El Paciente Imposible 17 #2
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17 #2

Álex tragó saliva. Asintió. Fue al armario metálico del fondo del sótano. Abrió cajones. Revolvió entre el instrumental médico. Encontró una caja de plástico con jeringas precargadas de adrenalina. Cogió una.

—Aquí .

Asier dejó de comprimir.

Cogió la jeringa ya cargada de adrenalina y comprobó la dosis por última vez, más por necesidad de control que por duda real. El pulso de Luna seguía ausente. Ni rastro.

—Vamos… —murmuró.

Localizó la vía. La aguja seguía en su sitio, fijada en el antebrazo. Conectó la jeringa con un gesto rápido y preciso.

Empujó el émbolo.

Uno. Dos. Todo el contenido pasó al torrente sanguíneo.

Retiró la jeringa y, sin perder un segundo, volvió a colocar las manos sobre el pecho de Luna.

—Uno, dos, tres…

Las compresiones torácicas retomaron su ritmo constante. El único sonido en la habitación.

Treinta compresiones.

Dos ventilaciones.

—Venga, Luna. No te vayas ahora. Venga. Venga.

Otra vez.

El tiempo dejó de existir.

Entonces, un movimiento. Mínimo. Casi imaginado.

Asier se detuvo. El monitor emitió un pitido irregular y luego otro y otro más.

Treinta compresiones. Dos respiraciones.

Treinta compresiones. Dos respiraciones.

El sudor le corría por la frente y los brazos le ardían, pero no se detuvo.

El monitor seguía pitando. Asier siguió comprimiendo. Las manos temblorosas. La voz rota.

—Joder, no. Yo le he quitado la vida. Tengo que devolvérsela. Pero sus brazos empezaban a fallar. Las compresiones se volvían más lentas. Menos profundas. El cansancio le venció y se derrumbó.

Cayó sobre el cuerpo de Luna. La cabeza contra su pecho. Los brazos sin fuerza apoyados en la camilla. Sollozando.

Álex lo cogió por los hombros. Intentó levantarlo. Asie r

se resistió. Se aferraba a Luna como si ella pudiera oírle.

—Lo. —susurraba—. Lo siento. Lo siento.

Álex tiró de él. Lo apartó de la camilla. Ambos cayeron al suelo.

Asier lloraba. Álex lloraba. El monitor seguía pitando.

Beeeeeeeeeeeeeeep.

Y entonces el sonido cambió.

Pip.

Los dos hermanos levantaron la cabeza.

Pip... pip.

Asier se puso de pie de un salto. Miró el monitor. Donde antes había una línea plana, ahora había ondas. Pequeñas. Irregulares. Pero ondas. El corazón de Luna había vuelto a latir.

Pip... pip... pip.

Asier corrió hacia la camilla. Le puso los dedos en el cuello. Sintió el pulso. Débil. Muy débil. Pero allí estaba.

Cogió el estetoscopio. Escuchó el pecho. El corazón latía. Treinta pulsaciones por minuto. Cuarenta. Cincuenta. La respiración volvía. Superficial pero constante. La saturación de oxígeno subía. Setenta. Ochenta. Ochenta y cinco. Asier sonrió. Una sonrisa temblorosa y húmeda de lágrimas.

—Está viva.

Álex se acercó. Miró el monitor. Miró a Luna. Luego miró a su hermano.

—¿Está bien?

—Creo que sí. —Asier la auscultó de nuevo—. El corazón late bien. Los pulmones funcionan. Creo que se despertará en breve. La adrenalina que le he inyectado...

debería hacer efecto pronto.

—¿Y ahora qué?

Asier miró a su hermano. Luego miró a Luna. Luego de nuevo a Álex.

—Ahora... vete a hablar con Paula. Vete arriba y pensad algo. Lo que sea. Yo me quedo aquí hasta que se despierte. Álex asintió y salió del sótano. Asier se quedó solo con Luna.

Se sentó en una silla junto a la camilla. Cogió la mano de Luna. La misma mano que se había aflojado entre sus dedos cuando el corazón se detuvo.

Ahora estaba volviendo a templarse. Viva.

Asier cerró los ojos y esperó.

Álex entró en la habitación donde Paula permanecía retenida, moviéndose con una pesadez que delata no solo el agotamiento físico, sino el peso de una conciencia que está a punto de quebrarse.

Se llevó la mano al costado, donde el dolor de las costillas —recuerdo del golpe recibido en Colombia— le lanzaba una punzada aguda con cada respiración.

Con manos temblorosas, desató las ligaduras de la periodista.

—No hemos podido hacerlo, Paula —susurró Álex con la voz quebrada y los ojos enrojecidos—.

Asier estaba allí, en el sótano, con el bisturí...

