El Paciente Imposible 20
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La voz al otro lado del teléfono llegó con ese tono peligroso que Asier ya había aprendido a reconocer.

—Hola, socio. ¿Qué tal estás?

Asier Miró a Luna, miró a Álex. Los dos lo miraban a él esperando.

Asier cerró los ojos. Pensó en Maica. En Alma. En el bofetón que Venicio le había dado a su mujer solo para demostrarle quién mandaba.

—Hola socio.

Asier tragó saliva. La palabra le quemaba en la garganta. Respiró hondo. Era el momento. Tenían que convencerlo.

—Ha habido un contratiempo. La chica irá hasta allí viva y será entonces cuando haga el trasplante.

Silencio al otro lado.

Un silencio largo. Demasiado largo.

—No me gustan los cambios. Y menos los de última hora. ¿Qué ha pasado?

Asier había ensayado esta parte. La había repasado mentalmente docenas de veces durante toda la mañana. Tenía que sonar convincente. Tenía que creerle.

—Hay más posibilidades de que el corazón aguante haciendo el trasplante al momento. De otro modo podría no funcionar y no voy a poner a mi familia en peligro.

Otro silencio.

Luna y Álex contenían la respiración.

—Tú eres el doctor. —dijo Venicio finalmente—. No nos demoremos más. Esta noche cogerán el coche. Recuperen la dirección del GPS hasta el lugar de recogida donde los estarán esperando a las dos de la mañana. Entendido, ¿socio?

—Sí... socio.

—Y que no se les escape la chica.

La llamada se cortó.

Asier bajó el teléfono. Lo dejó sobre la mesa con una suavidad exagerada, como si tuviera miedo de romper algo si lo soltaba demasiado rápido.

—Nos quedan doce horas —dijo.

Pasaron el resto del día en silencio.

Ya no había nada que decir. Todo estaba dicho. Todo estaba decidido. Solo quedaba esperar a que cayera la noche y subirse al coche que los llevaría al punto de recogida. Intentaron descansar, dormir un poco, estirando el tiempo todo lo que podían, pero la hora llegó.

A medianoche, Asier sacó las esposas.

Luna lo miró sin entender.

—Tenemos que hacerlo. —dijo Asier—. Cuando lleguemos allí nos registrarán. Nos atarán. Y si ven que no estás sujeta a mí, nos separarán.

Luna miró las esposas. Luego miró a Asier.

—Voy a esposarme a ti. —dijo Asier—. Mi mano con la tuya. Así no podrán separarnos.

Luna extendió la mano.

Asier cerró la esposa en su muñeca izquierda. Luego cerró la otra en la muñeca derecha de Luna. El sonido del metal al cerrarse resultó inapelable.

—Tendremos que amordazarte. —dijo Álex desde el otro lado de la habitación. Tenía la cinta aislante en las manos—. Lo siento.

Luna asintió. Sabía que tenía que hacerlo. Sabía que si gritaba en el momento equivocado todo se vendría abajo.

Álex le puso la cinta sobre la boca. Con cuidado. Como si tuviera miedo de hacerle daño.

—Estaremos contigo todo el tiempo. —le dijo Asier levantando la mano esposada a la de ella—. No te dejaré sola.

Luna lo miró. En sus ojos había miedo. En ese momento ella pensó en las veces que había tenido miedo desde que los conocía, este miedo era diferente.

Sabía que ellos no la iban a hacer daño, pero no podía evitar tener miedo a lo desconocido a lo que le esperaba al otro lado de la puerta de esta casa que ahora mismo les parecía el lugar más acogedor del mundo.

No quería hacerlo, pero sabía que ya era tarde para dar marcha atrás.

Tenía que confiar en el plan de Paula y esperar que todo saliera bien.

En mitad de la madrugada subieron al coche.

El GPS les marcaba la ruta. Una carretera secundaria que se adentraba en el monte. Sin luces. Sin casas. Sin nada.

Álex conducía. Asier iba en el asiento de atrás con Luna.

El tintineo de la cadena de las esposas era el único sonido además del motor. Asier la cogió de la mano y la volvió a agradecer lo que estaba haciendo.

El todoterreno apareció de la nada.

Álex lo vio en el último segundo. Un coche negro que salió de un camino lateral y se puso delante de ellos cortándoles el paso. Frenó. El coche derrapó ligeramente en la tierra suelta.

