El Paciente Imposible 21
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Asier se acercó a Luna. Le cogió las manos. Las tenía heladas.

—¿Estás bien?

Luna asintió con la cabeza. Pero no era verdad. No estaba bien. Estaba aterrada. Aunque lo intentaba, no conseguía aguantar las lágrimas que caían por las mejillas sin control.

Asier le apretó las manos suavemente. Se agachó frente a ella hasta quedar a su altura. Le habló en un susurro tan bajo que casi no era audible.

—No puedo soltarte. No sé si nos están vigilando. Tengo que seguir tratándote como... como si fueras mi prisionera.

Pero todo terminará pronto. Te lo prometo.

La puerta se abrió.

El sonido del metal chirriando contra el marco fue como un disparo en el silencio de la habitación. Asier se levantó de golpe. Se puso delante de Luna instintivamente. Era Venicio, entró.

Traía a dos hombres con él. Uno llevaba una cizalla grande. De las que se usan para cortar cadenas.

—Hola, socio —dijo Venicio con esa sonrisa que solo asomaba un poco—. Espero que el viaje haya sido de su agrado. Por lo que veo ha cumplido con parte del trato.

Asier tragó saliva.

—Sí. Aquí la tienes. Deja libre a mi familia.

Venicio se rio. Una risa corta y seca.

—No te adelantes. Ese no era el trato. Aún tienes que curar a mi niña.

Asier apretó los puños.

—¿Cómo están?

—Tanta duda me ofende. Ya te dije que si tú cumplías yo también. Dentro de poco podrás verlas e iros todos a vuestro hermoso país. Pero antes... —Hizo un gesto a sus hombres—. Chicos, lleváosla.

Los dos hombres se acercaron. Uno cogió a Luna por el brazo. Ella intentó resistirse. Asier se interpuso.

—No me separaré de ella.

Venicio sacó la pistola. Se la puso en la frente a Asier. El metal estaba frío. Asier no retrocedió.

—Ya sabía que algo así dirías. Pero tu palabra aquí pierde significado.

Le hizo un gesto al hombre con la cizalla. Este se acercó. Colocó las hojas de la cizalla alrededor de la cadena de las esposas que unía a Asier con Luna.

Apretó.

El metal cedió con un chasquido seco. La cadena cayó al suelo.

Luna se quitó la mordaza y peleó. Intentó aferrarse a Asier. Los hombres la agarraron. La arrastraron hacia la puerta.

Asier dio un paso hacia adelante. Venicio le apretó la pistola más fuerte contra la frente.

—¿Dónde la lleváis? —preguntó Asier con la voz rota. Venicio sonrió.

—Vamos a hacer lo que tú no has sido capaz de hacer .

Asier cambió. Toda la desesperación desapareció de su cara. Se puso serio. Frío. Quirúrgico.

—No podéis matarla. Si lo hacéis el trasplante no será viable.

Venicio lo miró evaluándole, decidiendo si era un farol o la verdad.

—¿Y si no te creo? ¿Y si lo que de verdad pienso es que no has tenido agallas? Asier no parpadeó.

—Lo que creas no me importa lo más mínimo. Lo único que quiero es que esto acabe y poder llevarme a mi familia lejos de ti. Así que suéltala ahora mismo y deja que yo me haga cargo. Te lo ruego. Es lo único que ambos tenemos.

No lo eches a perder.

Hubo un silencio largo.

Los hombres seguían sujetando a Luna en el umbral. Sujetaban a Luna por ambos brazos, casi en volandas la arrastraban hacia la puerta.

Venicio bajó la pistola.

—Suéltenla.

Los hombres la soltaron. Luna se quedó paralizada. No sabía qué hacer. Las piernas le temblaban tanto que pensó que iba a caerse allí mismo.

Asier levantó los brazos. Muy lentamente. Con cuidado de no hacer ningún movimiento brusco. Se acercó a Luna.

Le cogió del brazo. La sostuvo antes de que se desplomara.

Venicio los observaba.

—Descansa un poco —dijo—. Tienes dos horas. Dentro de dos horas vendremos a buscarte. ¿Necesitas algo?

Asier pensó rápido.

—Te agradecería que me trajeses algo de agua. Y que le dijeras a mi mujer que todo irá bien.

—Lo haré, socio .

Venicio y sus hombres salieron. La puerta se cerró.

Y entonces Luna se derrumbó.

Cayó de rodillas al suelo. Temblando. Todo el cuerpo sacudiéndose con sollozos que no podía controlar.

Asier se sentó a su lado. Le susurró.

—Tranquila. Estoy aquí. No puedo mostrarte mucho apoyo, pero mírame. Luna, mírame.

Ella levantó la vista y lo miró.

—Conseguí tenerte a mi lado. Aguanta un poco más, ¿vale? Intenta calmarte o al final el corazón que se parará será el tuyo. Tienes que calmarte. Intenta respirar hondo.

Espero que Paula tuviese razón.

