18
Hotel Gran Avenida Bogotá.
La puerta se abrió con un clic.
Entraron.
La habitación ya no olía a champú, pero nadie la había limpiado por órdenes suyas.
Estaba como la habían dejado esa mañana de hacía ya cuatro días.
Las sábanas de la enorme cama de matrimonio revuelta, el armario con algo de ropa asomando por los cajones, más ropa caída por el suelo como si alguien se hubiera marchado con mucha prisa.
Nada más.
Diego cerró la puerta detrás de ellos. Miró alrededor. Sandra hizo lo mismo.
Llevaban un mes buscando a Félix. Un mes entero desde que desapareció sin dejar rastro. Lo último que habían sabido de él eran dos mensajes contradictorios que no tenían ningún sentido.
El primero llegó hace cuatro semanas .
"Estoy en peligro. Quiero salir de aquí. Tengo miedo. No sé en qué me he metido."
El segundo llegó justo hacía 7 días.
"No puedo irme todavía. No puedo dejarlo ahora. Venid al Hotel Gran Avenida. Habitación 185." Y luego nada. Silencio.
Diego se acercó a la ventana y corrió la cortina. La luz entró de golpe, iluminando el polvo suspendido en el aire.
—Llevamos un mes sin saber nada de él. —dijo sin girarse—. Lo único que tenemos son esos dos mensajes en los que nos decía que quería escapar de allí, que no se sentía seguro, y de repente llega otro mensaje diciendo que no puede dejarlo ahora, que vengamos al hotel Gran Avenida, habitación 185.
Sandra estaba arrodillada junto a la cama, pasando la mano por debajo del colchón, buscando cualquier cosa que pudiera haberse quedado olvidada.
—Pero no hemos encontrado nada. —dijo—. El recepcionista dijo que hubo una familia española aquí alojada, pero que se marcharon antes de la fecha prevista. Recuerda que vinieron unos hombres a buscar a la esposa y a su hija. Pagaron el hotel y se marcharon.
Diego se giró. Miró la habitación vacía.
—Tiene que haber algo. Si no, Félix no se la habría jugado mandándonos ese mensaje. Pero ¿qué?
Sandra se levantó. Fue al armario. Lo abrió. Estaba vacío. Pasó la mano por las baldas. Nada. Cerró las puertas.
Fue al baño y abrió el armario del lavabo. Productos de aseo del hotel. Nada más.
Volvió a la habitación. Miró debajo de la mesita de noche. Detrás del despertador. Entre los cojines de la única silla que había junto a la ventana.
Nada .
Diego se pasó las manos por la cara. La frustración era palpable.
Llevaban meses en Bogotá siguiendo una pista que parecía llevar a ninguna parte.
Habían perdido un mes buscando a un agente infiltrado que podía estar muerto.
Y ahora estaban en una habitación de hotel vacía sin ninguna prueba de que alguna vez hubiera pasado nada allí.
Sandra se acercó a la pared donde había un espejo grande con marco de madera. Lo miró. Se miró a sí misma en el reflejo. Cansada. Ojeras. Pelo recogido en una coleta que llevaba tres días sin lavar.
Algo no encajaba.
El espejo estaba ligeramente torcido. Casi imperceptible. Pero torcido. Sandra extendió la mano. Tocó el marco e intentó enderezarlo. El espejo se movió. No estaba colgado de la pared solo apoyado contra ella.
Sandra lo apartó con cuidado y entre el espejo y la pared cayó un sobre blanco.
—Diego. —dijo en voz baja—. Creo que he encontrado algo.
Diego se acercó ansioso. Sandra abrió el sobre con cuidado. Dentro había una carta escrita a mano en una hoja de papel blanco.
La letra era de Félix. La reconocieron inmediatamente.
Sandra empezó a leer en voz alta.
"No puedo dejarlo ahora. Van a secuestrar a un médico español.
El motivo no es el económico. Dinero no necesitan.
He conseguido que me dejen formar parte del secuestro.
Al ser español quieren que yo participe.
Quieren probarme. Desde que estoy aquí no se fían mucho de mí.
Quieren que secuestre a la mujer del médico y a su hija, pero no me han facilitado más información. "
Sandra hizo una pausa. Miró a Diego. Él le hizo un gesto para que continuara .