Las puertas del todoterreno se abrieron. Tres hombres bajaron. Uniformes militares. Pasamontañas negros. Armas automáticas colgadas del pecho.

Uno de ellos golpeó la ventanilla del conductor con la culata de su arma.

—¡Bajen del coche!

Álex giró la cabeza hacia atrás. Miró a Luna. Ella lo miraba con los ojos muy abiertos por encima de la mordaza.

—¡Ahora!

Bajaron.

El aire de la noche era frío. El viento traía olor a tierra húmeda. No había luna, solo la oscuridad cerrada del bosque y los faros del todoterreno iluminándolos como animales atrapados.

—¡Pónganse de rodillas con las manos en la cabeza!

Álex obedeció inmediatamente. Se arrodilló. Había aprendido a ser obediente y así poder evitar más golpes. Puso las manos en la cabeza. No se resistió. Dejó que le esposaran las manos a la espalda. Que le amordazaran. Que le pusieran un capuchón negro sobre la cabeza.

Asier no pudo. Tenía la mano esposada a Luna. Se arrodilló junto a ella, pero levantó el brazo esposado mostrando la cadena.

—No puedo. —dijo—. Estoy esposado a ella.

Ese hombre, el mismo hombre que también les había secuestrado en Colombia se acercó a Asier. Lo cacheo. Rápido. Profesional. Encontró la llave de las esposas en el bolsillo de Asier y se la guardó.

Luego se acercó a Luna.

Asier sintió cómo Luna se tensaba. Cómo intentaba alejarse. Pero las esposas no dejaban margen.

El hombre empezó a cachearla.

Sus manos pasaron por los bolsillos de su pantalón, y allí le escondió las llaves de las esposas .

Luna sollozó detrás de la mordaza. Intentó retroceder. Las manos del hombre la sujetaron por la cintura. La apretaron contra él.

Asier actuó sin pensar, no había visto que le había escondido las esposas a Luna.

Se levantó. Empujó al hombre con el brazo libre. Con toda la fuerza que tenía.

—¡No la toques, cabrón!

El Hombre se giró. Cruzó la distancia en dos zancadas.

Le golpeó con la culata del arma.

El golpe le alcanzó en el estómago.

Asier se dobló. Cayó de rodillas. Arrastrando a Luna con él porque seguían esposados. El aire salió de sus pulmones de golpe. No podía respirar. El dolor era cegador.

El Hombre se arrodilló junto a él. Le susurró algo al oído y le levantó la cabeza.

Asier tosió. Intentó recuperar el aliento. Y cuando lo consiguió, habló.

—Vuelve a tocarla. —dijo con la voz rota por el dolor— y tendrás que explicar a Venicio por qué no opero a su hija cuando llegue allí inconsciente.

El Hombre lo miró.

—Levántate. —dijo—. Y dame la llave de esas esposas.

—No la tengo. Y donde vaya ella iré yo. Es mi seguro. No la pienso dejar a vuestro cuidado.

Otro hombre se acercó. Le ayudó a levantarse. A él y a Luna.

—Vámonos ya. —dijo—. Toma. Pónselo y póntelo tú.

Le dio dos capuchones. Negros. De tela gruesa.

Asier le puso uno a Luna primero. Con cuidado.

Cubriéndole toda la cara. Luego se puso el suyo.

Todo se volvió negro.

Sintió cómo lo agarraban del brazo. Cómo lo empujaban hacia adelante. Los pasos en la tierra. El sonido de una puerta abriéndose.

—Suban.

Lo empujaron dentro de algo. Un avión. Reconoció el olor. Olía a combustible.

Lo sentaron. Sentaron a Luna junto a él. Podía sentir su brazo presionado contra el suyo.

El motor arrancó con un ruido que era ensordecedor.

Perdió la noción del tiempo.

Con el capuchón puesto y el ruido del motor llenándolo todo, era imposible saber cuánto tiempo llevaban volando.

Lo único que podía hacer era concentrarse en la mano de Luna.

Esposada a la suya. El único punto de contacto con algo real.

Pensaba en lo que había pasado hacía un momento, en aquel hombre que le susurró al oído “sígueme el juego”, eso había hecho, pero no entendía nada. ¿Ese hombre les quería ayudar?

Hacía frío. Un frío que se metía por la ropa y se clavaba en los huesos. Le costaba respirar a través de aquella capucha con normalidad. Los oídos empezaron a sentir la presión del vuelo.

Intentó hablar una vez. Gritó el nombre de Álex por encima del ruido del motor.