La puerta se abrió cinco minutos después.

Venicio apareció en el umbral. Esta vez traía a alguien con él.

Maica.

Llevaba un cántaro de agua en las manos. Estaba pálida.

Ojerosa, incluso más delgada. Pero estaba entera.

Asier se levantó de golpe.

—Es una muestra de buena fe. —dijo Venicio—. Os dejaré cinco minutos. Ni uno más.

Salió cerrando la puerta tras de sí.

Asier cruzó la distancia en dos zancadas. Abrazó a Maica, fuerte, un abrazo que había temido no poder dar nunca más.

—¿Estás bien? ¿Y Alma?

—Estamos bien. Asier, ¿qué está pasando? Es ella...

Maica miró a Luna. Allí en el suelo. Temblando. Con una esposa colgando de una mano. La cara pálida. Los ojos rojos.

—Sí, es ella. —susurró Asier abrazado a Maica, pegado a su oído—. La policía vendrá. Espero que venga a tiempo. En cierto modo ella está aquí voluntariamente.

Maica lo miró. Le corrían lágrimas por las mejillas. Se apartó de Asier. Se agachó. Se arrodilló frente a Luna.

Le apartó el pelo de la cara con cuidado. Le susurró.

—Gracias.

Luna solo pudo llorar. Le agarró las manos a Maica. Fuerte. No quería soltarla, como si fueran un salvavidas en aquella habitación.

Asier tuvo que separarlas. El tiempo se acababa.

—Sé fuerte —le dijo a Maica.

La puerta se abrió. Venicio entró y cogió a Maica del brazo, sin más, sin palabras, cerrando la puerta tras de sí.

Asier cogió el cántaro de agua. Bebió. Se sentó frente a Luna y la ayudó a beber.

—¿Por qué no han llegado ya? —susurró Luna—. ¿Y si no han funcionado los chips y no saben dónde estamos?

—Tenemos que confiar en que sí hayan funcionado. Solo tenemos que alargarlo un poco más y esperar.

—Me arde mucho la nuca.

—Lo sé, pero no puedo hacer nada. No sé si nos vigilan. Así que ten paciencia y respira hondo. Tienes muy irritada la zona del implante. No sé por qué. Espero que no se den cuenta. Creo que nos equivocamos de zona.

Pasó una hora.

Nada.

Asier pensaba. Necesitaba más tiempo. Dos horas no eran suficientes. La policía necesitaba más tiempo para localizarlos. Para planear el asalto. Para entrar.

Se levantó decidido y golpeó la puerta.

La puerta se abrió. Un guardia.

—Necesito hablar con Venicio.

El guardia asintió. Cerró la puerta. Cinco minutos después volvió a abrirse.

Era Venicio—Gracias por venir. Y gracias por dejarme ver a mi mujer. Necesito pedirte algo más .

—¿Qué?

—Ver a mi hermano. Tengo que hablar con él sobre la operación. Y algo de comer. Necesitamos comer algo antes de la operación.

Venicio lo miró con desconfianza.

—¿Para los tres? ¿Para ella también?

—Ella tiene que estar en ayunas. Pero puede beber algo seis horas antes de la intervención. Le vendría bien tomar algo caliente. Está helada. Ya tiene unas décimas de fiebre y no podemos consentir que enferme ahora. Sería demasiado tarde.

Venicio entrecerró los ojos.

—¿Me estás diciendo que os alimente y que hasta dentro de seis horas no podremos hacer el trasplante?

Asier sostuvo la mirada.

—Te estoy suplicando que confíes en mí. Necesita entrar en calor.

El corazón debe estar totalmente sano. Si a ella le sube más la fiebre podría significar que tiene alguna infección y todo ello pasa por el torrente sanguíneo y por tanto por el corazón.

Solo son seis horas. Yo tengo las mismas ganas que tú de que todo esto termine.

Venicio se quedó pensando. Habló con uno de sus hombres en voz baja. Luego asintió.

—Está bien.

Hizo un gesto. Dos hombres entraron. Uno llevaba cadenas. El otro candados.

Se acercaron a Luna.

Le pusieron una cadena alrededor del cuello. La cerraron con el candado. La cadena la anclaron a un gancho en la pared. Se veía resistente.

Hicieron lo mismo con Asier.

—Perdone mi desconfianza. —dijo Venicio—. Pero seis horas son mucho tiempo y no me gustaría que le entraran ganas de intentar hacer alguna estupidez. Solo es una cadena al cuello. Podría haberle atado de manos y pies. Así que espero que vea mi buena voluntad de que esté lo más cómodo posible.

Asier tocó la cadena. Era pesada. Fría. La longitud era suficiente para moverse por la habitación, pero no para llegar a la puerta.

Miró la cadena de Luna. Era más corta. Solo le permitía moverse un metro desde la pared.

Miró el gancho donde estaban ancladas las cadenas. Había manchas oscuras. Sangre seca quizá y marcas en el metal donde alguien había intentado arrancar el gancho de la pared.

