22
Pasaron dos horas y media.
Dos horas en silencio. De espera. De contar cada segundo que pasaba sin que pasara nada. Parecieron muchos más que ciento veinte minutos.
Luna necesitaba moverse. Necesitaba desatarse.
El cuerpo entero le dolía de estar en la misma posición.
Los brazos de tenerlos hacia atrás, Asier no le había apretado las muñecas, pero eso daba ya igual.
El miedo y la angustia se habían vuelto casi físicas.
Como la cadena que le apretaba el cuello. La nuca la ardía.
Miró a Asier. Él la observaba con cuidado, respirando hondo, intentando que ella hiciera lo mismo, que imitara su ritmo para calmarse.
Pero no funcionaba. Nada de lo que él hacía lograba que ella se relajara como él había imaginado.
Un suspiro escapó de su pecho, mezcla de frustración y miedo, mientras seguía intentando que ella compartiera su calma. Asier se levantó.
Se acercó a ella. Le dijo que se diera la vuelta. Luna obedeció.
Asier le quitó el paño de la nuca. Ya estaba seco. La piel seguía rojísima. Más roja que antes. Inflamada. Caliente al tacto.
Le dio de beber. Luna bebió con dificultad; cada sorbo parecía resistirse a bajar. El agua le costaba descender, como si su garganta se negara a aceptar aquello que necesitaba
Asier empezó a atarle las manos delante. Con cuidado.
Intentando no hacerle más daño del que ya tenía.
Y entonces Luna habló.
En un susurro tan bajo que Asier casi no lo escuchó.
—Y si no llegan a tiempo... ¿vas a matarme?
Asier se quedó paralizado. Las manos en sus muñecas.
Los dedos inmóviles.
—No digas eso.
—Contéstame.
La voz de Luna subió. Dejó de ser un susurro. Cada palabra más alta que la anterior.
—Contéstame, Asier. Por favor. ¿No lo harás, ¿verdad?
Asier la tapó la boca. Intentó amordazarla. Para que se callara antes de que los guardias escucharan.
Luna se lo quitó de las manos. Lo tiró al suelo.
Y gritó.
—Shhh. Cálmate o vendrán.
—¿Vais a matarme?
Lo dijo muy alto. Demasiado alto. La voz rota por el miedo y la desesperación. Nerviosa. Histérica.
Asier la sujetó. La agarró por los brazos. Intentó hacerla entrar en razón.
—No me obligues a hacerte daño. Por favor.
¡Tranquilízate!
Pero Luna no se calmó.
Seguía gritando. Forcejeando e intentando liberarse de las manos de Asier. La cadena tintineaba. El sonido resonaba en las paredes de cemento.
Asier tuvo que usar la fuerza .
Tiró de la cadena del cuello de Luna. Con fuerza. Hacia abajo.
Luna cayó. Se golpeó las rodillas contra el suelo. Tosió. Le costaba respirar. La cadena le apretaba la tráquea, y lo peor de todo aquello es que Asier lo sabía y aprovechó ese segundo, ese único segundo en que ella no podía resistirse porque no podía respirar.
Se puso encima de ella. Le ató las manos a la espalda. Esta vez no fingía. Rápido. Fuerte. Demasiado fuerte. Rasgó su jersey de nuevo y se lo puso en la boca. La amordazó.
Luna no dejaba de llorar. Temblaba. Todo el cuerpo sacudiéndose bajo el peso de Asier.
Cuando terminó, Asier la vio. La vio de verdad. Bajo su cuerpo. Temblando y llorando. Con las manos atadas a la espalda y la mordaza en la boca y la cadena en el cuello.
Se levantó de golpe.
Retrocedió hasta el rincón más alejado de la habitación que le permitía su cadena. Se dejó caer contra la pared. Se acurrucó. Las rodillas contra el pecho. La cara entre las manos.
Y lloró.
Lloró como no había llorado en toda esta pesadilla. Sollozos profundos que le sacudían el cuerpo entero. Las manos apretadas contra la cara para ahogar el sonido.
Luna intentó incorporarse. Lo hizo despacio. Temblando. Se apoyó en la pared. Se quedó allí sentada. Mirando al suelo. Las lágrimas cayendo sobre el cemento. Álex, siendo testigo mudo de todo aquello no sabía qué hacer.
Miraba a su hermano en el rincón. Miraba a Luna contra la pared. No podía moverse. No podía ayudarlos. Las cadenas no le dejaban.
Solo podía mirar.
Los tres se quedaron así durante mucho tiempo .
Asier en el rincón. Luna contra la pared. Álex en medio. Cada uno en su propio infierno.
No hablaban. No se miraban. Solo existían en ese espacio compartido de dolor y culpa.
Hasta que se abrió la puerta.
El chirrido del metal los sacó a los tres del trance. Asier levantó la cabeza. Se secó la cara con el dorso de la mano.