Ella ya se iba, el monitor marcaba una línea sin latido, pero no pudo.

La reanimó. Le devolvió la vida porque no somos asesinos, somos sanitarios, y nuestra naturaleza profesional es más fuerte que este horror.

Álex terminó de liberar las muñecas de Paula y se dejó caer frente a ella, hundido por la contradicción moral que los consumía. Sus palabras era una súplica desesperada.

—Te lo suplico, ayúdanos. Eres periodista, con una mente despierta, Asier y yo estamos bloqueados. Venicio tiene a Maica y a Alma. Dependen de que hagamos algo imposible. Si no entregamos ese corazón, las matarán como mataron a Víctor frente a nosotros.

Álex la mira fijamente, buscando en los ojos de Paula la salida que ellos no encontraban.

—Ayúdanos Tiene que haber una forma de salvar a mi familia sin que Luna tenga que morir.

No podemos cargar con más sangre en las manos, pero tampoco podemos dejar que acaben con mi sobrina y mi cuñada.

Por favor, Paula, dinos cómo salir de este infierno sin convertirnos definitivamente en monstruos.

Pasaron dos horas.

Dos horas largas en las que Asier no se movió de la silla. Solo miraba el monitor. Las ondas verdes subiendo y bajando. El ritmo constante del corazón de Luna.

Pip... pip... pip.

Sesenta latidos por minuto. Ritmo sinusal normal. Saturación de oxígeno al noventa y ocho por ciento. Presión arterial estable.

Luna estaba viva.

Y entonces se movió.

Un movimiento pequeño. Los dedos de su mano derecha se contrajeron ligeramente dentro de la mano de Asier.

Luego los párpados temblaron.

Asier se inclinó hacia adelante.

—¿Luna?

Los párpados se abrieron. Despacio. Con esfuerzo y los ojos de Luna miraron al techo. Parpadearon intentando enfocar.

Asier se levantó. Empezó a desatar las correas de cuero que la sujetaban a la camilla. Primero los brazos. Luego las piernas.

Cuando terminó, Luna giró la cabeza hacia él.

—¿Estoy muerta? —susurró.

Su voz sonaba ronca. Débil. Como si no la hubiera usado en años. Asier negó con la cabeza y se sentó en el borde de la camilla .

—No. No fui capaz.

Luna lo miró. Intentó procesar las palabras.

—Aunque moriste por unos segundos —continuó Asier —. Pensé que no regresarías.

Luna parpadeó y las lágrimas empezaron a caer por sus mejillas.

—¿Por qué?

Asier la miró y por primera vez desde que se conocían sonrió. Una sonrisa triste.

—Porque una chica, sabiendo que la iba a matar, me dijo que era bueno.

Luna sonrió también. Se llevó la mano al pecho. Al corazón que seguía latiendo. —Gracias.

Asier asintió y se levantó.

—Venga. Voy a ayudarte a levantarte e iremos al salón. Espero que a Álex y a Paula se les haya ocurrido algo.

La ayudó a incorporarse. Luna se sentó en el borde de la camilla. Todavía tenía la vía puesta en el brazo. Asier se la quitó con cuidado. Puso una gasa sobre el punto de punción y la presionó.

—¿Puedes ponerte de pie?

Luna asintió e intentó levantarse, pero las piernas le fallaron. Asier la sujetó antes de que cayera.

—Despacio. Estás muy débil.

Luna estaba muy pálida. Temblaba. Tenía frío.

Asier se quitó el jersey que llevaba puesto. Un jersey de lana gris oscuro.

—Toma. Ponte esto.

Luna lo cogió. Asier la ayudó a ponérselo. Le venía grande, pero estaba caliente. Olía a él y ahora mismo eso a ella la parecía reconfortante.

—Gracias .

Asier la ayudó a subir las escaleras. Despacio. Escalón a escalón. Luna se apoyaba en él, todavía débil, todavía procesando el hecho de que estaba viva.

Llegaron al pasillo. Luego al salón.

Paula y Álex estaban sentados en el sofá. Paula tenía una taza de tila que ya estaba fría en las manos mientras Álex miraba al suelo, perdido en sus pensamientos.

Cuando la puerta del salón se abrió y vieron a Luna entrar apoyada en Asier, los dos se pusieron de pie de golpe.

Paula dejó la taza y corrió hacia Luna.

—¡Luna!

La abrazó. Fuerte. Con toda la desesperación de alguien que ha estado esperando durante horas sin saber qué estaba pasando. Luna se dejó abrazar. Cerró los ojos y solo respiró.

Estaba viva.

Asier miró a Álex. Álex lo miró a él. No dijeron nada. No hacía falta.

El plan original había muerto en esa camilla del sótano.

Y Venicio seguía ahí fuera, esperando, una amenaza real que se hacía más y más grande.