No hubo respuesta, o Álex no podía escucharlo o no estaba en el mismo avión.

Esa idea le aterró.

Finalmente, el avión empezó a descender. Lo sintió en el estómago. Esa sensación de caída controlada que te dice que el aterrizaje está cerca.

Las ruedas tocaron tierra. El avión rebotó una vez. Dos veces. Luego rodó hasta detenerse y el motor se apagó.

El silencio que siguió fue total, pero en los oídos aún se seguía escuchando el zumbido de los motores .

—Bajen. —dijo una voz.

Lo ayudaron a levantarse. A él y a Luna. Los guiaron fuera de la avioneta. Sus pies tocaron suelo firme.

Hacía calor.

Un calor húmedo y pesado que les ayudó a entrar en calor. El aire olía diferente. A vegetación a selva.

Estaban en la selva.

—Están cerca del lugar donde tendrán que llevar el corazón —dijo la voz—. Hay una parada antes. Para repostar. Podrán ir al baño. Cinco minutos. No más.

Los llevaron caminando. Asier contó los pasos, cincuenta. Luego una puerta que se abrió con un chirrido metálico. El sonido cambió. Estaban dentro de algo.

Un hangar, quizás. O un almacén.

Lo detuvieron. Le quitaron el capuchón.

La luz le golpeó los ojos. Tuvo que parpadear varias veces antes de poder ver algo.

Era un hangar. Sucio. Con manchas de grasa en el suelo. Una avioneta pequeña aparcada en un rincón. Herramientas colgadas de las paredes.

Le quitó el capuchón a Luna. Ella parpadeó y lo miró. Sus ojos estaban rojos. cansados.

—El baño está allí. —dijo el Hombre señalando una puerta al fondo—. Cinco minutos. No cierren con pestillo. Encontrarán agua, refrésquela.

Asier asintió. Caminó hacia el baño llevando a Luna esposada a él. Entraron juntos. Cerraron la puerta sin echar el pestillo.

El baño era pequeño. Un váter. Un lavabo y en el suelo una garrafa de agua como les había dicho aquel hombre.

Asier le quitó la mordaza a Luna con cuidado y ella respiró hondo. Tosió. Se llevó la mano libre a la boca.

—¿Estás bien? —preguntó Asier en voz baja .

Luna asintió. Pero no era verdad. Estaba pálida. Sudaba.

Temblaba. —¿Te duele algo?

—La nuca. —susurró—. Me arde.

Asier le apartó el pelo. Miró el punto donde le había inyectado el chip.

Estaba rojo e inflamado. Caliente al tacto.

—Es normal. —mintió—. Tu cuerpo está rechazando el cuerpo extraño. Pero pasará.

Luna lo miró. En sus ojos había una pregunta que no se atrevía a hacer en voz alta.

—¿Funcionará? ¿Podrán encontrarnos aquí?

Asier no tenía respuesta.

Cogió la garrafa. Llenó sus manos con agua. Se la ofreció.

—Bebe.

Luna bebió. Despacio. El agua le caía por las comisuras de los labios.

—Tengo miedo —susurró.

—Yo también. Voy a mojarte la nuca así te sentirás mejor.

Llamaron a la puerta. Tres golpes secos. —Se acabó el tiempo.

Asier le volvió a poner la mordaza. Luna se dejó.

Salieron del baño.

Les volvieron a poner los capuchones. Los subieron esta vez a una avioneta. El motor arrancó de nuevo. Asier ya no tuvo dudas, aquel hombre quería ayudarles. Se agarró a aquella idea como alguien cerca de la muerte se agarra a su Fe.

Esta vez el vuelo fue más corto. Cuando aterrizaron, el olor a humedad era aún más intenso. El aire olía a selva pura.

Los bajaron de la avioneta. Los llevaron caminando. Esta vez más lejos. Trescientos pasos. Cuatrocientos.

Una puerta. Escalones hacia abajo. El sonido cambió .

Estaban dentro de una habitación.

Los detuvieron.

—Esperen aquí.

Pasos alejándose. Una puerta cerrándose.

Silencio.

Asier esperó. Contó hasta cien. Luego se quitó el capuchón.

Estaban en una habitación pequeña. Paredes de cemento.

Una puerta de metal.

Le quitó el capuchón a Luna.

Ella parpadeó. Miró alrededor. Luego lo miró a él.

No había nada que decir.

Estaban en el dominio de Venicio y Álex había desaparecido.