Es cierto. Pero me lo ha ordenado el Señor. Así que aquí estoy.

El hombre se encogió de hombros. Se levantó. Estiró los brazos por encima de la cabeza.

—En ese caso disfrutaré de la cerveza a tu salud.

Se marchó por el pasillo.

Félix esperó hasta que los pasos se alejaron. Luego abri ó

la puerta y entró.

Maica estaba esposada a una silla. Alma dormía en su regazo. Una niña pequeña ajena a toda aquella maldad.

Félix se acercó por detrás. Se arrodilló como si estuviera atándose los cordones de las botas. Habló en un susurro tan bajo que Maica casi no lo escuchó.

—Maica. Escúchame. Te meto en el calcetín la llave de las esposas. Quítatelas y espera a mi señal. Voy a sacaros de aquí.

Deslizó la llave dentro del calcetín de Maica. Se levantó y se quedó en silencio detrás de la puerta.

El Hombre llegó al comedor.

No había comida. No había cerveza.

Solo una mesa vacía y el olor a humedad que impregnaba todas las habitaciones de aquel lugar.

Se quedó mirando la mesa durante tres segundos.

Luego giró sobre sus talones y volvió corriendo por el pasillo.

Cuando entró en la habitación, Félix estaba de espaldas escondido tras la puerta.

El Hombre abrió la boca para gritar.

No le dio tiempo.

Félix se giró. Le golpeó con la culata del rifle. Un golpe seco en la sien. El Hombre cayó al suelo como un saco.

Félix lo arrastró hasta la silla. Lo esposó las manos a la espalda.

Maica y Alma se levantaron. La niña estaba despierta ahora. Asustada. Aferrándose a su madre.

—Shhh. Tienes que conseguir que no haga ningún ruido. Voy a llevaros a una puerta trasera que da directamente a la selva. Una vez fuera, corre sin mirar atrás. Si mi intuición es buena, habrá alguien allí para ayudaros.

—Tú, tú te llevaste a mi niña ¿Quién eres ?

—Félix. Soy policía. No tenemos tiempo. Confía en mí.

—¿Y Asier? ¿Y Álex? No puedo irme sin ellos.

—Necesito que lo hagas. Si están ahí fuera, podrás ayudarnos a nosotros aquí dentro dándoles información. Así tendremos una oportunidad de salir de aquí.

No terminó la frase. No hacía falta.

—Sígueme. Si estoy en lo cierto, podrás ayudarnos a todos.

Maica asintió. Cogió a Alma en brazos. La niña enterró la cara en el cuello de su madre, no dijo nada, se abrazó fuerte a Maica.

Siguieron a Félix por un pasillo oscuro. Por una escalera. Hasta una puerta de metal en la parte trasera del edificio.

Félix la abrió despacio. El sonido de la selva entró de golpe. Animales, Insectos. El viento que silbaba entre los árboles. Era puro contraste con la oscuridad. No se veía apenas nada.

—Corre. No pares. No mires atrás.

Maica salió corriendo.

La selva era densa. Oscura. Las raíces le atrapaban los pies. Las ramas le arañaban los brazos. Maica corría con Alma en brazos. La niña pesaba. Le dolían los brazos. Le ardían los pulmones. Pero no paró. Corrió hasta que una figura apareció delante de ella.

Un hombre uniformado. Con rifle. Con chaleco antibalas. Maica gritó. Abrazó a Alma. Cayó de rodillas.

El hombre la cogió del brazo. La obligó a levantarse. A seguir caminando. No dijo nada.

La llevó por una pendiente. Bajando. Hasta un claro donde había más gente. Más uniformes. Más armas.

Dos personas se acercaron. Un hombre y una mujer.

Ambos con chalecos antibalas con las letras POLICÍA.

La mujer habló primero .

—¿Eres Maica?

Maica asintió. Se puso a llorar. Todo el miedo y la tensión acumulada saliéndole de golpe.

—Sí.

—Tranquila. Somos policías españoles. Sabemos todo lo que está pasando. ¿Cómo has conseguido escapar?

—Un hombre me ayudó. Me dijo que corriese, que tenía la intuición de que estaríais aquí. Me dijo su nombre. Félix.

Diego sonrió. Una sonrisa grande y sincera.

—El muy hijo de puta lo ha logrado.

Se puso serio de inmediato. Se agachó frente a Maica.

—Maica. Tienes que decirnos todo lo que sepas. ¿Dónde los tienen? ¿Están heridos? ¿Recuerdas cuántos hombres armados había?

Maica respiró hondo. Intentó ordenar sus pensamientos.

—Están encerrados en una pequeña nave que hay junto a la casa. Hay bastantes hombres armados. Conmigo siempre había uno, aparte de su amigo. Cuando fui a llevarles comida vi a otros tres y a Venicio. No estaban heridos cuando los vi esta tarde. Aunque la chica... no tenía muy buen aspecto.

Sandra se giró hacia el soldado uniformado.

—Llévatelas. Y manda a toda la unidad a nuestra posición. Tenemos que entrar ya.

El soldado asintió. Se llevó a Maica y a Alma.

Diego y Sandra se miraron. Cogieron sus rifles. Y empezaron a subir la pendiente de vuelta hacia la selva.