Uno de los hombres de Venicio entró. Era aquel Hombre. El que había ayudado a Asier a levantarse en el punto de recogida. El que no había golpeado a Luna. El que le había escondido las llaves de las esposas.
Se acercó a cada uno de ellos. Comprobó las cadenas. Las cerraduras. Los grilletes.
Cuando llegó a Luna, se agachó. Miró la cadena del cuello con atención. Tiró de ella un poco para comprobar que estaba bien cerrada.
Luego miró la nuca.
Vio la inflamación. La piel roja.
Se levantó. Caminó hacia la puerta. Pero antes de salir se detuvo. Miró a Asier y le susurró, su voz era baja pero clara;
—Pronto terminará todo. Usa algo para taparle la nuca o se darán cuenta de que algo raro pasa.
Salió. La puerta se cerró.
Asier se quedó mirando la puerta cerrada.
Procesando.
"Pronto terminará todo."
"Usa algo para taparle la nuca o se darán cuenta." No era una amenaza. Era una advertencia. Era ayuda.
Asier hizo como si no hubiera pasado nada. Se quedó quieto en su rincón. Esperó. Contó hasta cien. Luego hasta doscientos.
Cuando estuvo seguro de que nadie más vendría, se levantó y se acercó a Luna .
Ella seguía nerviosa. Ya no le quedaban lágrimas, pero el cuerpo entero le temblaba. Lo miró con miedo cuando se arrodilló frente a ella.
—Luna. Escúchame bien. Siento lo de antes. Pero no quería que te oyesen y no me escuchabas. Siento haberte hecho daño. Me puse nervioso. Voy a quitarte la mordaza para volver a refrescarte la nuca. Creo que nos han encontrado y tenemos que conseguir aliviarte la zona del implante.
Luna lo miró. Descifrando cada palabra. "Creo que nos han encontrado." Asintió. Despacio.
Asier le quitó la mordaza. Con cuidado. Luego le desató las manos.
Cogió el paño. Lo mojó en la palangana. Estaba frío. Lo escurrió y lo puso entre la cadena y la nuca de Luna.
Ella cerró los ojos. Suspiró.
Asier se sentó a su lado. En un susurro.
—Pronto terminará todo. Te lo prometo.
Álex no sabía nada.
No había escuchado lo que aquel Hombre le había dicho a Asier. No sabía lo de "pronto terminará todo". No sabía que había esperanza.
Solo sabía que estaba encadenado. Que llevaba horas encadenado. Y que no aguantaba más.
Empezó a tirar de los grilletes. Con fuerza. Una y otra vez. El metal contra la pared. El sonido resonando en la habitación.
—No puedo más. No aguanto estar así. Joder.
Su voz era aguda. Desesperada. Al borde del pánico.
Asier se levantó. Se arrodilló frente a su hermano.
—Deja de tirar, ¿vale? Déjalo. Venga, mírame. Respira hondo .
Pero Álex no podía. No podía respirar. No podía parar de tirar. El pánico le había atrapado y no le soltaba.
—No puedo. No puedo.
Asier le cogió la cara con las dos manos. Le obligó a mirarle.
—Álex. Escúchame. ¿Recuerdas lo que te picó en el costado?
Álex parpadeó. Miró a su hermano sin entender.
—¿Qué?
—Lo que te picó en el costado. ¿Lo recuerdas?
Y entonces Álex lo entendió.
El chip.
La inyección grande en el costado. El dolor. Paula. Los chips GPS que los localizarían dondequiera que estuvieran.
Paula había cumplido.
El chip funcionaba.
Alguien sabía dónde estaban.
—Sí. —susurró—. Lo recuerdo.
—Pues respira hondo, ¿vale?
Álex respiró.
Hondo. Lento. Dejando que el aire le llenara los pulmones. Luego lo soltó. También despacio. Otra vez. Y otra.
El pánico empezó a retroceder. Poco a poco. Como la marea hace en el mar.
—Eso es. —dijo Asier—. Así.
Álex dejó de tirar de las cadenas. Apoyó la cabeza contra la pared. Cerró los ojos.
—Gracias.
Asier no respondió. Volvió con Luna. Se sentó a su lado.
Los tres se quedaron en silencio.
Esperando.
Pero ahora la espera era diferente. Ahora había algo más que miedo.
Había esperanza.
Aquel Hombre sabía lo del chip. Les estaba protegiendo.
Y había dicho que pronto terminaría todo.
Eso significaba que alguien más lo sabía.
Alguien estaba viniendo.
Solo tenían que aguantar un poco más.
Asier miró a Luna. Ella lo miró a él. No dijeron nada. No hacía falta.
Álex abrió los ojos. Los miró a los dos. Asintió una vez.
Los tres unidos por el secreto. Por los chips que llevaban bajo la piel. Por la esperanza de que Paula había cumplido su promesa.
Desde fuera llegaba el sonido de la selva. Los pájaros. Los insectos. El viento.
Y el tiempo seguía corriendo.