No le contó nada de eso a Luna.

—Hágase cargo de ella. —dijo Venicio—. Mandaré que traigan dos palanganas para que las usen como dispongan. Y le traeré a su hermano y la comida. ¿Algo más?

—No.

Venicio salió.

Luna se llevó las manos a la cadena del cuello. Tiró de ella. Intentó quitársela. La agobiaba. No podía respirar bien. El peso del metal le presionaba el cuello.

Asier se acercó. Le tocó el cuello para comprobar que podía respirar sin problemas. La cadena no estaba demasiado apretada. Pero sí lo suficiente para recordarle a cada segundo que estaba allí.

—Tranquilízate o te harás daño. He conseguido tiempo. Seis horas. Y van a traernos comida. Intenta ser fuerte. También traerán a Álex. Sé que debe dolerte la nuca. Cuando traigan más agua te refrescaré la zona. No puedo hacer nada más.

Trajeron a Álex veinte minutos después.

Lo empujaron dentro de la habitación. Le encadenaron a

la pared. Pero no por el cuello. Le pusieron grilletes en las muñecas.

Dejaron en la puerta un puchero humeante. Tres cuencos.

Tres trozos de pan. Dos palanganas con agua.

Se marcharon. La puerta se cerró.

—¿Estás bien? —preguntó Asier.

—Sí. Me tenían encerrado atado a una silla. Luego me trajeron aquí.

Asier cogió la comida. La sirvió en los tres cuencos y se acercó a Luna.

Ella lloró. Le apretó las manos.

—Toma. Está caliente. Es caldo. Huele bien y necesitamos comer algo.

Le acercó un cuenco a Álex también.

—¿Te han hecho daño?

—Digamos que no han sido muy amables. Pero no. No me han hecho mucho daño. ¿Ella, está bien?

—Todo lo bien que se podría estar. Le debe de doler mucho la muñeca. Llevábamos mucho tiempo con las esposas puestas y a mí también me duele. Le escuece mucho la nuca. Está aterrada.

—¿Y lo de las cadenas? ¿También a ti?

—Nos dan seis horas más. Pero supongo que no quieren arriesgarse a que intentemos escapar.

Asier se acercó a Luna.

—Intenta comer un poco más. Cuando termines te acercaré el agua y te refrescaré la nuca.

—Tengo miedo. —susurró Luna.

—Lo sé. Come por favor.

Los tres comieron. Tenían un aspecto lamentable. Estaban agotados y encadenados como animales.

Cuando terminaron, Asier cogió su jersey. Lo rompió con las manos. Cogió un trozo y lo mojó en una de las palanganas.

Se acercó a Luna susurrándola.

—Voy a mojarte la nuca. Para no levantar sospechas voy a decirte que te tumbes en el suelo boca abajo para atarte las manos. Así podré refrescarte. Te prometo que dentro de un rato se me ocurrirá algo para desatarte.

Luna asintió.

Cuando terminó de beberse el caldo Asier tiró un poco de la cadena.

—Túmbate en el suelo boca abajo. Vamos.

Luna lo hizo. No le costó fingir. Estaba exhausta.

—Pon las manos en la espalda y no te muevas.

Le ató las manos con un trozo de tela de su jersey. Fingiendo. Luego le puso el paño mojado en la nuca. El agua estaba fría y Luna suspiro de alivio.

Asier la apoyó contra la pared. Dejó el paño entre la cadena y su nuca para que la aliviara la quemazón.

Se sentó junto a Álex.

Álex tiraba de sus grilletes. Una y otra vez. Intentando en vano liberarse.

—Déjalo. Solo te harás más daño.

—No lo soporto. Y pensar que la hemos tenido así durante días...

—No teníamos elección.

Asier se tocó la cadena del cuello. Le hacía daño. La piel se le estaba irritando. Empezó a agobiarse. Susurrando, mirando a Luna.

—Empiezo a pensar que no ha sido buena idea.

—¿Y qué podíamos haber hecho?

—Podríamos habernos negado. Ahora... si no llegan tendré que hacer yo el trasplante. Y aquí... no seré yo quien la mate.

Hizo una pausa .

—Pudo elegir no seguir con todo esto. Y decidió seguir convencida de que todo saldría bien. Lo hizo por mí. Y aquí estamos, encadenados, y no podemos hacer nada. No podemos ayudarla. Si deciden hacerle algo... si la matan o nos matan... ya no sé si nos dejarán libres.

Álex lo miró.

—De momento has conseguido más tiempo. Y que estemos los tres juntos. Tenemos que confiar en que llegarán.

Se quedaron en silencio.

Los tres encadenados. Esperando. Contando las horas.

Desde fuera llegaba el sonido de la selva. Pájaros.

Insectos. El viento entre los árboles.

Y la pregunta que ninguno se atrevía a hacer en voz alta.

¿Llegarán a tiempo?