19
El abrazo fue sincero, Paula no conocía a Luna de absolutamente nada, pero aun así había sufrido tanto sabiendo que la iban a matar que entre ellas se había creado un vínculo muy fuerte. Se separó de ella y miró a Luna directamente a los ojos.
—¿Estás bien?
Luna asintió, aunque la verdad era que no estaba bien.
Para nada estaba bien. Seguía tan mareada que tenía que esforzarse mucho por estar de pie sin que el mundo se moviera.
El pecho le dolía. Un dolor sordo y profundo que venía de dentro, del corazón que había dejado de latir y que Asier había obligado a volver.
—Sí. —mintió—. Un poco mareada y me duele el pecho.
Asier se acercó. Le puso una mano en el brazo con ese gesto médico automático que tienen los doctores cuando evalúan a un paciente.
—Es normal. Siéntate, no vayas a caerte. Estás muy débil.
Luna se sentó en el sofá. El mismo sofá donde había pasado horas esposada, amordazada, llorando. Ahora parecía diferente. Más suave. Como si ahora fuera más confortable, más seguro.
Álex apareció desde la cocina con una taza humeante en las manos.
—Te hemos preparado un poco de té. —dijo dejando la taza en la mesa frente a ella—. Siento todo lo que te hemos hecho pasar.
Asier lo miró. Luego miró a Luna.
—Y lo que aún nos queda.
Álex se sentó junto a Paula. Los cuatro estaban ahora en el salón. Ya no había cuerdas. Ni esposas. Ni mordazas. Solo cuatro personas que se miraban entre sí con la tensión y el peso de todo lo que habían vivido juntos.
—Paula y yo hemos estado hablando. —dijo Álex— y vamos a intentar que la policía nos ayude. No podemos matarte.
Paula asintió.
—Tengo un amigo que trabaja en la comisaría. Ya le he llamado. Le he dicho que iría en cuanto viese que estás bien. Tengo que explicarle muchas cosas. No sé cómo actuarán. Confiad en mí. No dejaré que os pase nada.
Asier se pasó las manos por la cara. El cansancio le caía encima como una manta de plomo.
—Al anochecer vendrán a buscarnos. Nos registrarán. Nos atarán y nos taparán los ojos. ¿Cómo sabréis dónde nos llevarán?
Paula sonrió. Era una sonrisa pequeña, pero había algo de esperanza en ella.
—En mi coche tengo unos chips. Como esos que les ponen a los animales.
Estaba haciendo un reportaje sobre los motivos de por qué los padres deciden poner a sus hijos estos implantes para saber dónde están en cada momento.
No se me ocurre otra cosa. Funcionan como GPS y al saber los códigos identificativos de cada chip la policía podrá localizaros. O eso espero.
Asier la miró. Había lágrimas en sus ojos.
—Gracias. Muchas gracias.
Paula se levantó. Se acercó a Luna y la abrazó otra vez. Fuerte, quería ayudarles, pero también quería que Luna estuviera segura. Luna se dejó abrazar y empezó a llorar.
Paula le susurró al oído, tan bajo que los demás no podían escuchar.
—¿Quieres que sigamos adelante con todo esto? En cuanto salga de aquí puedo conseguir que te dejen libre y todo se habrá terminado.
Luna sollozó. Miró por encima del hombro de Paula. Miró a Asier. Él la miraba también. En sus ojos había una súplica, la pedía ayuda.
Luna volvió a mirar a Paula. Le susurró.
—No dejes que me pase nada malo. Sé que saldrá bien.
Paula la miró a los ojos. Buscando alguna señal de duda. Pero lo único que vio fue determinación bajo todo aquel cansancio.
Asintió.
—De acuerdo.
Se abrazaron una última vez. Luego Paula se dirigió a la puerta. Asier y Álex se levantaron para acompañarla. —Volveré con ayuda. Dijo Paula desde el umbral La puerta se cerró.
Se quedaron en el salón. Los tres. Sentados en la mesa. Luna intentaba tomarse el té. Despacio. Cada sorbito era un esfuerzo. Pero lo hacía porque sabía que tenía que hacerlo.
Que necesitaba recuperar fuerzas.
Asier la miraba desde el otro lado de la mesa.
—Muchas gracias.
Luna levantó la vista.
—¿Gracias ?
—Sí. Podrías haberle dicho a Paula que te sacara de aquí y todo habría terminado.