"He podido averiguar que la hija de Venicio está enferma del corazón y quieren obligar al médico a hacer el trasplante. Tiene el corazón en el lado derecho. Por eso necesitan un corazón con esas características. Y ese corazón lo tiene una
chica española. No he podido averiguar nada más." Diego frunció el ceño.
—El corazón en el lado derecho. —repitió—. Eso es...
—Es una malformación congénita muy rara. —completó Sandra—.
Siguió leyendo.
"No sé dónde tienen la residencia de Venicio ni dónde piensan hacer la operación. No se fían lo suficiente de mí y me tapan los ojos para que no conozca el camino. Solo sé que está en la selva y cerca de algún tipo de aeropuerto porque se oyen aviones cerca. No puedo irme ahora si
quiero ayudarles. La operación será pronto."
Sandra bajó la carta. Miró la fecha escrita en la esquina superior derecha.
—La carta tiene fecha de hace cuatro días.
Joder. Quedará poco para la operación. Espero que aún no lo hayan hecho.
Sandra volvió a leer la carta. Despacio esta vez. Procesando cada palabra. Venicio. Un médico español. Un trasplante. Una chica con el corazón en el lado derecho.
—Félix se está jugando el cuello. —dijo—. Ha conseguido infiltrarse en el secuestro para ayudarles. Si lo descubren...
—Lo matarán. —terminó Diego—. Y no solo a él. A la familia del médico también. Y a la chica.
Silencio.
Diego cogió la carta de las manos de Sandra. La leyó de nuevo. Buscando cualquier detalle que pudieran haber pasado por alto. Selva. Aeropuerto. Corazón en el lado derecho.
—Vayamos a la comisaría. —dijo—. Tenemos que averiguar quién es esa chica.
Se guardó la carta en el bolsillo interior de la chaqueta y sacó el móvil.
—Llama a la central. —le dijo a Sandra mientras marcaba otro número—. Diles que busquen en España a jóvenes que tengan esa condición. No creo que haya mucha gente con el corazón en el lado derecho. Y que contacten con todas ellas.
Todas. No podemos permitirnos fallar.
Sandra asintió. Sacó su móvil y empezó a marcar.
Diego puso el teléfono contra la oreja. Esperó. Alguien contestó al otro lado.
—Soy Diego. Necesito que envíes un equipo de la científica al Hotel Gran Avenida, habitación 185. Que cojan huellas de todo. Todo. Y que hablen con el recepcionista otra vez. Quiero saber si recuerda algo más sobre una familia española que se alojó aquí hace cuatro días.
Escuchó la respuesta. Asintió.
—Bien. Estamos yendo para allá ahora.
Colgó.
Sandra también había terminado su llamada.
—Ya están buscando. —dijo—. Van a contactar con todos los hospitales. Con todos los cardiólogos. Con todas las asociaciones de pacientes con malformaciones cardíacas. Si hay alguien en España con esa condición, lo encontrarán.
Diego asintió. Se dirigió hacia la puerta. Se detuvo un momento. Miró la habitación vacía una última vez.
—Félix. —dijo en voz baja—. Aguanta.
Salió al pasillo. Sandra lo siguió cerrando la puerta detrás de ellos.
El reloj corría.
En algún lugar de España, una chica con el corazón en el lado derecho estaba en peligro o quizá algo peor.
Diego y Sandra bajaron las escaleras a toda prisa. El recepcionista los vio pasar como una exhalación hacia la salida.
Fuera, la humedad de Bogotá los golpeó como una pared.
El ruido del tráfico. El olor a gasolina y comida.
Subieron al coche. Diego arrancó y pisó el acelerador.
Sandra miraba por la ventanilla sin ver realmente la ciudad que pasaba a su lado. Solo pensaba en la carta. En las palabras de Félix. En esa chica desconocida que estaba en peligro. En esa familia, tenían una hija pequeña.
—¿Crees que llegaremos a tiempo? —preguntó sin apartar la vista de la ventana.
Diego apretó el volante. La mandíbula tensa.
—Tenemos que hacerlo.
El coche se perdió en el tráfico de Bogotá. Las sirenas empezaron a sonar. La carrera contra el tiempo había comenzado.
Y en algún lugar de España, en una casa perdida en medio de la nada, Luna seguía sin saber que la policía la estaba buscando.
Que alguien había arriesgado su vida para dejar una pista.
Que el reloj corría.