Félix entró en la celda donde tenían a Asier, Álex y Luna.

Los tres levantaron la cabeza de golpe. Asustados.

Esperando lo peor.

Félix sacó un manojo de llaves.

—Toma. —Le lanzó las llaves a Asier—. Quítate la cadena y ayuda a tu hermano.

Mientras tanto, se acercó a Luna. Empezó a desatarle las manos.

—Tenemos que salir de aquí. Ahora.

Asier no entendía qué estaba pasando. Pero sus manos actuaron solas. Probó las llaves una tras otra hasta encontrar la correcta. La cadena del cuello cayó al suelo con un ruido metálico.

Se frotó el cuello. La piel caliente e irritada, pero el dolor ahora no importaba.

Fue a liberar a Álex. Los grilletes de las muñecas. La cadena que lo ataba a la pared.

Luna se puso de pie. Temblorosa. Félix la sujetó del brazo para que no se cayera.

—¿Quién eres? —preguntó Asier.

—Félix. Policía. Estaba Infiltrado. Tu mujer y tu hija ya están a salvo. Ahora os toca a vosotros.

—¿Maica? ¿Alma?

—Están con mis compañeros. Ahora moveos. No tenemos mucho tiempo.

Salieron de la celda. Félix iba delante. Con el rifle en las manos. Guiándolos por el pasillo.

Llegaron a una escalera. Empezaron a subir. Y entonces se escuchó el grito.

El Hombre de Venicio había despertado.

Se dio cuenta de que estaba esposado. Empezó a chillar. A gritar. Con toda la fuerza de sus pulmones.

Se levantó como pudo. La silla esposada a sus muñecas. Dio un golpe contra la pared. Y otro. Y otro y la silla se desarmó.

Salió corriendo de la habitación. Todavía con las esposas puestas pero libre.

Corrió hasta encontrar a Venicio.

—¡Hay un topo! ¡Es ese español! Nunca tuvimos que fiarnos de él. Me ha golpeado y las ha dejado escapar.

Venicio no dijo nada. Cogió su pistola y fue a la celda.

La celda estaba vacía.

Asier, Álex y Luna no estaban.

Venicio apretó la mandíbula.

—Si las ha dejado escapar es porque sabe que habrá alguien ahí fuera. —Miró al Hombre —. ¿Pero cómo saben nuestra posición?

No esperó respuesta. Gritó órdenes. Cuatro hombres armados se reunieron en el pasillo.

—Los necesito vivos. Especialmente a la chica. ¡Vamos!

Salieron corriendo.

Félix los escuchó venir.

Las botas. Los gritos. El sonido inconfundible de los rifles siendo amartillados.

—¡Corred! ¡Yo os cubriré!

Se dio la vuelta. Levantó el rifle y disparó.

El tiroteo comenzó.

Asier, Álex y Luna corrieron, a través del pasillo, atravesaron la puerta y salieron a la selva.

Los disparos sonaban a sus espaldas. Estallidos secos que resonaban en las paredes de cemento.

Salieron a la noche. A la selva. A la oscuridad total.

Y entonces escucharon el rugido de los motores.

Motos.

Los hombres de Venicio habían cogido sus motos.

Los faros los iluminaron. Dos haces de luz blanca cortando la oscuridad.

Una moto embistió a Álex. Lo derribó. Cayó al suelo con un grito.

Asier se detuvo. Intentó ayudarle.

—¡Luna, sigue corriendo! ¡No pares!

Luna corrió .

No miró atrás. Solo corrió. Las piernas moviéndose por instinto. El corazón martilleándole en el pecho.

Escuchó un disparo y se dio la vuelta.

Vio a Félix caer al suelo. Una mancha oscura extendiéndose por su uniforme.

Vio a Asier y Álex con las manos en alto. Encañonados por tres hombres.

Y entonces escuchó el rugido de otra moto que venía hacia ella.

Se dio la vuelta. Siguió corriendo. Más rápido. Con toda la energía que le quedaba, pero la moto era más rápida.

La alcanzó y la derribó.

Luna cayó. Se golpeó la cara contra el suelo. La boca se le llenó de tierra y sangre.

El hombre se bajó de la moto y se puso sobre ella.

—Ya eres mía. Sí.

Su voz era baja. Amenazante. Las manos le bajaron por los costados. Por la cintura.

Luna no pensó.

Su mano encontró una piedra en el suelo. Del tamaño de un puño. Pesada. Con bordes afilados.

La cogió. Se giró y le golpeó en la cara con toda la fuerza que tenía y aquel hombre que olía a tabaco y a alcohol gritó. Se llevó las manos a la cara. Luna pudo ver sangre entre sus dedos.

Luna se levantó. Intentó correr. Pero otra moto apareció a su izquierda y otro hombre. Rápido y fuerte la derribó.

La agarró. La levantó en volandas. La sujetó del brazo retorciéndoselo hacia atrás produciéndola un dolor que le llegaba hasta el estómago.

Luna no pudo resistirse más y a empujones la llevaron de vuelta.

De vuelta a Venicio. De vuelta a la pesadilla .

Habían estado tan cerca. Tan cerca de la libertad. Y ahora todo sería peor.

Porque ahora Venicio sabía que la policía estaba cerca.

Y un animal acorralado es mucho más peligroso.