Luna dejó la taza sobre la mesa. Lo miró.
—¿Y cómo sabes que no lo he hecho?
Asier sonrió. Una sonrisa triste.
—Por cómo me has mirado cuando Paula te ha preguntado si querías terminar con esto.
—¿Cómo sabes lo que me ha preguntado?
—Porque se preocupa por ti. Porque cuando te llevábamos abajo no dejaba de luchar por conseguir liberarse para ayudarte. Porque yo en su lugar también te lo habría propuesto.
Asier hizo una pausa.
—Lo que no entiendo es por qué no le has dicho que sí. Que le contara a la policía que te habíamos secuestrado y que teníamos intención de matarte.
Luna bajó la mirada. Se miró las manos. Las marcas de las ataduras …
—Iba a hacerlo. —dijo en voz baja—. Tenía tanto miedo y estoy tan cansada que no lo dudaba. Me dabais igual tú y tu familia. Solo quería que esto terminara.
Levantó la vista. Miró a Asier.
—Pero luego te he mirado. Me suplicabas que no lo hiciera. Y no he podido.
Hizo una pausa.
—No te confundas. No me he olvidado de todo por lo que me habéis hecho pasar. Pero no es justo que maten a tu mujer y a tu pequeña porque me hayas vuelto a dar la vida.
Asier se quedó en silencio. No sabía qué decir. No había palabras para lo que sentía en ese momento. Gratitud. Culpa. Alivio. Terror. Todo mezclado en una bola que le apretaba el pecho.
—No sé qué decirte .
Luna sonrió. Una sonrisa pequeña y cansada.
—Dime que todo irá bien. Necesito oírlo.
Asier tragó saliva.
—Todo saldrá bien.
Luna ladeó la cabeza.
—No ha sonado muy convincente.
Asier se inclinó más hacia ella. La miró directamente a los ojos.
—Tengo tanto miedo... Por ti. Por ellas. Pero si he sacado fuerzas de donde no las había para devolverte la vida, también las sacaré para esto. Te prometo que no te pasará nada.
Luna sonrió. Esta vez la sonrisa era más grande.
—Eso me gusta más.
Los tres sonrieron. Álex, que había estado callado en la mesa todo este tiempo, sonrió también. Aliviado. Como si por primera vez en días pudiera respirar de verdad.
Pasaron la mañana hablando. Planeando. Intentando anticipar cada posible escenario. ¿Qué dirían cuando Venicio viera que Luna estaba viva? ¿Cómo lo explicarían? ¿Les creerían?
Repasaron las mentiras una y otra vez. Hasta que sonaran naturales. Hasta que pudieran decirlas sin titubear. A media mañana sonó el timbre. Los tres se miraron. Álex se levantó.
Fue a la puerta.
No había nadie.
Solo un paquete.
Lo cogió. Cerró la puerta. Volvió al salón.
Álex ya estaba abriendo el paquete casi antes de que Asier lo dejara sobre la mesa.
Dentro había tres jeringas. Grandes. Con agujas gruesas y largas que brillaban bajo la luz del salón.
También había un lector parecido a los de las cajas de autoservicio de los supermercados, una nota manuscrita en papel blanco .
Álex la leyó en voz alta.
"La policía está al tanto de todo. Saben quién es el cártel, pero al ser un delincuente tan poderoso no conocen su ubicación actual.
Se han movilizado. Ya tenían un operativo allí, llevan meses siguiéndole la pista y estaban muy cerca de encontrarlo.
Tienen la zona vigilada y hay helicópteros controlando el cielo.
Poneos los implantes y estad tranquilos.
No actuarán hasta estar seguros de que podrán sacaros a todos con vida. Suerte."
Asier cogió una de las jeringas. La sostuvo frente a la luz. El chip estaba dentro, visible a través del plástico transparente. Un pequeño cilindro de metal no más grande que un grano de arroz.
Pero la aguja era enorme. de calibre dieciocho, tan gruesa como un palillo de dientes, imprescindible para implantar el chip bajo la piel sin dañarlo. —Yo primero. —dijo.
Se quitó la camiseta. Levantó el brazo izquierdo. Palpó las costillas. Buscó el espacio intercostal. El lugar donde la piel era más gruesa y el chip quedaría oculto.
Respiró hondo.
Clavó la aguja.
El dolor fue instantáneo. Agudo. Como si le hubieran clavado un hierro al rojo vivo. La aguja atravesó la piel, el tejido subcutáneo, penetró profundo hasta que sintió la resistencia del músculo.
Apretó el émbolo.
El chip se deslizó dentro. Una presión extraña y desagradable bajo la piel. Como si algo vivo se moviera bajo la superficie.
Sacó la aguja.
No pudo evitarlo. Hizo un gesto de dolor. Apretó la mandíbula. Cerró los ojos un segundo.
Luna lo miraba. Pálida .
—Venga. —dijo Asier intentando no sonar dolorido—.
Ahora te toca a ti.
Luna negó con la cabeza.
—Tengo fobia a las agujas.
Álex se levantó. Cogió la segunda jeringa.
—Pónmelo a mí primero.
Se quitó la camiseta también. Se palpó el costado.
Encontró el mismo punto que Asier. Respiró hondo.
Clavó la aguja.
Intentó disimular. No quería asustar más a Luna. Pero no pudo ocultar la mueca. El dolor era demasiado. La aguja demasiado gruesa. El chip empujando bajo la piel como un cuerpo extraño que el cuerpo quería rechazar.
Sacó la aguja. Apretó el punto de inserción con una gasa para detener el sangrado.
Luna los miraba a los dos. Aterrada.
—¿Dónde me lo vas a poner? —preguntó con voz temblorosa.
Asier la miró. Evaluó. Estaba muy delgada. Bajo las costillas no había suficiente tejido.
—Estás muy delgada para ponértelo en las costillas. Te dolería bastante. En los brazos está demasiado visible. ¿Qué tal en la nuca?
Luna tragó saliva.
—Vale.
—Pero no puedes moverte. Túmbate en el sofá boca abajo. Agárrate a algo.
Luna lo hizo. Temblando. Se tumbó en el sofá. Boca abajo. Agarró un cojín con las dos manos. Lo abrazó.
Asier se arrodilló junto a ella. Le apartó el pelo de la nuca. La piel allí era blanca y vulnerable. Podía ver las vértebras cervicales marcándose bajo la superficie.
Luna empezó a llorar .
Álex se arrodilló también. En el otro lado del sofá. Le cogió la mano. Tanto para tranquilizarla como para sujetarla.
—Solo es un pinchazo. —le dijo—. Pronto pasa el dolor.
Luna le apretó la mano. Fuerte.
Asier palpó la nuca. Encontró el punto exacto. Entre la segunda y tercera vértebra cervical. Donde el chip quedaría bien escondido bajo el pelo.
Tocó la piel con la punta de la aguja.
—Respira. —le dijo.
Y clavó.
Luna gritó. Un grito ahogado contra el cojín. Su cuerpo se tensó como un arco. Las manos apretaron los brazos de Álex tan fuerte que le dejaron marcas.
Asier continuó sin detenerse. Insertó la aguja por completo, percibiendo la penetración en la piel. Accionó el émbolo y el microchip quedó implantado. Sacó la aguja.
Luna sollozaba. Temblaba. Álex la soltó y ella se llevó las manos a la nuca, tocando el punto donde acababa de entrar la aguja.
—No te toques. —le dijo Asier—. Puede infectarse. Déjame a mí. —la limpió con una gasa presionándola para que parase la pequeña hemorragia.
Luna se quedó quieta. Tumbada boca abajo. Llorando en silencio. Pasó un minuto. Dos. El dolor empezó a ceder. La ayudaron a sentarse.
Luna estaba muy pálida. Mareada. El color había desaparecido de su cara.
—¿Estás bien? —preguntó Asier.
Luna asintió débilmente.
—Creo que sí. —Poco a poco el color volvió a sus mejillas. La respiración se normalizó.
Álex sonrió.
—Lo ves. No ha sido para tanto .
Luna lo miró. Casi sonrió. Casi.
Se quedaron así un momento. Los tres en el salón. Marcados. Comprobaron con el escáner que los chips funcionaban. Rastreables. Listos para ser llevados a donde Venicio quisiera llevarlos.
Y entonces sonó el teléfono.
El móvil de Asier.
El que Venicio le había dado.
El que solo sonaba cuando era Él.
Los tres se miraron y Asier cogió el teléfono.
Miró la pantalla.
Número desconocido.
Respiró hondo y contestó.